Del sitio El Perú necesita de Fátima:
«Cocharcas»
significa en quechua «pantano» o «lugar cenagoso». En la noche oscura
del paganismo, en medio de un lodazal, surgió el lirio de la devoción a
la purísima Virgen de la Candelaria.
Encandiló al indio y lo condujo a la práctica de la religión verdadera.
Hoy, en medio del terrible pantano moral en que nos encontramos,
volvamos las miradas a la Virgen de Cocharcas, para que haga renacer en
el Perú esa misma Fe y devoción mariana, apresurando así el triunfo de
su Inmaculado Corazón.
En
las márgenes del río Pampas, en la provincia de Chincheros, Apurímac,
sobre una florida meseta está situado este monumental Santuario Mariano.
Su
historia remonta a los primeros tiempos del Virreinato. Hacia fines del
siglo XVI vivía en San Pedro de Cocharcas un joven, descendiente del
curaca Chuquisullca, llamado Sebastián Quimichi. En la víspera de la
fiesta patronal, se hirió con un hacho de maguey encendido, cuyas
astillas le atravesaron la muñeca de lado a lado. Lisiado y desdeñado en
su tierra, se fue al Cusco a buscar trabajo. Allí, en casa de una palla
(dama noble) del linaje de los Incas, se enteró que la Santísima Virgen
tenía un santuario en el Collao, al borde del Titicaca, donde obraba
incontables prodigios. Lleno de confianza, decidió marchar a Copacabana.
Puesto
en camino, una noche tuvo un sueño sobrenatural, y al despertar
descubrió que las astillas, que hacía tanto tiempo tenía dentro de la
mano, habían quedado fuera sin lesión ni dolor alguno. Al llegar al
santuario, recuperado completamente, sintió un gozo y una paz
indefinibles y, postrándose ante el altar de María, dejó que sus ojos y
su alma le expresasen con lágrimas y suspiros la gratitud de su corazón.
En retribución, se propuso llevar a su pueblo una copia de aquella
imagen y promover su culto.
Para
tal fin, viajó a La Paz y después a Potosí a la procura de limosnas.
Con ellas adquirió, de regreso a Copacabana, una réplica de la venerada
imagen que el propio escultor de ésta, Francisco Tito Yupanqui, había
tallado para un clérigo del Tucumán fallecido antes de serle entregada.
Feliz con su preciado tesoro, Sebastián iba ya a partir, cuando sucede
algo inesperado: el Prior del Santuario ordena incautarle la imagen. Al
parecer, supuso que el devoto había recogido esas limosnas a nombre de
la Virgen de Copacabana y sin la autorización competente. Como ni sus ruegos,
ni sus explicaciones bastaron, el buen Quimichi decidió ir hasta
Chuquisaca y exponer ante el Obispo y la Audiencia la justicia de su
causa. Finalmente, tras mover cielo y tierra pudo rescatar su imagen.
El retorno a Cocharcas fue un continuo triunfo: “Iba por el camino Sebastián con sus compañeros —narra el cronista Fernando de Montesinos—
cantándole a la Virgen grandes elogios, que los montes y las peñas y
los caminos se allanaban, dando paso a la Virgen, y que por donde
pasaba, salían rosas, alhelíes y clavelinas y todas flores”. No
escasearon los favores de Nuestra Señora a aquellas gentes sencillas,
como tampoco faltaron las contradicciones. Al llegar a Urcos, extrañó al
cura que un indio causase tanto alboroto y que, sin la autoridad del
Prelado del Cusco, promoviese estas demostraciones. Avisó al Obispo, Don Antonio de la Raya, y éste ordenó que antes de entrar en la ciudad,
decomisaran la imagen y condujesen a Sebastián a su palacio.
El
devoto indio fue encarcelado y la imagen llevada a la Iglesia de la
Compañía. Luego que todo se aclaró, el Prelado le autorizó a proseguir
su viaje. Este incidente sirvió para que trascendiese más lo que ya se
sabía de esta imagen y dio ocasión a que los vecinos del Cusco la
honrasen y aclamasen. El Obispo concedió asimismo la facultad de
venerarla en San Pedro de Cocharcas y fundar una cofradía en su honor.
Fernando
de Montesinos nos relata la llegada de la imagen a Cocharcas (pocos
años después de la entrada de su gemela a Copacabana, en 1583): “Hubo
muchas fiestas en el recibimiento de la imagen, danzas, cofradías de
toda la doctrina con sus pendones, arcos de flores y regocijos de fuego.
Entró en su casa la soberana Señora por el mes de Setiembre del año
1598; así como la imagen divisó el pueblo, comenzó a llover, estando
sereno el cielo, y continuó la lluvia hasta que llegó a la iglesia; que
se advierte, por presagio de bienes, en la relación desta historia, que
se guarda en aquella santa Iglesia. Pusieron la imagen en el altar
mayor, y luego comenzó Dios a obrar por ella grandes maravillas. Al
principio se iban pintando los milagros; hoy como son tantos, no se
cuida desto”.
Pasado
algún tiempo, viendo lo pobre que estaba su iglesia, Sebastián
emprendió otra peregrinación a Chuquisaca para conseguir más limosnas.
Sin embargo, en Cochabamba le aguardaban nuevas aflicciones: el vicario,
no dando crédito a las licencias que portaba, rasgó los papeles y le
incautó lo recolectado. Al fin, el piadoso Sebastián cayó gravemente
enfermo y, con cristiana resignación, entregó santamente su alma al
Creador.
Al
poco tiempo el dinero fue liberado y destinado a las mejoras del
templo. Fue el primer Obispo de Huamanga, Fray Agustín de Carvajal,
quien dispuso que la fiesta de la Virgen se trasladase al 8 de
setiembre, dado que el 2 de febrero coincide con la estación de lluvias,
lo cual era un obstáculo para la afluencia de peregrinos y una amenaza
constante para los que se arriesgaban a llegar hasta el santuario.
En
1623 se le dedicó una nueva iglesia, que años más tarde reedificó y
culminó el ilustre Obispo de Huamanga, Don Cristóbal de Castilla y Zamora. En un letrero, aún visible, se lee: “Acabóse esta Iglesia y Retablo de Ntra. Sra. de Cocharcas. Año 1675”.
Su amplio interior atrae la atención por las muchas pinturas que
decoran los muros, encerradas todas en valiosos marcos. Mons. Fidel Olivas Escudero hizo trasladar los restos de Sebastián a la sacristía el
14 de setiembre de 1903 y en la lápida que los cubre hizo grabar la
siguiente inscripción: “Aquí yacen los restos de Sebastián Martín, Quimichu de la Virgen de Cocharcas. Año 1600”.
Tal
es el más notable santuario de los Andes del Perú, tan afamado en los
tiempos virreinales y cuya romería, concurridísima antaño, daba ocasión a
una feria que ha decaído con el tiempo. También la iglesia ha sufrido
algún deterioro, en especial a raíz del incendio de 1992. Y el tesoro de
la imagen ha disminuido notablemente: el anillo de oro obsequiado por
el Papa en 1600, las coronas imperiales donadas por los Reyes de España,
la valiosa custodia del Santísimo y hasta el viejo libro manuscrito con
la historia original, han desaparecido.
La
venerada imagen de la Mamacha Cocharcas es una hermosa talla en madera
policromada de regular tamaño. No sobresale por la finura de sus rasgos,
pero es devota y tiene indudable parecido con su gemela de Copacabana.
De pie, sostiene al Niño en su brazo izquierdo y la consabida candela y
el canastillo en el derecho. Sobresale el amplio manto y el vestido,
riquísimamente bordados.
En
8 de setiembre de 1946 se realizó la solemne coronación canónica de la
imagen, precedida de una asamblea mariana en Ayacucho, a la que siguió
un Congreso Mariano realizado en torno al mismo santuario.
La
popularidad de esta devoción determinó que se extendiera rápidamente a
otros valles. Existen réplicas de la Virgen de Cocharcas, por ejemplo,
en el distrito de Sapallanga, en Huancayo, así como en Orcotuna. También
en Lima hay un templo de esta advocación, cuyo origen data de tiempos
virreinales, situado en el Jr. Huánuco, en Barrios Altos. 