Adaptado del Blog
Chucalezna:
Entre las herencias familiares llegó a mis manos una pequeña estampa de la Virgen de Canchillas.
En algún momento se esfumó entre los incontables documentos familiares y
la que creí perdida para siempre. Sin embargo, había quedado grabada en
mi mente pues aquella imagen ofrecía cierto aire excéntrico que
contrastaba con su religiosidad. Hace unos días, la reencontré mientras
ordenaba algunas fotografías de mi familia por el lado paterno.
En internet no abunda información
histórica sobre esta virgen. Sin embargo, los estudios de la
investigadora María Azucena Colatarci (Premio Konex 2014) y el sitio web
"Jujuy le han puesto de nombre", me posibilitaron transitar un camino de descubrimiento de la Virgen de Canchillas y su relación con mi tía abuela, corroborando que era una activa devota.
La Virgen de Canchillas es
una advocación de la Virgen de la Asunción y su celebración tiene lugar
el 15 de agosto, en concordancia con la de la Asunción de la Virgen
María. Su oratorio se encuentra en el paraje Canchillas, 8 km hacia el noroeste del poblado de Santa Catalina, en el departamento homónimo, muy cerca de la frontera con Bolivia. Santa Catalina
es la segunda localidad más septentrional de Argentina, luego de El
Angosto, y en el siglo XVIII fue un centro comercial muy activo, pues en
esa zona la minería estaba en auge.
Los trabajos sobre la Virgen de Canchillas realizados por Colatarci, indican que esta imagen es propiedad de una familia del lugar.
Para la celebración es trasladada desde su oratorio hasta la Iglesia de Santa Catalina, convocando a gran cantidad de devotos, tanto de
Argentina como de Bolivia. Para el contexto en el cual se produce una
manifestación de religiosidad que congrega población que habita a ambos
lados de un límite fronterizo, la investigadora definió una categoría
dada a conocer como devoción de frontera. Bajo esta denominación quedaría enmarcada la devoción a la Virgen de Canchillas. Asimismo, se hacen presentes pobladores oriundos de Santa Catalina, pero que por diversas razones residen en otros lugares.
Por otra parte, la imagen presenta la
particularidad de que aún siendo privada, su celebración en Santa
Catalina es general. No se trata de una fiesta patronal, pues la patrona de este pueblo es Santa Bárbara. Sin embargo, la celebración de la Virgen de Canchillas resulta emblemática.
Los relatos de los milagros de la
Virgen se han transmitido de manera oral. No obstante, muchos de ellos
han sido asentados, a modo de memoria, en dos grandes cuadernos
resguardados por una devota residente de Santa Catalina.
En la publicación “Animadores” de la Prelatura de Humahuaca se encuentra un relato pormenorizado acerca de los orígenes de la imagen. Según el mismo, el matrimonio de Marcos Soria y María Rosa Zotar habría
adquirido la imagen de yeso a fines del siglo XVIII. Eran pastores
oriundos de Chirimayo, localidad ubicada 18 kilómetros al norte del
pueblo de Santa Catalina, y construyeron para la Virgen un oratorio en
un sitio cercano llamado Laguna, en las inmediaciones del cerro Tincuyoc. Dado que Tincuyoc
significa “encuentro” en quechua, surgió la creencia que la imagen
había sido “encontrada” en ese lugar. Pero en realidad el nombre hace
referencia al encuentro o conjunción de tres cerros. También se
postula que quien pudo haber obtenido esta pequeña imagen de la Virgen
fue el hijo del matrimonio Soria, Agustín. Más allá de quien la
adquirió, desde ese momento toda la descendencia se consagró al cuidado
de la imagen.
Por aquella época era frecuente que
santeros llegaran desde el Perú ofreciendo sus imágenes. Así fue que una
imagen idéntica habría sido adquirida por la familia Alfaro, residente
en los alrededores de la vecina localidad boliviana de Sarcari, a tan
solo 6 km de Santa Catalina. La familia Alfaro también construyó un
oratorio para esa imagen, tal era la costumbre local. Ambas imágenes
siempre fueron muy veneradas, siendo conocidas como “Las vírgenes hermanas”,
que todos los años eran llevadas a Sarcari y a Santa Catalina,
respectivamente, para celebrar las misas en su honor y luego regresarlas
a sus oratorios privados.
En 1836, María Soria, nieta de Marcos y
María Rosa, contrajo matrimonio con Eugenio Calizaya y se establecieron
en el paraje Canchillas, cercano a Santa Catalina, donde erigieron un
nuevo oratorio. Así resurgió la creencia de que la Virgen había
aparecido sobre las rocas de aquel lugar. Cincuenta años después, la
nieta de María Soria, Anastasia Calisaya y su marido, Lorenzo Alvernas,
se constituyeron como los primeros esclavos, es decir, encargados y cuidadores consagrados a la imagen de la
Santísima Virgen de Canchillas, como una advocación de Nuestra Señora de
la Asunción. Hacia 1890 ya se registraban peregrinaciones al Santuario
de la Virgen de Canchillas, no sólo desde el pueblo de Santa Catalina
sino también desde otros lugares.
Cien años después, la estructura de adobe del oratorio se encontraba muy deteriorado. Ante esta situación, en 1935, la señorita Epifania Nelson, docente de Santa Catalina impulsó la construcción del actual
oratorio con la colaboración del juez de paz Ramón Saravia y Rueda y de
otros devotos de la virgen. Aquella reconstrucción se logró con la ayuda
económica del gobierno provincial. De esta manera, el 6 de enero de 1939 se trasladó la imagen de
la virgen a la nueva capilla. Doce días después, Epifania Nelson fallecía muy joven.
La descendencia de Alvernas-Calisaya continuó con la devoción por la Virgen, siendo traspasada la responsabilidad como esclavos
a su nieto, Jacinto Domínguez y a su esposa Nasaria, allá por 1940. Al
fallecer Jacinto, en la década de los años 60, esta responsabilidad
recayó sobre su hijo Ceferino, casado con Pilar Cardozo. En 1948, una
tormenta eléctrica destruyó a la virgen hermana boliviana en el oratorio
de Sarcari, perdiéndose, a partir de ese momento, toda referencia
acerca de esa imagen religiosa.
Como en otras festividades
documentadas en la Puna, días previos a la celebración central, devotos
de la Virgen se trasladaban al oratorio para descender con la imagen
hasta el pueblo.
El día 12 de agosto se preparaba la Virgen para el traslado y al anochecer se encendían las luminarias y se servía ponche. Esa noche, la banda de sikuris se presentaba junto al torito y a los caballitos que danzaban en adoración, mientras que los devotos pasaban la noche orando, preparándose para trasladar la Virgen al día siguiente.
Al otro día se daba comienzo a la procesión hacia Santa Catalina encabezada por la banda de sikuris y un flautista, al son de los cuales danzaban el torito y los caballitos.
Durante todo el trayecto se oraba, se cantaba y cuando se descansaba se
ubicaba a la Virgen sobre las peanas. Al llegar la Virgen a Santa
Catalina todo el pueblo se había congregado para recibirla.
El 14 de agosto se celebraba la primera misa en su honor, encargada por el llamado “alférez de la aurora”. El almuerzo de ese día también era ofrecido por dicho alférez y, temprano en la tarde, ofrecía su casa para iniciar la “entrada de cera”. Este tramo de la celebración, comenzaba con la distribución de masitas, rosquillas y pan dulce acompañados con mistelas (licores y bebidas de diferentes colores) y luego, cada devoto recibía una vela muy adornada. A continuación, los alféreces y la concurrencia se trasladaban a la Iglesia al son de los sikus para depositar las velas al pie de la virgen. Los sikuris ingresaban al templo de rodillas, interpretando la adoración a la Virgen. A la noche tenían lugar las Vísperas, cuando nuevamente se distribuían velas con el significado de “en este valle de lágrimas, cada vela que brille es la fe con la esperanza de llegar al cielo, unidos en oración”.
A continuación se encendían las luminarias del frente de la Iglesia al
mismo tiempo que se lanzaban fuegos artificiales, bombas de estruendo y
se hacían repicar las campanas. Los sikuris continuaban tocando para dar inicio al tradicional baile, mientras los alféreces servían vino caliente y ponche.
El día 15, se celebraba una misa con órgano, arpa y armonio. Luego se organizaba la procesión central encabezada por los “alféreces del día”, con bombas, campanas, sikuris y danza de los samilantes, del torito y los caballitos. Después de la procesión se llevaba a cabo la cuarteada
frente a la iglesia y a la Virgen, que consistía en repartir la mitad
de un cordero muerto con cuero entre mujeres y hombres, quienes debían
cortar los cuartos del animal por medio de tirones rítmicos, para así
poder quedarse con la parte ganada, lo que significaba la bendición de
la Virgen (estos acontecimientos, hoy en día, se pueden encontrar
registrados en video, en la web). Terminado este ceremonial, la Virgen regresaba al templo y los
asistentes pasaban por la casa de los alféreces para almorzar.
Generalmente se preparaban comidas tradicionales como asado de cordero,
picantes, machorra y calapurka, condimentadas con chachacoma y llajua.
En la actualidad, la devoción y celebración a la Virgen de Canchillas,
cuya imagen se continuó traspasando entre generaciones de la misma
familia, permanece la mayor parte del tiempo en su oratorio de
Canchillas. El esclavo, quien se hace cargo del culto, prevee que alrededor del día 5 de agosto se traslade la imagen al pueblo de Santa Catalina
para sus celebraciones. Una vez allí, se realizan la novena y la
celebración central, la cual es de tal importancia para la iglesia
católica que suele estar presente el párroco de La Quiaca y, en
ocasiones, también el obispo de Humahuaca. La imagen permanece en el
pueblo por un tiempo, generalmente hasta fines de octubre, cuando el esclavo vuelve a buscarla para reintegrarla al oratorio familiar.