Del sitio
María, Luz Divina:
Ahora -ya es de noche- dice Jesús (a María Valtorta):
-Has visto cuánto cuesta ser Salvadores. Lo has visto en mí y María. Has tenido conocimiento de nuestras torturas.
Has visto qué generosidad, heroísmo, paciencia, mansedumbre, constancia
y fortaleza las hemos sufrido por la caridad de salvaros.
Todos aquellos que quieran, que pidan al Señor Dios
hacer ellos 'salvadores', deben pensar que Yo y María somos el modelo
que ésas son las torturas que hay que compartir para salvar: la cruz,
las espinas, los clavos, los azotes no serán materiales. Serán otros,
con otra forma y naturaleza; pero igualmente dolorosos e inmoladores. Y
sólo inmolándose en medio de estos dolores se puede ser salvador.
Es
misión austera, la más austera de todas. Una
misión respecto a la cual la vida del monje o de la religiosa de la más
severa regla es como una flor comparada con un montón de espinas.
Porque ésta es no regla de Orden humana, sino Regla de un sacerdocio y
un rito de ingreso en el estado monacal divinos, cuyo Fundador soy Yo.
Yo soy el que consagra y acoge -en mi Regla, en mi Orden-a los elegidos
para ella. Y soy el que les impone el hábito (el mío): el Dolor total
llevado hasta el sacrificio.
Has visto mis sufrimientos, dirigidos a hacer reparación
por vuestras culpas. Nada en mi Cuerpo ha estado exento de ellos,
porque nada en el hombre está exento de culpas, y todas las partes de
vuestro yo físico y moral -ese yo que Dios os ha dado con una
perfección de obra divina y que vosotros habéis degradado con la culpa
del progenitor y con vuestras tendencias al mal, con vuestra voluntad
mala-son instrumentos de los que os servís para cumplir el pecado.
Pero Yo he venido para cancelar los efectos del pecado
con mi Sangre y mi dolor, lavando en ellos cada una de vuestras partes
físicas y morales, para purificarlas y fortalecerlas contra las
tendencias culpables.
Mis Manos fueron heridas y aprisionadas, después de
haberse cansado llevando la Cruz, para reparar por todos los delitos
cometidos con la mano del hombre. Desde los verdaderos actos de sujetar
y usar un arma contra un hermano, haciéndoos así Caínes, hasta de
robar o escribir acusaciones falsas o llevar a cabo actos contrarios al
respeto de vuestro cuerpo o del cuerpo ajeno, o de estar ociosos en
una holgazanería que es terreno propicio para vuestros vicios. Por las
ilícitas libertades de vuestras manos, he dejado crucificar las mías,
clavándolas al madero, privándolas de todo movimiento más que lícito y
necesario.
Los Pies de vuestro Salvador, después de haberse
fatigado y herido en las piedras de mi camino de Pasión, fueron
traspasados, inmovilizados, para hacer reparación por todo el mal que
vosotros hacéis con los pies, haciendo de ellos el medio para ir a
vuestros delitos, hurtos, fornicaciones. He marcado las calles, las
plazas, las casas, las escaleras de Jerusalén, para purificar todas las
calles, las plazas, las escaleras, las casas de la tierra, de todo el
mal que dentro y fuera de ellas había nacido, todo lo que había sido
sembrado y sería sembrado, en los siglos pasados y en los futuros, por
vuestra mala voluntad obediente a las instigaciones de Satanás.
Mi Carne se manchó, recibió contusiones y heridas, para
castigar en mí todo el culto exagerado, la idolatría, que vosotros
ofrecéis a esta carne y a la de quien amáis, por capricho sensual o
incluso por afecto, que en sí no es reprobable, pero que lo hacéis
reprobable al amar a un padre, a un cónyuge, a un hijo o a un hermano,
más que a Dios.
No. Por encima de cualquier amor y vínculo terrenos
está, debe estar, el amor al Señor Dios vuestro. Ninguno, ningún otro
afecto de ser superior a éste. Amad a los vuestros en Dios, no por
encima de Dios. Amad con todo vuestro ser a Dios. Ello no absorberá
vuestro amor hasta el punto de haceros indiferentes para con los
vuestros; antes al contrario, la perfección tomada de Dios -quien ama a
Dios tiene en sí a Dios y, teniendo a Dios, tiene la
Perfección-alimentará vuestro amor hacia ellos.
Yo hice de mi Carne una llaga para extraer de las
vuestras el veneno de la sensualidad, del no pudor, del no respeto, de
la ambición y admiración por la carne destinada a volver al polvo. No
es dando culto a la carne como se lleva la carne a la belleza; antes
bien, es con el desapego de ella con lo que se le da la Belleza eterna
en el Cielo de Dios. Mi Cabeza fue torturada con mil torturas (golpes,
sol, gritos, espinas) para hacer reparación por las culpas de vuestra
mente. Soberbia, impaciencia, insoportabilidad, falta de aguante,
pululan en vuestro cerebro como terreno fungífero. Yo hice de él un
órgano torturado, cerrado dentro de un arca decorada con sangre, para
hacer reparación por todo lo que brota de vuestro pensamiento.
Has visto la única corona que Yo he querido: una corona
que sólo un loco o un torturado pueden llevar. Ninguno, que sea sano
de mente (humanamente hablando) y que esté en posesión de su libertad,
se impone. Pero a mí me consideraban loco, y loco, sobrenaturalmente,
divinamente loco lo era, queriendo morir por vosotros -que no me amáis o
que me amáis tan poco-, queriendo morir para vencer al Mal en
vosotros, sabiendo que lo amáis más que a Dios. Y estuve a merced del
hombre; y prisionero del hombre, condenado suyo. Yo, Dios, condenado por
el hombre.
¡Cuántas impaciencias tenéis, por naderías; cuántas
incompatibilidades, por bagatelas; cuántas exasperaciones, por simples
malestares! Mirad a vuestro Salvador. Meditad en lo exasperante que
debían ser esas punzadas continuas en nuevos sitios, esos enredos en
los mechones del cabello, ese desplazamiento continuo sin posibilitar
mover la cabeza, apoyarla, en ningún modo que no produjera tormento.
Pensad en lo que debieron significar para mi Cabeza
torturada, dolorida, febril, los gritos de la muchedumbre, los golpes
en la cabeza, el sol abrasador. Reflexionad en el dolor que debía tener
en mi pobre cerebro, que había ido a la agonía del Viernes convertido
ya por entero en un dolor por el esfuerzo sufrido durante la noche del
Jueves; en mi pobre cerebro al que le subía la fiebre de todo el Cuerpo
lacerado y de las intoxicaciones provocadas por las torturas.
Y, en la Cabeza, también los ojos tuvieron su parte, y
la boca, y la nariz y la lengua. Para hacer reparación por vuestras
miradas tan amantes de ver lo malo y tan olvidadas de buscar a Dios;
para hacer reparación por las demasiadas y demasiado embusteras y
sucias y lujuriosas palabras que decís en vez de usar los labios para
orar, para enseñar, para confortar. Y recibieron su tortura la nariz y
la lengua para hacer reparación por vuestra avidez gustativa y por
vuestra sensualidad olfativa, por las cuales cometéis imperfecciones que
son terreno para más graves culpas, y cometéis pecados con la avidez
de alimentos superfluos sin tener piedad de los que tienen hambre, de
alimentos que os podéis permitir, muchas veces recurriendo a medios
ilícitos de ganancia.
Mis entrañas no quedaron exentas de sufrimiento.
Ninguna de ellas. Sofocación y tos para los pulmones, los cuales, por
la bárbara flagelación recibida, estaban contusos, y edemáticos por la
postura en la cruz; congoja y dolor en el corazón, que había sido
desplazado y estaba enfermo, por causa de la cruel flagelación, y del
dolor moral que había precedido a ésta, por el esfuerzo de la subida
bajo la pesada carga del madero y por la anemia consiguiente a toda la
sangre que ya había vertido. El hígado congestionado, el bazo
congestionado, los riñones contusos y congestionados.
Has visto la corona de moratones que estaba alrededor
mis riñones. Vuestros científicos, para dar una prueba para vuestra
incredulidad respecto a esa prueba de mis padecimientos que es la
Sábana Santa (se conserva y venera en Turín: para los escritos valtortianos, es auténtica),
explican que la sangre, el sudor cadavérico y la urea de un cuerpo
ultrafatigado pudieron, mezclándose con los ungüentos, producir esa
pintura natural de mi Cuerpo extinto y torturado.
Mejor sería creer sin tener necesidad de tantas pruebas
para creer. Mejor sería decir: "Esto es obra de Dios" y bendecir a
Dios, que os ha concedido disponer de la prueba irrefutable de mi
Crucifixión y de las torturas que la precedieron.
Pero, dado que, ahora, no sabéis ya creer con la
sencillez de los niños, sino que tenéis necesidad de pruebas
científicas pobre fe vuestra que sin el apoyo y el acicate de la
ciencia no sabe mantenerse en pie y caminar-, sabed que las atroces
contusiones de mis riñones fueron el agente químico más potente en el
milagro de la Sábana Santa. Mis riñones, casi rotos por los azotes, ya
no pudieron trabajar.
Como los de los que han ardido en una llamarada, no fueron capaces de
filtrar, y la urea se acumuló y se esparció en mi sangre, en cuerpo,
produciendo los sufrimientos de la intoxicación urémica y el reactivo
que, rezumando de mi cadáver, fijó la imagen en la tela. Pero los que
de entre vosotros son médicos, o los que de entre vosotros están
enfermos de uremia, pueden comprender qué sufrimientos debieron
producirme las toxinas urémicas, tan abundantes como para ser capaces
de producir una huella indeleble.
La sed. ¡Qué tortura, la sed! Y, a pesar de todo, ya
has visto que no hubo ni siquiera uno, de entre tantos, que supiera en
aquellas horas darme una gota de agua. Desde después de la Cena, no
tuve ninguna confortación. Y la fiebre, el sol, el calor, el polvo, el
desangramiento, producían mucha sed a vuestro Salvador.
Has visto que rechacé el vino mirrado. No quería
atenuaciones de mi sufrimiento. Cuando nos hemos ofrecido como
víctimas, tenemos que serlo sin transacciones piadosas, sin arreglos,
sin atenuaciones. Es necesario beber el cáliz como se nos da. Saborear
el vinagre y la hiel, hasta la hez. No el vino con añadido de drogas
que produce una mitigación del dolor.
¡Oh, muy severo es el sino victimal! ¡Pero, bienaventurado el que lo elige como suyo!
Esto respecto al sufrimiento de tu Jesús en su Cuerpo
inocente. Y no te hablo de las torturas de mi sentimiento hacia mi
Madre y hacia su dolor. Se requería ese dolor. Pero para mí fue la
congoja más cruel. ¡Sólo el Padre sabe lo que sufrió su Verbo en el
espíritu, en lo moral y en lo físico! Y la presencia de mi Madre,
aunque fue la cosa más deseada por mi corazón, que tenía necesidad de
esa confortación en la soledad infinita que lo rodeaba, infinita,
soledad procedente de Dios y de los hombres, fue tortura.
Ella debía estar allí, ángel de carne, para impedir el
asalto de la desesperación, de la misma forma que el ángel espiritual
la había impedido en el Getsemaní; debía estar allí para unir mi Dolor
con el suyo para vuestra Redención; debía estar allí para recibir la
investidura de Madre del género humano. Pero verla morir a cada uno de
mis estremecimientos fue mi mayor dolor. Ni siquiera la traición, ni
siquiera el saber que mi Sacrificio sería inútil para muchos – esos dos
dolores que pocas horas antes me habían parecido tan grandes que me
habían hecho sudar sangre-, eran comparables a éste.
Pero tú has visto lo grande que fue María en aquella hora. La congoja no le impidió ser mucho más fuerte que Judit. Ésta mató (Judit 13). María
se dejó matar a través de su Hijo. Y ni imprecó ni odió. Oró, amó,
obedeció. Siempre Madre, hasta el punto de pensar, en medio esas
torturas, que su Jesús tenía necesidad de su velo virginal para cubrir
sus carnes inocentes, para defensa de su pudor, supo al mismo tiempo
ser Hija del Padre de los Cielos y obedecer a la tremenda voluntad del
Padre en aquella hora. No imprecó, no se rebeló; ni contra Dios
ni contra los hombres: a éstos los perdonó; a Aquél le dijo 'Fiat`.
También después la has oído: '¡Padre, te amo, y Tú nos has amado!'.
Recuerda y proclama que Dios la ha amado y le renueva su acto de amor.
¡En aquella hora! Después de que el Padre la había traspasado y privado
de su razón de ser. Lo ama.
No dice: 'Ya no te amo por haber descargado tu mano sobre mí'. Lo ama. Y no se aflige por el propio dolor,
sino por el que sufre su Hijo. No grita por el propio corazón
quebrantado, sino por mi corazón traspasado. De esto pide razón al
Padre, no del propio dolor. Pide razón al Padre en nombre del Hijo de ambos.
Ella es auténticamente la Esposa de Dios. Ella es
auténticamente la que concibió por unión con Dios. Sabe que a su Hijo
no lo engendró un contacto humano, sino que fue solamente Fuego que
descendió del Cielo para entrar en su seno inmaculado y depositar en él
el Germen divino, la Carne del Hombre-Dios, del Dios-Hombre, del
Redentor del mundo. Ella lo sabe, y como Esposa y Madre pide razón de
esa herida. Las otras debían producirse. Pero ésta, cuando todo estaba cumplido, ¿por qué?
¡Pobre
Mamá! Hubo un porqué que tu dolor no te ha permitido leer en mi
herida. Y ese porqué fue el que los hombres vieran el Corazón de Dios.
Tú lo has visto, María. Y no lo olvidarás nunca.
Pero ya ves que María, a pesar de no ver en ese momento
las razones sobrenaturales de esa herida, enseguida piensa que no me
ha hecho daño, y por ella bendice a Dios. No se preocupa del mucho daño
que esa herida le haya hecho a Ella; no me ha hecho daño a mí, y eso
le basta y le sirve para bendecir a Dios, a ese Dios que la inmola. Lo
único que pide es un poco de confortación para no morir. Es necesaria
para la naciente Iglesia de la que ha sido creada Madre pocas horas
antes.
La Iglesia, como un recién nacido, necesita cuidado y leche maternos.
María dará esto a la Iglesia sosteniendo a los apóstoles, hablándoles
del Salvador, orando por la Iglesia. ¿Pero cómo podría hacerlo si
expirara esa noche? La Iglesia, a la que le quedan pocos días para
estar ya sin quien es su Cabeza, se quedaría huérfana del todo si
además expirara la Madre. Y la suerte de los recién nacidos huérfanos
es siempre precaria.
Dios nunca defrauda una justa oración y conforta a los
hijos suyos que en Él esperan. María lo experimenta en el consuelo de
la Verónica. Ella, la pobre Mamá, había imprimido en sus ojos la efigie
de mi Rostro apagado. No podía resistir verlo. No es su Jesús ese
Jesús envejecido, hinchado, con esos ojos cerrados que ya no la miran,
con esa boca torcida que ni le habla ni le sonríe. El de la Verónica es
un rostro de Jesús vivo; doliente, herido, pero todavía vivo. Su
mirada la mira, su boca parece decirle: '¡Mamá!'. Su sonrisa la saluda
todavía.
¡Oh, María! Busca a Jesús en tu dolor. Él vendrá
siempre y te mirará, te llamará, te sonreirá. Compartiremos el dolor,
¡pero estaremos unidos!
Juan, oh pequeño Juan, compartió con María y Jesús el
dolor. Sé siempre como Juan. También en esto. Ya te lo he dicho: 'No
serás grande por las contemplaciones y los dictados -esto es mío-, sino
por tu amor; y el amor más alto está en compartir el dolor'. Esto
proporciona la manera de intuir hasta los más pequeños deseos de Dios y
hacerlos realidad a pesar de todos los obstáculos.
Mira con qué viva y delicada sensibilidad Juan actúa
desde la noche del Jueves hasta la del Viernes. Y pasada esa noche.
Pero, observémoslo en aquellas horas. Un momento de desconcierto. Una hora de pesantez. Pero,
una vez superado el sueño con la agitación de la captura, y esa
agitación con el amor, viene, trayéndose tras sí a Pedro, para que el
Maestro sienta confortación al ver a la Cabeza de los apóstoles y al
Predilecto de entre los Apóstoles.
Y luego piensa en la Madre, a quien algún cruel puede
gritar que su Hijo ha sido capturado. Y va donde Ella. No sabe que
María ya vive la congoja del Hijo y que, mientras los apóstoles
dormían, Ella velaba y oraba, agonizando con su Hijo. Él no lo sabe. Y
va donde Ella y la prepara para la noticia.
Y luego hace de enlace entre la casa de Caifás y el
Pretorio, entre la casa de Caifás y el palacio de Herodes, y otra vez
va de la casa de Caifás al Pretorio. Hacer eso esa mañana, cruzando por
entre la muchedumbre ebria de odio, con un atuendo que lo delata como
galileo, no es una cosa cómoda. Pero el amor lo sostiene, y Juan no
piensa en sí mismo, sino en los dolores de Jesús y de la Madre. Podría
ser apedreado por ser seguidor del Nazareno. No importa. Desafía todo.
Los otros han huido, están escondidos: la prudencia y el miedo los
guían. A él lo guía el amor, y se queda y se muestra. Es un hombre
puro. El amor prospera en la pureza.
Y si su piedad y su buen sentido de lugareño lo inducen
a mantener a María alejada de la multitud y del Pretorio -no sabe que
María participa de todas las torturas de su Hijo padeciéndolas
espiritualmente-, cuando juzga que ha llegado la hora en que Jesús
necesita a su Madre y que no es lícito tener más tiempo a la Madre
separada del Hijo, la lleva a Él, la sostiene, la defiende.
¿Qué
es ese puñado de personas fieles (un hombre solo,
indefenso, joven, sin autoridad, a la cabeza de unas pocas mujeres)
contra toda una muchedumbre embrutecida? Nada. Un montoncito de hojas
que el viento puede desparramar. Una barquichuela en un océano
borrascoso que puede sumergirla. No importa. El amor es su fuerza y su
vela. Éste es su arma, y con éste protege a la Mujer y a las mujeres
hasta el final.
Juan poseyó el amor de compasión como nadie más en el
mundo, excepción hecha de mi Madre. Juan es el príncipe de los que aman
con este amor. Es tu maestro en esto. Sigue el ejemplo que te da de
pureza y caridad, y serás grande.
Y, dado que preveo las observaciones de los demasiados
Tomases (incrédulos) y de los demasiados escribas de ahora sobre una
frase de este dictado, que parece contrastar con el sorbo de agua
ofrecido por Longinos... -¡oh, cómo gozarían los negadores de lo
sobrenatural, los racionalistas de la perfección al revés, si pudieran
encontrar una fisura en el magnífico complejo de esta obra de bondad
divina y sacrificio tuyo, pequeño Juan, para poder, haciendo palanca en
esa fisura con el pico de su mortífero racionalismo, provocar el
derrumbamiento de todo!-previniendo a éstos, digo y explico.
Aquel pobre sorbo de agua -una gota en el incendio de
la fiebre y en la sequedad de las venas vaciadas-tomado por amor a un
alma a la que había que persuadir de amor para llevarla a la Verdad,
tomado con suma fatiga en medio del jadeo agudo que me estrangulaba la
respiración y obstaculizaba la deglución -tan quebrantado estaba por
los atroces azotes-no proporcionó más alivio que el sobrenatural.
Desde el punto de vista de la carne no fue nada, por no
decir un tormento... Ríos habrían sido necesarios para mi sed de
entonces... Y no podía beber por el jadeo del dolor precordial. Y tú
sabes lo que es este dolor... Ríos habrían sido necesarios después... y
no me fueron dados. Y tampoco hubiera podido aceptarlos por el sofoco
cada vez más fuerte. ¡Pero cuánto alivio habrían procurado a mi Corazón
si me hubieran sido ofrecidos! Era de amor de lo que moría. De amor no
dado. La piedad es amor. Y en Israel no hubo piedad.
Cuando
contempláis, vosotros los buenos, o analizáis,
vosotros los escépticos, aquel 'sorbo', dadle su justo nombre:
'piedad', no bebida. Puede, por tanto, decirse, sin incurrir por ello
en falsedad, que 'desde la Cena no recibí alivio'. De toda la masa que
me circundaba, no hubo ni uno que me procurase alivio, considerando que
el vino drogado no quise sorberlo. Recibí vinagre y burlas. Recibí
traiciones y golpes. Eso es lo que recibí. Nada más.
María Valtorta
El Evangelio como me fuera revelado