Hoy es la Fiesta de
Nuestra Señora de Coromoto, Patrona de Venezuela
Del sitio Gaudium Press:
El año del Señor de 1492, las
castellanas naves de Cristóbal Colón arribaron a las playas de un nuevo
mundo. Y la vieja Europa se maravillaba con los relatos de los osados
navegantes que volvían de esas tierras recién descubiertas: ríos
inmensos, como nunca antes vistos, cordilleras altísimas e
infranqueables, florestas que parecían no tener fin, deliciosos frutos
desconocidos, habitantes feroces, cuyas flechas envenenadas eran más
mortíferas que la picadura de una serpiente…
Entretanto, cumplido un siglo y medio
del descubrimiento, varias generaciones de colonizadores civilizaron una
gran parte de aquellas extensiones salvajes, mientras legiones de
heroicos e infatigables misioneros ampliaron tanto como pudieron las
fronteras del Reino de Jesús, introduciendo en la Santa Iglesia de Dios a
un incalculable número de esos indígenas que habían vagado durante
siglos en las tinieblas del paganismo y de la barbarie.
No obstante, en 1651 todavía permanecían
aislados en las montañas y en la selva de la provincia de Venezuela los
indios coromotos, sin querer contacto alguno con los misioneros ni con
la civilización.
Cierto día - a fines del mismo año o
quizá a inicios del siguiente - cuando el valiente e irascible cacique de
esa tribu se disponía a vadear un riachuelo en compañía de su mujer,
vieron a una dama de indescriptible majestad y hermosura avanzando en su
dirección, caminando sobre las aguas. Perplejos y extasiados, se
quedaron inmóviles contemplando a la misteriosa Señora que, cuando se
aproximó, les sonrió maternalmente y dijo en lengua de los coromotos: "Vayan adonde están los hombres blancos para que derramen agua sobre sus
cabezas y así puedan ir al Cielo".
Tanta bondad e imperio emanaban de la
presencia y de las palabras de la celestial Dama, que el indómito
cacique, maravillado, se dispuso a cumplir su voluntad.
Según describen las antiguas crónicas
coloniales, la misteriosa aparición se manifestó repetidas veces a
varios otros miembros de la tribu. Los hijos de los indios la veían con
frecuencia caminando sobre el curso del arroyo, cuando llegaban ahí en
busca de agua. Como tardaban mucho tiempo por esta causa, eran después
severamente reprendidos por sus padres. Y para justificarse, los niños
declararon que una bellísima Señora aparecía cuando estaban sacando
agua, causándoles una alegría tan grande que no era posible dejar de
contemplarla.
Luego de todos esos prodigios, los
indígenas comenzaron a notar que el agua venida del riachuelo tenía
efectos sobrenaturales. Tanta era su confianza en la acción de aquella
Dama desconocida que comenzaron a colgarse al cuello, como objetos
sagrados, las piedrecitas que recogían allá.
Decidido a llevar su tribu hasta los
hombres blancos, el cacique se puso al acecho, esperando que alguno
pasara por esos parajes solitarios. Y la Divina Providencia, que todo lo
dispone con bondad infinita para nuestro bien y salvación, no hizo
esperar mucho a los indios escogidos por la Reina de todos los
corazones.
Juan Sánchez, un honrado español que
cultivaba tierras en la región, tuvo necesidad de ir apresuradamente a
la distante aldea de El Tocuyo, una de las pocas entonces existentes en
la provincia. Así, pasó por las cercanías del lugar donde vivían los
coromotos.
El cacique se le presentó y, del mejor
modo posible, relató la misteriosa aparición de la "bella Señora" y la
orden expresa de recibir el "agua en la cabeza".
Se maravilló Juan Sánchez cuando oyó tal
relato. Hombre de Fe, vio que el hecho mostraba grandes posibilidades
de ser realmente una manifestación sobrenatural, y prometió estar de
regreso en ocho días para conducir a los indios hasta tierra de blancos.
Cumplido ese plazo, la tribu entera
- unas cien personas - se puso en marcha, encabezada por Juan Sánchez,
hasta llegar a una planicie situada a casi 20 kilómetros de la villa de
Espíritu Santo de Guanare. El español se encaminó al poblado y contó a
las autoridades todo lo sucedido. El cabildo dispuso que los indios se
quedaran en donde estaban, y le dio a Juan Sánchez la ardua misión de
enseñarles los fundamentos de nuestra santa religión.
El esforzado castellano, ayudado por su
fiel esposa, tomó todos los cuidados para convertir y civilizar a los
coromotos, que siguieron con fervor y alegría la catequesis recibida.
Pasaron los meses, y los mismos indios
que habían venerado las aguas sobre las que apareció la Santísima
Virgen, inclinaban piadosamente su cabeza para recibir las aguas
purificadoras del santo Bautismo.
Sin embargo, el feroz cacique, el
primero en ver a la Virgen, se negaba a recibir el bautismo y tomaba
distancia paulatinamente de las clases de catecismo. La nostalgia de la
vida sin freno ni moral que llevaba en la selva irrumpía como un volcán
en el fondo de su alma.
La tarde del sábado 8 de septiembre de
1652, Juan Sánchez mandó reunir a todos los coromotos para participar en
un acto religioso en alabanza a María.
Enfurecido, el cacique se rehusó a
comparecer a una ceremonia destinada a la misma que lo había hecho
abandonar la vida salvaje y pagana. Al atardecer, estaba en su choza
junto a su mujer, a su cuñada Isabel y a un sobrino de doce años, todos
bautizados ya y fervorosos cristianos.
Súbitamente
apareció en el umbral de la cabaña la Santísima Virgen, la misma "bella
Señora" que habían visto caminando sobre las aguas del arroyuelo.
Emanaba tanto fulgor de la celestial aparición, que toda la choza se
iluminó con esta luz "igual a la del sol cuando está en el mediodía,
pero sin quemar como ésta", según declaró más tarde la india Isabel.
El cacique, sin levantarse de la rústica alfombra donde descansaba, gritó encolerizado:
"¿Hasta cuándo me persigues? Ándate de
una vez, porque no haré más lo que mandas. ¡Lo dejé todo por ti y vine
aquí a sufrir fatigas!"
Deslumbrada con la excelsa visitante y llena de vergüenza por la inconcebible dureza del indio, la esposa lo reprendió:
" No hables así con la 'bella Señora'. ¡No tengas tan mal corazón!"
El cacique no pudo soportar más tiempo
la presencia de la Madre de Dios, que permanecía en el umbral de la casa
mirándolo con maternal bondad. Se levantó de un salto y tomó el arco y
las flechas, bramando desesperadamente:
" ¡Matándote me dejarás!" En ese instante
la Santísima Virgen, majestuosa y refulgente, ingresó a la choza y se
adelantó en dirección al indio, de modo tal que no le dejó espacio para
disparar la flecha.
Enajenado de odio, tiró las armas al
piso y se precipitó sobre la Soberana Señora con la intención de
arrojarla fuera de casa. Pero al estirar los brazos para agarrarla, Ella
desapareció repentinamente. Una triste oscuridad reemplazó a la
magnífica luz sobrenatural.
Largo tiempo el cacique permaneció
inmóvil, en la misma posición que había tomado al abalanzarse sobre la
aparición, apretando alguna cosa que había quedado en uno de sus puños.
Finalmente dijo con voz temblorosa: "Aquí la tengo atrapada".
Las dos mujeres se acercaron temerosas,
el cacique abrió la mano y todos, atónitos, observaron la imagen de la "bella Señora" reproducida en un diminuto óvalo de 27 por 22 mm., de un
material semejante al pergamino, irradiando luz vivísima.
¡Qué misterio de predilección y
misericordia! La Reina del Cielo y de la Tierra manifestaba su poder y
retribuía con insondable amor la inconcebible dureza del indio,
dejándole como recuerdo su virginal imagen.
Sin embargo, con odio siempre creciente,
el cacique envolvió la preciosa reliquia en unas hojas y la guardó
entre las pajas del techo, diciendo:
"Te quemaré para que me dejes".
Al día siguiente, domingo 9 de
septiembre, el niño -que lo había presenciado todo y estaba horrorizado
con la maldad del cacique- aprovechó que todos estaban ausentes, se
apoderó de la milagrosa imagen y la entregó a Juan Sánchez, contándole
lo ocurrido.
Ese mismo día, bajo una lluvia
torrencial, el cacique ordenó que la tribu entera volviera a las
montañas, abandonando la civilización. Los pobres indios recién
convertidos siguieron a su jefe en el camino de la infidelidad y la
barbarie. Pero apenas se habían adentrado en la floresta cuando el
cacique rodó por tierra, dando gritos de dolor. Una serpiente venenosa
lo había picado… le quedaban pocos minutos de vida. Viéndose perdido y
reconociendo que la Divina Justicia lo castigaba por tanta maldad,
comenzó a implorar el perdón en alta voz y a clamar por el Bautismo.
¿Pero quién podría derramar las aguas
regeneradoras sobre él en aquellas soledades? La tribu asistía muda y
confundida a su agonía.
En esta tierra todo tiene un límite.
¡Tantas veces y con tan grandes prodigios había llamado la Virgen al
infeliz cacique! ¡Y hasta qué extremos de egoísmo y dureza había llegado
éste, al rechazar los maternales llamamientos de la "bella Señora"! Se
diría que incluso la misericordia celestial tiene un término.
No obstante, María Santísima siempre triunfa.
Al oír los angustiados clamores del
moribundo, llegó presuroso un mulato que andaba por esos parajes e
inmediatamente lo bautizó. Sereno y resignado entonces, el cacique
recomendó a la tribu que nunca dejara de cumplir la voluntad de la Madre
de Dios, exhalando a continuación su último suspiro.
Purificada y santificada por el santo
Bautismo, el alma de Coromoto cruzó los umbrales eternos para contemplar
por los siglos de los siglos, en los ojos virginales de la Reina de
Misericordia, el reflejo de la Luz increada de Dios.
En las apariciones de Coromoto, la
Virgen quiso mostrarle al mundo, y a América de modo especial, que Ella
es Soberana sobre todo en su bondad. ¿Es posible imaginar mayor dureza
espiritual que la del cacique? No obstante, la misericordia de María
triunfa sobre la más empedernida de las maldades humanas.
En la persona del indio objeto de tan
inmensa clemencia, estaba representada la humanidad entera, estábamos
cada uno de nosotros, estábamos usted y yo, querido lector. Así es,
porque tantas veces se nos invita a confiar en su maternal amparo, en
ese perdón que dulcifica cualquier dureza, en esa bondad que vence a la
más obstinada ingratitud.
Pidamos a Nuestra Señora de Coromoto la
gracia de confiar siempre en su auxilio, sin desfallecimientos ni
vacilaciones. Y así, al ocaso de esta vida, Ella misma será quien nos
introduzca en la gloria sempiterna.