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12 de noviembre de 2022

¿Por qué en las apariciones Nuestra Señora llora seguido?

 

Del sitio Aleteia:

Fátima, La Salette, Siracusa... Las lágrimas de la Virgen son un signo de su amor hacia nosotros.

¿Por qué la Virgen, en tantas apariciones, llora? ¿Es que en el cielo sufre tristeza?.

Las lágrimas de María son un signo de su amor por todos sus hijos. Son un llamamiento a la conversión, abandonando el camino del pecado y del mal. Al mismo tiempo, son una invitación a tener compasión de todos, a dejarnos conmover por las miserias y por los sufrimientos de nuestros hermanos, a tener misericordia.

Es verdad que María está en el gozo del cielo, pero está también cerca de cada uno de nosotros como nuestra madre. Lo quiso Jesús cuando, desde la cruz, mirando a María, dijo al discípulo predilecto: “¡He ahí a tu madre!” (Juan 19,27).

Por otra parte, la bienaventuranza celeste es la alegría del amor, y no significa indiferencia, sino al contrario, participación, compasión, afecto profundo.

Es Dios mismo el que nos ama así, como enseña la Biblia. “Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura”, dice Dios a su pueblo Israel (Oseas 11,8).

El mismo Jesús, el Hijo eterno que nos revela el rostro del Padre, lloró varias veces: por la muerte de su amigo Lázaro (Juan 11,35), mirando a la ciudad de Jerusalén que no acogía su anuncio (Lucas 19,42).

Hay un hermoso artículo de Primo Mazzolari sobre las lágrimas de María. Cito un pasaje: “Donde una mamá llora, hay un calvario con una cruz encima, y a sus pies la Virgen que llora por las penas de su criatura. No hay una sola lágrima de madre que no le pertenezca, como tampoco un hijo que no sea suyo y por el que no llore cuando él sufre. No es necesario ir a La Salette o a Fátima o a Siracusa para acordarme de las lágrimas de la Virgen: pero esos lugares me confirman el milagro de cada momento, por el que la maternidad divina es exaltada por su humana piedad”.

Mazzolari explica que las lágrimas de María quieren vencer la aridez de nuestro corazón.

A veces, no basta con pensar en el ejemplo de Cristo o en Dios Padre misericordioso, sino que “hacen falta las lágrimas de la Virgen, hace falta su piedad para vencer la resistencia de nuestros corazones. Las lágrimas de la Madre son más persuasivas e insinuantes: como ciertas lluvias lentas y continuas, sin viento, calan hondo, van a las raíces del sentimiento y lo impulsan hacia la piedad”.

Y prosigue: “Las lágrimas de la Virgen son el antídoto mejor contra el endurecimiento del corazón del hombre. Si ella no llorara a lo largo del viacrucis de toda criatura humana, si sus hijos no viesen cómo llora en cada madre, la piedad habría ya abandonado la tierra".

"La Virgen llora, no protesta: la Virgen llora, no maldice: la Virgen llora, no condena. Y sin embargo, en esas lágrimas, como sobre un motivo de comunión irresistible, se condensa toda onda de bien. Gracias a estas lágrimas empiezo a entender por qué la Virgen es llamada ‘la omnipotencia suplicante".

"¡Señora de las lágrimas, llora por nosotros! No te pedimos sino el último lugar de tu lágrima más pequeña, oh Virgen del Llanto, oh Señora de la piedad”.

 Antonio Rizzolo

18 de octubre de 2019

Nuestra Señora de Chartres

La historia mariana de Francia comienza temprano, de hecho, la llegada de los primeros evangelizadores del país ocurre en torno al año 40 después de Cristo, cuando una embarcación atracó en la orilla "focea" (hoy en día región de Marsella) llevando a bordo a los amigos íntimos de Jesús; Lázaro, Marta y María de Betania, así como a las primas de la Santa Virgen (a quien María incluso había confiado su reliquia más querida, los despojos de su madre Ana) y algunos discípulos amigos de la familia.

Una "Virgen que va a alumbrar", primera aparición de María en la Galia antes del siglo V

Parece ser que la primera manifestación conocida por los historiadores, de María en la Galia, se desarrolló antes del siglos V, en Chartres, por entonces, capital de los carnutos, con la aparición de una "Virgen a punto de alumbrar" (ahora Virgen de Chartres). 

La Catedral de Chartres

Cuando uno divisa los muros de la impresionante Catedral de Chartres sólo puede sentir admiración. Y es que este tesoro arquitectónico marcó un hito dentro del desarrollo del gótico dando como fruto uno de los edificios más perfectos de este estilo.

Capaz de ser referencia para posteriores construcciones como las de Reims o Amiens. Un templo reconocido por la Unesco como “Patrimonio de la Humanidad” que además tiene una historia particular que a día de hoy se sigue recordando en esta ciudad del departamento de Eure y Loir.

Nos situamos en 1194, año en el que Chartres sufre uno de los incendios más destructivos de toda su historia. Una lengua devastadora de fuego, provocada por un rayo, que alcanzaría de lleno el templo que por aquel entonces había edificado en el actual recinto de la catedral.

Muchos de los habitantes, incluidos los propios hombres de Dios encargados del por aquel entonces templo, pensaron que se trataba de un castigo divino. Y es que ¿Qué otra cosa podría ser? Si ya anteriormente las iglesias ahí construidas habían sido devastadas por diversos incendios y expolios en por lo menos 3 ocasiones más. No cabía duda de que la ira divina había sido desatada, quizá por la construcción del templo con el dinero de los ciudadanos, quizá por las malas acciones de los habitantes, quizá por algún acto de desobediencia que ellos mismos desconocían. El caso es que poco a poco la iglesia de Chartres era engullida por el fuego de manera irrefrenable.

Las alarmas comenzaron a dispararse al reparar en que la reliquia de la iglesia quedaría completamente reducida a cenizas. La Sancta Camisia, que supuestamente era un manto de la Virgen María, había sido traída desde Jerusalén como donación a manos de Carlos el Calvo allá por el 876. Y desde ese momento se había convertido en el elemento que incentivaba las masivas peregrinaciones a la ciudad. Una pérdida que sin duda alguna haría mucho daño a la congregación.

Tras tres días de búsquedas frustradas, el supuesto milagro vio la luz. De entre los escombros salió un grupo de sacerdotes envueltos en dicho manto. Al parecer, este les había protegido durante el incendio, no solo a ellos, también a la capilla en la que se encontraba la reliquia.

Este suceso se tomó como señal clara de que debían construir una catedral, un hermoso templo en honor a la Virgen. Eso sí, esta vez tenían claro que el dinero no lo sacarían de los impuestos al ciudadano, sería construida por aportaciones voluntarias y dinero perteneciente a la misma iglesia. No querían tentar a la suerte una vez más, al parecer. Y teniendo en cuenta la fama que tomó el manto sagrado, las ayudas empezaron a llegar de forma masiva de todas partes de Europa, dinero más que suficiente para comenzar a construir la actual catedral, ese tesoro arquitectónico del que disfrutamos a día de hoy.

13 de agosto de 2018

Dormición de Nuestra Señora

Del sitio de la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa de Antioquía:

Después de la ascensión del Señor, la Madre de Dios permaneció bajo el cuidado del apóstol y evangelista Juan, y durante los viajes de este Ella solía quedarse en la casa de sus allegados cerca del Monte de los Olivos. Su función en la primitiva iglesia fue ser fuente de consolación y de edificación tanto para los apóstoles como para los creyentes. 

Durante la persecución que inició el rey Herodes en contra de la joven Iglesia de Cristo (Hechos 12:1-3), la Madre de Dios y el Apóstol Juan se dirigieron a la ciudad de Éfeso en el año 43.

También viajó a Chipre para estar con Lázaro, el resucitado por el Señor, donde este era obispo, como también estuvo en el Monte Athos. San Esteban de la Santa Montaña dice que la Madre de Dios proféticamente dijo: “Dejad que este lugar sea entregado a mi Hijo y Dios. Yo protegeré este lugar e intercederé ante Dios por él”. 

De acuerdo a la Santa Tradición, basada en las palabras de los mártires Dionisios el Areopagita e Ignacio el revestido de Dios, San Ambrosio de Milán tuvo la oportunidad de escribir en su obra “Sobre las vírgenes” que la Madre de Dios “era virgen no solo de cuerpo, sino también de alma, humilde de corazón, de pocas palabras, sabia en su mente, trabajadora y prudente. Su regla de vida era la de no ofender a nadie sino hacer el bien a todos”. 

Las circunstancias en que sucedió la dormición de la Madre de Dios se conocieron en la Iglesia Ortodoxa desde tiempos apostólicos. Ya en el primer siglo de la cristiandad, San Dionisio el Areopagita escribió sobre su “dormición”. En el siglo II, la historia de que su cuerpo subió a los cielos la encontramos en las obras de Melitón, Obispo de Sardis. En el siglo IV, San Epifanio de Chipre hace referencia a la tradición sobre la “dormición” de la Madre de Dios. En el siglo V, San Juvenal, Patriarca de Jerusalén, le dice a la Emperatriz Bizantina Pulqueria: “pese a que no existen datos sobre su muerte en las sagradas Escrituras, sabemos sobre todo esto de la más antigua y creíble tradición”. Dicha tradición fue expuesta en la historia de la Iglesia de Nicéforos Callistos durante el siglo XIV. 

En el momento de su dormición, la Madre de Dios estaba de regreso en Jerusalén. Día y noche perseveraba en la oración e iba con frecuencia al Santo Sepulcro. En una de esas visitas, el Arcángel Gabriel apareció ante Ella y le anunció que pronto dejaría esta vida. Así es que ella decidió visitar por última vez Belén llevando consigo las tres jóvenes que la atendían (Séfora, Abigail y Jael). Antes de esto le anunció a José de Arimatea y a otros discípulos que pronto partiría de este mundo. 

En su oración, la Madre de Dios pidió que el Apóstol Juan viniera a verla por última vez. El Espíritu Santo lo trajo desde Éfeso. Después de la oración, María ofreció incienso y Juan escuchó una voz del cielo que concluía la oración de la Virgen y que decía “amén”. La Madre de Dios interpretó que la voz significaba que pronto los apóstoles y los discípulos llegarían hasta el lugar en el que ella se encontraba. 

Los creyentes, reunidos en gran número a su alrededor, dice San Juan Damasceno, escucharon las últimas palabras de la Madre de Dios. Ninguno sabía la razón de encontrarse presentes en este lugar hasta que San Juan se acercó a ellos, con lágrimas, y explicándoles que el Señor había decidido juntarlos a todos nuevamente para la dormición de la Madre de Dios. 

También apareció entre los presentes el apóstol Pablo con sus discípulos Dionisio el Areopagita, Hieroteos y San Timoteo y algunos de los setenta. 

A la tercera hora del día (9 de la mañana) la dormición de la Madre de Dios se llevó a cabo. Los apóstoles se acercaron a su lecho y ofrecieron alabanzas a Dios. De repente, la luz de la divina Gloria resplandeció enfrente de ellos. El mismo Cristo apareció rodeado de ángeles y profetas. 

Viendo a su Hijo, la Virgen María exclamó “mi alma magnifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador por que ha visto la humildad de su esclava” (Lc 1:46, 48). Así entregó su alma a su Hijo y Dios; milagrosa fue la vida de la Purísima Virgen y maravillosa su dormición. 

A partir de ese momento comenzaron a preparar el entierro de su cuerpo purísimo. Los apóstoles fueron los encargados de llevar su féretro sobre sus hombros. Esta procesión se realizó por toda Jerusalén hasta llegar al jardín del Getsemaní

Un sacerdote judío de aquella ciudad llamado Efonio, lleno de odio, quiso tirar el féretro que transportaba el cuerpo de la Purísima Madre de Dios. El Arcángel Miguel cortó sus manos. Viendo esto se arrepintió y confesó la majestad de la Madre de Dios y así comenzó a ser un ferviente seguidor de Cristo. 

Cuando la procesión llegó al jardín del Getsemaní, los apóstoles y los discípulos comenzaron a dar el último adiós a la Virgen María. Recién a medianoche lograron depositar el cuerpo dentro del sepulcro y sellar la entrada con una gran piedra. 

Por tres días no se fueron de ese lugar, orando y cantando salmos. Por la providencia de Dios, el apóstol Tomás no estuvo presente en el funeral. Llegando el tercer día a Getsemaní se acercó a la tumba y allí lloró preguntándose por qué no se le había permitido a él presenciar la partida de la Madre de Dios. Los apóstoles decidieron abrir la tumba para que Tomás pudiera dar su último adiós. Cuando abrieron el sepulcro, solo encontraron sus lienzos y entendieron que su cuerpo también había sido recibido en los cielos por Nuestro Señor. 

La tarde del mismo día, estando los apóstoles reunidos en una casa para poder comer, la Madre de Dios se les apareció y les dijo: “Regocíjense, estaré con ustedes todos los días de sus vidas”. Ellos exclamaron “Santísima Madre de Dios, sálvanos” iniciando esta exclamación que acompañará a la Iglesia eternamente.