Del sitio de la
Abadía de San José de Clairval:
El 5 de julio de 1852, el padre
Ernesto André, joven sacerdote de Mesnil-Saint-Loup, una humilde
localidad de la diócesis de Troyes (Francia), es recibido en audiencia
privada por el beato Pío IX. Arrodillado a sus pies, le hace esta
petición : « Santo Padre, ¿ queréis darle a la Santísima Virgen honrada
en nuestra iglesia el nombre de Nuestra Señora de la Santa Esperanza ?
». Ante esas palabras, el Papa levanta la cabeza y, tras un momento de
reflexión, parece rebosante de gozo y dice con marcado acento de
satisfacción : «Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡sí! ».
En pocos años, bajo el impulso de su pastor, Nuestra Señora de la Santa
Esperanza transformará no solamente la parroquia de Mesnil-Saint-Loup
sino que esparcirá también sus favores mucho más allá del pueblo.
Ernesto André, al que se conocerá con el nombre de padre Manuel, nace el
17 de octubre de 1826 en Bagneux-la-Fosse, en el departamento de Aube
(Francia). A la edad de nueve años, el niño sufre una fiebre tifoidea
que le lleva a las puertas de la muerte. Después de cuarenta días sin
casi conocimiento, se cura como por milagro. Poco tiempo después,
manifiesta el deseo de ser sacerdote, y, en 1839, ingresa en el
seminario menor. El sacramento de la Confirmación, que recibe al final
del primer año, lo marca profundamente ; más tarde, en sus enseñanzas,
subrayará con frecuencia el papel del Espíritu Santo en la vida del
cristiano. Sus años de formación en el seminario mayor se sitúan en una
época en que un soplo misionero expandía el catolicismo francés.
Mientras unos condiscípulos suyos dejan el seminario para entrar en los
Padres Maristas o en los Padres de Picpus para evangelizar tierras
lejanas, el padre André también vibra con ese ardor. Sin embargo, se
consagrará finalmente como pastor en la clásica misión de una parroquia
de su diócesis. Tras los sombríos años de la Revolución, ¿ acaso no hay
que rehacer la cristiandad en la propia Francia ?
Tras ser ordenado presbítero el
22 de diciembre de 1849, el padre André es nombrado, a sus veintitrés
años, párroco de Mesnil-Saint-Loup, una parroquia de trescientas
cincuenta almas, a veinte kilómetros al oeste de Troyes. El 24 de
diciembre, el nuevo párroco llega a Mesnil. Al divisar a un lugareño, le
pregunta cómo llegar a la iglesia ; mientras le acompaña, con toda
ingenuidad, el hombre se confiesa y confiesa a toda la comarca : «Ya
ve, señor, que aquí no somos muy devotos ; a Misa nunca faltamos, pero
después nos gusta mucho ir a tomar un trago». Al oírlo cantar la Misa
del gallo, los feligreses se dicen : «Este canta demasiado bien ; no se
quedará entre nosotros». Pero, de hecho, permanecerá en
Mesnil-Saint-Loup durante cincuenta y tres años. En ese pueblo, donde la
gente vive pobremente, la práctica religiosa es habitual, si se
considera al menos el número de personas que asisten a Misa y a las
Vísperas del domingo. Sin embargo, el deber de la Comunión en Pascua
sólo se cumple por parte de las mujeres. El padre André, teniendo en
cuenta la intensidad de su fe y el ardor de su celo pastoral, no podría
contentarse con lo mínimo. Él quiere más, y, sobre todo, mejor : querría
unos cristianos fervientes, deseosos de beber del manantial de los
sacramentos, que se alimentaran de la Palabra de Dios y que concedieran
un verdadero lugar a la oración en su vida cotidiana. Así pues, el joven
párroco se pone enseguida manos a la obra : visitas a los fieles,
especialmente a los enfermos, catecismos, preparación para las primeras
Comuniones… Su buen humor, su brío, su risa franca y sonora caldean ya
los corazones. Toda su persona da muestras de una exuberancia vital que
no pide más que prodigarse para la salvación de las almas ; pero el
párroco comprende enseguida que la siega no se realiza al día siguiente
de la siembra. Constata que, entre los comulgantes preparados el año
anterior por su predecesor, son pocos los que han perseverado en la vida
sacramental ; ¿ tendrá más éxito en 1850 ? En ello despliega todo su
celo : «Un compromiso vital —dice— es cosa seria ; pertenecéis a
Jesucristo». No obstante, algunos muchachos abandonan. Las repetidas
exhortaciones del joven sacerdote, así como la participación en sus
juegos, consiguen recuperar a algunos. Todo ello, sin embargo, resulta
frágil.
En junio de 1852, el padre André emprende una peregrinación a Roma. De
camino, mientras reza el Rosario, le invade interiormente un pensamiento
que lo llena de gozo y de emoción : María es Madre de la Santa
Esperanza, según la expresión bíblica (cf. Si 24, 18). Al mismo tiempo,
recibe la certeza de que, una vez llegado a Roma, necesitará pedirle al
Papa que conceda el nombre de “Nuestra Señora de la Santa Esperanza” a
la imagen de la Virgen de su iglesia, así como instituir una festividad
en su honor. La aprobación del Papa —piensa no sin razón— será la señal
de que esa inspiración procede del Cielo. Contra toda esperanza, obtiene
sin demora de Pío IX la autorización para celebrar una festividad
litúrgica en honor de Nuestra Señora de la Santa Esperanza el cuarto
domingo de octubre. Esa festividad recibirá, en 1854, una indulgencia
plenaria. El papel de Pío IX en la instauración del culto a Nuestra
Señora de la Santa Esperanza no tiene nada de fortuito, sino que resulta
primordial. Es el Santo Padre quien, personalmente, concedió a Nuestra
Señora de la Santa Esperanza a la parroquia de Mesnil-Saint-Loup. Él
mismo da muestras de una gran devoción hacia la Virgen María desde su
tierna infancia, ya que, el mismo día de su nacimiento, el 13 de mayo de
1792, Juan María Mastai había sido consagrado por sus padres a una
Virgen que llevaba el nombre de Nuestra Señora de la Esperanza. Pío IX
será también el Papa de la Inmaculada Concepción, cuyo dogma proclamará
en 1854.
De regreso a la parroquia, el
sacerdote guarda en secreto durante algún tiempo los favores que acaba
de obtener del Santo Padre, absteniéndose de proclamarlos hasta el día
de la solemnidad de la Asunción. En un sermón memorable, dejando
traslucir su gozo y confianza filial en María, el padre André dirige a
la Virgen una serie de invocaciones, una de las cuales emociona a sus
feligreses más que las demás : Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡ conviértenos !
Sencilla fórmula que se apodera de la piedad de los fieles, quienes la
repetirán rezando y llorando, hasta el punto de que se forjará la
expresión “llorar la breve plegaria”. El párroco no pide a sus
feligreses que se conviertan, sino que pide a María que consiga de su
Hijo su conversión. La vida cristiana es una permanente conversión, y
esa conversión es un don que se recibe mediante la oración.
La primera de ellas es la del propio Ernesto André, transformado en
obrero ilustrado y eficaz : «Antes de la Santa Esperanza —contará—
actuaba al azar, no sabía cómo ; con ella supe a qué atenerme, vi y
comprendí». Y, en la escuela de María, el párroco se convertirá en
pastor y en incomparable formador de cristianos. A partir de ese día, el
inmenso poder de conversión de la Virgen, omnipotentia supplex (la omnipotencia suplicante,
según expresión de los Padres de la Iglesia), se manifiesta de forma
resplandeciente. El domingo 22 de octubre de 1852, se celebra por
primera vez la festividad de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, con
mucha sencillez pero con gran alegría. No había costumbre de comulgar un
simple domingo ; el párroco insiste, las mujeres acuden sin demasiada
dificultad, pero, en cuanto a los jóvenes que ha agrupado a su
alrededor, ¿ tendrán la valentía de acercarse públicamente a los
sacramentos ? La mayoría vienen a confesarse a una hora bastante tardía,
pues el respeto humano todavía los atenaza. Sin embargo, al día
siguiente, comulgan en la Misa mayor ante todo el mundo. Es la primera
victoria de Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Sobre
Mesnil-Saint-Loup sopla entonces un viento nuevo que no es otro que el
del Espíritu Santo. La gracia del Bautismo que estaba oculta en los
corazones reaparece con toda su fuerza y frescura.
"Para restablecer el
cristianismo en las costumbres —comenta el padre André— hay que
restablecer previamente las verdaderas nociones en las almas. Todo el
cristianismo consiste en saber y reconocer prácticamente lo que perdimos
en Adán y lo que recibimos en Jesucristo ; por una parte, doctrina
sobre el pecado original y sus consecuencias, y, por otra, sobre la
gracia y su necesidad ". Y precisará, más tarde, en qué consiste la
conversión : "La obra de Nuestra Señora de la Santa Esperanza en
Mesnil-Saint-Loup era simplemente el restablecimiento del cristianismo, y
ello entre las personas bautizadas. Aquí y fuera de aquí, casi todo
estaba invadido por ese frío y bajo naturalismo que no permite que el
hombre eleve sus pensamientos por encima de lo que siente. Aquí y fuera
de aquí, la razón humana —¡y qué razón!— vencía sobre la razón divina,
es decir, sobre la fe. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo era una
sublime desconocida… Todas las virtudes cristianas eran desconocidas y
substituidas por esa virtud igualmente fácil y universal que el mundo
denomina honradez. Nuestra Señora de la Santa Esperanza llegó y, desde
el primer momento, todas las almas comprendieron que iba a resultar
imprescindible un gran cambio. Las prácticas externas del culto se
convencerían de su insuficiencia ; los motivos internos de los actos
asumirían modificaciones esenciales ; el amor de Dios dejaría de
consistir en una fórmula ; el Espíritu del Señor soplaría sobre
esqueletos secos y haría surgir un pueblo nuevo (cf. Ez 37) ".
El Papa Francisco, en sus catequesis sobre los dones del Espíritu Santo,
explica el papel del Espíritu Santo y la importancia del don del temor
de Dios, que no está reñido con la virtud de la esperanza. "El temor
filial no es contrario a la virtud de la esperanza. En verdad, el temor
filial no nos induce a temer que nos falte lo que esperamos alcanzar por
el auxilio divino ; tememos, más bien, retraernos a ese auxilio. Por
eso el temor filial y la esperanza se compenetran y se perfeccionan
entre sí" (Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, IIa-IIæ, 19,
9, ad 1). "Cuando el Espíritu Santo —dice el Papa— entra en nuestro
corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como
somos, es decir, pequeños, con esa actitud —tan recomendada por Jesús en
el Evangelio— de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas
en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección,
precisamente como un niño con su papá. Esto hace el Espíritu Santo en
nuestro corazón : nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro
papá. En este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios
adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de
la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en
efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de
que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y
la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de
nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y
nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por
Jesús a los brazos de su Padre. He aquí por qué tenemos tanta necesidad
de este don del Espíritu Santo. El temor de Dios nos hace tomar
conciencia de que todo viene de la gracia y de que nuestra verdadera
fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre
pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el
corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros.
Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios : abre los
corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la
bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos
hijos infinitamente amados". (Audiencia general del 11 de junio de
2014).
Entre los años 1852 y 1860 no
transcurren festividades de Pascua, ni meses de mayo, ni festividades de
Nuestra Señora de la Santa Esperanza sin que haya verdaderas
conversiones, que conducen a algunas almas a Dios separándolas
radicalmente de la vida mundana. La frecuentación de los sacramentos
aumenta y puede verse a algunos hombres unirse a las mujeres para rezar
el Rosario. En 1853, a pesar de la oposición de algunos feligreses, se
erige en la iglesia un altar dedicado a Nuestra Señora de la Santa
Esperanza. Ese mismo año, se constituye una cofradía para el rezo de la
breve plegaria. Con la finalidad de que esa plegaria puedan desgranarse a
lo largo de las horas del día en forma de oración perpetua, los
adeptos, en series de doce, se comprometen a rezar, cada uno a una hora
fija, un Ave María flanqueada, antes y después, de la invocación Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡conviértenos El padre André prefiere adeptos fieles y fervorosos antes que numerosos.
El desarrollo será, no obstante, rápido : si bien a finales de 1854 sólo
pueden contarse 272 inscritos, serán más de 4.000 en diciembre de 1855.
En 1856, el párroco de Nuestra Señora de las Victorias, de París, el
padre Desgenettes, afirma al hablar de la obra de Nuestra Señora de la
Santa Esperanza : "Todas esas tormentas que se alzan contra la obra se
producen porque se halla bien plantada en la roca de san Pedro. Es un
árbol joven que llegará a ser grande y robusto, porque sus raíces han
penetrado en la roca para obtener de su origen la savia católica ».
Efectivamente, la Oración Perpetua resplandece rápidamente más allá de
la parroquia, presentándose adeptos de toda Francia e incluso del
extranjero. Animado por varios breves apostólicos de la Santa Sede, la
Oración Perpetua se constituirá en archicofradía el 27 de agosto de
1869. Apenas diez años después, la asociación contará con 100.000
adeptos. El 25 de marzo de 1877, empieza a publicarse el Boletín mensual de Nuestra Señora de la Santa Esperanza.
La metamorfosis de la parroquia de Mesnil es obra de Nuestra Señora, si
bien el párroco colabora en ello con gran ardor. "Necesito cristianos
—dice— tal como el Bautismo los ha hecho. Existen en germen, pero yo los
cultivaré y recogeré. Los necesito de ese modo porque es así como Dios
los quiere, y yo soy el cooperador de su gracia. No toleraré la mezcla
del espíritu del mundo que deforma al cristiano, que lo contrae y que,
incluso con ciertas apariencias religiosas, lo mata por completo.
Necesito cristianos de los pies a la cabeza, cristianos del Evangelio,
cristianos que, lejos de envolverse en ignorancias calculadas, busquen
la luz, a fin de ponerse de acuerdo en todo con la luz : ese es mi
programa".
Para ello, el padre André organiza conferencias los domingos por la
tarde ; sentirá la constante preocupación de instruir a los fieles y de
iluminarles la fe. Para ello, comenta los libros de la Sagrada
Escritura, la liturgia y los sacramentos, llegando incluso a enseñarles
los rudimentos del latín para que comprendan los cantos de la Misa y los
Salmos, pues los domingos y los días festivos son muchos los
parroquianos que acuden a la iglesia para cantar una parte del Oficio Divino (Laudes, Vísperas y Completas). Dichas instrucciones se
intercalan con juegos en medio de la plaza, y la jornada del domingo
concluye con una oración de la tarde cuyo objetivo es claro : acabar con
los bailes y combatir la influencia de la taberna. De hecho, al cabo de
algunos años, taberna y baile desaparecerán del paisaje de Mesnil. La
conversión se manifiesta igualmente mediante la modestia en la manera de
vestir. De ese modo, el pastor declara la guerra a la vanidad y a las
vestimentas inmodestas : "La modestia —dice— es una de las señales de
la presencia del Espíritu Santo en un alma. En general, los hombres no
podrían ser castos si las mujeres no fueran modestas". En 1878,
agrupará a las mujeres más decididas en la “Sociedad de Jesús coronado
de espinas”.
No obstante, sería falso pensar
que ese movimiento no tuviera oposición. Hay algunas personas en el
pueblo que no quieren saber nada de Nuestra Señora de la Santa
Esperanza, hasta el punto de que unos jóvenes libertinos crean una
“segunda parroquia” en una cuadra transformada en sala de baile, donde
parodian las ceremonias del culto. Nuestra Señora se venga de ello a su
manera : un domingo del mes de María de 1854, mientras esos jóvenes se
encaminan a un juego de ocio, el cabecilla se detiene de repente y
decide regresar. Las burlas de sus compañeros no hacen mella en él. Más
tarde dirá : "Fue como si la medalla de la Virgen me hubiera caído
sobre la cabeza". Se pone a rezar el Rosario y, en el mes de octubre,
se confiesa. Finalmente, ingresa como monje en la abadía de La Pierre-qui-Vire.
A pesar de esas señales, parece ser que el padre André no conseguirá la
adhesión unánime de sus parroquianos. Sin embargo, de toda la diócesis, y
también de más lejos, las gentes acuden, atraídas por la fama de
Nuestra Señora de la Santa Esperanza, por el clima de oración que la
envuelve y por la belleza de la celebración de su festividad.
Progresivamente, la festividad del cuarto domingo de octubre es objeto
de peregrinación, y las inscripciones a la Oración Perpetua afluyen. En
su boletín de noviembre de 1878, el párroco escribirá : "Se llega en
peregrinación hasta donde hay una fuente, una fuente milagrosa. Hace
unas semanas acudió un pobre que venía de lejos, apoyado en dos muletas.
Nos pidió limosna y nos hizo unas pequeñas reflexiones. “¡Ah!, ¿aquí
se viene de peregrinación? —Sí, en el mes de octubre. —¡Ah!, ¿así
que tenéis una fuente?”. ¡Tenéis una fuente! Ahí está la auténtica
explicación de la peregrinación a Nuestra Señora de la Santa Esperanza.
Son muchas las almas sedientas de la gracia de Dios y de los consuelos
del Cielo que vienen aquí creyendo hallar una fuente. Y de todos los que
han venido, nadie ha dicho jamás sentirse engañado en su expectativa.
Sí, hay un fuente en Nuestra Señora de la Santa Esperanza, en aquella
que la Iglesia denomina Mater, fons amoris : María es madre,
madre y fuente de amor". A los pies de Nuestra Señora, los peregrinos
depositan exvotos : "Gracias a Nuestra Señora de la Santa Esperanza,
que me ha convertido. —Me ha retirado de la vanidad". Esa es la gracia
inherente de esta devoción : que María se revela como la todopoderosa
“convertidora”, la Reina de los corazones.
La afluencia de los peregrinos y
el mal estado de la iglesia parroquial desembocan en la construcción de
un nuevo santuario, cuyas obras se extenderán a lo largo de unos diez
años. Pero la Virgen no se detiene ahí, pues colmará igualmente los
deseos más íntimos del padre André. Él se había sentido siempre atraído
por la vida monástica. En 1864, consigue fundar, en el mismo pueblo, un
pequeño monasterio, tomando entonces el nombre de padre Manuel. En 1886,
el monasterio se adhiere a la Congregación benedictina italiana de Monte Oliveto. Liberado a partir de 1899 del cuidado de su parroquia, el
padre Manuel asiste con profundo dolor, en 1901, a la disolución de su
comunidad, objetivo, como tantos otros, de los rigores laicistas. A su
muerte, el 31 de marzo de 1903, el monasterio es sometido a liquidación
judicial, si bien una comunidad se reunirá allí de nuevo en 1920. En
1948, los monjes partirán para resucitar la abadía de Bec-Hellouin.
Finalmente, un grupo de monjes regresarán a Mesnil en 1976. Si bien la
vida del padre Manuel acabó en medio del despojo, la devoción a Nuestra
Señora de la Santa Esperanza, la peregrinación y la parroquia permanecen
muy vivas.
En 1923, la diócesis de Troyes obtiene de Roma que la festividad de
Nuestra Señora de la Santa Esperanza se celebre cada año, en toda la
diócesis, el 23 de octubre. La archicofradía cuenta con más de 150.000
asociados y el obispo constata que la Oración Perpetua continúa haciendo
mucho bien. Todavía en la actualidad puede uno asociarse a la
archicofradía de la Oración Perpetua dirigiéndose a la casa parroquial.
El 6 de julio de 1952, en Mesnil-Saint-Loup, varios obispos conmemoraron
el centenario de la archicofradía con una jornada de acción de gracias,
porque, durante cien años, Nuestra Señora de la Santa Esperanza
convirtió a numerosas almas. Con motivo del 150 aniversario, el 7 de
julio de 2002, se celebró una Misa para agradecer todos esos favores y
pedir que sus frutos se perpetuaran.
A nosotros, que vivimos hoy en día "en un mundo sin esperanza" (Benedicto XVI, Spe salvi, núm. 42), la Madre de la Santa Esperanza
siempre está dispuesta a concedernos la gracia de la conversión ;
solamente espera nuestra breve plegaria para hacer de nosotros unos
testigos y apóstoles de la Esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5).