Del sitio
Gaudium Press:
Ya es bien sabido que San José y la Virgen habían decidido vivir en castidad perfecta, como hermanos.
Dice la Escritura que cuando Ella alega
su virginidad al ángel Gabriel (“¿Cómo será esto, puesto que no conozco
varón?”), ya estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de
David”. Si los dos esposos, que ya estaban unidos en vínculo jurídico,
no hubieran hecho promesa de castidad perfecta, no se explicarían las
palabras de Nuestra Señora al Ángel, pues estas lo que quieren decir es
que la Pura y sin mancha no conoce ni conocerá varón –ni siquiera su ya
entonces esposo– con cuyo concurso procrearía un hijo, algo que tampoco
podía decidir Ella sola sino en concierto con José.
Pero el tema de estas líneas es la
“duda” de San José, resumida en San Mateo, lectura evangélica que
escuchamos en la liturgia:
“El nacimiento de Jesucristo fue de
esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de
vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu
Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió
repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le
apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David,
no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que
hay en ella viene del Espíritu Santo»”. (Mt 1, 18-20)
Rápidamente –y este es el camino de
autores de la talla de San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Agustín–
algunos interpretan estos textos defendiendo “la tesis de que San José
se inquietó porque, al no haber mantenido relación alguna con María
Santísima, sospechó que había concebido de otro hombre”.
Sin embargo, como bien muestra Mons. João Clá en varias de sus obras, no son pocos los autores, de la talla
de Suárez, San Jerónimo y él mismo, que defienden una tesis bien
diversa, la cual eleva aún más a los ojos de sus devotos la figura del
patriarca San José.
¿San José, dudar de la fidelidad a Dios y
a él de Aquella que todos los días percibía más como un ángel que como
una criatura humana? ¿De aquella que día tras día contemplaba en su
resplandor Inmaculado, y en quien ya había depositado la confianza de su
propia castidad? Algo no cuadra…
Si San José hubiera dudado de la
fidelidad de Nuestra Señora, afirma San Jerónimo, él “no sería el varón
justo del que habla San Mateo, pues ocultando lo que consideraba un
crimen, habría cometido una falta que podría haber sido hasta grave”: San José no denunciando, podría estarse convirtiendo en cómplice de
un delito, y esto no condice con la santidad de San José.
De hecho, Ella “le dio tales muestras de
una virtud fuera de lo común, y se reveló tan angélica y
extraordinaria, que si hubiese aventurado cualquier sospecha sobre Ella,
habría cometido un juicio temerario inaceptable”.
Realmente, el juicio de San José sobre
todas las cosas, y por tanto también sobre María Santísima, no era el de
un hombre común, ni siquiera el del más inteligente de los hombres,
sino el del mayor de los meros varones concebidos de mujer.
No había gracia que Dios le hubiese dado
a un santo que no le haya dado a San José, y por esto San José, que
fue “concebido en gracia” –es decir libre de la mancha original– y que
“gozaba del carisma de discernimiento de los espíritus y del don de
sabiduría con una plenitud inigualable”, con los cuales “penetró a fondo
en el alma de su virginal Esposa”, no tuvo la “menor vacilación
respecto a la total inocencia de esta Dama Virginal” y “manifestó una fe
inquebrantable ante lo incomprensible, por lo que una hipótesis como
ésta [la infidelidad de la Virgen] jamás se configuró en su mente. Él
confiaba en su angélica Esposa, y, en consecuencia, estaba seguro de que
no había ocurrido absolutamente nada que permitiera poner en duda la
pureza virginal de María Santísima”, expresa Mons. João Clá.
Como afirma el reputado Jourdain, “bien
sabía él [San José] cuán admirable era la virtud de María, y a pesar de
la evidencia exterior de los hechos, no podía creer que Ella fuera
culpable”.
Pero entonces, ¿por qué quería huir?
Porque en su espíritu sí se fue formando
con el pasar de los días al lado de su Inmaculada Esposa la certeza de
que la Virgen sería la Madre del Mesías, de que en Ella se cumplía la
profecía de Isaías: “la virgen está encinta y da a luz un hijo” (7, 14).
Y entonces, José “se sintió asaltado por la convicción de no ser digno
de permanecer junto a Ella. ¿Quizá la elección del esposo de la Virgen
Purísima no fue perfecta, y debería haber sido llamado otro para ocupar
su lugar? El matrimonio, no obstante, en todo era válido y no había
vuelta atrás. ¿Qué pensar? Se configuraba por entero una noción que
había ido tomando cuerpo desde el momento en que había conocido a la
Santísima Virgen: la de no estar a su altura. Su Esposa iba a dar a luz a
un Hijo por acción exclusiva de Dios, y él sobraba en aquel conjunto”, dice Mons. João Clá.
“Como su Santa Esposa, a pesar de las
evidencias, permanecía en silencio, pues sabía que Dios quería probar la
confianza de su virginal esposo, éste juzgaba que había en este
silencio una señal de que el Altísimo, que para San José era
representado por Ella, no lo quería allí”, continúa.
Lo mismo afirma Jourdain, que representa
así “una corriente de autores”: “la inquietud de José se originó por su
humildad: según ellos [los diversos autores], José quería apartarse de
María porque se juzgaba indigno de vivir en compañía de una Virgen tan
santa. Él reconocía en Aquella que había tomado por esposa, a la mujer
anunciada por los profetas, la Virgen que Dios había escogido para ser
la Madre de su Hijo único. Y creía que no le estaba permitido habitar
junto a Ella”.
Que San José no tuvo sospecha de la
Virgen, lo afirma también un exégeta como el P. Salmerón, quien expresa
que “el Ángel le dijo a José: ‘No temas recibir a María por Esposa’. Y
no: ‘No sospeches’. Esto es lo que le habría dicho si José, en su
espíritu, hubiera sospechado de adulterio. Por el contrario, lleno de
temor reverencial, no tuvo ninguna sospecha al aceptar a su Esposa”.
Es también Salmerón quien afirma que
“muchos opinan que el santo humilde José no desconocía el misterio de la
concepción del Hijo de Dios, sino que a causa de su modestia se
consideraba indigno de tanto honor y del consorcio con la Virgen, en
razón del honor y reverencia debidas a Ella, así como por deber de
justicia. Cuando el Verbo se encarnó, pensó en dejarla, recordando lo
que a Moisés le había sido dicho: ‘No te acerques; quítate las sandalias
de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’ (Éx 3)”.
La duda fue pues, en su dignidad. Duda
totalmente disipada por el Ángel, quien tras manifestarle el misterio de
la Encarnación, enseguida reconoció su autoridad paterna al ordenarle
que fuera él quien le diera nombre al Hijo de Dios hecho carne.
Saúl Castiblanco