Mostrando entradas con la etiqueta Heraldos del Evangelio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Heraldos del Evangelio. Mostrar todas las entradas

8 de octubre de 2025

Nuestra Señora del Buen Remedio - Remedio de todas las aflicciones

 

Adaptado del sitio Gaudium Press:

Bajo la hermosa advocación de Madre del Buen Remedio, que la Iglesia celebra el día ocho de este mes, (hoy), la Santísima Virgen se nos presenta como dispensadora de los auxilios sobrenaturales y materiales que nosotros, insuficientes y miserables como somos, necesitamos en medio de las penurias de este valle de lágrimas.

Pero ¿por qué "buen remedio"?

De hecho, el término remedio — que deriva del sustantivo latino remedium, así como del verbo remediare— denota una solución o lenitivo para cualquier tipo de necesidad. Aunque, efectivamente, se emplea mucho para designar una sustancia utilizada para sanar enfermedades físicas, también se refiere a todo aquello que puede prevenir, aliviar o eliminar un mal, incluso moral o espiritual.

Por otra parte, es razonable que los remedios le sean dispensados a un enfermo en proporción a las molestias que le afectan, ya que nadie busca curarse de una grave dolencia valiéndose de simples analgésicos, y mucho menos toma medicamentos fuertes y de uso restringido para el tratamiento de una indisposición.

Entonces, nos preguntamos: ¿qué "buen remedio" es ése que nos ofrece la Virgen? ¿Y qué tipo de mal pretende combatir?

Debido a la transgresión de nuestros primeros padres, el género humano fue afectado por la peor de las enfermedades: el pecado. Como canta un hermoso himno gregoriano dedicado a la Madre de Dios, estaba el universo "entero en amargura, entero en dolor, entero en peligro", pues "el enemigo lo dominaba todo"; sin embargo, por la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, "se le dio al mundo moribundo un remedio no humano, sino divino". El P. Jourdain afirma también que la Virgen María trajo a la tierra a Aquel que puede curar completamente el peor de los males: "Dio a luz al autor de la salvación. El remedio todopoderoso, el único capaz de devolver la salud y la vida a la humanidad, vino de María".

Pues bien, si María nos ha dado este remedio supremo, ¿por qué no hemos de esperar de Ella todos los demás "remedios" que necesitamos? Como Madre extremosa, no podía concedernos grandes dádivas sobrenaturales sin estar atenta también a nuestras pequeñas carencias materiales. Esas mismas carencias, por cierto, están estrechamente relacionadas con el origen y desarrollo de la devoción a Nuestra Señora del Buen Remedio.

La Europa del siglo xii fue testigo de la interminable y encarnizada lucha entre católicos y mahometanos que, iniciada en la península ibérica en el siglo viii, se prolongó por un tiempo indefinido. Durante siglos de enfrentamientos, muchos cristianos de España, del sur de Francia y de Sicilia fueron hechos prisioneros y desterrados al norte de África y a Oriente Medio.

Estos hijos de la Iglesia, condenados a la más terrible esclavitud, estaban alejados de cualquier esperanza de rescate. No obstante, la Providencia divina no tardaría en enviarles, a través de un alma elegida, la solución a su cruel callejón sin salida.

De ascendencia franco-española, Juan de Mata probablemente naciera en el año 1160. Aunque sus datos biográficos se hayan perdido en la noche de los tiempos y, por tanto, sean inciertos, se cree que de joven presenció los malos tratos infligidos por los musulmanes a los cristianos en el puerto de la ciudad francesa de Marsella y, desde entonces, un fuerte deseo de trabajar en favor de esos desafortunados se apoderó de su espíritu, llevándolo a consagrarse a Dios. Tras estudiar Teología en París, fue ordenado sacerdote en torno a los 33 años.

Cuenta una antigua tradición que, durante la elevación de la hostia consagrada, en su primera misa, el santo tuvo una impresionante visión: se le apareció el Salvador, vestido con una túnica blanca sobre la que se dibujaba una hermosa cruz azul y roja, sosteniendo con sus manos a dos prisioneros cristianos. Manifestó su deseo de que fueran rescatados y, para ello, le pidió al recién ordenado sacerdote que fundara una orden religiosa en favor de la redención de los cautivos. Después de esta gracia, Juan de Mata decidió dedicar su vida para el cumplimiento de esa petición divina. Con la ayuda de un monje francés, San Félix de Valois, fundó la Orden de la Santísima Trinidad, aprobada por el papa Inocencio III el 17 de diciembre de 1198.

Sin embargo, ya al comienzo de su labor misionera tuvo que enfrentarse a un gran desafío material: ¿de dónde sacaría los medios económicos para el rescate de los cautivos? Los infieles sólo aceptaban liberar a los presos a cambio de cuantiosas sumas de dinero, pero éste, como dice el proverbio, "no crece en los árboles"

Se dice que en el año 1202, en Valencia, el santo fundador se sentía profundamente angustiado por la escasez de recursos e imploraba al Cielo una intervención. Fue entonces cuando se le apareció la propia Virgen María y le entregó una bolsa llena de monedas, con las que pudo rescatar a muchos prisioneros. El hecho se repitió ocho años más tarde en la ciudad de Túnez.

Ahora bien, el fundador no fue el único que recibió la visita de María. En la madrugada del 8 de septiembre de 1212, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, mientras los rayos del alba penetraban lenta y majestuosamente a través de los vitrales de la capilla del convento y los religiosos cantaban el oficio divino, la Santísima Virgen se le apareció a San Félix de Valois revestida con el hábito trinitario y rodeada de cohortes angélicas. Le entregó el escapulario de la orden, expresando su deseo de que fuera impuesto a los cautivos rescatados.

Debido a estas apariciones, Nuestra Señora del Buen Remedio es retratada con dos emblemas principales: la bolsa de monedas y el escapulario con una cruz, cuyos colores simbolizan la Santísima Trinidad: el blanco, base y principio de todos los colores, representa al Padre, que es ingénito; el azul, color de la carne humana magullada, alude al Hijo, herido en su humanidad durante la Pasión; y el rojo, figura del fuego divino que todo lo consume, hace referencia al Espíritu Santo.

En 1688 la Orden de la Santísima Trinidad proclamó a Nuestra Señora, Madre del Buen Remedio, como patrona suya. Casi tres siglos después, recibiría estatus oficial en la Iglesia mediante la carta apostólica Sacrarium Trinitatis, del papa Juan XXIII.

Fuera de los muros del convento de Marsella, donde por primera vez se veneró a la Virgen bajo ese título, enseguida se multiplicaron las representaciones. Una de las más difundidas es la que se encuentra hoy en la basílica de San Crisógono, de Roma, santuario confiado al cuidado de los trinitarios por el papa Pío IX en 1847. El autor del fresco, Giovanni Battista Conti, terminó la pintura de estilo neobizantino en 1944, en agradecimiento a la Santísima Virgen por haber preservado a Roma de los flagelos de la Segunda Guerra Mundial.

En Brasil, se puede venerar una copia de ese piadoso retrato en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, de Caieiras (São Paulo). Situada en un lugar destacado, a la derecha del presbiterio, la imagen evoca los orígenes de la gran devoción de los Heraldos del Evangelio a esta advocación mariana.

Crisis espirituales, problemas familiares, enfermedades, dificultades económicas… ¿Quién está exento de los males de esta vida?

Como la más atenta de las Madres y verdadera Médica celestial, María Santísima nos acompaña siempre con su mirada tierna y compasiva, y está dispuesta a socorrernos en todo momento. Si jamás se ha oído decir que alguien acudió a Ella y quedó desamparado, ¡no seremos nosotros los primeros!

He aquí la lección que nos da Nuestra Señora del Buen Remedio. Así, cuando la Providencia nos visite con el sufrimiento, recordemos que basta con invocarla con filial confianza y obtendremos todo lo que necesitamos. Y si Ella no puede librarnos del dolor, estará a nuestro lado consolándonos y dispensándonos gracias abundantes para cargar nuestra cruz con fidelidad.

13 de septiembre de 2023

La crisis de fe y el mensaje de Nuestra Señora en Fátima

Del sitio Reflexionando:

En una de las entrevistas que realizaran a la Hermana Lucía, la mayor y única sobreviviente durante muchos años de los Pastorcitos de Fátima, a raíz de las cuales fueron publicadas posteriormente sus Memorias, cuando aún no había sido dado a conocer el tan esperado Tercer Secreto de Fátima, respondió: “Está todo en los Evangelios y en el Apocalipsis, leedlo”. Frase que a muchos dejó llenos de perplejidad.

Lo que fuera llamado Tercer Secreto constituye, como ya hemos tenido oportunidad de explicar, la tercera parte de un mismo secreto. La Virgen había pedido que sea revelado en el año 1960, pero, por circunstancias que no están aún claras, fue dado a conocer en el año 2000. No fueron pocos los especialistas en Fátima, escritores de todo tipo, entre ellos destacados periodistas, que comenzaron a levantar todo tipo de observaciones, tanto al texto como a lo que se llamó de “interpretación teológica” del mismo, aseverando taxativamente de que no habría sido revelado en su totalidad. Ante este comentario interpretativo surgieron, dentro del comprensible derecho de disentir, afirmaciones, bien documentadas, sobre la hipótesis de que pueda existir una parte aún no revelada.

La década del 60 -fecha límite que la Virgen pidió fuera revelado el Mensaje en toda su plenitud- fue marcada por un optimismo, que abría camino a los convulsionados momentos del mundo y de la Iglesia que se viven hoy. Los pastorcitos – que llegaron a ser calificados como “profetas de calamidades”- realmente vaticinaron las tragedias que vemos en los días de hoy, tanto en el campo temporal como en el espiritual. Ellos fueron heraldos de un Mensaje de advertencia, misericordia y triunfo de la Santísima Virgen en ese lejano año de 1917.

Quiso la Virgen hablar a tres pequeños pastorcitos analfabetos para un mundo lleno de un “saber” alejado de Dios, que caminaba a un “progreso” que, al contrario de llevar a la tan deseada paz y tranquilidad, encamina a la destrucción y a la desesperación.

Estamos ante una profunda crisis de fe, ante una pérdida del sentido religioso, que constituye el mayor desafío para la Iglesia de hoy”, afirmaba el Papa Benedicto XVI (27-01-2012).

No sólo los fieles creyentes, sino también sacerdotes y obispos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más ancianos, y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la incredulidad.

Ante eso no puede dejar de surgir un preocupante interrogante: ¿la Iglesia estaría exenta de esta crisis? No pareciera, al menos en el pensamiento de Benedicto XVI, que afirmaba en Friburgo a los miembros del Consejo del Comité Central de los Católicos Alemanes que: “la verdadera crisis de la Iglesia en el mundo occidental es una crisis de fe” (24-9-2011).

Crisis de la Iglesia, crisis de fe, términos que nos llevan a pensar en las proféticas palabras de Nuestra Señora al mundo comunicadas a los tres pastorcitos portugueses, pero que de hecho, en el texto conocido, no están las palabras “crisis de la Iglesia” o “crisis de fe”. Circunstancia que no deja de llamar la atención de los diversos investigadores del conocido Mensaje.

Ante este panorama tan brumoso, considero apropiado transmitir las palabras esclarecedoras y valientes del arzobispo de Évora (Portugal), Monseñor Francisco Senra Coelho, el 22 de abril pasado en el Santuario de Fátima, con motivo del XVIII Encuentro del Apostolado del Oratorio de los Heraldos del Evangelio en ese país.

Reflexionaba el citado arzobispo, durante su magistral homilía, sobre los momentos que todo el orbe vive la alegría y el júbilo del Tiempo Pascual de la Resurrección del Señor. Pero, por otro lado, agregaba: “no podemos cerrar los ojos para la dolorosa realidad que nos cerca”, “este es, de hecho, un momento doloroso para la Iglesia, esta institución divina que, a semejanza de su Divino Fundador, pasa actualmente por un dolorosísimo calvario. Sin exageración, podemos afirmar que la Esposa Mística de Cristo vive hoy su Vía Crucis. Combatida y difamada por sus enemigos, llagada, abofeteada, coronada de espinas. Se repite hoy la escena del ‘Ecce Homo’, en la cual la Iglesia es ultrajada y apuntada como pecadora”.

¿Quién la defenderá? ¿Quién estará con la Iglesia? En un tiempo en que tantos se apartan de la Fe, en que la ortodoxia de la doctrina perenne del Evangelio es arrojada por tierra, presionada por multitudes que se proclaman ‘aggiornatas’ (actualizadas), en que naciones, otrora cristianas, se venden a los vientos ignominiosos de la moda, ¿quién estará junto a nuestra Madre, la Iglesia? ¿Quién luchará por Ella?

Queridos hermanos -exhortaba con firmeza- ruego para que cada uno de nosotros permanezca fiel en estos tiempos”, y continuaba diciendo que, al mirar la gran familia de los Heraldos del Evangelio, veo que: “son auténticos campanarios que tañen las campanas imperecederas de la tradición, campanas siempre antiguas y siempre nuevas, que cantan las glorias del pasado, y al mismo tiempo, el esplendoroso porvenir de la Iglesia”, “en medio de los vientos impetuosos que se abaten sobre la Esposa Mística de Cristo”, “con una fidelidad diamantina y audaz”.

Dirigía, a los casi 9 mil asistentes a la celebración, el señor arzobispo de Évora, “una palabra de confianza. De confianza sí, pues hoy todos vivimos tiempos difíciles, que requieren mucha confianza. Y hablar de confianza significa hablar de fidelidad; pues, delante de los tormentosos tiempos que vivimos, ¡sólo sabrán ser fieles aquellos que supieran confiar!

Finalmente resaltaba, a los asistentes a la Eucaristía solemnizada por los Heraldos del Evangelio, que la veía marcada en toda su dimensión litúrgica: “por gestos, posturas, bellísimos paramentos, envolventes cánticos, todo eco de la multisecular liturgia de la Iglesia, siempre fiel a sí misma, en caminata serena y majestuosa a lo largo de la Historia, como Reina de sagrado y majestuoso porte, que va enseñando a los hombres la magnificencia de Dios y el culto verdaderamente agradable a Dios”.

Sean heraldos de la fidelidad – exclamaba enérgicamente al finalizar su homilía – pues la Iglesia, tiene las promesas del Salvador, de que, ‘las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella’”.

P. Fernando Gioia, EP

27 de julio de 2023

Nuestra Señora, una Solución a Nuestros Problemas

Del sitio Gaudium Press:

Nuestro Señor Jesucristo considera como un solo cuerpo a todos los que le buscan sinceramente, dóciles al principio dado por Él mismo: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia" (Mt 6, 33). Y sobre ellos derrama un amor especial, dándoles además lo demás.

La generosidad inagotable de un Dios que se preocupa de resolver hasta el más ordinario de nuestros problemas se refleja maravillosamente en el relato del Discípulo Amado cuando habla de la multiplicación de los panes, animándonos a asumir una actitud de total abandono en Él. También hay que señalar que Jesús no necesitaba esos cinco panes, ni los dos peces, pues su voluntad era suficiente para realizar cualquier portento. Sin embargo, Dios quiere actuar con la colaboración del hombre. Siempre que haya algo a nuestro alcance, debemos dar, confiados en que Él proveerá el resto.

De este modo, Jesús atendía siempre a los que se acercaban a Él con fe, pidiéndole curación. Como Médico Divino, ni siquiera tenía en cuenta si la enfermedad era grave, rara, contagiosa o de causa desconocida, y sanaba a todos con sólo una mirada, una imposición de manos, un simple deseo. A veces, bastaba con que el necesitado tocara el borde de Su manto para que se curara al instante.

Nuestro Señor Jesucristo es la fuente de la verdadera armonía entre las personas, del buen trato, del compromiso de hacer el bien a los demás. Él manifiesta su amor por cada uno de nosotros y nos invita a imitarle, a preocuparnos por nuestros hermanos como Él se preocupa por nosotros.

Debemos ser predicadores de la verdad, sin perder nunca la oportunidad de llevar a la gente a aprovechar el tesoro que nuestro Señor trajo a la tierra: la gracia.

Hoy, en medio de un terrible desierto espiritual, nos toca trabajar para que vuelva a la casa paterna, la Santa Iglesia, que nunca deja de multiplicar los panes y los peces necesarios para la subsistencia de las almas de sus hijos.

La solución a todos los problemas sociales, políticos, financieros, morales e incluso epidémicos está en volver a la vida cristiana, a la vida de los Sacramentos, a la vida de piedad, a la vida en la que Nuestro Señor Jesucristo es nuestra Vida. Entonces, sí, ¡todo se resolverá!

Recordemos que Dios ha confiado su omnipotencia en las manos de la Virgen, dándonos la alegría de poder contar con una intervención maternal en nuestro favor. Si estamos con Ella, nada nos faltará, ni pan ni pescado; sobre todo, nunca nos faltará Jesús.

João Scognamiglio Clá Dias, EP

Texto adaptado de la revista Heraldos del Evangelio, n. 235, julio de 2021.