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8 de diciembre de 2025

Preservada del pecado desde el instante de su concepción


 Traducido del sitio Nomidis:

Desde tiempos inmemoriales, las Iglesias orientales celebran la pureza original de María con la fiesta de la "Concepción de la Santa Madre de Dios" o, más exactamente, la fiesta de la concepción de María en el seno de Santa Ana

Los latinos la adoptaron progresivamente a partir del siglo X, pero San Bernardo, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino seguían siendo reacios a aceptar esta "Inmaculada Concepción". San Juan Duns Escoto fue el primero en hacerla triunfar y en imponerse en la Sorbona de París

Los Papas intervinieron muchas veces a lo largo de los siglos para acallar esta disputa, hasta que Pío IX la definió como dogma de fe en 1854: "Desde el primer momento de su concepción, por gracia y privilegio únicos de Dios Todopoderoso, la Santísima Virgen María fue preservada del pecado original"

Al igual que el primer día de la Creación, cuando Adán y Eva salieron de las manos del Creador, la madre de su Hijo estaba allí, una minúscula célula humana con un alma toda santa. Así, Ella "se convirtió en la gloria de nuestra naturaleza pecadora".

23 de noviembre de 2025

Nuestra Señora de Guadalupe en la renovada Notre Dame de París


Del sitio Aleteia:

La catedral de Notre Dame de París está totalmente restaurada y abierta para los fieles de todo el mundo. Entre sus 29 capillas, se encuentra una especialmente cercana a México: la capilla de la Virgen de Guadalupe. Conócela.

Con el replique de las campanas, la procesión de más de 100 estandartes y la bendición del altar, entre muchos otro ritos, la catedral de Notre Dame de París quedó inaugurada y lista para recibir a fieles y turistas que, después de cinco años de trabajos de restauración, podrán volver a ingresar para rezar y maravillarse con su belleza.

Además del coro y la nave, los visitantes podrán conocer las 29 capillas que pretenden evangelizar en todos los niveles. Algunas de estas capillas fueron rebautizadas, como la que ahora está dedicada a santo Tomás de Aquino (antes a santa Ana), o la capilla de san Vicente de Paúl (antes de san José).

Sin embargo, la capilla de Nuestra Señora de Guadalupe permanece presente en este recinto histórico.

En 1938, el episcopado mexicano pidió permiso al Papa Pio XII para coronar a la Guadalupana en la catedral de París; sin embargo, el inicio de la segunda guerra mundial retrasó su llegada hasta el 26 de abril de 1949, cuando la Virgen de Guadalupe por fin fue coronada en la capilla construida en su honor.

La réplica enviada era exacta, con las mismas dimensiones que el ayate de Juan Diego. Durante el incendio de 2019, sorprendentemente, no presentó ningún daño.

La capilla se encuentra en la nave sur, a un costado de la capilla de la Virgen de Czestochowa. Y será aquí en donde la comunidad de hispanos celebre cada 12 de diciembre, como lo hacían antes del devastador incendio.

Es tradición que los fieles se reúnan para la celebración de la Misa y para las tradicionales mañanitas con mariachi.

La edición francesa de Aleteia reportó que la catedral propone una ruta de peregrinación que comienza por la nave izquierda. De esta forma, el visitante puede ver que “Dios promete, desde el principio, la reconciliación y la recuperación de la humanidad después del pecado original”.

La nave norte fue rebautizada como “Callejón de la Promesa” y cada capilla recibió una figura del Antiguo Testamento. El recorrido inicia por la capilla de Noé, que recuerda el primer anuncio de salvación de toda la creación; y termina con la capilla dedicada a Elías, que anuncia finalmente la inminencia de la venida del Mesías y la reconciliación definitiva.

La nave sur también fue renombrada; ahora tiene el nombre de “Avenida Pentecostés” y cuenta con siete capillas asociadas a los dones del Espíritu Santo. Además, siendo la catedral de la diócesis de París, estas capillas llevan ahora el nombre de un gran número de santos parisinos.

 11 - diciembre - 2024

15 de agosto de 2025

¿Qué es la Asunción de Nuestra Señora?

 


Del sitio Fundación Cari Filii:

-¿Qué se celebra en la Asunción?

La Asunción, también llamada Assumptio Beatae Mariae Virginis (Asunción de la Bienaventurada Virgen María), es una solemnidad de la Iglesia Católica que celebra la elevación en cuerpo y alma de la Virgen María desde la vida terrena hasta el cielo. La Virgen no tuvo que padecer la corrupción de su cuerpo al llegar la hora de su partida y, a diferencia de su hijo Jesucristo, que ascendió al cielo, ella fue asunta. La Asunción está considerada un dogma para todos los católicos desde el año 1950.

-¿En qué fechas tiene lugar?

La fiesta de la Asunción en la Iglesia Católica tiene lugar cada año el día 15 de agosto. Es una fiesta fija en el calendario, por lo que siempre se celebra en esta fecha, sin importar el día de la semana en la que caiga.

-¿Cuál es su trasfondo histórico?

Las primeras referencias oficiales a la Asunción de la Virgen datan del siglo IV, cuando se celebraba la fiesta de El Recuerdo de María. Fue en el siglo VII cuando esta fiesta pasó a llamarse la Dormición o Asunción.

La doctrina de la Asunción de María se cree que comenzó a ser desarrollada en el siglo XII, cuando aparece el tratado "Ad Interrogata", atribuido a san Agustín, en el cual se aceptaba la asunción corporal de María. Tiempo después, Santo Tomás de Aquino y otros grandes teólogos declararían estar de acuerdo con este texto.

Sin embargo, el gran empujón para que esta fiesta se convirtiera poco a poco en lo que es hoy en día se lo dio el Papa San Pío V, en el siglo XVI. Fue en ese tiempo cuando reformó el Breviario, donde eliminó frases en las que se dudaba de la Asunción de María y las sustituyó por otras que defendían su elevación corporal. Fue otro Papa, Benedicto XIV, el que fomentaría en el pueblo cristiano la piedad a la fiesta de la Asunción.

-¿Cuándo y cómo se aprueba el dogma de la Asunción?

Ya desde el año 1849 habían llegado hasta Roma las primeras peticiones de obispos solicitando que se reconociera la Asunción como parte de la doctrina católica. Sin embargo, tuvo que pasar casi un siglo para que el Papa Pío XII consultara sobre esta cuestión al episcopado, por medio de la carta Deiparae Virginis Mariae (1946). El resultado fue casi unánime, los obispos apoyaban que se declarara dogma la Asunción de la Virgen María.

El 1 de noviembre de 1950 se publicó la constitución apostólica Munificentissimus Deus en la que el Papa, basado en la tradición de la Iglesia católica, tomando en cuenta los testimonios de la liturgia, la creencia de los fieles guiados por sus pastores, los testimonios de los Padres y Doctores de la Iglesia y con el consenso de los obispos del mundo, declaraba como dogma de fe la Asunción de la Virgen María.

Texto de la Constitución apostólica Munificentissimus Deus:

«Por eso, después de que una y otra vez hemos elevado a Dios nuestras preces suplicantes e invocado la luz del Espíritu de Verdad, para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para aumento de la gloria de la misma augusta Madre, y gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial".

-¿Qué dice la Biblia y otras fuentes cristianas sobre la Asunción?

Aunque la Biblia no habla explícitamente de la Asunción de la Virgen, ni de su muerte física, hay elementos claros que la defienden. Un ejemplo es el salmo 131, 8: "Levántate, Señor, a tu reposo, tú y el arca de tu santificación". Como defiende San Alberto Magno, estas palabras fueron dichas figuradamente de María, quien es el arca de la santificación.

Otro pasaje que confirma la Asunción de la Virgen es el Apocalipsis de San Juan: "Entonces fue abierto el Templo de Dios, el que está en el cielo, y fue vista en su Templo el Arca de Su Alianza; y hubo relámpagos y voces y truenos y terremoto y pedrisco grande". Y, en una segunda cita: "Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas".

Los teólogos también consideran muy vinculado con la Asunción este pasaje del Cantar de los Cantares: "¿Quién es ésta que se muestra como el alba, hermosa como la luna, esclarecida como el sol, imponente como ejércitos en orden?". En la Biblia aparecen más asunciones, además de la de la Virgen, como las de Elías o Enoc.

El Catecismo de la Iglesia afirma en su número 966 lo siguiente sobre la Asunción de la Virgen: «Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte».

-¿Qué importancia tiene para los cristianos la Asunción?

Durante el rezo del Ángelus del día de la Asunción del año 2018 el Papa Francisco dijo lo siguiente: "El cuerpo de la Madre ha sido preservado de la corrupción, como el del Hijo. Este día la Iglesia invita a contemplar este misterio que nos muestra que Dios quiere salvar al hombre por completo, alma y cuerpo. La asunción de María, criatura humana, nos da la confirmación de nuestro destino glorioso. La resurrección de la carne es un elemento propio de la revelación cristiana, una piedra angular de nuestra fe. La realidad estupenda de la Asunción de María manifiesta y confirma la unidad de la persona humana y nos recuerda que estamos llamados a servir y glorificar a Dios con todo nuestro ser, alma y cuerpo. Servir a Dios solo con el cuerpo sería una acción de esclavos; servirlo solo con el alma estaría en contraste con nuestra naturaleza humana. Nuestro destino, en el día de la resurrección, será similar al de nuestra Madre celeste".

-¿Qué tradiciones se asocian a esta fiesta?

La fiesta de la Asunción es un motivo de celebración religioso y popular en todo el orbe católico. Son innumerables las ciudades y pueblos donde procesionan con María y le ofrecen todo tipo de homenajes. En este día la Virgen María se viste bajo distintos títulos y advocaciones en todo el mundo. En España destaca la fiesta de la Virgen de los Reyes de Sevilla, de la Virgen del Sagrario en Toledo, de la Virgen de Prado en Ciudad Real, de la Virgen de la Paloma en Madrid y de la Virgen de Begoña en Bilbao. La Asunción es también la fiesta principal de Elche, con su célebre Misterio.

Dándole nombre a la capital de Paraguay, la Asunción es una fiesta muy importante para toda América. En la región de Yucatán, en México, sus habitantes salen a las calles para celebrar a La Pobre de Dios. En Guatemala, pasean una aparatosa plataforma con la Virgen por los alrededores de la catedral. Mientras que en Ohio (EE.UU) se organizan todo tipo de entretenimientos, comidas y música por las calles.

Ya en Europa, en Malta sus habitantes terminan el día de la fiesta de la Virgen de Mosta con un espectáculo de fuegos artificiales. En Francia, la celebración de la Asunción cuenta diferentes procesiones.

30 de marzo de 2025

El saludo de la Anunciación a Nuestra Señora

 

Del sitio En búsqueda del sentido:

Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, nos dejó un comentario sobre la primera parte del Ave María (el saludo del ángel a María), titulado Muy piadosa exposición del saludo angélico.

Santo Tomás insiste en el carácter inaudito del saludo angélico: "Es inaudito que un ángel se incline ante un hombre, antes de haber saludado a la Virgen bendita, diciendo: 'Salve'".

De hecho, el ángel está más arriba en la jerarquía de los seres creados por Dios: es una criatura espiritual e incorruptible. Familiarizado con el Altísimo, el ángel es infinitamente superior al hombre: "No convenía que la criatura espiritual e incorruptible reverenciase a la criatura corruptible, es decir, al hombre".

Este argumento implica que hubo una criatura superior a los ángeles: "Y esta criatura era la Virgen bendita. Y fue para demostrar que en estos tres puntos era superior a él por lo que quiso reverenciarla; y esto le hizo decir: 'Dios te salve'".

Santo Tomás explica que la Virgen María supera a los ángeles en tres aspectos:

Primero, en la plenitud de la gracia: "Fue para insinuar esto que el ángel se inclinó ante Ella, diciendo: 'Llena eres de gracia', como diciendo te venero, porque tú prevaleces sobre mí en la plenitud de la gracia».

Luego porque ella prevalece en familiaridad con Dios sobre los ángeles: El ángel dijo: "El Señor está contigo", como si dijera: "Te venero porque estás más familiarizada con Dios que yo, pues el Señor está contigo". "El Señor", dijo, “está con Ella como su padre; tienen el mismo Hijo, que ningún ángel o criatura tuvo”.

Por último, porque ella supera a los ángeles en pureza: "No sólo era pura en sí misma, sino que también procuraba la pureza a los demás. En efecto, fue muy pura en cuanto al pecado, porque, siendo virgen, no cometió ni pecado mortal ni venial; asimismo fue pura en cuanto al castigo".

Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, comenta la expresión "llena de gracia" utilizada por el ángel Gabriel en la Exposición piadosísima de la salutación angélica. 

La enseñanza de Santo Tomás de Aquino se divide en tres partes:

  • María es completamente victoriosa sobre el pecado porque está llena de gracia.

  • María se convierte en madre de Dios por la plenitud de gracia que habita en ella.

  • María intercede eficazmente por toda la humanidad precisamente porque es infinitamente rica en gracia.

María está llena de gracia en su alma: "En efecto, Dios da la gracia para dos cosas, a saber, para hacer el bien y para evitar el mal; y, con respecto a estas dos cosas, la Santísima Virgen tuvo la gracia más perfecta" [...] "La Santísima Virgen llegó a practicar todas las virtudes de un modo perfecto; en cuanto a los demás santos, practicaron algunas de un modo más especial; uno las practicó especialmente. [En cuanto a los demás santos, practicaban algunas de ellas de modo más especial; uno practicaba sobre todo la humildad, otro la castidad, otro la misericordia; esto es lo que hace de ellos modelos de virtudes particulares: así el beato Nicolás es modelo de misericordia, etc. Pero la Santísima Virgen, que era santa, no practicaba todas las virtudes de modo perfecto; practicaba algunas de ellas de modo más especial; uno practicaba sobre todo la humildad, otro la castidad, otro la misericordia; esto es lo que hace de ellos modelos de virtudes particulares. Pero la Santísima Virgen es modelo de todas las virtudes, porque en Ella encontraréis un modelo de humildad. Está escrito en San Lucas, capítulo I: 'He aquí la esclava del Señor' y más adelante: 'Miró la humildad de su esclava'. Ella es modelo de castidad: 'No he conocido varón'; es, como es fácil ver, modelo de todas las virtudes. Por eso está llena de gracia, tanto para hacer el bien como para evitar el mal".

María, Madre de Dios. La gracia de la que se benefició el alma de María fluyó hacia su cuerpo. 

El alma de la Santísima Virgen estaba tan llena de ella que se derramó en su carne, hasta el punto de que, de esa misma carne, concibió al Hijo de Dios, lo que llevó a Hugues de Saint-Victor a decir: "Porque el amor del Espíritu Santo ardía en su corazón, obró maravillas en su carne, de modo que de ella nació un Dios-hombre".

La plenitud de la gracia de María se derrama sobre la humanidad: "Es mucho para cada santo tener la gracia suficiente para bastar a la salvación de varios hombres; pero tener la suficiente para la salvación de todos los hombres, eso es inmenso; y eso es lo que hay en Jesucristo y en la Virgen bendita. En toda clase de peligros puedes obtener la salvación de la Virgen gloriosa. Por eso se dice en el libro de los Cánticos, capítulo IV: 'Mil escudos, es decir, mil remedios están colgados contra los peligros, etc.'. Del mismo modo puedes tenerla como apoyo en toda obra de virtud; y esto es lo que le hace decir en el Eclesiástico, capítulo XXIV: 'En mí está toda esperanza de vida y virtud'».

"Tres maldiciones fueron pronunciadas contra los hombres a causa del pecado original en el Génesis:

La primera fue pronunciada contra la mujer: que concebiría en corrupción, que su gestación sería dolorosa y que daría a luz con dolor. Pero la Virgen bendita no fue objeto de esta maldición, porque concibió sin ningún tipo de corrupción, su gestación estuvo llena de consuelo y dio a luz al Salvador con alegría. Se dice en Isaías (Is. 35): 'Brotará y germinará en efusión de alegría y alabanza'.

La segunda fue pronunciada contra el hombre, que comería el pan con el sudor de su frente. La Virgen bendita estaba exenta de esta maldición, porque, como dice el Apóstol (Corintios, 7): 'Las vírgenes están libres de las preocupaciones del mundo, sólo se ocupan del servicio de Dios.'

La tercera era común al hombre y a la mujer, que se convertirían en polvo; y la bienaventurada Virgen fue preservada de esto, porque fue llevada con su cuerpo al cielo. Se dice (Salmos 131, 8): 'Levántate, Señor, para entrar en tu reposo, tú y el arca donde brilla tu santidad'.

Por eso estaba exenta de toda maldición, y por eso fue bendecida por encima de todas las mujeres, porque fue Ella quien levantó la maldición, trajo la bendición, abrió la puerta del paraíso, y, además, el nombre de María, que significa estrella del mar, le viene bien, porque como la estrella del mar conduce a los marineros al puerto, así María conduce a los cristianos a la gloria.»

1 de enero de 2025

Nuestra Señora, en todo sentido la Madre de Dios

Adaptado de Reflexiones extraídas del "Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción comentado" de Monseñor João Clá Dias:

En el primer día del año nuevo, el calendario de los santos se abre con la fiesta de María Santísima, en el misterio de su maternidad divina.

Elección acertada, porque de hecho Ella es "la Virgen madre, Hija de su Hijo, humilde y más sublime que toda criatura, objeto fijado por un eterno designio de amor". Ella tiene el derecho de llamarlo "Hijo", y Él, Dios omnipotente, la llama, con toda verdad, ¡Madre!

Fue la primera fiesta mariana que apareció en la Iglesia occidental.

Substituyó la costumbre pagana de las dádivas y comenzó a ser celebrada en Roma, en el siglo IV. Antes de 1931 se conmemoraba el día 11 de octubre, pero con la última revisión del calendario religioso pasó a la fecha actual, la misma donde antes se conmemoraba la circuncisión de Jesús, ocho días después de haber nacido.

En un cierto sentido, todo el año litúrgico sigue las huellas de esta maternidad, comenzando por la solemnidad de la Anunciación, nueve meses antes de la Natividad.

María concibió por obra del Espíritu Santo. Como todas las madres, trajo en el propio seno a aquel que solo ella sabía que se trataba del Hijo unigénito de Dios, que nació en la noche de Belén.

Ella asumió para sí la misión confiada por Dios. Sabiendo, por conocer las profecías, que tendría también su propio calvario, como madre de aquel que sería sacrificado en nombre de la salvación de la Humanidad. Dios que se hizo carne por medio de María.

Ella es el punto de unión entre el Cielo y la Tierra. Contribuyó para la obtención de la plenitud de los tiempos. Sin María, el Evangelio sería apenas ideología, solamente "racionalismo espiritualista", como registran algunos autores.

El propio Jesús a través del apóstol San Lucas (6,43) nos aclara: "Un árbol bueno no da frutos malos, un árbol malo no da buen fruto". Por tanto, por el fruto se conoce el árbol.

Santa Isabel, cuando recibió la visita de María ya cubierta por el Espíritu Santo, exclamó: "Bendita eres tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre." (Lc 1,42).

El fruto del vientre de María es el Hijo de Dios Altísimo, Jesucristo, nuestro Dios y Señor. Quien acepta a Jesús, fruto de María, acepta el árbol que es María. María es de Jesús y Jesús es de María. O se acepta a Jesús y María o se rechaza a ambos.

Por tomar esta verdad como dogma es que la Iglesia reverencia, en el primer día del año, a la Madre de Jesús.

Que la contemplación de este misterio ejerza en nosotros la confianza inamovible en la Misericordia de Dios, para llevarnos al camino recto, con la certeza de su auxilio, para abandonar los apegos y vanidades del mundo, y asimilar la vida de Jesucristo, que nos conduce a la Vida Eterna.

Así, con esos propósitos entreguemos el nuevo año a la protección de María Santísima que, cuando se tornó Madre de Dios, se hizo también nuestra Madre, se incumbió de formar en nosotros la imagen de su Divino Hijo, desde que no opongamos de nuestra parte obstáculos a su acción maternal.

La conmemoración de María, en este día 1º de enero, se suma al Día Universal de la Paz. Nadie más podría encarnar los ideales de paz, amor y solidaridad que ella, que fue el terreno donde Dios fecundó su amor por los hijos y de cuyo vientre nació aquel que personificó la unión entre los hombres y el amor al prójimo, Nuestro Señor Jesucristo.

Celebrar a María es celebrar a nuestro Salvador.

Día de la Paz, día de nuestra Madre, María Santísima.

¡En los tiempos sufridos en que vivimos, un día de reflexión y esperanza!

Todos los títulos y grandezas de María dependen del hecho colosal de su maternidad divina. María es inmaculada, llena de gracia, co-redentora de la humanidad, Reina de los Cielos y de la Tierra y Medianera universal de todas las gracias, etc., porque es la Madre de Dios.

La maternidad divina la coloca a tal altura, tan encima de todas las criaturas que Santo Tomás de Aquino, tan sobrio y discreto en sus apreciaciones, no duda en calificar su dignidad como siendo de cierto modo infinita.

Y su gran comentarista, el Cardenal Cayetano, dice que María, por su maternidad divina, alcanza los límites de la divinidad. Entre todas las criaturas, es María, sin duda alguna, la que tiene mayor afinidad con Dios.

Así, en el decir de otro eminente mariólogo "el dogma más importante de la Virgen María es su maternidad divina". Es el primer pilar sobre el cual se levanta el edificio de la grandeza mariana.

Es este un hecho que excede de tal modo la fuerza cognoscitiva del hombre que debe ser enumerado entre los mayores misterios de nuestra fe. Que una humilde mujer, descendiente de Adán como nosotros, se torne Madre de Dios, es un misterio tan sublime de elevación del hombre y de condescendencia divina, que deja atónita cualquier inteligencia, angélica o humana, en los siglos y la eternidad.

La Sagrada Escritura nos dice explícitamente que la Virgen Santísima es verdadera Madre de Jesús (Mt, II, 1; Lc. II, 37-48; Jo. II, 1; At. I, 14). Con efecto, Jesús nos es presentado como concebido por la Virgen (Lc. I, 31) y nacido de la Virgen (Lc. II, 7-12).

Pero, Jesús es verdadero Dios, como resulta de su propio y explícito testimonio, por la fe apostólica de la Iglesia, por el testimonio de San Juan, etc. Para poder negar su divinidad, no hay otro camino sino rasgar todas las páginas del Nuevo Testamento.

Ahora, si María es verdadera Madre de Jesús y Jesús es verdadero Dios, se sigue necesariamente que María es verdadera Madre de Dios.

San Pablo enseña explícitamente que, "llegada la plenitud de los tiempos, Dios mandó su Hijo, hecho de una mujer" (Gal. IV, 4). Por estas palabras, se manifiesta claramente que Aquel que fue engendrado ab aeterno por el Padre es el mismo que fue, después, engendrado en el tiempo por la Madre; pero Aquel que fue engendrado ab aeterno por el Padre es Dios, el Verbo.

Por tanto, también el que fue engendrado en el tiempo por la Madre es Dios, el Verbo.

Todavía más clara y explícita, en su vigor sintético, es la expresión de Santa Isabel. Respondiendo al saludo que María le dirigiera.

Santa Isabel, inspirada por el Espíritu Santo, dijo, llena de admiración: "¿Y cómo me es dado que la Madre de mi Señor venga a mí?" (Lc I, 43). La expresión "mi Señor", es, evidentemente, sinónimo de Dios, pues que, en seguida, Isabel agrega: "Se cumplirán en ti todas las cosas que te fueron dichas de parte del Señor", o sea, de parte de Dios. Isabel, por tanto, inspirada por el Espíritu Santo, proclamó explícitamente que María es verdadera Madre de Dios.

1 de septiembre de 2024

Nuestra Señora, Madre del género humano

 Del sitio Gaudium Press:

Dada la aguda ignorancia religiosa que reina en nuestros días, no faltan los que piensen que la Iglesia da a Nuestra Señora el título de Madre del género humano simplemente para describir de algún modo los sentimientos afectuosos y protectores que Ella siente hacia los hombres. Puesto que estos sentimientos son propios de las madres, por analogía Nuestra Señora sería también nuestra Madre. Y siendo pobres mendigos con relación a Ella, en su generosidad nos protege como si fuéramos sus hijos.

La realidad, sin embargo, es muy diferente. No somos hijos de la Virgen simplemente por una adopción afectiva. Ella no es nuestra Madre sólo en el terreno ficticio o en el orden sentimental, sino con toda objetividad en el orden verídico de la vida sobrenatural.

Antes del pecado original, nuestros primeros padres, que vivían en el Paraíso, fueron creados por Dios para la gloria celestial, que podían alcanzar cruzando los umbrales de esta vida en un tránsito que no tendría el dolor sombrío de la muerte, sino el esplendor de una glorificación.

Sin embargo, el pecado original, al romper la amistad con Dios en la que vivía la humanidad, cerró la puerta del cielo a los hombres y obstruyó el libre curso de la gracia de Dios hacia ellos. En otras palabras, con el castigo del pecado original, los hombres perdieron todo derecho al cielo y a la vida sobrenatural de la gracia.

Aunque no fue extinguida, es decir, no perdió la vida terrenal, la raza humana perdió, eso sí, el derecho a la vida sobrenatural. Y sólo podría recobrar esa vida presentando a la justicia divina una expiación proporcionada a la enormidad de su pecado.

No es apropiado discutir aquí la naturaleza de este pecado. Es indudable que todos los teólogos, sin excepción, afirman que el pecado de Adán no tiene nada en común con el pecado de impureza, contrariamente a una versión muy difundida en el pueblo. Pero la narración bíblica muestra claramente los refinamientos de rebeldía que agravaron considerablemente el delito de nuestro primer padre.

De hecho, uno de los elementos para evaluar la gravedad de una ofensa es medir la dignidad de la persona ofendida. Una misma impertinencia cuando se le dice a un hermano es mucho menos grave que cuando se le dice a un papá. Un chiste común entre colegas podría constituir una grave irreverencia si se hiciera a un Jefe de Estado, y así sucesivamente. Ahora bien, Dios es infinitamente grande. Por eso no es difícil evaluar la gravedad del pecado original. Una ofensa hecha al Infinito sólo podía ser restaurada convenientemente por medio de una expiación infinitamente grande. Y no está en el poder del hombre, que es un ser contingente por naturaleza y envilecido por el pecado, ofrecer al Creador un desagravio tan valioso. Por lo tanto, aquello que nos unía a Dios parecía haber sido definitivamente cortado, e irremediable la humanidad se arrojaba locamente a la decadencia traída por el pecado.

Para remediar tan insoluble situación, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnándose en el purísimo seno de la Virgen María, asumió la naturaleza humana sin perder nada de su divinidad, y el Hombre-Dios, así constituido, pudo presentarse a la justicia del Padre como el Cordero expiatorio del género humano. De hecho, como Hombre, Nuestro Señor Jesucristo podía ofrecer una reparación que era verdaderamente humana. Pero en virtud de la dualidad de las naturalezas existentes en Él, esta expiación, aunque humana, tenía un valor infinito, ya que consistía en la efusión generosa y superabundante de la Sangre infinitamente preciosa del Hombre-Dios.

Así, en el sacrificio del Calvario, Nuestro Señor apaciguó la justicia divina e hizo renacer para el cielo y a la vida sobrenatural de la gracia, a la humanidad que estaba absolutamente muerta en todo lo que tenía que ver con lo sobrenatural. Si Dios, uno y trino, es nuestro Creador, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, encarnándose, se convirtió en nuestro Padre por un título muy especial, que es el de la Redención. Jesús, al morir, nos dio la vida sobrenatural. Y el que da la vida es verdaderamente padre, en el sentido más amplio de la palabra.

Si el género humano pudo beneficiarse de la Redención, fue porque la Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo Hombre, ya que el pecado de los hombres debía ser reparado.

Ahora bien, si Jesucristo asumió la naturaleza humana, lo hizo en la Virgen María, y así Ella cooperó de manera eminente en la obra de la Redención, transmitiendo al Salvador la naturaleza humana que en los designios de Dios era una condición esencial para la Redención. Además, María Santísima ofreció a su Hijo de una manera total y supremamente generosa como víctima expiatoria, y aceptó sufrir con Él, y por Él, el océano de dolores que la Pasión hizo brotar en su Inmaculado Corazón.

Así, pues, la Redención nos vino por medio de la Virgen María, y su participación en la obra de la resurrección sobrenatural del género humano fue tan esencial y tan profunda que se puede afirmar que María cooperó para hacernos nacer a la vida de la gracia. Por lo tanto, ella es, auténticamente, nuestra Madre. Subrayando, pues, que no se trata de digresiones sentimentales o literarias, sino de realidades objetivas que, aunque sobrenaturales, son, sin embargo, absolutamente verdaderas, y por eso mismo son sobrenaturales.

Invitando a los fieles a adorar al Santísimo Sacramento, la Iglesia exclama en la Sagrada Liturgia: "Quantum potes, tantum aude", es decir, "ten la audacia de amar tanto como tu corazón te lo permita".

Lo mismo hay que decir a esta altura. Ante la maravillosa realidad de la maternidad de María en relación con los hombres, realidad que constituye una verdad seria, teológica, profundamente medular, el hombre debe romper decididamente para que se dilaten plenamente los estrechos límites de su corazón, sin miedo, y navegue sin recelo por el océano de amor que se despliega ante sus ojos. Los artificios de la retórica humana no son indispensables aquí. Una reflexión madura de la realidad bastará para llenar al hombre de amor.

De acuerdo con toda la doctrina católica, San Luis Grignion de Montfort apunta a las grandezas de Maria Santísima. Demostrando que es Madre, ¿qué es más conveniente y más necesario que el conocimiento de la dignidad suprema y de la misericordia insuperable que Ella posee?

Santo Tomás de Aquino dice que Nuestra Señora recibió de Dios todas las cualidades con las que Dios pudiera colmar a una criatura. Por lo tanto, Ella se encuentra en la cúspide de la Creación, cimentando su trono por encima de los más altos coros angélicos y siendo inferior únicamente al propio Dios, quien, como infinito que es, está infinitamente por encima de todos los seres, incluida Nuestra Señora.

Se acostumbra decir que Nuestra Señora brilla más que el sol, tiene la suavidad de la luna, la belleza de la aurora, la pureza de los lirios y la majestad de todo el firmamento. Mucha gente asume que todo esto no pasa de hipérboles. Sin embargo, estas comparaciones pecan por su irremediable deficiencia. El sol, la luna, la aurora y todo el firmamento son seres inanimados y, por lo tanto, están colocados en la última escala de la Creación. Es inadmisible que Dios los haga tan hermosos dándole al hombre dones menores. Y por esta misma razón, la más menospreciada de las almas de aquellos que han muerto en paz con Dios tiene una belleza que supera incomparablemente a la de todas las criaturas materiales.

¿Qué decir, entonces, de Nuestra Señora, colocada incalculablemente más arriba no sólo de los más grandes santos, sino incluso de los ángeles más exaltados en dignidad ante el trono de Dios? Un campesino que fuera a asistir a la ceremonia de coronación del rey de Inglaterra, volviendo a su ambiente nativo, probablemente no encontrara otros términos para explicar la magnificencia de lo que vio, sino afirmando que fue más hermoso que las fiestas en la casa de don Tónico, el hombre menos pobre de la zona. Si el rey de Inglaterra oyese esto, ¿qué otra cosa podía hacer además de sonreír? Porque nosotros, cuando tratamos de describir la belleza de Nuestra Señora en los escasos términos del lenguaje humano, jugamos el mismo papel… y Ella también sonríe.

No es de extrañar, entonces, que sea verdad de Fe que Dios se complace tanto con Nuestra Señora que siempre concede una petición hecha a través de Ella, aunque no cuente sino con su apoyo. Y que si todos los santos pidieran alguna cosa que no fuera a través de Ella, no obtendrían nada. Porque, como dice Dante, querer orar sin Ella es lo mismo que querer volar sin alas…

Así, pues, todas las gracias nos vienen de Nuestra Señora, Ella es la medianera universal de todos los hombres junto a Nuestro Señor Jesucristo.

Pero si todas las gracias nos vienen de Ella, y si nuestra vida espiritual no es más que una larga sucesión de gracias a las que correspondemos, o renunciamos a tener una vida espiritual, o debemos entender que será tanto más dulce, más intensa y más perfecta, cuanto más cerca estemos de ese único canal de gracias que es Nuestra Señora. Dios es la fuente de la gracia, Nuestra Señora el único canal necesario, y los santos meras ramificaciones, venerables y dignas de gran amor, del gran canal que es Nuestra Señora.

¿Queremos tener la gracia inestimable del espíritu católico? ¿Queremos tener la inapreciable virtud de la pureza? ¿Queremos tener el tesoro sin precio que es el don de fortaleza, queremos ser a la vez mansos y enérgicos, humildes y dignos, piadosos y activos, meticulosos en nuestros deberes y enemigos de los escrúpulos, pobres de espíritu, aunque vinculados a las riquezas del mundo, en una palabra, fieles y devotos servidores de Nuestro Señor Jesucristo? Vayamos al trono que Dios ha dado a Nuestra Señora, y en el descanso amoroso de la Iglesia Católica, nuestra Madre, pidamos a Nuestra Señora, también Madre nuestra, que nos haga semejantes a su Divino Hijo.

Prof. Plinio Corrêa de Oliveira
extraído de El Legionario n. 378 del 10/12/1939

13 de agosto de 2024

Nuestra Señora, Virgen Clemente

Del sitio Fatimazo por la Paz:

La clemencia según Santo Tomás de Aquino es aquella virtud que templa el rigor de la justicia con la misericordia; que concede y obtiene el perdón o la disminución del castigo merecido. Comparte con la mansedumbre el cometido de poner un justo y racional freno a los ímpetus de la ira y si la mansedumbre frena el afecto interno, que es la raíz o el principio, la clemencia modera el afecto exterior.

Esta hermosa y amable virtud, prosigue Santo Tomás, nace del amor. Quien ama a una persona no quiere que ésta sea castigada.

De esto se sigue que cuando el perdón total o la disminución de la pena son compatibles con el verdadero bien, entonces la amorosa clemencia perdona o pide el perdón.

La clemencia, resplandece en María Santísima más que en cualquier otra persona. Ella se ocupa y se preocupa de impetrar el perdón para los pecadores. Por eso la Iglesia la honra con el título de Virgen Clemente.

Nuestra Madre Santísima nos ama porque ama a Dios. El amor de Dios y el amor del prójimo son dos amores inseparables y nadie nos ama como Ella.

No se puede medir el amor Infinito del Corazón de Jesús, aquel Corazón inflamado con las llamas del Amor Divino y que fue atravesado por la lanza. Ningún otro corazón está tan cerca del amor de Jesús, como el de su Madre. Ninguno alcanza tan encendida caridad. Ella nos ama en Cristo, ama en nosotros la Sangre del Hijo derramada en el Calvario y aplicada en los Sacramentos. Ella más que nadie conoce en Dios el altísimo valor de un alma.

No hay otro amor más hermoso y más fuerte que el de María porque brota de la purísima fuente del amor de Dios.

Por dos títulos María es nuestra Madre:

  • Ante todo porque ES LA MADRE DE JESUCRISTO.
  • Porque Ella nos engendró al pie de la Cruz sobre el Calvario, allí fuimos confiados a Ella como hijos en la persona de Juan.

Los dolores que no tuvo en el divino parto natural, debió sufrirlos en el parto espiritual cuando fue constituida Madre de todos nosotros.

De la misma forma que Dios adornó a María con la santidad más eminente, así la dotó de un corazón, en profundidad y en extensión, el más amante de todos los corazones; con el que nos ama a todos, justos y pecadores, aquellos que aunque estén en pecado buscan salir de él y se proponen dejarlo. Ella escucha sus súplicas y los reconcilia con Dios y lo hace como una madre que tiene más cuidado de un hijo enfermo que de un hijo sano … como deja el buen pastor las noventa y nueve ovejas para ocuparse de aquella que huyó del redil.

Virgen Clemente, 
ruega por nosotros tus hijos pecadores, 
ahora y en la hora de nuestra muerte, 
amén!

Marisol Solís Trejo de Gamboa

17 de diciembre de 2022

Por qué el sábado está dedicado a Nuestra Señora

 

Del sitio Un Minuto con María:

En la Iglesia Católica, los sábados son días dedicados a la Virgen María en la liturgia. La mayoría de los sábados del año, los sacerdotes pueden ofrecer misas votivas en su honor y, en la Liturgia de las Horas, se le dedican oraciones y lecturas específicas.

Pero, ¿por qué el sábado en lugar de otro día? La tradición de honrar a la Madre de Dios los sábados es una antigua costumbre ampliamente atribuida al monje benedictino Alcuino (735-804), íntimo consejero de Carlomagno, que había compuesto un oficio votivo para cada día de la semana y dos especiales para el sábado, en honor a la Virgen María.

Esto no explica por qué se eligió el sábado. Según santo Tomás de Aquino, la elección está ligada a la Resurrección de Jesús, que tuvo lugar un domingo y a la fe inquebrantable de la Virgen el día anterior. (…) Otros consideraban que, al estar el domingo dedicado a Jesús, parecía lógico dedicar el día anterior a su Madre.

Cualquiera que sea su verdadero origen, la devoción mariana del sábado fue ratificada en las revelaciones privadas de Nuestra Señora de Fátima. En efecto, el 10 de diciembre de 1925, la Virgen María se apareció a sor Lucía Dos Santos en el convento de Pontevedra en España. Unos años antes, Lucía había sido una de las tres videntes de las apariciones de la Virgen en el pequeño pueblo portugués. Durante esta nueva revelación privada, ocho años después de los hechos de Fátima, María pidió la institución de la devoción de los primeros cinco sábados* consecutivos en reparación por las ofensas cometidas contra su Inmaculado Corazón.

Esta aparición volvió a subrayar el vínculo que ya existía entre el sábado y la devoción a la Virgen, cuyo papel ha sido siempre el de atraer a los fieles hacia su Hijo Jesús. El sábado es un "día de preparación" y María es quien nos prepara para recoger el fruto de nuestro trabajo el domingo, día de la Resurrección.


* Nota de José Luis Salvia: A partir del primer sábado de 2023 este blog dedicará ese día a alabar y meditar sobre Nuestra Señora

8 de diciembre de 2022

Nuestra Señora Inmaculada y el Hijo

 Del sitio Enciclopedia Hispano Católica Universal:

El fundamento principal de la Inmaculada Concepción es la Maternidad Divina. “Por el honor del Señor”, como decía San Agustín, ¿cómo debía ser la Madre de Dios? ¿Quién puede imaginar la santidad que debía tener Aquélla que llevaría en su propio vientre a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad y apretaría contra su pecho al Santo de Dios? ¿Aquélla cuyo cuerpo virginal sería como “la Ciudad Santa” donde habitaría por nueve meses, y su Corazón Inmaculado el Tabernáculo donde reinaría siempre?

Sabemos que para todo es necesario prepararse, que Dios guía nuestra vida con infinita sabiduría y bondad y que, como enseña Santo Tomás, “a las personas que Dios elige para una misión las prepara y dispone de modo que sean idóneas para desempeñarla”, concediéndoles la gracia necesaria para la vocación a la cual las llama. La Inmaculada Concepción es esa preparación radical que María necesitaba, desde el inicio mismo de su vida, para poder convertirse en la Madre de Dios.

Al preservar a María de contraer el pecado original y llenarla de gracia santificante desde el primer instante de su vida, Dios le concedió la plenitud de gracia y pureza que Ella necesitaba para cumplir con su excelsa misión. Sólo así podía “abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios” y “consagrarse totalmente como esclava del Señor a la Persona y a la obra de su Hijo(LG 56).

Cristo, el único Hijo que es el Creador de Su Madre, se la escogió y preparó Él mismo como quiso. “La Sabiduría se construyó su casa” (Prov.9,1). ¿Cómo se la construiría este Arquitecto Divino? ¿No sería la casa más bella y perfecta? María es la primera criatura de la nueva creación que Jesucristo ha obrado, “el hombre nuevo” (Ef.4,24) que todos estamos llamados a ser en Cristo.

Jesucristo, Redentor del mundo, al concederle a Su Madre el regalo de la Inmaculada Concepción, mostró la potencia ilimitada de Su Redención y el valor de Sus méritos, tales que “en vista de ellos”, “por adelantado”, María pudo recibirlos y ser redimida “en modo más sublime”. De esa manera también la preparaba para ser Su Madre y colaboradora. La Inmaculada Concepción era premisa indispensable para que la Virgen pudiera cooperar con su Hijo de manera tan estrecha en toda la Obra de la Redención.

Como enseña San Ambrosio: “no nos debe maravillar que el Señor, queriendo redimir al mundo, haya iniciado su obra con María. Aquélla por medio de la cual se estaba preparando la salvación de todos, debía ser la primera en recibir el fruto de la salvación”.

Toda la Tradición afirma que, así como Eva colaboró con Adán en la caída de la humanidad en el pecado y la muerte, así María, la nueva Eva, “sirvió con diligencia el misterio de la redención con Cristo y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente” (LG 56). María coopera con su consentimiento en la Anunciación, su Maternidad Divina, su servicio a Cristo a lo largo de Su vida terrena, su compasión al pie de la Cruz, y su mediación maternal en favor nuestro (LG 57-58;61-63).

La preparación que María necesitó para recibir a Cristo en su corazón y su vientre nos recuerda la humildad, pureza y amor con que debemos prepararnos para recibir a Cristo en la Eucaristía. No es simplemente algo santo lo que recibimos, sino a Alguien, ¡al Hijo de Dios en Persona! Pidámosle a nuestra Madre que sepamos entregarnos como Ella a la Persona y la Obra de Jesús.

  Dra. Deyanira Flores
Marióloga

15 de octubre de 2022

Nuestra Señora de la Santa Esperanza de Mesnil-Saint-Loup

 

Del sitio de la Abadía de San José de Clairval:

El 5 de julio de 1852, el padre Ernesto André, joven sacerdote de Mesnil-Saint-Loup, una humilde localidad de la diócesis de Troyes (Francia), es recibido en audiencia privada por el beato Pío IX. Arrodillado a sus pies, le hace esta petición : « Santo Padre, ¿ queréis darle a la Santísima Virgen honrada en nuestra iglesia el nombre de Nuestra Señora de la Santa Esperanza ? ». Ante esas palabras, el Papa levanta la cabeza y, tras un momento de reflexión, parece rebosante de gozo y dice con marcado acento de satisfacción : «Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡sí! ».

En pocos años, bajo el impulso de su pastor, Nuestra Señora de la Santa Esperanza transformará no solamente la parroquia de Mesnil-Saint-Loup sino que esparcirá también sus favores mucho más allá del pueblo.

Ernesto André, al que se conocerá con el nombre de padre Manuel, nace el 17 de octubre de 1826 en Bagneux-la-Fosse, en el departamento de Aube (Francia). A la edad de nueve años, el niño sufre una fiebre tifoidea que le lleva a las puertas de la muerte. Después de cuarenta días sin casi conocimiento, se cura como por milagro. Poco tiempo después, manifiesta el deseo de ser sacerdote, y, en 1839, ingresa en el seminario menor. El sacramento de la Confirmación, que recibe al final del primer año, lo marca profundamente ; más tarde, en sus enseñanzas, subrayará con frecuencia el papel del Espíritu Santo en la vida del cristiano. Sus años de formación en el seminario mayor se sitúan en una época en que un soplo misionero expandía el catolicismo francés. Mientras unos condiscípulos suyos dejan el seminario para entrar en los Padres Maristas o en los Padres de Picpus para evangelizar tierras lejanas, el padre André también vibra con ese ardor. Sin embargo, se consagrará finalmente como pastor en la clásica misión de una parroquia de su diócesis. Tras los sombríos años de la Revolución, ¿ acaso no hay que rehacer la cristiandad en la propia Francia ? 

Tras ser ordenado presbítero el 22 de diciembre de 1849, el padre André es nombrado, a sus veintitrés años, párroco de Mesnil-Saint-Loup, una parroquia de trescientas cincuenta almas, a veinte kilómetros al oeste de Troyes. El 24 de diciembre, el nuevo párroco llega a Mesnil. Al divisar a un lugareño, le pregunta cómo llegar a la iglesia ; mientras le acompaña, con toda ingenuidad, el hombre se confiesa y confiesa a toda la comarca : «Ya ve, señor, que aquí no somos muy devotos ; a Misa nunca faltamos, pero después nos gusta mucho ir a tomar un trago». Al oírlo cantar la Misa del gallo, los feligreses se dicen : «Este canta demasiado bien ; no se quedará entre nosotros». Pero, de hecho, permanecerá en Mesnil-Saint-Loup durante cincuenta y tres años. En ese pueblo, donde la gente vive pobremente, la práctica religiosa es habitual, si se considera al menos el número de personas que asisten a Misa y a las Vísperas del domingo. Sin embargo, el deber de la Comunión en Pascua sólo se cumple por parte de las mujeres. El padre André, teniendo en cuenta la intensidad de su fe y el ardor de su celo pastoral, no podría contentarse con lo mínimo. Él quiere más, y, sobre todo, mejor : querría unos cristianos fervientes, deseosos de beber del manantial de los sacramentos, que se alimentaran de la Palabra de Dios y que concedieran un verdadero lugar a la oración en su vida cotidiana. Así pues, el joven párroco se pone enseguida manos a la obra : visitas a los fieles, especialmente a los enfermos, catecismos, preparación para las primeras Comuniones… Su buen humor, su brío, su risa franca y sonora caldean ya los corazones. Toda su persona da muestras de una exuberancia vital que no pide más que prodigarse para la salvación de las almas ; pero el párroco comprende enseguida que la siega no se realiza al día siguiente de la siembra. Constata que, entre los comulgantes preparados el año anterior por su predecesor, son pocos los que han perseverado en la vida sacramental ; ¿ tendrá más éxito en 1850 ? En ello despliega todo su celo : «Un compromiso vital —dice— es cosa seria ; pertenecéis a Jesucristo». No obstante, algunos muchachos abandonan. Las repetidas exhortaciones del joven sacerdote, así como la participación en sus juegos, consiguen recuperar a algunos. Todo ello, sin embargo, resulta frágil.

En junio de 1852, el padre André emprende una peregrinación a Roma. De camino, mientras reza el Rosario, le invade interiormente un pensamiento que lo llena de gozo y de emoción : María es Madre de la Santa Esperanza, según la expresión bíblica (cf. Si 24, 18). Al mismo tiempo, recibe la certeza de que, una vez llegado a Roma, necesitará pedirle al Papa que conceda el nombre de “Nuestra Señora de la Santa Esperanza” a la imagen de la Virgen de su iglesia, así como instituir una festividad en su honor. La aprobación del Papa —piensa no sin razón— será la señal de que esa inspiración procede del Cielo. Contra toda esperanza, obtiene sin demora de Pío IX la autorización para celebrar una festividad litúrgica en honor de Nuestra Señora de la Santa Esperanza el cuarto domingo de octubre. Esa festividad recibirá, en 1854, una indulgencia plenaria. El papel de Pío IX en la instauración del culto a Nuestra Señora de la Santa Esperanza no tiene nada de fortuito, sino que resulta primordial. Es el Santo Padre quien, personalmente, concedió a Nuestra Señora de la Santa Esperanza a la parroquia de Mesnil-Saint-Loup. Él mismo da muestras de una gran devoción hacia la Virgen María desde su tierna infancia, ya que, el mismo día de su nacimiento, el 13 de mayo de 1792, Juan María Mastai había sido consagrado por sus padres a una Virgen que llevaba el nombre de Nuestra Señora de la Esperanza. Pío IX será también el Papa de la Inmaculada Concepción, cuyo dogma proclamará en 1854.

De regreso a la parroquia, el sacerdote guarda en secreto durante algún tiempo los favores que acaba de obtener del Santo Padre, absteniéndose de proclamarlos hasta el día de la solemnidad de la Asunción. En un sermón memorable, dejando traslucir su gozo y confianza filial en María, el padre André dirige a la Virgen una serie de invocaciones, una de las cuales emociona a sus feligreses más que las demás : Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡ conviértenos ! Sencilla fórmula que se apodera de la piedad de los fieles, quienes la repetirán rezando y llorando, hasta el punto de que se forjará la expresión “llorar la breve plegaria”. El párroco no pide a sus feligreses que se conviertan, sino que pide a María que consiga de su Hijo su conversión. La vida cristiana es una permanente conversión, y esa conversión es un don que se recibe mediante la oración.

La primera de ellas es la del propio Ernesto André, transformado en obrero ilustrado y eficaz : «Antes de la Santa Esperanza —contará— actuaba al azar, no sabía cómo ; con ella supe a qué atenerme, vi y comprendí». Y, en la escuela de María, el párroco se convertirá en pastor y en incomparable formador de cristianos. A partir de ese día, el inmenso poder de conversión de la Virgen, omnipotentia supplex (la omnipotencia suplicante, según expresión de los Padres de la Iglesia), se manifiesta de forma resplandeciente. El domingo 22 de octubre de 1852, se celebra por primera vez la festividad de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, con mucha sencillez pero con gran alegría. No había costumbre de comulgar un simple domingo ; el párroco insiste, las mujeres acuden sin demasiada dificultad, pero, en cuanto a los jóvenes que ha agrupado a su alrededor, ¿ tendrán la valentía de acercarse públicamente a los sacramentos ? La mayoría vienen a confesarse a una hora bastante tardía, pues el respeto humano todavía los atenaza. Sin embargo, al día siguiente, comulgan en la Misa mayor ante todo el mundo. Es la primera victoria de Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Sobre Mesnil-Saint-Loup sopla entonces un viento nuevo que no es otro que el del Espíritu Santo. La gracia del Bautismo que estaba oculta en los corazones reaparece con toda su fuerza y frescura. 

"Para restablecer el cristianismo en las costumbres —comenta el padre André— hay que restablecer previamente las verdaderas nociones en las almas. Todo el cristianismo consiste en saber y reconocer prácticamente lo que perdimos en Adán y lo que recibimos en Jesucristo ; por una parte, doctrina sobre el pecado original y sus consecuencias, y, por otra, sobre la gracia y su necesidad ". Y precisará, más tarde, en qué consiste la conversión : "La obra de Nuestra Señora de la Santa Esperanza en Mesnil-Saint-Loup era simplemente el restablecimiento del cristianismo, y ello entre las personas bautizadas. Aquí y fuera de aquí, casi todo estaba invadido por ese frío y bajo naturalismo que no permite que el hombre eleve sus pensamientos por encima de lo que siente. Aquí y fuera de aquí, la razón humana —¡y qué razón!— vencía sobre la razón divina, es decir, sobre la fe. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo era una sublime desconocida… Todas las virtudes cristianas eran desconocidas y substituidas por esa virtud igualmente fácil y universal que el mundo denomina honradez. Nuestra Señora de la Santa Esperanza llegó y, desde el primer momento, todas las almas comprendieron que iba a resultar imprescindible un gran cambio. Las prácticas externas del culto se convencerían de su insuficiencia ; los motivos internos de los actos asumirían modificaciones esenciales ; el amor de Dios dejaría de consistir en una fórmula ; el Espíritu del Señor soplaría sobre esqueletos secos y haría surgir un pueblo nuevo (cf. Ez 37) ".

El Papa Francisco, en sus catequesis sobre los dones del Espíritu Santo, explica el papel del Espíritu Santo y la importancia del don del temor de Dios, que no está reñido con la virtud de la esperanza. "El temor filial no es contrario a la virtud de la esperanza. En verdad, el temor filial no nos induce a temer que nos falte lo que esperamos alcanzar por el auxilio divino ; tememos, más bien, retraernos a ese auxilio. Por eso el temor filial y la esperanza se compenetran y se perfeccionan entre sí" (Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, IIa-IIæ, 19, 9, ad 1). "Cuando el Espíritu Santo —dice el Papa— entra en nuestro corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como somos, es decir, pequeños, con esa actitud —tan recomendada por Jesús en el Evangelio— de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección, precisamente como un niño con su papá. Esto hace el Espíritu Santo en nuestro corazón : nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro papá. En este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre. He aquí por qué tenemos tanta necesidad de este don del Espíritu Santo. El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y de que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios : abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados". (Audiencia general del 11 de junio de 2014). 

Entre los años 1852 y 1860 no transcurren festividades de Pascua, ni meses de mayo, ni festividades de Nuestra Señora de la Santa Esperanza sin que haya verdaderas conversiones, que conducen a algunas almas a Dios separándolas radicalmente de la vida mundana. La frecuentación de los sacramentos aumenta y puede verse a algunos hombres unirse a las mujeres para rezar el Rosario. En 1853, a pesar de la oposición de algunos feligreses, se erige en la iglesia un altar dedicado a Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Ese mismo año, se constituye una cofradía para el rezo de la breve plegaria. Con la finalidad de que esa plegaria puedan desgranarse a lo largo de las horas del día en forma de oración perpetua, los adeptos, en series de doce, se comprometen a rezar, cada uno a una hora fija, un Ave María flanqueada, antes y después, de la invocación Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡conviértenos  El padre André prefiere adeptos fieles y fervorosos antes que numerosos.

El desarrollo será, no obstante, rápido : si bien a finales de 1854 sólo pueden contarse 272 inscritos, serán más de 4.000 en diciembre de 1855. En 1856, el párroco de Nuestra Señora de las Victorias, de París, el padre Desgenettes, afirma al hablar de la obra de Nuestra Señora de la Santa Esperanza : "Todas esas tormentas que se alzan contra la obra se producen porque se halla bien plantada en la roca de san Pedro. Es un árbol joven que llegará a ser grande y robusto, porque sus raíces han penetrado en la roca para obtener de su origen la savia católica ». Efectivamente, la Oración Perpetua resplandece rápidamente más allá de la parroquia, presentándose adeptos de toda Francia e incluso del extranjero. Animado por varios breves apostólicos de la Santa Sede, la Oración Perpetua se constituirá en archicofradía el 27 de agosto de 1869. Apenas diez años después, la asociación contará con 100.000 adeptos. El 25 de marzo de 1877, empieza a publicarse el Boletín mensual de Nuestra Señora de la Santa Esperanza.

La metamorfosis de la parroquia de Mesnil es obra de Nuestra Señora, si bien el párroco colabora en ello con gran ardor. "Necesito cristianos —dice— tal como el Bautismo los ha hecho. Existen en germen, pero yo los cultivaré y recogeré. Los necesito de ese modo porque es así como Dios los quiere, y yo soy el cooperador de su gracia. No toleraré la mezcla del espíritu del mundo que deforma al cristiano, que lo contrae y que, incluso con ciertas apariencias religiosas, lo mata por completo. Necesito cristianos de los pies a la cabeza, cristianos del Evangelio, cristianos que, lejos de envolverse en ignorancias calculadas, busquen la luz, a fin de ponerse de acuerdo en todo con la luz : ese es mi programa".

Para ello, el padre André organiza conferencias los domingos por la tarde ; sentirá la constante preocupación de instruir a los fieles y de iluminarles la fe. Para ello, comenta los libros de la Sagrada Escritura, la liturgia y los sacramentos, llegando incluso a enseñarles los rudimentos del latín para que comprendan los cantos de la Misa y los Salmos, pues los domingos y los días festivos son muchos los parroquianos que acuden a la iglesia para cantar una parte del Oficio Divino (Laudes, Vísperas y Completas). Dichas instrucciones se intercalan con juegos en medio de la plaza, y la jornada del domingo concluye con una oración de la tarde cuyo objetivo es claro : acabar con los bailes y combatir la influencia de la taberna. De hecho, al cabo de algunos años, taberna y baile desaparecerán del paisaje de Mesnil. La conversión se manifiesta igualmente mediante la modestia en la manera de vestir. De ese modo, el pastor declara la guerra a la vanidad y a las vestimentas inmodestas : "La modestia —dice— es una de las señales de la presencia del Espíritu Santo en un alma. En general, los hombres no podrían ser castos si las mujeres no fueran modestas". En 1878, agrupará a las mujeres más decididas en la “Sociedad de Jesús coronado de espinas”. 

No obstante, sería falso pensar que ese movimiento no tuviera oposición. Hay algunas personas en el pueblo que no quieren saber nada de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, hasta el punto de que unos jóvenes libertinos crean una “segunda parroquia” en una cuadra transformada en sala de baile, donde parodian las ceremonias del culto. Nuestra Señora se venga de ello a su manera : un domingo del mes de María de 1854, mientras esos jóvenes se encaminan a un juego de ocio, el cabecilla se detiene de repente y decide regresar. Las burlas de sus compañeros no hacen mella en él. Más tarde dirá : "Fue como si la medalla de la Virgen me hubiera caído sobre la cabeza". Se pone a rezar el Rosario y, en el mes de octubre, se confiesa. Finalmente, ingresa como monje en la abadía de La Pierre-qui-Vire.

A pesar de esas señales, parece ser que el padre André no conseguirá la adhesión unánime de sus parroquianos. Sin embargo, de toda la diócesis, y también de más lejos, las gentes acuden, atraídas por la fama de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, por el clima de oración que la envuelve y por la belleza de la celebración de su festividad. Progresivamente, la festividad del cuarto domingo de octubre es objeto de peregrinación, y las inscripciones a la Oración Perpetua afluyen. En su boletín de noviembre de 1878, el párroco escribirá : "Se llega en peregrinación hasta donde hay una fuente, una fuente milagrosa. Hace unas semanas acudió un pobre que venía de lejos, apoyado en dos muletas. Nos pidió limosna y nos hizo unas pequeñas reflexiones. “¡Ah!, ¿aquí se viene de peregrinación? —Sí, en el mes de octubre. —¡Ah!, ¿así que tenéis una fuente?. ¡Tenéis una fuente! Ahí está la auténtica explicación de la peregrinación a Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Son muchas las almas sedientas de la gracia de Dios y de los consuelos del Cielo que vienen aquí creyendo hallar una fuente. Y de todos los que han venido, nadie ha dicho jamás sentirse engañado en su expectativa. Sí, hay un fuente en Nuestra Señora de la Santa Esperanza, en aquella que la Iglesia denomina Mater, fons amoris : María es madre, madre y fuente de amor". A los pies de Nuestra Señora, los peregrinos depositan exvotos : "Gracias a Nuestra Señora de la Santa Esperanza, que me ha convertido. —Me ha retirado de la vanidad". Esa es la gracia inherente de esta devoción : que María se revela como la todopoderosa “convertidora”, la Reina de los corazones.

La afluencia de los peregrinos y el mal estado de la iglesia parroquial desembocan en la construcción de un nuevo santuario, cuyas obras se extenderán a lo largo de unos diez años. Pero la Virgen no se detiene ahí, pues colmará igualmente los deseos más íntimos del padre André. Él se había sentido siempre atraído por la vida monástica. En 1864, consigue fundar, en el mismo pueblo, un pequeño monasterio, tomando entonces el nombre de padre Manuel. En 1886, el monasterio se adhiere a la Congregación benedictina italiana de Monte Oliveto. Liberado a partir de 1899 del cuidado de su parroquia, el padre Manuel asiste con profundo dolor, en 1901, a la disolución de su comunidad, objetivo, como tantos otros, de los rigores laicistas. A su muerte, el 31 de marzo de 1903, el monasterio es sometido a liquidación judicial, si bien una comunidad se reunirá allí de nuevo en 1920. En 1948, los monjes partirán para resucitar la abadía de Bec-Hellouin. Finalmente, un grupo de monjes regresarán a Mesnil en 1976. Si bien la vida del padre Manuel acabó en medio del despojo, la devoción a Nuestra Señora de la Santa Esperanza, la peregrinación y la parroquia permanecen muy vivas.

En 1923, la diócesis de Troyes obtiene de Roma que la festividad de Nuestra Señora de la Santa Esperanza se celebre cada año, en toda la diócesis, el 23 de octubre. La archicofradía cuenta con más de 150.000 asociados y el obispo constata que la Oración Perpetua continúa haciendo mucho bien. Todavía en la actualidad puede uno asociarse a la archicofradía de la Oración Perpetua dirigiéndose a la casa parroquial.

El 6 de julio de 1952, en Mesnil-Saint-Loup, varios obispos conmemoraron el centenario de la archicofradía con una jornada de acción de gracias, porque, durante cien años, Nuestra Señora de la Santa Esperanza convirtió a numerosas almas. Con motivo del 150 aniversario, el 7 de julio de 2002, se celebró una Misa para agradecer todos esos favores y pedir que sus frutos se perpetuaran.

A nosotros, que vivimos hoy en día "en un mundo sin esperanza" (Benedicto XVI, Spe salvi, núm. 42), la Madre de la Santa Esperanza siempre está dispuesta a concedernos la gracia de la conversión ; solamente espera nuestra breve plegaria para hacer de nosotros unos testigos y apóstoles de la Esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5).

11 de noviembre de 2021

Nuestra Señora Trono de Sabiduría

Del sitio Catholic.net:

Theotokos es una palabra griega que significa Madre de Dios (literalmente, 'la que dio a luz a Dios'). Su equivalente en español, vía latín, es Deípara. Es el título que la Iglesia cristiana temprana le dio a María en el Concilio de Éfeso de 431 en referencia a su maternidad divina. 

Theotókos es también un tipo iconográfico de la Virgen en el arte bizantino, en el que aparece sentada en un trono con el Niño Jesús en su regazo, mirando ambos al frente. En este modelo iconográfico se basa otro característico del arte románico: la Maiestas Mariae (majestad de María o suprema alteza –en los cielos). 

Maestà ("majestad" en italiano) es la denominación de un tema iconográfico del arte cristiano medieval occidental que representa a la Virgen en Majestad, una forma de representar la Virgen con el Niño en que la Virgen María aparece entronizada; de forma similar a la Theotokos del arte bizantino. 

Maiestas Mariae ("Majestad de María" en latín) es un concepto mariológico y de la historiografía del arte para referirse al concepto de la Virgen como trono del Niño Dios.

Es una iconografía propia del Románico y el Gótico, que se divulga a partir del siglo XII, fundamentalmente en las iglesias dedicadas a María y en algunas dedicadas a algún santo. La visión del Cristo apocalíptico (Pantocrator) fue sustituida por la de la Virgen, como trono del Salvador y mediadora entre los hombres y Dios. 

El culto mariano se popularizó extraordinariamente en la Baja Edad Media, al mismo tiempo que, intelectual y sociológicamente, se producía la sublimación del concepto bajomedieval de mujer (el amor cortés de los trovadores).

La palabra Sabiduría tiene en la Sagrada Escritura varios significados: en primer lugar la Sabiduría personal o subsistente, esto es, el Verbo Divino, y Jesucristo como Hombre, ya que en Él la Humanidad creada estaba unida a la Divinidad en unidad de persona; en segundo lugar, la Sabiduría impersonal, hábito o cualidad de los seres inteligentes, y por último, la Sabiduría, Don del Espíritu Santo

Bajo estos tres significados la Virgen María es llamada y es verdaderamente Trono o Sede de la Sabiduría.

María Santísima, Trono de la Sabiduría, de la Sabiduría personal. El Verbo es el perfecto y subsistente conocimiento de todo el ser Perfectísimo e Infinito que es el Padre.

El Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, así vino al ser Madre de Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría.

Por eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella. 

Él se hizo para Sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así, el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo. 

El hábito de la Sabiduría reside en el entendimiento del ser humano y tiene por objeto propio el conocimiento de las cosas naturales y sobrenaturales y sus causas, se eleva al conocimiento y contemplación de la Causa primera e increada, necesaria, absoluta, es decir, Dios; ve y contempla a Dios en todas las cosas de la naturaleza, todo lo refiere a Dios, se remonta hasta Dios y en El descansa; de todo lo creado toma base para admirar, bendecir y amar a Dios, último término al cual están dirigidas todas las cosas. Y es así como esta Sabiduría, de especulativa se hace práctica, de estéril se convierte en operativa, del entendimiento pasa al corazón y lo ensancha y lo consuela y le infunde un gozo, un sabor y una unción, por lo cual precisamente se llama Sabiduría. 

Por encima de todos los santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura. 

María, después de Jesucristo, tuvo el corazón mejor dispuesto para la gratitud, para la admiración, para el amor: disposición acrecentada hasta el máximo por la fiel correspondencia a la obra de la gracia que la llevó al más perfecto conocimiento de Dios posible a una mente creada. 

Hay una Sabiduría que no se adquiere con los recursos humanos, sino que es un Don sobrenatural infundido por el Espíritu Santo. 

Este Don, como enseña Santo Tomás de Aquino, es distinto en su naturaleza del hábito de la Sabiduría. 

Este Don consiste en un profundo conocimiento de Dios y de sus altísimos misterios, conocimiento encaminado no tanto a satisfacer la inteligencia que contempla, cuanto a alimentar y atraer la voluntad con la fuerza del amor. El alma en la que se ha desarrollado este Don se sumerge y se abisma enteramente en Dios, en sus perfecciones Infinitas y en sus Misterios, y allí se goza de tal manera que todo lo que no es de Dios o no conduce a Dios se le hace pesado y enojoso, le resulta insípido. 

En los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de la Sabiduría Eterna en los que Ella recogía hechos y misterios; palabras y recuerdos en el santuario de su corazón y los conservaba. Era el tesoro de las diversas riquezas que, pasando por su alma de Madre, se convertían en leche de vida, de sabiduría y de gracia para sus hijos. Ella más que ninguna criatura angélica o humana, penetró en los profundos Misterios de la Divinidad, rozando, por decirlo así, los confines de lo Infinito. 

María llevó en su seno a la Sabiduría Increada pero su mente y su corazón fueron más anchos y capaces que su mismo seno, dice San Buenaventura. Con toda razón, la Iglesia la invoca Trono de la Sabiduría.