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7 de marzo de 2026

Meditando el Rosario: Quinto Misterio Luminoso: La institución de la Eucaristía

 
Extraído del sitio Asalta el Cielo con tu Rosario:

Del sitio Misioneras de la Divina Revelación:

La narración más antigua de la institución de la Eucaristía es la que San Pablo hace en la primera carta a los Corintios. Esta narración es parte de un contexto de reprensión por los abusos en contra de la caridad que los corintios hacían respecto a los más pobres e indigentes.

En sus banquetes fraternos que seguían después de la Eucaristía y que tenían la finalidad de recordar las circunstancias históricas en las cuales la Eucaristía había sido instituida o de satisfacer las necesidades de las personas en la comunidad, se asistía a divisiones y a comportamientos faltantes de caridad hacia los más pobres que no tenían nada de comer, mientras que los ricos hacían sus banquetes. 

San Pablo reprende a los Corintios, haciéndoles entender que ese no era el modo justo para disponerse a la Cena del Señor y para recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, alimento de vida eterna y escuela de caridad. San Pablo narra lo que sucedió durante la Cena del Señor, recordándoles así a los corintios la razón de sus reuniones: “Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido” (v.23). 

El binomio “recibir-transmitir”, tomado del vocabulario de la tradición rabínica, expresa la fidelidad a un dato recibido: Pablo, ha trasmitido, lo que él primero ha recibido, es decir, “El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: 'Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía'. De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: 'Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía'. Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva (vv. 23-26). La formula de la consagración del pan: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes" (v. 24) expresa bien el aspecto de sacrificio y de redención del rito eucarístico y la presencia real de Cristo.

Con respecto a la consagración del cáliz, San Pablo usa una formula diferente a la que usa San Mateo (26,26 ss) y San Marcos (14,22 ss) diciendo: "Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza", poniendo de esta forma el acento en la nueva alianza con la cual Cristo, con su sangre, sustituye la antigua alianza, también esa estipulada con sangre, entre Dios e Israel. Ya sea después de la primera formula, que después de la segunda, a diferencia del Evangelio de San Lucas (22,19 s), San Pablo agrega: "«Hagan esto en memoria mía" (vv. 24.25). de este modo San Pablo subraya que el rito Eucarístico es el memorial de la Ultima Cena que se diferencía del rito sacrifical del cordero del Antiguo Testamento, en el cual se recuerda la liberación de los Hebreos de Egipto. En el Antiguo Testamento el Cordero Pascual era solo el recuerdo simbolico y evocador, mientras que la celebración Eucarística realiza y reproduce el sacrificio de Cristo. Es una memoria no solo evocativa, sino creadora del hecho al cual se refiere.

Juan Pablo II afirma en la enciclica Ecclesia de Eucharistia que en la celebración eucarística el sacrificio redentor de Cristo “se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del ministro consagrado… En efecto, "el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único sacrificio"… el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo” (n. 12). Si se tratara solo de una presencia simbolica, San Pablo no podria decir que “Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor” (1Cor 11,27). 

Ahora, para que el rito eucarístico sea verdadero memorial, es necesario que quien lo cumple se haya invertido en Cristo mismo de un poder especial de consagración. Las palabras pronunciadas por Jesús en la Última Cena: “Hagan esto en memoria mia”, eran dirigidas solo a los apóstoles que en aquel preciso momento fueron ordenados sacerdotes por el mismo Cristo. Es por lo tanto, el sacerdote ministerial quien "cumple el sacrificio Eucarístico en persona de Cristo y lo ofrece a Dios a nombre de todo el pueblo" (Ecclesia de Eucharistia, n. 28). En persona de Cristo significa que el sacerdote, en el momento de la consagración se identifica sacramentalmente “con el Sumo y Eterno Sacerdote, que es el autor y el principal sujeto de su propio sacrificio, en el cual en verdad no puede ser sustituido por ninguno” (Ecclesia de Eucharistia, n. 29). “El ministerio de los sacerdotes, en virtud del sacramento del Orden, en la economía de salvación querida por Cristo, manifiesta que la Eucaristía celebrada por ellos es un don que supera radicalmente la potestad de la asamblea y es insustituible en cualquier caso para unir válidamente la consagración eucarística al sacrificio de la Cruz y a la Última Cena”. El Misterio eucarístico, por lo tanto, “no puede ser celebrado en ninguna comunidad si no es por un sacerdote ordenado” (Ecclesia de Eucharistia, n. 29). Demos gracias al Señor por el “don incomparable” de la Eucaristía y pidámosle que mande santos sacerdotes a la Iglesia para que se perpetúe en los siglos el sacrificio de la Eucaristía.

16 de marzo de 2025

El Papa Francisco sobre Nuestra Señora y la Eucaristía

 


Del sitio Catholic Culture:

Durante el Sínodo de los Obispos de 2005, dedicado a la Sagrada Eucaristía, el cardenal Jorge Mario Bergoglio reflexionó sobre el Santísimo Sacramento y la Santísima Virgen María.

El cardenal Bergoglio no participó en los cuatro sínodos más recientes, dedicados a la nueva evangelización, la Iglesia en Oriente Medio, la Iglesia en África y la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia.

Refiriéndose al documento de trabajo del sínodo de 2005, el cardenal Bergoglio afirmó que "una frase del Instrumentum Laboris (n. 2) dice que 'debemos ver si la ley de la oración corresponde a la ley de la fe”. Debemos considerar lo que el Pueblo de Dios cree y cómo el Pueblo de Dios vive, para que la Eucaristía pueda convertirse cada vez más en la fuente y la cumbre de la vida y la misión de ... la Iglesia'".

El cardenal Bergoglio describió esta declaración como "una riquísima intuición que va a buscar a Cristo en sus más humildes beneficiarios y testigos: en el santo Pueblo fiel de Dios, el pueblo que, en su totalidad, es infalible en el creer." (La afirmación del cardenal es probablemente una referencia a la enseñanza del Concilio Vaticano II de que "el conjunto de los fieles, ungidos como están por el Santo, no pueden equivocarse en materia de creencia").

El Cardenal Bergoglio, citando una exhortación apostólica y dos encíclicas del Papa Juan Pablo II, añadió:  pueblo fiel cree en la Eucaristía como pueblo sacerdotal (cf. Christifideles laici 1, 14). Es una participación cualitativamente constante (cf. CFL 1, 17).

Nuestro pueblo fiel cree como pueblo eucarístico en María. Une su afecto a la Eucaristía y su afecto a la Virgen, nuestra Señora y Madre (cf. Redemptoris Mater III, 44). En la "escuela de María", mujer eucarística, podemos releer contemplativamente los pasajes en los que Juan Pablo II ve a la Virgen como mujer eucarística, y verla no sola sino "en compañía de" (Hechos 1,14) el Pueblo de Dios.

Seguimos aquí esa regla de la tradición por la que, con matices diferentes, "lo que se dice de María se dice del alma de todo cristiano y de toda la Iglesia". (Ecclesia de Eucharistia, 57). Nuestros fieles tienen la verdadera "actitud eucarística" de agradecimiento y de alabanza.

Recordando a María, agradecen ser recordados por Ella, y este memorial de amor es verdaderamente eucarístico. A este respecto, repito lo que afirmaba Juan Pablo II en Ecclesia de Eucharistia, n. 58: "La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida, como la de María, se convierta completamente en un Magnificat".

5 de abril de 2019

Nuestra Señora del Santísimo Sacramento

Del sitio Infocatólica:
Mientras cenaban, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, se lo dio a sus discípulos y dijo: - Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: Bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mateo 26,26-28). 

En la encíclica Redemptoris Mater, el Papa San Juan Pablo II constata una realidad que todos podemos experimentar: “María guía a los fieles a la Eucaristía” (n. 44). La devoción a la Virgen, si es auténtica, conduce al culto eucarístico. Así se pone de manifiesto en los grandes santuarios marianos como Lourdes o Fátima e, igualmente, en la vida de los santos. 

El Señor, en la Eucaristía, nos entrega su Cuerpo y su Sangre. Se trata del mismo cuerpo, aunque ya glorioso, que Él tomó de María, su Madre: “Ave verum Corpus natum de Maria Virgine”; “salve, verdadero Cuerpo, nacido de la Virgen María”, canta la Iglesia en un motete eucarístico. El cuerpo de Cristo, nacido de María, no es un cuerpo aparente, sino real. La presencia del Señor en el Sacramento es también una presencia real y no meramente simbólica: el pan y el vino que se ponen en el altar “después de la consagración son el verdadero cuerpo de Cristo que nació de la Virgen […] y la verdadera sangre de Cristo, que se derramó de su costado” (Sínodo de Roma de 1079).

San Pedro Julián Eymard (1811-1868) fue llamado “apóstol de la Eucaristía y de la Virgen” y propagó la devoción a Nuestra Señora del Santísimo Sacramento. Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, profundizando en el vínculo que une a Nuestra Señora con el Santísimo Sacramento, llama a María Mujer “eucarística”: “En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino” (n. 55). 

En el Magnificat, María expresa su alabanza y su acción de gracias al Padre por todas las maravillas que ha hecho en la historia de la salvación. “Eucaristía” significa, ante todo, acción de gracias y vivir “eucarísticamente” comporta convertir toda nuestra existencia en un sacrificio de alabanza y de acción de gracias, unido a la ofrenda de Cristo en la Cruz, para la salvación del mundo.