Extraído del sitio
Asalta el Cielo con tu Rosario:
Del sitio Corazones Sagrados:
La
hora parece matutina, yo diría que hacia las nueve - quizás antes -
porque el campo tiene todavía ese aspecto fresco de las primeras horas
del día por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el
aire aún exento de polvo.
La estación me parece primaveral pues
la hierba de los prados no está quemada por el verano y el trigo de los
campos está aún tierno y sin espiga, todo verde. Las hojas de la higuera
y del manzano también están verdes, y todavía tiernas, y también las de
la parra. Pero no veo flores en el manzano; y no veo fruta, ni en el
manzano, ni en la higuera, ni en la vid. Señal de que el manzano ha
florecido ya, pero hace poco tiempo, y los pequeños frutos todavía no se
ven.
María, agasajada por un anciano que la acompaña - parece el
dueño de la casa - sube la escalera exterior y entra en una amplia sala
que parece ocupar toda o buena parte de la planta alta.
Creo
comprender que los recintos de la planta baja son las habitaciones
propiamente dichas, las despensas, los trasteros y las bodegas; mientras
que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas
de carácter excepcional, o para trabajos que requieran mucho espacio, o
también para colocar holgadamente productos agrícolas.
Si de
fiestas se trata, lo vacían completamente y lo adornan, como hoy, con
ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas. En el
centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas;
encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta. A lo largo de
la pared de la derecha, respecto a mí que miro, otra mesa, aderezada,
aunque menos ricamente. A lo largo de la pared izquierda, una especie de
largo aparador y encima de él platos con quesos y otros manjares (me
parecen tortas cubiertas de miel, y dulces). En el suelo, junto a esta
misma pared, otras ánforas y tres grandes recipientes con forma de jarra
de cobre (más o menos; son una especie de tinajas).
María escucha
benignamente a todos; después, se quita el manto y ayuda, bondadosa, a
terminar los preparativos del banquete. La veo ir y venir, poniendo en
orden los divanes, derechas las guirnaldas de flores, mejorando el
aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite.
Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja, pero escucha mucho y con
mucha paciencia.
Un gran rumor de instrumentos musicales viene del
camino (realmente poco armónicos). Todos, menos María, corren afuera.
Veo entrar a la novia, toda adornada y feliz, rodeada de parientes y
amigos, al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a
su encuentro.
Y en este momento la visión sufre un cambio. Veo, en
vez de la casa, un pueblo. No sé si es Cana u otra aldea cercana. Y veo
a Jesús con Juan y otro, que me parece que es Judas Tadeo
(pero podría equivocarme respecto al segundo). Por lo que respecta a
Juan, no me equivoco. Jesús está vestido de blanco y tiene un manto azul
marino. Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús
pregunta algo a un hombre de condición sencilla y transmite la respuesta
a Jesús.
- Vamos a darle una satisfacción a mi Madre -
dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus
dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la
impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del
novio, porque se ve que los trata con familiaridad.
Cuando Jesús
llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El
dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al
encuentro de Jesús y lo saluda respetuosamente. Saluda también a los
otros dos. El novio hace lo mismo.
Pero lo que más me gusta es el
saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No
grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: "La paz está contigo"
va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que
valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de
María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro
de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de
púdica enamorada.
Jesús sube al lado de su Madre; detrás, los
discípulos y los dueños de la casa. Entra en la sala del banquete, donde
las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres
invitados, inesperados según me parece. Yo diría que era dudosa la
venida de Jesús y absolutamente imprevista la de sus compañeros.
Oigo con nitidez la voz llena, viril, dulcísima del Maestro decir al poner pie en la sala: "-La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros"
- saludo global y lleno de majestad para todos los presentes. Jesús
domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, y además
fortuito, pero parece el rey del convite; más que el novio, más que el
dueño de la casa. A pesar de ser humilde y condescendiente, es Él quien
se impone.
Jesús toma asiento en la mesa del centro, con el novio,
la novia, los parientes de los novios y los amigos más notables. A los
dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.
Jesús
está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores.
Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos
de asado que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a
los aparadores.
Observo una cosa: menos las respectivas madres
de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa.
Todas las mujeres están — y meten bulla como si fueran cien — en la otra
mesa que está pegando a la pared, y se las sirve después de que se ha
servido a los novios y a los invitados importantes. Jesús está al lado
del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado
de la novia.
El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco
la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre, la cual,
además, habla poquísimo. Jesús habla un poco más. Pero, a pesar de ser
parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni desdeñoso. Es un
hombre afable, pero no hablador. Si le consultan algo, responde; si le
hablan, se interesa, expone su parecer, pero después se recoge en sí
como quien está habituado a meditar. Sonríe, nunca ríe. Y, si oye alguna
broma demasiado irreflexiva, hace como si no escuchara. María se
alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan, que está hacia el
fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.
María se
da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste
está turbado, y comprende lo que de desagradable sucede.
"- Hijo" - dice bajo, llamando la atención de Jesús con esa palabra "- Hijo, no tienen más vino".
"- Mujer, ¿qué hay ya entre tú y Yo?"
- Jesús, al decir esta frase, sonríe aún más dulcemente, y sonríe
María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que
ignoran todos los demás.
Jesús me explica el significado de la frase:
- Ese ""ya",
que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su
verdadero significado. Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento
en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser
el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el
Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras
morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más
altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre "Mamá"
a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más
bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado
de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el
mundo, como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística
maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a
la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.
"¿Qué hay ya entre tú y Yo?". Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba "sujeto". Ahora soy de mi misión. ¿Acaso no lo he dicho?: "Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios".
Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra
sino los corazones, y sembrar en ellos la palabra de Dios. Sólo
levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la
Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo
salir de él el perdón para la Humanidad.
Ese "ya", olvidado por la mayoría, quería decir esto: "Has
sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de
Nazaret, y me eres todo en mi espíritu; pero, desde que soy el Mesías
esperado, soy del Padre mío. Espera un poco todavía y, acabada la
misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos
como cuando era niño y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado
un oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para
cubrirte incluso a ti del oprobio de ser madre de un reo. Y después me
tendrás de nuevo, triunfante, y después me tendrás para siempre, tú
también triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y
soy del Padre que me ha mandado a ellos".
Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, "ya".
María ordena a los criados: - Haced lo que El os diga - María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los "llamados".
Y Jesús ordena a los criados: - Llenad de agua los cántaros.
Veo
a los criados llenar las tinajas de agua traída del pozo (oigo rechinar
la polea subiendo y bajando el cubo que gotea). Veo al mayordomo
echarse en la copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo
con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de
la casa y al novio (estaban cercanos).
María mira una vez más al
Hijo y sonríe; luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la
cabeza, ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa.
Un
murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y
María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas...
Silencio, y, después, un coro de alabanzas a Jesús.
Pero El se levanta y dice una frase: - Agradecédselo a María - y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir: - La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre vosotros - y añade: - Adiós, Madre.
La visión cesa.
Jesús me instruye así: - Cuando dije a los discípulos: "Vamos a hacer feliz a mi Madre",
había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía. No la
felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad
taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad. Recordadlo
siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de
que es María la llave del milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su
oración anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre,
la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es
hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiéndolo, dije; "Vamos a hacerla feliz".
Además
quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía. Destinada a unirse a
mí en la carne - puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno
a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de
vida -, destinada a unirse a mí en el dolor - puesto que estuvimos en la
cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu, de la misma forma que la
azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se
desprende -, era justo unirla a mí en la potencia que se muestra al
mundo.
Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados: "Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el perdón".