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30 de mayo de 2026

Meditando el Rosario: Quinto Misterio Glorioso: La Coronación de María como Reina y Madre de Todo lo Creado

 

Extraído de Asalta el Cielo con tu Rosario:

Del sitio Diócesis de Cucuta:

"Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Apocalipsis 12, 1).

Este texto bíblico del Apocalipsis a lo largo del tiempo ha tenido diversas interpretaciones en torno a la figura de la Madre-Reina, haciendo referencia a Israel, Jerusalén y a la Iglesia como madre revestida del favor divino; pero sin duda la madre revestida de sol por excelencia es la Madre de Dios, de quien Lucas dice: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 26). Es fundamental iniciar diciendo que, de la maternidad divina de la Santísima Virgen, se desprenden todas las perfecciones y privilegios que le adornan como la llena de gracia; por la realeza de su Santísimo Hijo, Ella es la reina madre. Es posible hablar del reino de Jesús y de María, pues a la madre del rey le es propio el trono.

"La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores" (Lumen Gentium 59).

El sí de María ante las palabras del Ángel da el consentimiento libre a su papel fundamental en el plan salvífico de Dios. Efectivamente todo parte de la voluntad divina pero siempre respetando la libertad humana; ante la propuesta de ser la Madre de Dios (Theotokos) María dice: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38); reconociendo la grandeza de Dios quien la exaltaría por tan grande humildad y generosidad.

En este orden de ideas, María es bendita entre todas las mujeres, y es la perfecta discípula, es el ejemplo de las virtudes y la reina de la paz, sin duda su cooperación en la extensión del reino fue y es crucial para la Iglesia, ya que además es la Mater Ecclesiae, la cual cuida de sus hijos que son perseguidos: "Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús" (Ap 12, 17).

"A partir del siglo V, casi en el mismo período en que el Concilio de Éfeso la proclama Madre de Dios, se empieza a atribuir a María el título de Reina. El pueblo cristiano, con este reconocimiento ulterior de su excelsa dignidad, quiere ponerla por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo (…) Pero ya en un fragmento de una homilía, atribuido a Orígenes, aparece este comentario a las palabras pronunciadas por Isabel en la Visitación: 'Soy yo quien debería haber ido a ti, puesto que eres bendita por encima de todas las mujeres, tú, la madre de mi Señor, tú, mi Señora'. San Juan Damasceno atribuye a María el título de 'Soberana': 'Cuando se convirtió en madre del Creador, llegó a ser verdaderamente la soberana de todas las criaturas'".

Como ya se ha dicho, la realeza de María está subordinada a la de Cristo, quien no solo es rey por ser Hijo de Dios sino porque es el Redentor; la Madre de Dios es la nueva Eva que coopera en la obra de Dios y representa de manera especial al género humano. El misterio de la Ascención y la Asunción están relacionados, pues al ser asunta al cielo, María posee y ejerce sobre el universo una soberanía dada por su Hijo, lo cual no quiere decir que la realeza de María nos aleja de Ella, sino que por el contrario su solicitud para con sus hijos es permanente y a través de su intercesión obtenemos favores y gracias.

En definitiva, la Santísima Virgen es establecida por el Señor como Reina universal del cielo y de la tierra, ha sido elevada sobre todos los seres celestes y sobre la jerarquía de los santos y eso da a la Iglesia una especial gracia, la de tener una Madre-Reina que intercede, guía y acompaña. «Santa María, Reina del cielo y Soberana del mundo, sufría junto a la cruz de nuestro Señor Jesucristo».

 Diác. Elkin Jesús Ardila Boada
Teólogo Bíblico
Parroquia Sagrada Familia

28 de enero de 2026

Las apariciones de Nuestra Señora a Mariette Kerbage

 

Traducido del sitio 1000 razones para creer:

Conocí a Mariette Kerbage en Alepo (Siria) en 1988, a petición del padre Elias Zahlaoui, director espiritual de Myrna. Le había llamado la atención la coincidencia de los acontecimientos ocurridos en su casa, en Soufanieh, en 1982, seis meses antes de los de Damasco, y pensaba que había una evidente continuidad, aunque estas dos jóvenes nunca se hubieran conocido. Al verla, pensé inmediatamente en esta observación del famoso mariólogo padre Laurentin: "El Señor penetra y realiza desde dentro las cualidades naturales de aquel o aquella a quien ha elegido para realizar sus obras". Porque la joven que tenía ante mí, sin timidez, con una naturalidad sorprendente, irradiaba sencillez.

Mariette procede de una familia muy modesta, discreta y trabajadora, originaria de Trípoli, en el Líbano. Nacida en 1946, a los veinticuatro años aceptó casarse con un joven sirio, cuando pensaba dedicarse a la vida religiosa. Tras seis años de vida conyugal, su esposo la abandonó repentinamente para buscar fortuna en Venezuela, dejándola sola con su certificado de estudios y su oficio de costurera como único bagaje. A continuación, se produjo una travesía por el desierto. El 27 de mayo de 1982, durante el mes de María, tras una sincera confesión, se le apareció el arcángel San Miguel. Él le mostró cómo actúa la misericordia divina. El ángel, delante de ella, cavó un hoyo y le explicó: "Los pecados son como estos dos puñados de tierra en las manos de quien se arrepiente". Los depositó en el fondo de un hoyo, los cubrió con tierra y luego con asfalto. "¿Crees" —le dijo— "que lo que he enterrado puede volver a salir?" —"¡Por supuesto que no!" —respondió Mariette—. "Lo mismo ocurre con tus pecados. Cuando Dios perdona, nunca más vuelve a pensar en ellos, esa es su misericordia".

Conmocionada y expectante, Mariette le pide a la Virgen que la ayude y oye en sueños: "Mariette, reza, reza, no temas, me verás contigo". Desde entonces, Mariette se dedica a la oración y al servicio a los demás.

No es hasta 1986 cuando se reanudan las manifestaciones. Se ve invadida por gracias: apariciones, locuciones, éxtasis seguidos de mensajes, derramamientos de aceite de imágenes de la Virgen con el Niño o de estatuas... Curiosamente, podría haberse dejado llevar o desestabilizar por estas manifestaciones, pero su moderación y discreción sorprenden y desconciertan. Nada o muy poco se filtraba desde su pequeña vivienda en el barrio pobre de Sléimanié, en Alepo. Durante quince años, el Señor y su santa Madre compartieron con ella y con el padre Mani, un santo sacerdote, esta obra discreta y profética. Su obediencia y humildad eran totales y hizo suyo el lema de su padre espiritual: "Para amar a Dios, hay que empezar por hacerse amar. Para hacerse amar, hay que empezar por amar. ¡Ama! Serás amada y harás amar a Dios".

En 1990, se convierte en laica consagrada y realiza retiros de ayuno y penitencia. La Virgen le pide que la represente como "Virgen de la Anunciación". Al observar y comparar los innumerables retratos de María, se queda con el que más se parece a la que la visita en su habitación, que ha convertido en capilla. Un pintor local lo reproduce y se distribuyen miles de imágenes de forma gratuita.

Abandona su oficio de costurera y se inicia en la vida monástica. A partir de ahí, dirá, "Cristo me atrapó y mi amor por él se intensificó". La Virgen la empuja a ir a Braij, en el Líbano, para un trimestre de retiro en una comunidad perteneciente a la congregación de María Puerta del Cielo, en Canadá. Luego se marcha a dos retiros de cien días en un convento aislado de Marruecos. Los frutos de esta vida contemplativa profundizan su relación con el Señor, al que se entrega totalmente. Confiesa que mide cuánto ha cambiado "a la luz de su alegría" porque, dice, "quien se acerca a Él y viene a su morada es acogido en su misericordia". Por obediencia a Jesús y a María, y tras el fallecimiento de la madre superiora del convento de Braij, acepta humildemente una nueva misión, abandona Alepo y se instala a medio camino entre Biblos y Annaya, donde el gran santo Charbel la ha conducido, a petición del Señor.

En el país de los Cedros será tan discreta como en Alepo, religiosa entre sus hermanas, rechazando cualquier solicitud de los medios de comunicación, "sierva de la Sagrada Eucaristía". Al mismo tiempo, sin hacer ruido, concienzudo e íntegro, el padre Mani recopiló y reunió todos los acontecimientos que consignó y compartió con teólogos europeos, preparando un testimonio denso y sobrio de las gracias que el Señor sigue enviando a Tierra Santa.

Esta vida contemplativa, totalmente dedicada a la adoración, lleva a Mariette a ver cada día a Cristo en el momento de la adoración del Santísimo Sacramento. La conduce a lo esencial, hacia ese mundo interior que no deja de descubrir y que ahora quiere compartir. Se lo confiesa al Señor y, en mayo de 2002, se inicia una gran obra en Braij, bajo la égida de Aquel que todo lo puede. Bajo la mano de Jesús, Mariette pinta iconos, alrededor de mil lienzos al año, para que Él se revele a los demás, como se le ha revelado a ella, que tiene la felicidad diaria de encontrarse con Él. Una obra de evangelización, pues, para la glorificación de la Iglesia, a través de la vida del Señor, la de su Santa Madre y la del Espíritu Santo. Según el padre Mani, que poco después se convertiría en capellán de la comunidad, es la primera vez en la Iglesia —que él sepa, añade con humildad— que el Señor se expresa en pintura, por escrito y en volúmenes.

No se trata de imágenes acheiropoietas (no hechas por manos humanas), milagrosas tanto por su origen misterioso como por los milagros que se les atribuyen. En su disponibilidad, su obediencia absoluta en la elección, el traslado y la conservación de estos lienzos, que para ellos no tienen nada de terrenal ni de humano, Mariette hace suya la explicación de Juan Damasceno: "En el icono no se venera la materia, sino al Creador que se hizo materia para nosotros". No se trata de una representación de lo invisible, sino de "aquel que se ha hecho visible", para que podamos acceder al conocimiento mediante una fina intuición, siendo la imagen para la vista lo que la palabra es para el oído.

Su trayectoria, la multiplicidad de iconos y su significado son, por su inmensidad, comparables a la obra de María Valtorta. Su historia se inscribe verdaderamente en un plan particular de Dios para toda nuestra humanidad.

En 2013, Mariette perdió a sus dos directores espirituales (el padre Mani y el padre Jules) en el momento en que su comunidad, compuesta por seis religiosas, estaba lista para pronunciar con ella los votos perpetuos, durante una ceremonia presidida por el obispo católico melquita, S. Em. Mons. Salim Kirilos Boutros.

Desde entonces, los acontecimientos se suceden con la mayor discreción, y solo el boca a boca lleva a los peregrinos al convento. La acogida siempre es cálida, aunque Mariette se retira cada vez más a la oración y la adoración. Vive con sus hermanas en el proyecto que Dios tiene para ellas, sin cuestionamientos, según su santa voluntad. Bajo el dictado de Cristo, lleva un cuaderno con numerosas páginas escritas con letra cuidada, sin tachaduras, capítulo por capítulo, en un árabe literariamente perfecto. Ella, la pequeña ignorante que solo tiene como bagaje un certificado de estudios... También lleva un cuaderno de matemáticas —"de arquitecto", se podría decir—, con cotas, longitudes, alturas y funciones, columnas con líneas trazadas con regla y llenas de números, con o sin escalas. A partir de planos, sola en el silencio de la noche, fabrica maquetas con sus dedos que ya no le pertenecen, que no son más que la prolongación de la voluntad del Señor: alegría, dulzura, ternura, obediencia, oración, adoración, silencio, paz y confianza...

"Cuando recen", dice Mariette, "sean hijos de la reconciliación y pidan sabiduría". En el corazón de un mundo que estuvo a punto de hundirse en el abismo de las tinieblas del horror en Siria, Mariette nunca dudó, compartiendo el sufrimiento y la agonía de su pueblo. El 1 de agosto de 2014, a las 8 de la mañana, Jesús le anuncia el fin de la guerra. Ella nunca pidió nada, solo recibió. Dice con sencillez: "El Señor me llama cuando quiere y, sea cual sea la tarea que esté realizando, lo dejo todo. Soy su instrumento. Durante tantos años, solo he hecho su voluntad".

Su último consejero espiritual, el padre Adel Theodore Khoury, ha retomado con la mayor discreción la labor del padre Mani y se encarga de recopilar todos los mensajes recibidos desde 1982. Ya hay quince volúmenes listos en la casa de los padres paulistas de Jounié, en el Líbano, en lengua árabe. "¡Ya te imaginarás que, con mi nivel de estudios, no soy yo quien ha escrito eso!", me dice Mariette con un humor mordaz. "¿Cansada, Mariette?". Ella se vuelve hacia mí: "Jean-Claude, quien ama no se cansa y no cansa a los demás" (San Juan de la Cruz).

Jean-Claude
Geneviève Antakli
escritores y biólogos

Desde hace 2000 años, el Señor, cumpliendo su promesa, no ha dejado de hablarnos: "Estaré con ustedes hasta el fin de los tiempos" (Mateo 28,20), o "Cuando se reúnan en mi nombre, yo estaré en medio de ustedes" (Mt 18,20). Nos habla, a veces con urgencia; nos envía señales, advertencias y mensajes que no completan el Evangelio, sino que lo confirman a nuestros oídos sordos, actualizándolo. En nuestra falta de fe, estas atenciones sensibles renuevan su presencia y su amor. Así, Dios envía a su Hijo o a Nuestra Señora, a sus santos o a sus ángeles, para recordarnos lo que hemos olvidado, para despertarnos cuando el peligro nos acecha. En una época apostólica, dirá santo Tomás de Aquino, todos estos fenómenos conciernen menos a la fe que a la esperanza, la que brilla como una estrella en nuestra noche, la que es "una virtud sobrenatural por la que esperamos de Dios con confianza su gracia en este mundo y la gloria eterna en el otro" (Péguy).

Las apariciones pueden parecer ambiguas por varias razones: los videntes suelen ser personas sencillas, niños, en cualquier caso mensajeros dóciles que se abandonan a la voluntad de Dios. Por lo general, parece que el mensaje se adapta al mensajero, que lo recibe "a su medida". Pero a veces ocurre que el contenido escapa al conocimiento de quien está llamado a transmitirlo. En Lourdes, Bernadette Soubirous, por miedo a olvidarlo, repite continuamente el nombre que la Señora le ha pedido que transmita a su párroco: "Soy la Inmaculada Concepción". En Damasco, durante el primer éxtasis, Myrna recibe una oración: "¡Anunciad a mi Hijo, el Emmanuel!". "¿Quién es este Emmanuel al que debo anunciar?", le pregunta a su padre espiritual, el padre Elias Zahlaoui. Es evidente que los mensajes se adaptan a una época, a un país, a una urgencia. A veces son amenazantes, premonitorios, piden, exhortan.

Las apariciones también se expresan en el idioma de quien está llamado a recibirlas. La Virgen María habla en alemán, en español, en francés, en dialecto y, recientemente, por primera vez, en árabe. La teología actual desconfía de este sobrenatural sensible, ya que la naturaleza misma de la fe es la convicción de lo que no se ve, y las revelaciones privadas a veces parecen epifenómenos peligrosos, que deben rechazarse como tentaciones. Por lo tanto, la posición de la Iglesia es: es mejor equivocarse por exceso de severidad que por exceso de indulgencia.

Sin embargo, el Antiguo y el Nuevo Testamento nos han familiarizado con estos acontecimientos: desde Abraham hasta los Hechos de los Apóstoles, las revelaciones privadas (sueños, voces, visiones, curaciones, éxtasis, milagros, derramamientos de aceites, lágrimas y sangre...) están atestiguadas a lo largo de toda la Biblia, que tampoco se exime de invitar a la prudencia y al discernimiento con respecto a los falsos profetas e incluso a las falsas visiones, al tiempo que denuncia el rechazo sistemático del profetismo, que conduce al agotamiento de la comunicación entre Dios y su pueblo. Para evitar estos desequilibrios, es importante percibir no solo el valor, sino también los límites de lo sobrenatural extraordinario de ayer y de hoy.

8 de septiembre de 2024

Con la Natividad de Nuestra Señora se ha creado un Cielo en la tierra

 Del sitio Enciclopedia Mariana:

Los evangelistas no nos dicen dónde nació María. Solo sabemos que estaba emparentada con Isabel que vivía en Judea. Por tanto, no es imposible que ella misma fuera originaria de Jerusalén, como dice una antigua tradición de la que encontramos huellas en el evangelio apócrifo de Santiago, que nos habla de los padres de la Virgen, Joaquín y Ana.

Había una casa en Jerusalén llamada "la Casa de Ana" cerca del estanque de Betsaida. Cerca de esta casa se erigió una iglesia cuya inauguración tuvo lugar el 8 de septiembre. Al principio fue la Basílica de la Natividad de María y, más tarde, en el siglo XII, se convirtió en la Iglesia de Santa Ana.

El aniversario de esta consagración se conmemoraba cada año. La festividad se extendió a Constantinopla en el siglo V y luego a Occidente. Posteriormente, se le añadió la festividad de su concepción, nueve meses antes, de ahí la fecha del 8 de diciembre.

La Natividad de María es una de las grandes festividades del año litúrgico bizantino, porque inaugura la economía de la salvación y la entrada de la Palabra de Dios en la historia de los hombres: “Este día es el preludio de la alegría universal. En este día comenzaron a soplar los vientos de la salvación” (liturgia bizantina).

Fue en la Basílica de la Natividad de María donde san Juan Damasceno, padre y doctor de la Iglesia (†749), proclamó: “Venid todos: ¡celebremos con alegría la alegría del mundo entero! Hoy, de la naturaleza terrenal, se ha formado un Cielo en la tierra. ¡Hoy es el comienzo de la salvación para el mundo!”.

17 de marzo de 2024

La intercesión de Nuestra Señora a la hora de nuestra Muerte

Del sitio Gaudium Press:

Puede surgir en muchas mentes una pregunta: "¿Por qué esta insistencia en pedir la protección de María en el momento de la muerte?".

En la oración que tan a menudo dirigimos a la Virgen, hay dos partes bien diferenciadas, que conviene analizar: una se refiere al presente, la otra al futuro. La primera cambia constantemente en cuanto al objeto de la petición; la segunda no, ruega siempre la misma gracia.

Ruega por nosotros ahora es la petición de la hora presente, cuyo objeto será diferente según nuestras necesidades. Unas veces será la petición de una gracia protectora, otras de consuelo, otras de alivio y curación de alguna enfermedad.

Pero la oración por nosotros en la hora de nuestra muerte se refiere al futuro, y es siempre la misma petición que hicimos ayer, que hacemos hoy, repetida 200 veces en el Rosario, y que volveremos a hacer mañana, si Dios nos concede un nuevo día y si rezamos en él la Salutación Angélica.

Entonces, ¿por qué la Santa Iglesia, a través del Ave María, oración cotidiana y familiar a todos los cristianos, incluso a los más indiferentes, ha formulado esta petición: Ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte? Sólo puede ser por razones muy dignas de su sabiduría; es porque en la hora de la muerte la intercesión de la Santísima Virgen María es supremamente necesaria y sumamente eficaz.

Para comprender plenamente cuán necesaria es la asistencia de la Virgen en nuestros últimos momentos, debemos recordar que la hora de la muerte es la más decisiva y difícil de todas. En ella se fijará nuestro destino para toda la eternidad. Cuando un árbol cae, a la derecha o a la izquierda, donde cae se queda, dice el Eclesiastés (11,3). Si cae del lado derecho, si morimos en la gracia de Dios, seremos felices para siempre; pero si cae del lado equivocado, si morimos en la enemistad de Dios, nuestro lugar será con los réprobos. La hora de la muerte es la hora de la batalla suprema. Si triunfamos sobre el diablo, todas nuestras derrotas pasadas quedarán compensadas, seremos victoriosos para siempre, ocuparemos nuestro lugar entre los triunfadores eternos y el Rey del Cielo nos ceñirá la corona de la gloria eterna.

Fijémonos en el buen ladrón. Su vida estuvo manchada por muchos crímenes. Había sido un criminal infame que se había teñido las manos con la sangre de sus hermanos y hermanas; unos instantes antes de morir, se arrepintió, fue perdonado, sus crímenes fueron borrados y -como un ladrón piadoso del Cielo, como se le llama- por un instante de penitencia sincera, fue a compartir las alegrías del Paraíso con los patriarcas y profetas que habían pasado toda su vida practicando buenas acciones.

Si, por el contrario, nuestro enemigo, el demonio, triunfa sobre nosotros en el último momento, nuestras victorias, por numerosas o resonantes que hayan sido, no nos servirán de nada. Nuestras buenas acciones, aunque hubiéramos vivido como justos durante muchos años, se perderían para siempre y se volatilizarían como una nube dispersada por el viento. Seríamos como marineros que, tras triunfar de varias tempestades en alta mar, se encuentran naufragando en su propio puerto.

Recordemos la historia de los 40 mártires de Sebaste. Eran 40 soldados que, juntos en las tropas del ejército romano, libraron innumerables batallas en esta tierra, además de ganar batallas en el cielo, por practicar las virtudes cristianas bajo el estandarte de Jesucristo. Para defender su religión, comparecieron ante el tribunal de sus perseguidores, confesando valientemente su fe, sin dejarse intimidar por amenazas ni seducir por promesas. Todos fueron arrojados al calabozo y condenados a morir en un lago helado. Los ángeles volaban ya sobre ellos, portando las coronas destinadas a estos gloriosos atletas, cuando uno de ellos, vencido por el frío, salió del lago y se metió en un baño de agua tibia preparado con vistas a que uno de ellos se rindiera. Poco después murió (debido al brusco cambio de temperatura), perdiendo por un instante de debilidad los frutos de una larga vida gastada en el ejercicio de las virtudes, los méritos resplandecientes de su confesión de fe y la gloria de un martirio casi consumado, dejando a sus compañeros sumidos en el incomparable dolor de su defección.

La hora de la muerte es una hora decisiva, pero también difícil. ¡Cuán atroces son las angustias de los moribundos que no han perdido completamente la fe, cuando los remordimientos de conciencia, el temor del juicio inminente y la incertidumbre de la salvación eterna se combinan para llenarlos de turbación y espanto! Los demonios redoblan su furia para apoderarse de esta presa que se les escapa. Se arremolinan en torno al lecho del enfermo para realizar un esfuerzo supremo.

¡Si el moribundo pudiera reaccionar en la plenitud de sus fuerzas! ¡Pero no puede! Nunca ha sido atacado tan violentamente y nunca ha sido tan débil para defenderse. La deficiencia del cuerpo provoca una reacción desastrosa en el alma. La imaginación se desorganiza por completo. Es como si se tratara de un campo abierto que los animales salvajes -sería mejor decir los fantasmas más lúgubres y aterradores- cruzan libremente en todas direcciones. El espíritu está lleno de tinieblas, la voluntad sin energía y llena de languidez.

¡Cuán necesaria es la ayuda de Dios en estos momentos! ¡Cuán indispensable es la gracia divina para perseverar! Sin embargo, la gracia, especialmente la gracia de la perseverancia final, es un don de Dios que no merecemos, pero que podemos obtener infaliblemente por medio de nuestras oraciones.

Ahora bien, como por privilegio especialísimo de Dios, que quiere honrar así a su Madre, la Santísima Virgen es la Medianera obligada por cuyas manos deben pasar todos los favores del cielo, es a Ella a quien debemos pedir esta gracia de gracias. Comprendamos, pues, por qué la Santa Iglesia nos lleva tan a menudo a pedir la asistencia de María en la hora de nuestra muerte. Comprendamos también por qué nos exhorta a repetir cada día: Santa María, ruega por nosotros en la hora de nuestra muerte.

La intercesión de María Santísima es tan necesaria como eficaz en esta suprema y solemne circunstancia. ¡Cuán felices son las almas asistidas por María en esta hora! No pueden perecer. Aunque estén cautivas de la tiranía del demonio, esta buena Madre romperá sus grilletes y les obtendrá los frutos benéficos de una conversión sincera, exhortándolas a hacer verdadera penitencia. Ella estará junto a su lecho de dolor, como una madre junto al lecho de su hijo moribundo, disipando su angustia, calmando su dolor, endulzando sus penas, proporcionándoles santa paciencia y asumiendo su defensa contra los furiosos y múltiples ataques del espíritu de las tinieblas.

Cuando llega la hora final de un devoto de Nuestra Señora, dice San Buenaventura, esta buena Madre le envía los espíritus angélicos que están a sus órdenes, junto con San Miguel, su jefe. Y ella, que es el azote del infierno -como dice san Juan Damasceno-, ella cuya misión es odiar a la serpiente infernal, le hace sentir todo su poder victorioso, sobre todo cuando uno de sus devotos está a punto de dejar este mundo. Ella es tan terrible para el demonio como un ejército en formación de batalla. Se vuelve contra él como esa torre de la que habla el Cantar de los Cantares, donde se alzan mil escudos con las armas de los más valientes.

¡No, un siervo de María no puede perecer! - declara san Bernardo. - No, aquel por quien María se ha dignado rezar ya no puede dudar de su salvación y de su marcha a la gloria del cielo. - dice san Agustín.

No, aquel por quien María rezó una vez no perecerá. ¡No, aquel que ha rezado piadosamente el Ave María todos los días no será abandonado en la última hora! - exclama san Anselmo. Esta oración posee todas las cualidades capaces de hacerla infaliblemente victoriosa.

En primer lugar, es santa en su motivación. ¿Qué es lo que pedimos? La perseverancia final "en la hora de nuestra muerte". Luego, es humilde. Por ella, confesamos nuestra miseria a María Santísima, poniéndonos un título que nos va tan bien: "pobres pecadores".

También es confiada, porque nos dirigimos a la intercesora más poderosa que puede haber, a Aquella que es llamada la "Omnipotencia suplicante", en vista de su santidad sobresaliente y de su incomparable dignidad de Madre de Dios: "Santa María, Madre de Dios".

Esta oración es perseverante. ¿Qué oración puede ser más perseverante? Aunque, por hipótesis, sólo rezáramos un Avemaría al día, ¿cuántas veces a lo largo de nuestra vida le habríamos pedido que intercediera por nosotros a la hora de la muerte? ¿Y cómo sería si rezáramos al menos una docena de Rosarios? ¿Más aún si tomáramos la costumbre de rezar un Rosario entero cada día? ¿Es posible que María Santísima, tan celosa de nuestra salvación, no nos escuche? No, ¡eso es imposible! A esto se oponen las promesas y juramentos de Jesucristo Nuestro Señor sobre la oración, así como la bondad y ternura de su Santísima Madre.

Resolvámonos, pues, a rezar cada día de nuestra vida, con nueva fe, nueva confianza y nuevo cuidado, esta breve pero tan hermosa y eficaz oración del Avemaría. Así obtendremos cada día las gracias particulares que necesitamos y, sobre todo, la gracia que necesitamos al final de nuestra vida, la mayor de todas, la más importante de todas las gracias, la gracia de la perseverancia final.

Se cuenta que en el momento de la muerte de San Andrés Avelino, gran servidor de María, su lecho estaba rodeado por más de diez mil demonios; durante su agonía, tuvo que librar una batalla contra el infierno tan terrible que aturdió a todos los religiosos presentes. Vieron cómo su rostro se descomponía y se ponía lívido. Temblaba en todos sus miembros, rechinaba los dientes y las lágrimas corrían por sus mejillas, dando testimonio de la violencia del asalto al que fue sometido. El espectáculo arrancó lágrimas a todos los presentes. Todos redoblaron sus oraciones y temblaron por sí mismos al ver morir así a un santo. Sólo había una cosa que consolaba a los religiosos: el moribundo volvía a menudo el rostro hacia una imagen de la Virgen María, indicando así que pedía su ayuda y recordándoles que había dicho varias veces en vida que María Santísima sería su refugio a la hora de la muerte.

Al final, fue voluntad de Dios poner fin a esta batalla, concediendo al santo la más gloriosa victoria. Cesaron las agitaciones, el rostro del moribundo volvió a su serenidad original; le vieron permanecer tranquilo, mantener la mirada en la imagen, inclinarse en señal de reconocimiento y luego exhalar dulcemente en los brazos de la Santísima Virgen, a la que tanto había invocado en vida y que había venido a hacerle sentir su omnipotente protección en aquel momento supremo.

Imitemos la devoción de San Andrés Avelino y, como él, en nuestra última hora seremos asistidos y ayudados por la misericordiosísima Reina del Cielo.

L’Ami du Clergé” nº 39, 
23 - septiembre - 1880

1 de abril de 2023

Devoción de los Cinco Primeros Sabados a Nuestra Señora (Cuarto Sábado)

Del sitio Centenaire des apparitions de Fátima:

Fue durante la aparición del 13 de julio de 1917 cuando la Virgen habló por primera vez de los primeros sábados de mes, revelando a los pequeños videntes: "Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión Reparadora los primeros sábados de mes".

Nótese que la Virgen habla de los primeros sábados de mes de manera general, sin especificar el número. No fue hasta el 10 de diciembre de 1925, en Pontevedra, cuando lo hizo. He aquí las palabras de Nuestra Señora que Sor Lucía escuchó aquel día (tomadas de una carta a su confesor, el Padre Aparicio

"Mira, hija mía, mi Corazón rodeado de las espinas que los hombres me clavan a cada instante con sus blasfemias e ingratitudes. Tú, al menos, intentas consolarme y dices que todos los que,
    - durante cinco meses, el primer sábado,
    - se confesará,
    - recibir la Sagrada Comunión,
    - rezará un rosario
    - y hazme compañía durante quince minutos, meditando los quince misterios del Rosario
    - en un espíritu de reparación,
Prometo asistirles en la hora de la muerte, con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas."

Dos meses más tarde, el 15 de febrero de 1926, el Niño Jesús se apareció a Sor Lucía y suavizó las condiciones impuestas por Nuestra Señora. He aquí un extracto del diálogo entre ambos (tomado de una carta a Monseñor Pereira Lopès, uno de sus antiguos confesores):

" - Mi confesor decía en su carta que esta devoción no faltaba en el mundo, porque ya había muchas almas que Te recibían cada primer sábado, en honor de Nuestra Señora y de los quince misterios del Rosario.
 - Es verdad, hija mía, que muchas almas comienzan, pero pocas llegan hasta el final, y las que perseveran lo hacen para recibir las gracias prometidas. Las almas que hacen los cinco primeros sábados con fervor y con el fin de reparar al Corazón de vuestra Madre celestial me agradan más que las que hacen quince, tibias e indiferentes.
- ¡Jesús mío! A muchas almas les resulta difícil confesarse los sábados. ¿Y si permitiera que la confesión en ocho días fuera válida?
 - Sí, puede hacerse incluso después, con tal de que las almas estén en estado de gracia el primer sábado en que me reciban, y que, en esta confesión previa, se propongan hacer reparación al Sagrado Corazón de María.
- ¡Jesús mío! ¿Y los que olvidan hacer esta intención?
- Pueden hacerlo en la siguiente confesión, aprovechando la primera oportunidad que tengan para confesarse."

Cuatro años más tarde, el padre Gonçalvès, que había sustituido al padre Aparicio como confesor, pidió a sor Lucía que respondiera por escrito a cinco preguntas sobre la devoción de los primeros sábados de mes. He aquí sus respuestas (extracto de la carta enviada al Padre González):
1. ¿Cuándo? 10 de diciembre de 1925.
¿Cómo se hizo? Por una aparición de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen que me mostró su Corazón Inmaculado rodeado de espinas y pidiendo reparación.
¿Dónde? En Pontevedra (Pasaje Isabel II). La primera aparición (tuvo lugar) en mi habitación, la segunda cerca de la puerta del jardín donde estaba trabajando.

2. ¿Los requisitos?
Durante cinco meses, el primer sábado, comulgar, rezar el Rosario, hacer compañía a la Virgen durante quince minutos, meditando los misterios del Rosario, y confesarse con la misma intención. La confesión puede hacerse otro día, siempre que se esté en estado de gracia al recibir la Sagrada Comunión.

3. Beneficios o promesas.
"A las almas que me pidan reparación de este modo (dice la Virgen), les prometo asistirlas en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para la salvación."

4. ¿Por qué cinco sábados y no nueve, o siete, en honor de los dolores de Nuestra Señora?
Estando en la capilla con Nuestro Señor parte de la noche del 29 al 30 de este mes de mayo de 1930, y hablando con Nuestro Señor sobre las preguntas cuarta y quinta, me sentí de pronto más íntimamente poseído por la presencia divina y, si no me equivoco, he aquí lo que me fue revelado:    "Hija mía, la razón es simple. Hay cinco clases de ofensas y blasfemias contra el Inmaculado Corazón de María:
    1) blasfemias contra la Inmaculada Concepción,
    2) blasfemias contra su virginidad,
    3) blasfemias contra su maternidad divina, negándose al mismo tiempo a reconocerla como Madre de los hombres,
    4) las blasfemias de quienes públicamente pretenden poner indiferencia o desprecio, o incluso odio, en el corazón de los niños hacia esta Madre Inmaculada,
    5) las ofensas de los que la ofenden directamente en sus santas imágenes.
 Esta es, hija mía, la razón por la que el Inmaculado Corazón de María me ha inspirado pedir esta pequeña reparación y, en consideración a ella, mover mi misericordia a perdonar a las almas que han tenido la desgracia de ofenderla. En cuanto a ti, procura sin cesar, con tus oraciones y tus sacrificios, mover mi misericordia hacia estas pobres almas."

 5. Los que no pueden cumplir las condiciones el sábado, ¿no pueden cumplirlas el domingo?
"También se aceptará la práctica de esta devoción el domingo siguiente al primer sábado, cuando mis sacerdotes, por justas razones, lo permitan a las almas."

Para comprender la finalidad de los primeros sábados de mes, es importante tener en cuenta los siguientes puntos.

En la respuesta a la cuarta pregunta, Nuestro Señor dice a Sor Lucía que es Él quien pide esta devoción: "... el Inmaculado Corazón de María Me ha inspirado pedir esta pequeña reparación y, en consideración a Ella, mover Mi misericordia".

Si la posibilidad de elegir un día distinto del primer sábado para confesarse se deja a la libre voluntad de cada persona, la posibilidad de recibir la Sagrada Comunión al día siguiente sólo puede ser concedida por un sacerdote. Sin embargo, está claro que se trata sólo de excepciones: la regla general establecida por el Cielo es confesar y comulgar el sábado. Para hacerlo otro día, debe haber un impedimento real.

El punto más importante, aquel del que esta devoción extrae toda su eficacia, es la voluntad de reparar los ultrajes sufridos por la Virgen por parte de los pecadores. Este es uno de los puntos esenciales del mensaje de Fátima: reparar las ofensas cometidas contra los santos corazones de Jesús y de María. En octubre de 1928, en una carta a su obispo, Mons. da Silva, Sor Lucía escribió:

"El buen Dios, en su infinita misericordia, se queja de que ya no puede soportar las ofensas cometidas contra la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen. Dice que a causa de este pecado, un gran número de almas caen en el infierno, y promete salvarlas, en la medida en que se practique la siguiente devoción [los primeros sábados de mes], con la intención de hacer reparación al Corazón Inmaculado de nuestra Santísima Madre."

Sor Lucía también confió al Padre Aparicio (carta del 19 de marzo de 1939):

"De la práctica de esta devoción, unida a la consagración al Corazón Inmaculado de María, depende para el mundo la paz o la guerra. Por eso he deseado tanto su propagación; y sobre todo porque es la voluntad de nuestro buen Dios y de nuestra querida Madre del Cielo."

Más tarde, Sor Lucía nos indicó que debíamos practicar esta devoción todos los primeros sábados de mes, porque cada vez podríamos obtener la conversión de un mayor número de pecadores:

"Así hago las meditaciones sobre los misterios del Rosario los primeros sábados. Primer misterio: la Anunciación del ángel Gabriel a Nuestra Señora (...)" 

"En el segundo mes, medito sobre el segundo misterio gozoso. En el tercer mes medito en el tercero y así sucesivamente, siguiendo el mismo método de meditación. Cuando he terminado estos cinco primeros sábados, empiezo otros cinco y medito los misterios dolorosos, luego los gloriosos y, cuando los he terminado, empiezo de nuevo los gozosos".

Esta precisión de Sor Lucía indica claramente que esta devoción debe realizarse todos los primeros sábados de mes y no sólo cinco veces, porque esta práctica es sobre todo para salvar almas. Este es el sentido de la primera petición de la Virgen el 13 de julio de 1917: "Vendré a pedir (...) la Comunión Reparadora los primeros sábados de mes".

La práctica de cinco sábados sucesivos concede una gracia adicional, la de la asistencia de Nuestra Señora en el momento de nuestra muerte. Pero no debemos confundir la práctica general con la gracia adicional concedida a quienes lo hacen los cinco primeros sábados seguidos. Esta gracia extraordinaria es sobre todo una señal de que el Cielo concede gran importancia a esta devoción.

MEDITACIÓN PARA EL CUARTO SÁBADO

JUAN PABLO II

 Miércoles 9 de julio de 1997

LA ASUNCIÓN DE MARÍA EN LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA

1. La perenne y concorde tradición de la Iglesia muestra cómo la Asunción de María forma parte del designio divino y se fundamenta en la singular participación de María en la misión de su Hijo. Ya durante el primer milenio los autores sagrados se expresaban en este sentido.
Algunos testimonios, en verdad apenas esbozados, se encuentran en san Ambrosio, san Epifanio y Timoteo de Jerusalén. San Germán de Constantinopla († 733) pone en labios de Jesús, que se prepara para llevar a su Madre al cielo, estas palabras: «Es necesario que donde yo esté, estés también tú, madre inseparable de tu Hijo...» (Hom. 3 in Dormitionem: PG 98, 360).
Además, la misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción.
Encontramos un indicio interesante de esta convicción en un relato apócrifo del siglo V, atribuido al pseudo Melitón. El autor imagina que Cristo pregunta a Pedro y a los Apóstoles qué destino merece María, y ellos le dan esta respuesta: "Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta en tu morada inmaculada (...). Por tanto, dado que, después de haber vencido a la muerte, reinas en la gloria, a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el cuerpo de tu madre y la lleves contigo, dichosa, al cielo» (De transitu V. Mariae, 16: PG 5, 1.238).
Por consiguiente, se puede afirmar que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la morada inmaculada del Señor, funda su destino glorioso.

2. San Germán, en un texto lleno de poesía, sostiene que el afecto de Jesús a su Madre exige que María se vuelva a unir con su Hijo divino en el cielo: «Como un niño busca y desea la presencia de su madre, y como una madre quiere vivir en compañía de su hijo, así también era conveniente que tú, de cuyo amor materno a tu Hijo y Dios no cabe duda alguna, volvieras a él. ¿Y no era conveniente que, de cualquier modo, este Dios que sentía por ti un amor verdaderamente filial, te tomara consigo?» (Hom. 1 in Dormitionem: PG 98, 347). En otro texto, el venerable autor integra el aspecto privado de la relación entre Cristo y María con la dimensión salvífica de la maternidad, sosteniendo que: "Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la Vida" (ib.: PG 98, 348).

3. Según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento en que se funda el privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la redención. San Juan Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: "Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor (...) contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre" (Hom. 2: PG 96, 741). A la luz del misterio pascual, de modo particularmente claro se ve la oportunidad de que, junto con el Hijo, también la Madre fuera glorificada después de la muerte.
El concilio Vaticano II, recordando en la constitución dogmática sobre la Iglesia el misterio de la Asunción, atrae la atención hacia elprivilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente porque fue"preservada libre de toda mancha de pecado original" (Lumen gentium, 59), María no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.

4. Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la
resurrección de los cuerpos. En la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer.
Como había sucedido en el origen del género humano y de la historia de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico no debía revelarse en una persona, sino en una pareja. Por eso, en la gloria celestial, al lado de Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva, primicias de la resurrección general de los cuerpos de toda la humanidad.
Ciertamente, la condición escatológica de Cristo y la de María no se han de poner en el mismo nivel. María, nueva Eva, recibió de Cristo, nuevo Adán, la plenitud de gracia y de gloria celestial, habiendo sido resucitada mediante el Espíritu Santo por el poder soberano del Hijo.

5. Estas reflexiones, aunque sean breves, nos permiten poner de relieve que la Asunción de María manifiesta la nobleza y la dignidad del cuerpo humano.
Frente a la profanación y al envilecimiento a los que la sociedad moderna somete frecuentemente, en particular, el cuerpo femenino, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano, llamado por el Señor a transformarse en instrumento de santidad y a participar en su gloria.
María entró en la gloria, porque acogió al Hijo de Dios en su seno virginal y en su corazón. Contemplándola, el cristiano aprende a descubrir el valor de su cuerpo y a custodiarlo como templo de Dios, en espera de la resurrección. La Asunción, privilegio concedido a la Madre de Dios, representa así un inmenso valor para la vida y el destino de la humanidad

22 de diciembre de 2022

Nuestra Señora de la Ternura o del Dulce Beso

 Del sitio A12:

La imagen de Nuestra Señora de la Ternura o Nuestra Señora del Dulce Beso es un icono de la escuela cretense del siglo XVII. La Virgen de la Ternura era un tipo de icono que gozaba de especial popularidad en los Balcanes, en las regiones griega e italo-bizantina.

Las expresiones acariciadoras de los dos rostros saltan a la vista. Nos llama especialmente la atención la disposición de las manos: la mano del Niño Jesús se apoya confiadamente en la mano derecha de su Madre, mientras que ella, con su mano izquierda, lo sostiene y al mismo tiempo parece acariciarlo. El rojo es delicado y muy ligero en comparación con los otros iconos: la escuela cretense aceptó elementos derivados de la pintura de retrato occidental.

Las vestimentas -forma, colores, pliegues- son las tradicionales: el "mafórion" de la Virgen es de color cereza oscuro sobre la vestimenta azulada con mangas bordadas. Jesús está vestido como un adulto y tiene los pies descalzos. Su pequeña mano derecha, apoyada en la rodilla, sujeta el pergamino de la Escritura y los rasgos de su rostro muestran que es un niño de verdad.

La aureola que rodea la cabeza de la Madre de Dios delimita una parte del fondo dorado oscuro, y se suele trabajar sobre el fondo, preparado con yeso antes de pintarlo (siempre necesario para ser un verdadero icono). En ella se incisaron pequeños agujeros redondos adheridos al diseño, que tras el dorado de fondo mantienen un efecto visible.

Este icono de la Virgen de la Ternura mide 49×64 cm y pertenece al Pontificio Colegio Griego de Roma.

Los iconos participan en la belleza de la oración. Son como ventanas que se abren a las realidades del Reino de Dios y las hacen presentes en nuestra oración en la tierra. Son una llamada a nuestra propia transfiguración.

Aunque el icono es una imagen, no es una pura ilustración o decoración. Es un signo de la encarnación, una presencia que ofrece a la vista el mensaje espiritual que la Palabra dirige al oído.

El fundamento de los iconos es, según San Juan Damasceno (siglo VIII), la venida de Cristo a la tierra. La salvación está ligada a la encarnación del Verbo Divino y, en consecuencia, a la materia: "Dios, que no tiene cuerpo ni figura, no podía ser representado en ningún momento por ninguna imagen. Pero ahora que Dios se ha dejado ver en la carne y vivir entre los hombres, puedo hacerme una imagen de lo que he visto de Dios. No adoro la materia, sino al Creador de la materia, que se hizo materia por mí, que quiso habitar la materia y que, a través de la materia, me dio la salvación".

Por la fe que transmite, por su belleza y profundidad, el icono puede abrir un espacio de paz, reavivar una esperanza. Nos invita a acoger el misterio de la salvación en nuestra humanidad y en toda la creación.

Que Nuestra Señora, la Madre de la Ternura, el único ser que "abraza a Aquel a quien todo el universo no puede contener", como decía San Efrén, despierte en nuestros corazones sentimientos de bondad y ternura hacia todos. ¡Amén!

Sor María Donadeo

 "Iconos de la Madre de Dios"

Ed. Paulinas, 1997, pp. 144-147).


ORACIÓN

¡Oh, Virgen gloriosa y bendita, Madre de la Ternura!
Renueva en nuestros corazones
el deseo constante de seguir a tu Divino Hijo.

Por tu intercesión
nos permiten sentir la presencia de Dios en nuestras vidas.
Haznos observadores
atentos a todos los escenarios que nos encontramos,
en todas las cosas, en todas las personas.

Danos la gracia de sentir la presencia de Dios
en la sencillez, incesantemente, en la omnipresencia
y líbranos de la presencia del enemigo y de sus tentaciones.

Que Dios reine en nuestros corazones
y que su Divina Presencia sea
constantemente en nuestras vidas.
 
Amén.

26 de diciembre de 2019

Nuestra Señora del Cinturón

Del blog Espolón:

En la catedral de Prato, Italia, no lejos de Florencia hoy se venera en forma solemne el santo cinturón, faja o cinturón de Nuestra Señora.

Lo llevaron a Jerusalén, en el año 1141 por Michele Dagomari, habitante de la ciudad y peregrino en Tierra Santa.

Sin embargo, en 1173, ya que no había confirmación de la autenticidad de la reliquia, la Providencia se aprovechó de un acontecimiento extraordinario para que todos lo puedan reconocer como verdadero.

La presencia de los apóstoles en la Asunción es una tradición que se remonta a los primeros siglos del cristianismo. No forma parte del dogma proclamado gloriosamente por el Papa Pío XII, pero es ampliamente aceptado, como se puede observar en la iconografía tradicional.

El Obispo Gregorio de Tours (538-594), el más grande historiador del siglo VI, fue el primero en escribir sobre la Asunción. Según la tradición se transcribe, un ángel le había dicho de Nuestra Señora su próxima partida a los cielos.

A su vez, la Virgen se había comunicado la noticia a las personas más cercanas, incluyendo San Juan Evangelista.

Los apóstoles habrían sido advertidos y han tenido tiempo de venir en forma natural. Sin embargo otro, milagrosamente no llegó.

La liturgia del rito católico maronita dice: "Tú eres, oh María, la Inmaculada Madre, fuente de abundantes bendiciones, Tú eres llena de gracia, que cuando te fuiste de este mundo, todos los santos apóstoles provenían de regiones distantes, para ver la partida al cielo, mientras antes los ángeles del Altísimo, cantaban con alegría ".

Los apóstoles ciertamente fueron seguidos y contó con la presencia de los creyentes que vivían cerca de la casa de la Virgen María. La Santa Casa de Loreto mantiene un santuario donde se dijo, los Apóstoles, celebraron la Santa Misa con ocasión de las visitas que hicieron a la Virgen.

San Juan Damasceno, Padre de la Iglesia, se refiere a la tradición de oriente al respecto. Según él, durante el Concilio de Calcedonia, el emperador y la emperatriz Pulqueria Marciano pidió el cuerpo de la Virgen a Juvenal (422-458), obispo y primer Patriarca de Jerusalén de la ciudad.

El obispo respondió, según el Damasceno, que murió rodeado de todos los apóstoles excepto Tomás, que llegó unos días más tarde.

El rezagado Santo Tomas ha pedido a San Pedro ver el sepulcro y encontraron que estaba vacío. En este momento, al elevar su mirada al cielo, Santo Tomas vio a Nuestra Señora en la gloria, que, sonriendo, se aflojó el cinturón y lo arrojó en sus manos como símbolo de bendición y protección maternal.

Según otras versiones, Santo Tomas, que llegó tarde, acabó de ver la Asunción en ese momento. Hubiera sido una pena porque dudaba de la Resurrección. Pero un castigo atemperado por la misericordia de la Virgen habría terminado con el don de su cinturón.

El culto de Nuestra Señora de la banda fue fundada por San Agustín, el gran doctor de la Iglesia, y sigue siendo difundida por los buenos sacerdotes agustinos. Es el famoso cinturón de bento, decía San Agustín, sino que es de la Virgen, que es especialmente protector contra los asaltos del demonio y la impureza.

Es el origen de la devoción a Nuestra Señora Belt, también llamada Nuestra Señora de la Consolación.

Acerca de este culto piadoso y muy popular escribió San Germano, Patriarca de Constantinopla, alrededor del año 720: "No se puede ver el cinturón venerable, oh Virgen, sin sentirse lleno de alegría y penetrado de devoción ".

El monje Eutino que vivió en los 1098 años, predicando sobre ella, dijo: "Nosotros veneramos la Faja del Santo, sálvate a ti mismo todo después de 900 años realmente creo que la Reina del Cielo y se ciñó con ella."

La banda estaba en Prato, Italia, en 1173. Pero el problema es que nadie estaba seguro de la autenticidad de la reliquia, la falta de documentación o otra forma canónica digna de fe.

Ese año, la Providencia se aprovechó de un hecho extraordinario para que todos lo reconozcan como cierto.

En el día de San Esteban, (26 de diciembre), patrono de la ciudad, puso todas las reliquias en el altar, que fueron bendecidas con los enfermos y poseídos.

En ese momento, también fue expuesto el cuadro que contiene la cinta de Nuestra Señora. Entonces vino un poseído y en el momento en que tocó la caja, comenzó a afirmar enfáticamente que esta cinta fue de la Santísima Virgen, y en seguida se vio relevado de su mal.

Entonces comenzó el culto público de la reliquia sagrada. Incluso San Francisco de Asís ve esto con sus primeros frailes en Prato, en el año 1212,para venerarla.

Entre las muchas representaciones del episodio de esta cinta durante la Asunción, tenemos el famoso terracota de Andrea della Robbia o el famoso cuadro de Benozzo Gozzoli (arriba) en el glorioso hecho de lo mismo.

Creemos tan devotamente en unión con la tradición de la Iglesia, que todos los apóstoles, entre ellos Santo Tomas rezagado, se reunieron en la Asunción.

A este partido se le puede plantear la misma oración que San Agustín escribió sobre el tema de la duda que el apóstol tenía en la Resurrección:

"Oh, bienaventurado Tomás, que tocó con la mano y los escépticos que dudaron, muchos terminaron creyendo."

Fue a través de él o de su propósito de que el cíngulo de la Virgen estaba en esta tierra y es venerada desde la Edad Media, en la catedral de Prato, Italia.

3 de abril de 2019

Nuestra Señora Orante o del Signo

Del sitio Rezando con los Iconos:

El Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel” (Isaías 7, 14).

"Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: 'Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros'. Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y acogió a su mujer. Y sin haberla conocido, ella dio a luz un hijo al que puso por nombre Jesús" (Mateo 1, 22-25)

La profecía de Isaías se cumple en María. El icono muestra la belleza de la Virgen, su ámbito inmenso de santidad, el sagrario del Verbo y, simultáneamente, la evocadora imagen de la Sabiduría divina. El Niño Dios es mostrado, mitad como aún en el vientre materno de María, mitad como el Enmanuel, el Señor-con-nosotros prometido.

La actitud de orar con las manos levantadas se registra ya en las catacumbas romanas, denotando la tensión entre la finitud humana y la esperanza de ser levantado de ella. Es la posición natural de quien se reconoce criatura y se dirige a su creador. Es la actitud natural de una existencia menesterosa, la propia del mendigo.

Universal es el significado de esta actitud que recoge la liturgia de la Iglesia en sus celebraciones, y más concretamente en la Eucaristía, cuando se dirige al Padre con las manos levantadas, mostrando las palmas, en signo inequívoco de súplica

 La necesidad de “levantarse” para dirigirse a Dios se recoge en autores tan distantes como Juan Damasceno (675-749 y Fray Luis de Granada (1504-1588), que definen la oración diciendo:  

“Oración es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes “(Fray Luis de Granada, De la oración vocal)

La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (S. Juan Damasceno)

Los iconos de la Virgen en actitud orante la presentan, ya de lado, ya de frente, pero siempre con los brazos abiertos y las palmas hacia arriba, en clara distinción de la iconografía  de la Virgen Hodigitria,  que la representa  con las manos de forma indicativa, señalando a su Hijo que es el Camino verdadero.

La imagen primera es también conocida como la Virgen del Signo, porque al llevar en su seno al Mesías hace cumplimiento  en ella de la profecía de Isaías: “El Señor mismo os dará un signo: la virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Isaías 7, 14)

Este icono presente recuerda extraordinariamente al  de “La sabiduría divina”, la Santa Sofía”. La Virgen  María, que ha portado la Palabra de Dios hecha carne, es el signo de la Sofía divina, que une la divinidad y la criatura desde el primer momento de la creación. La Virgen María es la Teofanía de este encuentro.

También recibe el nombre de  Platytera , que procede del griego y nos hace recordar que la Virgen está hecha "más allá del cielo".

Generalmente, la “Virgen del signo” está pintada de frente, sentada o de pie,  en una actitud mayestática y seria, con mirada fija en un punto muy alejado tras el espectador, rebasando su posición cercana.

Su hijo está sentado sobre su regazo, haciendo con las manos levantadas, unas veces, la señal sacerdotal de bendición,  y en este caso porta en su mano izquierda el rollo de las escrituras. Otras, las más frecuentes, el Niño imita a su madre abriendo los brazos hacia el cielo en clara figura suplicante.  Siempre tiene  expresión de adulto en su rostro muy poco infantil, con la habitual cabellera bien doitada , y así ya indica  que es el Salvador. Las tres letras del nimbo cruciforme, característico de Cristo, significan "El que es", o "Yo soy el que soy", como el nombre de Yhavé revelado a Moisés.

La nomenclatura usual IC XC representa las iniciales y las finales de la palabra griega que significa Jesucristo, mientras que las letras MP OY definen a la Madre de Dios (Mater Theoi).

 En este último motivo, la madre tiene las dos manos en un gesto de plegaria; el niño está pintado en un escudete redondo, sobre el mismo seno de su madre, evocando el alumbramiento.

8 de septiembre de 2018

Natividad de María

Del sitio ACIPrensa:

La celebración de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María, es conocida en Oriente desde el siglo VI. Fue fijada el 8 de septiembre, día con el que se abre el año litúrgico bizantino, el cual se cierra con la Dormición, en agosto. En Occidente fue introducida hacia el siglo VII y era celebrada con una procesión letanía, que terminaba en la Basílica de Santa María la Mayor

El Evangelio no nos da datos del nacimiento de María, pero hay varias tradiciones. Algunas, considerando a María descendiente de David, señalan su nacimiento en Belén. Otra corriente griega y armenia, señala Nazareth como cuna de María. 

Sin embargo, ya en el siglo V existía en Jerusalén el santuario mariano situado junto a los restos de la piscina Probática, o sea, de las ovejas. Debajo de la hermosa iglesia románica, levantada por los cruzados, que aún existe -la Basílica de Santa Ana- se hallan los restos de una basílica bizantina y unas criptas excavadas en la roca que parecen haber formado parte de una vivienda que se ha considerado como la casa natal de la Virgen. 

Esta tradición, fundada en apócrifos muy antiguos como el llamado Protoevangelio de Santiago (siglo II), se vincula con la convicción expresada por muchos autores acerca de que Joaquín, el padre de María, fuera propietario de rebaños de ovejas. Estos animales eran lavados en dicha piscina antes de ser ofrecidos en el templo.

La fiesta tiene la alegría de un anuncio premesiánico. Es famosa la homilía que pronunció San Juan Damasceno (675-749) un 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana, de la cual extraemos algunos párrafos: "¡Ea, pueblos todos, hombres de cualquier raza y lugar, de cualquier época y condición, celebremos con alegría la fiesta natalicia del gozo de todo el Universo. Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo. Ésta escuchó la sentencia divina: parirás con dolor. A María, por el contrario, se le dijo: Alégrate, llena de gracia!
¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la creación! Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la única que fue digna del Creador. ¡Oh felices entrañas de Joaquín, de las que provino una descendencia absolutamente sin mancha! ¡Oh seno glorioso de Ana, en el que poco a poco fue creciendo y desarrollándose una niña completamente pura, y, después que estuvo formada, fue dada a luz! Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente. Sirviéndose de Ella, Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los hombres".

Si pensamos por cuántas cosas podemos hoy alegrarnos, cuántas cosas podemos festejar y por cuántas cosas podemos alabar a Dios; todos los signos, por muchos y hermosos que sean, nos parecerán tan sólo un pálido reflejo de las maravillas que el Espíritu de Dios hizo en la Virgen María, y las que hace en nosotros, las que puede seguir haciendo... si lo dejamos.

13 de agosto de 2018

Dormición de Nuestra Señora

Del sitio de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía:

Después de la ascensión del Señor, la Madre de Dios permaneció bajo el cuidado del apóstol y evangelista Juan, y durante los viajes de este Ella solía quedarse en la casa de sus allegados cerca del Monte de los Olivos. Su función en la primitiva iglesia fue ser fuente de consolación y de edificación tanto para los apóstoles como para los creyentes. 

Durante la persecución que inició el rey Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hechos 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43.

También viajó a Chipre para estar con Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi Hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”. 

De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de los mártires Dionisios el Areopagita e Ignacio el revestido de Dios, San Ambrosio de Milán tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”. 

Las circunstancias en que sucedió la dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia Ortodoxa desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su “dormición”. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la “dormición” de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de la más antigua y creíble tradición”. Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV. 

En el momento de su dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante Ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo. 

En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba. 

Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios. Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios. 

También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los setenta. 

A la tercera hora del día (9 de la mañana) la dormición de la Madre de Dios se llevó a cabo. Los apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas. 

Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46, 48). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su dormición. 

A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní

Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo. 

Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra. 

Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor. 

La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con ustedes todos los días de sus vidas”. Ellos exclamaron “Santísima Madre de Dios, sálvanos” iniciando esta exclamación que acompañará a la Iglesia eternamente.

28 de junio de 2018

Nuestra Señora de las Tres Manos

Del sitio Catholic.net:

Esta advocación evoca una curiosa leyenda. San Juan Damasceno (640-754) era funcionario del califa de Damasco. Cristiano árabe, se opone a las pretensiones de los emperadores iconoclastas. Al advenimiento del califa Abd-el-Mali, Juan se retira al monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén. Allí se consagra a la oración y a la elaboración de su obra teológica. 

En aquel momento se sitúa la leyenda que cuenta el origen de nuestro icono. El emperador León delata a Juan ante el califa como un traidor que ha entregado los planos de la ciudad al enemigo. El califa manda cortar la mano que había diseñado el plano de la ciudad. Juan, lleno de angustia, presenta la mano cortada a la imagen de la Madre de Dios. Al momento sintió la voz de la Virgen que le prometió la curación. 

A la mañana siguiente la mano estaba de nuevo en su sitio. El califa, sintiéndose engañado, quiso restituir a Juan en sus funciones, pero él rehusó, porque había decidido consagrar su vida a la Madre de Dios. Dejó Damasco, llevando consigo el icono, y se hizo monje en el monasterio de San Sabas

El icono permaneció en el monasterio hasta el siglo XIII. San Juan Damasceno, como signo de agradecimiento, había fijado sobre la parte baja del icono una mano de plata. Más tarde, en las copias, esta mano viene ya pintada. Este icono es uno de los más célebres en la Iglesia greco-ortodoxa y atrae a numerosos peregrinos. 

Dice la leyenda que durante la invasión turca, los ortodoxos, temiendo la profanación por parte de los musulmanes, sacaron el icono del monasterio de San Sabas, lo cargaron a lomo de un asno y dejaron partir al animal sin guía alguna. El asno prosiguió solo su camino y llegó tras un largo periplo al Monte Athos.

Allá se paró frente al Monasterio De Chilandar. Los monjes recibieron el icono con alegría y lo llevaron solemnemente hacia su iglesia, donde se venera desde aquel momento. Tras la solicitud del patriarca de Rusia, Nikon, le llega una copia de este icono. Desde entonces se difunde su veneración en aquel país.