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19 de febrero de 2023

Un milagro de la Gospa (Nuestra Señora) le devolvió a la Iglesia tras apostatar y medio siglo como protestante

 

Del sitio Cari Filii:

Cuando a sus 74 años Miguel Luján repasa su vida, afirma convencido que "solo puede ser un milagro" de la Gospa que siga siendo cristiano. Habiendo sido educado durante sus primeros 21 años en una familia católica y en una fe arraigada, siempre supo que "la salvación es lo más importante" y que esta depende de dos factores: "Nuestra voluntad y la gracia de Dios".

Durante su adolescencia deseó ser misionero y transmitir el Evangelio para ayudar a la conversión del mundo y por más de seis años recibió una intensa formación como miembro del Opus Dei. "Siempre quise entregar lo más valioso, que era mi matrimonio y mis hijos" -tiene siete- "a Dios para vivir la santidad", afirma.

Por eso es llamativo el cambio que dio su vida al cumplir 21 años. No hubo una crisis de fe, tampoco una oposición doctrinal ni incoherencias en su vida. Simplemente quedó fascinado por una agrupación evangélica universitaria evangélica, "el GBU": recuerda que sus miembros estaban "muy preparados" doctrinalmente y llegaron a convencerle de que "los sacramentos eran una mera invención", de que la Eucaristía era "una simple conmemoración" o de que podía confesarse "directamente con Dios".

"Fue algo que me sacudió tremendamente", admite en el canal El Rosario de las 11 pm. Tanto, que apostató de la fe en que había sido educado y a la que hasta ese momento dedicó su vida e ilusiones.

Las decenas de miles de denominaciones protestantes, que en la confesión el sacerdote actúa in persona christi -como Cristo mismo-, "que la fe tiene que plasmarse en obras", "que la Misa tiene un valor infinito" o incluso que su antiguo director espiritual profetizase que volvería a la Iglesia es algo que solo entendería décadas después.

Durante 49 años, Miguel perteneció y prosperó en el mundo evangélico: hizo estudios teológicos, fue pastor de la Asociación de Profesionales Solidarios, presentó programas de televisión en Solidaria Televisión, presidió la organización evangélica Gedeones Internacionales y durante dos décadas fue ministro de culto.

Se dedicó al protestantismo en cuerpo y alma. Sin embargo, conforme pasaron los años, empezó comprender que la labor de su organización era "un show": "Hacíamos unas alabanzas impresionantes en las que el pastor te complacía y te decía lo que te gustaba…" pero faltaba algo. Miguel "necesitaba más".

Y lo encontró por casualidad y por compromiso en el catecismo. Hoy se muestra convencido de que fue "un milagro", como también lo es haber podido ir a Medjugorje.

"Me invitó mi primera esposa cuando yo tenía 70 años porque vio que leía el catecismo que me regaló mi hija. Veía [a mi hija] tan feliz en su matrimonio y tan preocupada por mí que entendí que era como una obligación conocerlo. Y al leerlo me di cuenta de que estaba de acuerdo en un 95% de las cosas que leía", recuerda.

Miguel se llenó de dudas, no entendía el motivo de la separación religiosa, tampoco su convicción de que los católicos estuviesen en el error o de que pudiese interpretar la Escritura como quisiese.

"Necesitaba más", admite. "No solo una interpretación libre, no escuchar solo que Cristo salva. La fe tiene que tener obras, no todo puede reducirse a creer en Jesucristo. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, luego si estás en el cuerpo, tendrás que hacer lo que dice la cabeza. No entendía como mucha gente decía que iba a su bola o que nadie quiera que le digan lo que tenga que hacer", añade.

Pero él si quería. Y en aquella aldea de Bosnia encontró muchas de las respuestas.

"Empecé a encontrar una devoción tan maravillosa en María que me cautivó. Supe que al final lo que decía la Iglesia era verdad, María siempre Virgen, antes y después, pero el Espíritu Santo tuvo que abrirme los ojos para ver esa maravilla", relata. Por eso afirma que aquella invitación fue sin duda milagrosa.

"A veces decimos que la Iglesia ha metido mucho la pata. Y precisamente por eso y porque sigue adelante es uno de los síntomas de que es la única que fundó Jesucristo, Su Iglesia, la que nos sigue dando el alimento espiritual que necesitamos", explica.

Recuperar a María le llevó directamente a querer recuperar la relación con Cristo y con ello, a buscar "el cielo".

"Empecé a leer la Teología de la Liturgia de Ratzinger todas las mañanas. Me derretía de placer de que existiese la Eucaristía y no pude comprender como durante 49 años pude seguir siendo cristiano si no fue por la gracia de Dios".

Recuerda que en Medjugorje experimentó una "conversión" tal que, nada más volver, se dirigió al vicario de Getafe, escribió al obispo, se confesó… y su vida "cambió completamente": al fin recuperó lo que ansiaba, "una religión y una relación en el catolicismo".

El viaje fue "una inflexión". También en cuanto a la Virgen supuso "un antes y un después", pues supo que María era "esa Madre que siempre se ocupó" de él, "que está en el cielo y que intercede".

Gracias a Mejdugorje comprendió que la Virgen no es solo madre de Juan, como le dijeron. También que al rezar por su intercesión, como él mismo hace ante la Virgen del abrazo, "no es idolatría o adorar la imagen, sino [rezar ante] una representación". O que en la vida de fe "no podemos caminar por nuestro criterio propio porque es carnal, sino que tenemos que dejarnos llevar por la Santa Madre Iglesia, la misma que fundó Jesucristo hace 2000 años, porque nadie aprende las cosas solo".

Tras casi 50 años como pastor y colaborador evangélico, el 26 de junio de 2018 Miguel regresó a la Iglesia. Desde aquel día, Miguel no ha faltado un solo día a la Santa Misa, en la que ha reencontrado lo más parecido a "estar en el cielo".

"La Iglesia católica que instauró Jesucristo me da mucha seguridad en esta nueva época de mi vida, en la que por la gracia de Dios espero estar hasta que el Señor me llame. Y la razón por la que puedo hablar con esta seguridad es porque el Espíritu Santo me da esa convicción. A los que estáis en Él, bendito sea Dios. Y los que no, atreveos, porque con Él, la vida es plena", concluye.

8 de julio de 2022

Iglesia Prelaticia Santa María de la Paz

 

Del sitio Opus Dei:

Tras cruzar la puerta de Viale Bruno Buozzi 75 y bajar un tramo de escaleras, se accede a un vestíbulo en el que se encuentra una imagen de la Virgen María, Madre del Amor Hermoso.

En el atrio de la iglesia se conserva la pila bautismal donde fue bautizado san Josemaría, el 13 de enero de 1902. Fue donada por el obispo y el capítulo de la catedral de Barbastro, su ciudad natal.

El altar del templo está situado bajo un pequeño baldaquino, siguiendo la costumbre de muchas iglesias romanas. La iglesia está presidida por una imagen de la Virgen, obra de Manuel Caballero, que se colocó el 18 de diciembre de 1959. Los fieles pueden rezar ante la tumba de san Josemaría, dispuesta bajo el altar.

El 31 de diciembre de 1959, san Josemaría celebró la primera misa en Santa María de la Paz que, desde la erección del Opus Dei como prelatura personal, pasó a ser la iglesia prelaticia. La devoción de san Josemaría a la Virgen es la razón del título de la iglesia y de la imagen que la preside.

En palabras de san Josemaría: "Santa María es —así la invoca la Iglesia— la Reina de la paz. Por eso, cuando se alborota tu alma, el ambiente familiar o el profesional, la convivencia en la sociedad o entre los pueblos, no ceses de aclamarla con ese título: “Regina pacis, ora pro nobis!” —Reina de la paz, ¡ruega por nosotros! ¿Has probado, al menos, cuando pierdes la tranquilidad?... —Te sorprenderás de su inmediata eficacia".

En una pequeña cripta bajo la iglesia prelaticia, a la que se accede a través de unas escaleras, están enterrados los obispos Álvaro del Portillo, beatificado en 2014, y Javier Echevarría, primer y segundo sucesor de san Josemaría al frente del Opus Dei, respectivamente.

Inicialmente, san Josemaría fue enterrado en esta cripta el 27 de junio de 1975. Sobre la losa de mármol se colocó, bajo el sello del Opus Dei, la inscripción: EL PADRE, que aún perdura. Tras la beatificación, en 1992, el cuerpo del fundador se trasladó a la iglesia prelaticia y se colocó debajo del altar, en donde se encuentra en la actualidad.

Personas de todo el mundo acuden al fundador del Opus Dei para solicitar a Dios nuestro Señor gracias de toda clase. Y son muchos quienes se acercan hasta la iglesia prelaticia para seguir pidiendo o para agradecer las gracias recibidas por su intercesión.

En la misma cripta están enterradas Carmen Escrivá —hermana de san Josemaría— y Dora del Hoyo —la primera mujer que pidió la admisión en el Opus Dei como numeraria auxiliar—, cuya causa de beatificación inició en junio de 2012.

A un costado de la cripta se encuentran la capilla del Santísimo y los confesonarios. San Josemaría predicó con incansable celo la necesidad de frecuentar los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, dones de Dios a sus hijos los hombres, fuente de paz y de alegría imperecedera.

26 de octubre de 2019

Nuestra Señora de Torreciudad

Del sitio del Opus Dei:

Promovido por San Josemaría, y gracias a la ayuda de miles de personas, el Santuario de Torreciudad se inauguró el 7 de julio de 1975. Torreciudad (España) es un santuario dedicado a la Virgen María, situado en Huesca. Cerca de una ermita que data del siglo IX, el fundador del Opus Dei quiso que muchas personas se acercaran aquí a Dios.

La historia de Torreciudad llega viva hasta nuestros días, y recogió a comienzos del siglo XX un nuevo capítulo, inserto plenamente en una tradición de siglos de fe cristiana y piedad mariana. Este episodio se halla íntimamente ligado a la vida del Fundador del Opus Dei, y en él se inscribe la construcción del nuevo santuario donde hoy se rinde culto a la Madre de Dios, bajo la advocación de Nuestra Señora de Torreciudad, Reina de los Ángeles.

Este capítulo es también parte entrañable de la historia del Opus Dei, y se abrió en 1904, en Barbastro (Huesca, España). San Josemaría Escrivá de Balaguer, cuando apenas tenía dos años de edad, contrajo una grave enfermedad y fue desahuciado por los médicos. Éstos, perdida ya toda esperanza, anunciaron a los padres que al niño le quedaban pocas horas de vida. En esos momentos de ansiedad, cuando los medios humanos ya nada podían, la madre, doña Dolores Albás, pidió confiadamente a Nuestra Señora de Torreciudad —por la que sentía gran devoción— el favor de la curación de su hijo, prometiéndole que, si se salvaba, lo llevaría a la ermita para ofrecerlo a la Virgen, en peregrinación de acción de gracias.

Nuestra Señora acogió su oración. La noche en que el médico había abandonado la casa la enfermedad hace crisis y comienza a remitir. Cuando a la mañana siguiente vuelve el doctor Camps y, en tono ya de condolencia, pregunta: —“Pepe, ¿a qué hora ha muerto el niño?”, los padres contestan con alegría: “No solo no ha muerto, sino que está perfectamente”. El alborozo fue grande en la casa, y el agradecimiento a la Virgen también. Los padres cumplieron puntualmente su promesa. No era fácil, por los caminos de entonces, llegar desde Barbastro a Torreciudad; y el viaje se hacía más incómodo, y hasta peligroso, en la última parte del recorrido, cuando había que seguir los vericuetos de un escarpado sendero que remontaba a media altura las empinadas laderas de la hoz del Cinca. La memoria de aquella romería permaneció viva en el hogar de los Escrivá, y allí, Josemaría oiría más tarde el relato de la aventura. Se le quedó muy grabada, y habría de recordarla a menudo: “Me trajeron mis padres —contaba—. Mi madre me llevó en sus brazos a la Virgen. Iba sentada en la caballería, no a la inglesa, sino en silla, como entonces se hacía, y pasó miedo porque era un camino muy malo”.

Torreciudad ha sido, desde tiempo inmemorial, punto de encuentro de piedad mariana: millares de personas se han postrado a los pies de la Virgen de Torreciudad durante nueve siglos para solicitar su amparo y agradecer los favores recibidos. A esta larga historia se quiso sumar San Josemaría Escrivá de Balaguer. Bajo su impulso espiritual y con el deseo de difundir la devoción a la Madre de Dios, se levantó un nuevo santuario como lugar de conversión bajo el amparo de la Santísima Virgen, y se abrió al culto en 1975. El santo esperaba frutos espirituales: gracias que el Señor querrá dar a quienes acudan a venerar a su Madre Bendita en su Santuario. Esos son los milagros que deseo: la conversión y la paz para muchas almas. Con ese fin, dispuso que se construyeran las capillas de confesonarios y que todo se cuidase para rezar con paz y devoción.

Los inconvenientes para plantear un santuario de envergadura eran de gran entidad: la lejanía de cualquier núcleo de población de cierto tamaño le privaba de una feligresía habitual; un sendero tortuoso y peligroso desde el pueblo de Bolturina era el único camino de acceso; no había luz ni agua corriente, y el Cinca corría por un congosto ochenta metros por debajo. Por eso, el proyecto inicial consistió en una sencilla casa de convivencias junto a la ermita original. Sin embargo, la perspectiva histórica del Fundador del Opus Dei y una fe y amor marianos muy grandes, que fueron lo más importante, hizo que se ampliaran las dimensiones de los elementos previstos y que se añadieran otros. Movilizó a muchas personas que contribuyeron con su oración y limosnas a convertir aquel sueño (una locura de amor, le gustaba decir) en realidad. Y no era fácil imaginar que un lugar casi despoblado y escarpado, sin accesos para el tráfico rodado, lejos de las vías habituales de comunicación del Altoaragón y sin ninguna ciudad o pueblo importante cerca, pudiera convertirse en frecuente punto de encuentro para muchas personas de procedencia muy diversa. “No lo hagas pequeño, yo no lo veré, pero vosotros veréis que acabarán llegando miles de peregrinos”, le decía San Josemaría al arquitecto, Heliodoro Dols. Y a pesar de las dificultades, cuarenta años después se cuentan los visitantes por cientos de miles cada año.

Este nuevo santuario es el último homenaje que San Josemaría hizo en esta tierra a la Virgen, en cierto modo, en palabras de Mons. Álvaro del Portillo, fue la última piedra de su devoción mariana. Quiere ser manifestación de un gran amor a María y del deseo de que muchas personas la conozcan y la amen. Junto a una creciente promoción social del entorno, gracias también a la colaboración de muchos, el santuario buscará siempre su fin apostólico, como decía San Josemaría: A la Virgen de Torreciudad no le pediremos milagros externos. En cambio, sí que nos dirigiremos a Ella para que haga muchos milagros interiores, cambios en las almas, conversiones.