Del sitio
María Luz Divina:
Veo a Jesús. Es ya un adolescente. Lleva una túnica blanca que le
llega hasta los pies; me parece que es de lino. Encima, se coloca,
formando elegantes pliegues, una prenda rectangular de un color rojo
pálido. Lleva la cabeza descubierta. Los cabellos, de una coloración
más intensa que cuando lo vi de niño, le llegan hasta la mitad de las
orejas. Es un muchacho de complexión fuerte, muy alto para su edad (muy
tierna aún, como refleja el rostro).
Me mira y me sonríe tendiendo las manos hacia mí. Su sonrisa de todas
formas se asemeja ya a la que le veo de adulto: dulce y más bien seria.
Está solo. Por ahora no veo nada más. Está apoyado en un murete de una
callecita toda en subidas y bajadas, pedregosa y con una zanja que
está aproximadamente en su centro y que en tiempo de lluvia se
transforma en regato; ahora, como el día está sereno, está seca.
Me da la impresión de estarme acercando yo también al murete y de estar
mirando alrededor y hacia abajo, como está haciendo Jesús. Veo un
grupo de casas; es un grupo desordenado: unas son altas, otras, bajas;
van en todos los sentidos. Parece - haciendo una comparación muy pobre
pero muy válida - un puñado de cantos blancos esparcidos sobre un
terreno oscuro. Las calles, las callejas, son como venas en medio de
esa blancura. Ora aquí, ora allá, hay árboles que descuellan por detrás
de las tapias; muchos de ellos están en flor, muchos otros están ya
cubiertos de hojas nuevas: debe ser primavera.
A la izquierda respecto a mí que estoy mirando, se alza una voluminosa
construcción, compuesta de tres niveles de terrazas cubiertas de
construcciones, y torres y patios y pórticos; en el centro se eleva una
riquísima edificación, más alta, majestuosa, con cúpulas redondeadas,
esplendorosas bajo el sol, como si estuvieran recubiertas de metal,
cobre u oro. El conjunto está rodeado por una muralla almenada (almenas
de esta forma: M, como si fuera una fortaleza). Una torre de mayor
altura que las otras, horcada en su base sobre una vía más bien
estrecha y en subida, cual severo centinela, domina netamente el vasto
conjunto.
Jesús observa fijamente ese lugar. Luego se vuelve otra vez, apoya de
nuevo la espalda sobre el murete, como antes, y dirige su mirada hacia
una pequeña colina que está frente al conjunto del Templo. El collado
sufre el asalto de las casas sólo hasta su base, luego aparece virgen.
Veo que una calle termina en ese lugar, con un arco tras el cual sólo
hay un camino pavimentado con piedras cuadrangulares, irregulares y mal
unidas; no son demasiado grandes, no son como las piedras de las
calzadas consulares romanas; parecen más bien las típicas piedras de
las antiguas aceras de Viareggio (no sé si existen todavía), pero
colocadas sin conexión: un camino de mala muerte.
El rostro de Jesús toma un aspecto tan serio, que yo fijo mi atención
buscando en este collado la causa de esta melancolía. Pero no encuentro
nada de especial; es una elevación del terreno, desnuda, nada más. Eso
sí, cuando me vuelvo, he perdido a Jesús; ya no está ahí. Y me quedo
adormilada con esta visión.
Cuando me despierto, con el recuerdo en mi corazón de
lo que he visto, recobradas un poco las fuerzas y en paz, porque todos
están durmiendo, me encuentro en un lugar que nunca antes había visto.
En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones,
porque tienen más las características de pabellones que de casas). Hay
una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo, y mucho
griterío. Me miro a mi alrededor y, al hacerlo, me doy cuenta de que
estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando;
efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto, y la
torre centinela, y la imponente obra de fábrica que se yergue en el
centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios, y, bajo
éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quienes en
otra.
Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén. Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes,
sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la
parte superior del pecho y de la frente, y con otros reflejos
brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy
amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de
material precioso. Luego veo a otros, menos engalanados, pero que de
todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal, y que
están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos; comprendo que se
trata de los doctores de la Ley. Entre todos estos personajes me
encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.
Me acerco al grupo de los doctores, donde ha comenzado una disputa teológica. Mucha gente hace lo mismo.
Entre los "doctores" hay un grupo capitaneado por uno
llamado Gamaliel y por otro, viejo y casi ciego, que apoya a Gamaliel
en la disputa; oigo que le llaman Hil.lel (pongo la hache porque oigo
una aspiración al principio del nombre), y creo que es o maestro o
pariente de Gamaliel: lo deduzco de la confidencia y al mismo tiempo
respeto con que éste lo trata.
El grupo de Gamaliel es de mentalidad más abierta,
mientras que el otro grupo, que es el más numeroso está dirigido por
uno llamado Siammai, y adolece de esa intransigencia llena de
resentimiento, y retrógrada, tan claramente descrita por el Evangelio.
Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos,
hábil de la venida del Mesías, y, apoyándose en la profecía de Daniel,
sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado
unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas
contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del
Templo.
Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es
cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la
esclavitud de Israel ha aumentado, y que la paz que debía haber traído
Aquél que los Profetas llamaban "Príncipe de la paz" está bien lejos de
ser una realidad en el mundo, y especialmente en Jerusalén, oprimida
bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso
dentro del recinto del Templo, controlado por la Torre Antonia, que
está llena de legionarios romanos dispuestos a aplacar con la espada
cualquier tumulto de independencia patria.
La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a
durar. Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto
para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que
escuchan; este propósito es evidente.
Del interior del nutrido grupo de fíeles se oye una tierna voz de niño: "Gamaliel tiene razón".
Movimiento en la gente y en el grupo de doctores: buscan
al que acaba de interrumpir; de todas formas, no hace falta buscarlo,
Él no se esconde; antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca
al grupo de los "rabíes". Reconozco en Él a mi Jesús adolescente. Se le
ve seguro y franco, y sus ojos centellean llenos de inteligencia.
"-¿Quién eres?-" le preguntan.
"-Un hijo de Israel que ha venido a cumplir con lo que la Ley ordena".
Gusta esta respuesta intrépida y segura, y obtiene
sonrisas de aprobación y de benevolencia. Despierta interés el pequeño
israelita.
"-¿Cómo te llamas?"
"-Jesús de Nazaret".
Y aquí acaba la benevolencia del grupo de Siammai. Sin
embargo, Gamaliel, más benigno, prosigue el diálogo junto con Hil.lel.
Es más, es Gamaliel el que, con deferencia, le dice al anciano: "-Pregúntale alguna cosa al niño".
"-¿En qué basas tu seguridad?" -pregunta Hil.lel.
(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro)
Jesús: "-En la profecía, que no puede errar respecto a la
época, y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su
cumplimiento. Cierto es que César nos domina".
-Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila
Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas. Tanto es así que le
fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido
hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en
Palestina. De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está
cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación
del Templo, para que el Mesías sea ungido y se cumpla lo que conlleva
la profecía para el pueblo que no lo quiso.
-¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista
por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de
Belén de Judá, y que las profecías y las visiones, desde Jacob en
adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento
del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era
de Belén? ¿No os acordáis de Balaam? "Una estrella nacerá de Jacob".
Los Sabios de Oriente, cuya pureza y fe abría sus propios ojos y sus
propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre; "Mesías", y
vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo.
Siammai, con mirada maligna: "-¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?"
Jesús: "-Yo lo digo".
Siammai: "-Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que
Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años
de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la
Escritura, debes saber también que "un grito se ha oído en lo alto...
Es Raquel que está llorando por sus hijos". Los valles y las alturas de
Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron
de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre
ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías".
Jesús: "-Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel
hízose himno, pues donde ella había dado a luz al "hijo de su dolor",
la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de
su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de
Dios bajo su cetro y liberarlo de la más terrible de las esclavitudes".
Siammai: "-¿Y cómo, si lo mataron?"
Jesús: "-¿No has leído de Elías que fue raptado por el
carro de fuego? ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su
Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? Él, que separó el mar ante
Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra, ¿no va a
haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de
la crueldad del hombre? En verdad os digo; el Cristo vive y está entre
vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia." La voz
de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo
que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de
dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los
baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad
de un hombre.
Hil.lel: "-Niño, ¿quién te ha enseñado estas palabras? "
Jesús: "-El Espíritu de Dios. Yo no tengo maestro humano.
Ésta es la Palabra del Señor que os habla a través de mis labios."
Hil.lel: "-Ven aquí entre nosotros, que quiero verte de
cerca, ¡oh niño!, para que mi esperanza se reavive en contacto con tu
fe y mi alma se ilumine con el sol de la tuya".
Y lo sientan a Jesús en un asiento alto y sin respaldo,
entre Gamaliel e Hil.lel, y le entregan unos rollos para que los lea y
los explique. Es un examen en toda regla. La muchedumbre se agolpa
atenta.
La voz infantil de Jesús lee: -"Consuélate, pueblo mío.
Hablad al corazón de Jerusalén, consoladla porque su esclavitud ha
terminado... Voz de uno que grita en el desierto: preparad los caminos
del Señor... Entonces se manifestará la gloria del Señor..."
Siammai: "-Como puedes ver, nazareno, aquí se habla de
una esclavitud ya terminada. Y nosotros somos ahora más esclavos que
nunca. Aquí se habla de un precursor. ¿Dónde está? Tú desvarías".
Jesús: "-Yo te digo que tú y los que son como tú, más que
los demás, necesitáis escuchar la llamada del Precursor. Si no, no
verás la gloria del Señor, ni comprenderás la palabra de Dios, porque
las bajezas, las soberbias, las dobleces, te obstaculizarán ver y oír".
Siammai: "-¿Así le hablas a un maestro?"
Jesús: "-Así hablo y así hablaré hasta la muerte. Porque
por encima de mi propio beneficio está el interés del Señor y el amor a
la Verdad, de la cual soy Hijo. Y además te digo, rabí, que la
esclavitud de que habla el Profeta, que es de la que Yo hablo, no es la
que crees, como tampoco la regalidad será la que tú piensas. Antes
bien, por mérito del Mesías, el hombre será liberado de la esclavitud
del Mal que lo separa de Dios, y la señal del Cristo, liberados los
espíritus de todo yugo, hechos súbditos del Reino eterno, signará a
éstos. Todas las naciones inclinarán su cabeza, ¡oh, estirpe de David!,
ante el Vástago de ti nacido, árbol ahora que extiende sus ramas sobre
toda la Tierra y se alza hacia el Cielo.
Y en el Cielo y en la Tierra toda boca glorificará su Nombre y doblará
su rodilla ante el Ungido de Dios, ante el Príncipe de la Paz, el
Caudillo, ante Aquel que, tomando de sí mismo, embriagará a toda alma
cansada y saciará toda alma hambrienta; el Santo que estipulará una
alianza entre la Tierra y el Cielo no como la que fue estipulada con
los Padres de Israel cuando los sacó de Egipto (siguiendo
considerándolos de todas formas siervos), sino imprimiendo la
paternidad celeste en el espíritu de los hombres con la Gracia de nuevo
infundida por los méritos del Redentor por el cual todos los hombres
buenos conocerán al Señor y el Santuario de Dios no volverá a ser
derruido y hollado".
Siammai: "-¡Pero, niño, no blasfemes! Acuérdate de
Daniel, que dice que, cuando hayan matado al Cristo, el Templo y la
Ciudad serán destruidos por un pueblo y por un caudillo venidero. ¡Y tú
sostienes que el Santuario de Dios no volverá a ser derribado!
¡Respeta a los Profetas!"
Jesús: "-En verdad te digo que hay Uno que está por
encima de los Profetas, y tú no lo conoces, ni lo conocerás, porque te
falta el deseo de ello. Y has de saber que todo cuanto he dicho es
verdad. No conocerá ya la muerte el Santuario verdadero. Al igual que
su Santificador, resucitará para vida eterna y, al final de los días
del mundo, vivirá en el Cielo".
Hil.lel: "-Préstame atención, niño. Ageo dice: '...
Vendrá el Deseado de las gentes... Grande será entonces la gloria de
esta casa, y de esta última más que de la primera'.
¿Crees que se refiere al Santuario de que Tú hablas?"
Jesús: "-Sí, maestro. Esto es lo que quiere decir. Tu
rectitud te conduce hacia la Luz, y Yo te digo que, una vez consumado el
Sacrificio del Cristo, recibirás paz porque eres un israelita sin
malicia".
Gamaliel: "-Dime, Jesús: ¿Cómo puede esperarse la paz de
que hablan los Profetas, si tenemos en cuenta que este pueblo ha de
sufrir la devastación de la guerra? Habla y dame luz también a mí".
Jesús: "-¿No recuerdas, maestro, que quienes estuvieron
presentes la noche del nacimiento del Cristo dijeron que las
formaciones angélicas cantaron: 'Paz a los hombres de buena voluntad'?
Ahora bien, este pueblo no tiene buena voluntad, y no gozará de paz; no
reconocerá a su Rey, al Justo, al Salvador, porque lo espera como rey
con poder humano, mientras que es Rey del espíritu; y no lo amará,
puesto que el Cristo predicará lo que no le gusta a este pueblo. Los
enemigos, los que llevan carros y caballos, no serán subyugados por el
Cristo; sí los del alma, los que doblegan, para infernal dominio, el
corazón del hombre, creado por el Señor. Y no es ésta la victoria que
de El espera Israel. Tu Rey vendrá, Jerusalén, sobre 'la asna y el
pollino', o sea, los justos de Israel y los gentiles; mas Yo os digo
que el pollino le será más fiel a Él y, precediendo a la asna, le
crecerá en el camino de la Verdad y de la Vida. Israel, por su
voluntad, perderá la paz, y sufrirá en sí, durante siglos, aquello
mismo que hará sufrir a su Rey al convertirlo en el Rey de dolor de que
habla Isaías".
Siammai: "-Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y
de blasfemia, nazareno. Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo
tuvimos?"
Jesús: "-Él ya es una realidad. ¿No dice Malaquías: 'Yo
envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; enseguida
vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento,
anhelado por vosotros'? Luego entonces el Precursor precede
inmediatamente al Cristo. Él es ya una realidad, como también lo es el
Cristo. Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor
y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a
hacerse retortijados. Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor
preceda en una hora sólo al Maestro. Cuando veáis al Precursor, podréis
decir: '"Comienza la misión del Cristo'. Y a ti te digo que el
Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos;
mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le
daréis muerte por la Vida que os trae. Pero cuando - más alto que este
Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los
Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines -
el Redentor ocupe su trono y su altar, de sus numerosísimas heridas
fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles. Porque
Él, ¡oh, maestro insipiente!, no es, lo repito, Rey de un reino humano,
sino de un Reino espiritual, y sus súbditos serán únicamente aquellos
que por su amor sepan renovarse en el espíritu y, como Jonás, nacer una
segunda vez, en tierras nuevas, 'las de Dios', a través de la
generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la
Humanidad la Vida verdadera."
Siammai y sus seguidores: "-¡Este nazareno es Satanás!"
Hil.lel y los suyos: "-No. Este niño es un Profeta de Dios. Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo
que sabe en tu saber, y Tú serás Maestro del pueblo de Dios.
Jesús: "-En verdad te digo que si muchos fueran como tú,
Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado. A mí me hablan las voces
del Cielo, y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi hora.
Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén; y
correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén
misma lapidó y les quitó la vida. Pero sobre mi ser está el del Señor
Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel para hacer de mí escabel de
su gloria, en espera de que Él haga del mundo escabel para los píes del
Cristo. Esperadme en mi hora. Estas piedras oirán de nuevo mi voz y
trepidarán cuando diga mis palabras últimas.
Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa voz y
crean en Él a través de ella: el Cristo les dará ese Reino que vuestro
egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste, y por el cual Yo
digo: 'Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu
voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla'".
Y con la imagen de Jesús con su rostro inflamado de
ardor espiritual elevado al cielo, con los brazos abiertos, erguido
entre los atónitos doctores.
Dice Jesús: "-Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás. Volvemos al
Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a
las vías que van a Jerusalén, y de Jerusalén al Templo."
Observa la angustia de María al ver - una vez
congregados de nuevo juntos hombres y mujeres - que Yo no estoy con
José.
No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas
las mujeres lo habrían hecho; lo hacéis, por motivos mucho menores
olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar. No obstante,
el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que
pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión. No se da tampoco María a
escenas dramáticas. Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis
deseando ser notadas y compadecidas. No obstante, su dolor contenido es
tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se
dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.
Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había
sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas! Deja todo; deja al
camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a
distribuir. Deja todo y regresa. Está avanzada la tarde, anochece; no
importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén; hace
detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta. José la sigue,
la ayuda. Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa
búsqueda por la Ciudad.
¿Dónde, dónde puede estar su Jesús? Y Dios permite que
Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarme. Buscar a un niño en
el Templo no era cosa juiciosa: ¿qué iba a tener que hacer un niño en
el Templo? En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad
y, llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa
voz habría llamado a su mamá, atrayendo la atención de los adultos y de
los sacerdotes, y se habrían puesto los medios para buscar a los
padres fijando avisos en las puertas. Pero no había ningún aviso.
Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo?
¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características! Demasiado poco
para poder decir: "¡Lo he visto! ¡Estaba allí o allá!".
Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros
tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo,
recorriendo patios y vestíbulos. Nada. Corre, corre la pobre Mamá hacia
donde oye una voz de niño. Hasta los balidos de los corderos le
parecen el llanto de su Hijo buscándola. Mas Jesús no está llorando;
está enseñando. Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas
llega a oídos de María la amada voz diciendo: "Estas piedras
trepidarán...". Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre,
y lo consigue después de una gran fatiga: ahí está su Hijo, con los
brazos abiertos, erguido entre los doctores.
María es la Virgen prudente. Pero esta vez la congoja
sobrepuja su conocimiento. Es una presa que derriba todo lo que pilla a
su paso. Corre hacia su Hijo, lo abraza, levantándolo y bajándolo del
escabel, y exclama:
"¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto! Hace tres días que te
estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo. Tu
padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?".
No se preguntan los "porqués" a Aquel que sabe, los
"porqués" de su forma de actuar. A los que han sido llamados no se les
pregunta "por qué" dejan todo para seguir la voz de Dios. Yo era
Sabiduría y sabía; Yo había "sido llamado" a una misión y la estaba
cumpliendo. Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios,
Padre divino; sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es
superior a cualquier otro. Y esto es lo que le digo a mi Madre.
Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores. Y Ella no se olvidó jamás de ello.
Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la
mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también
quedaron en su corazón. Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar
todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún
en la tierra.
Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se
darán el relevo en su corazón. Mas nunca volverá a preguntar: "¿Por qué
nos has hecho esto, Hijo mío?".
¡Aprended, hombres arrogantes!