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1 de abril de 2025

Nuestra Señora del Refugio de México

 

Del sitio Catholic Traditions:

Esta pintura es de las manos del artista, José de Paez, 1750, México.

El misionero franciscano Francisco Diego García y Moreno fue el primer Obispo de Baja California. Proclamó a Nuestra Señora del Refugio, como Patrona el 4 de enero de 1843, en la Misión de Santa Clara en Alta California

El texto completo de la declaración del Obispo García Diego está registrado en el Libro de Patentes de la Misión de Santa Clara. Después de citar a los primeros Padres de la Iglesia sobre la práctica y los beneficios espirituales de nombrar santos patronos, el primer obispo de las Californias declaró: "Os hacemos saber que por la presente nombramos a la gran Madre de Dios en su título más precioso, 'del Refugio', la principal patrona de nuestra diócesis.... Con tan gran patrona y protectora, ¿qué no podemos prometernos? ¿Qué puede faltar y a quién debemos temer?».

En 1981, la Conferencia de Obispos Católicos de California solicitó a la Congregación Vaticana para los Sacramentos y el Culto Divino la autorización para celebrar la Fiesta de Nuestra Señora del Refugio el 5 de julio como memoria obligatoria. Esto fue aprobado mediante documento oficial fechado el 15 de enero de 1982 y firmado por el Arzobispo Giuseppe Casoria.

La diócesis de Baja California celebra esta fiesta patronal el 4 de julio.

Las pinturas de Nuestra Señora del Refugio son, con pocas excepciones, bastante similares en diseño y ejecución. Las cabezas del Niño Jesús y de su Madre, María, se inclinan juntas, sin fondo entre ellas. Ambas figuras llevan una corona. Los ojos de María están vueltos hacia el observador, mientras que la mirada del Niño parece dirigirse hacia la izquierda del espectador.

En la iglesia de la Misión de Santa Clara, la pintura de Nuestra Señora del Refugio se encuentra encima de la imagen más grande de Nuestra Señora de Guadalupe, en uno de los nichos laterales del altar, a la izquierda, cuando uno se acerca al santuario. Otra pintura de Eulalio, un nativo americano de la zona, está expuesta en el Museo De Saisset de la Universidad de Santa Clara, cerca de la iglesia de la Misión.

La imagen de arriba es más oscura que la pintura de Eulalio, que tiene un fondo en tono madera. El motivo de la flor es casi el mismo; las dos figuras son casi idénticas en ambas imágenes.

Creo sinceramente que Nuestra Señora o mi Ángel de la Guarda me condujeron a esta imagen. Estando de visita en un local de una iglesia católica tradicional, a la que está adosada un ala moderna, para el rito Novus Ordo, decidí entrar en la nueva sección, algo que normalmente no me interesa hacer, sobre todo porque sabía que se habían eliminado los reclinatorios, etc. Por alguna razón sentí un fuerte impulso de entrar. Inmediatamente pensé que allí había una imagen esperando, ¡y vaya si la había! Este cuadro de Paez estaba en un pequeño cartel publicitario de una exposición de obras del artista, cubierto de texto. Lo habían dejado en la cesta de los"gratuitos". Tardé unas horas en quitar el texto y devolver la imagen a su estado original, ¡gracias a Dios! También pude eliminar las manchas de agua. ¡Qué Virgen y Niño tan exquisitos!

7 de agosto de 2018

Nuestra Señora de Schiedam

Esta estatua se encuentra en Países Bajos. La crónica relata que un comerciante, que había robado esta imagen, se embarcó con la intención de venderla en una feria en Amberes. Misteriosamente, nunca pudo alejarse del puerto. Alarmado por este prodigio, restauró la imagen al lugar de donde se la había llevado y fue trasladada solemnemente a la Iglesia de San Juan Bautista.

 En ella se encomendó Santa Liduvina de Schiedam, patrona de los enfermos crónicos quien con quince años comienza su historia de dolor cuando cae en el hielo del lago Schie donde patinaba con sus amigas, al producirse un choque con una de ellas. Se rompió una costilla y entró en cama para no levantarse más. 

A partir de este momento ya se suceden todos los males y los intentos de curación conocidos en el pueblo. Apostema pertinaz en el lugar de la herida, salen llagas, úlceras, por fin gangrena con gusanos y mucho dolor. Se pasan el día cambiándola de una a otra cama, pero cada traslado es un espantoso tormento; sus piernas ya no la sostienen un día y ya es preciso arrastrarla por el suelo. 

Enfermedad del fuego sagrado, como lo llamaban en ese tiempo, en un brazo que se consume. También tiene neuralgias. Por si fuera poco, el ojo derecho se extingue y le sangra el izquierdo. Se le producen equimosis lívidas en el pecho que se convierten en pústulas cobrizas. Empieza el mal al hígado y a los pulmones. El cáncer le hace agujero profundo en el pecho. Y para colmo de males, la peste bubónica que asolaba Europa llegó a Holanda y se estableció en Liduvina regalándole dos bubones terribles junto a su corazón. Ella dijo: "dos no está mal, pero tres sería mejor, en honor de la Santísima Trinidad"... y el tercero le brotó en la cara. Sólo la lepra no visitó su cuerpo.

Cualquiera de estos males era de muerte. Pero aquella vida era un milagro continuo. Ahora es un montón de pellejos rotos y huesos; lejos queda la niña crecida y guapa que fue, cuando su buen padre le buscaba pretendientes con los que ajustar una boda que le sacara de apuros y a la que ella se negaba rotundamente. 

¿Y los olores? Los chorros de pus, a rosas; los emplastos retirados llenos de insectos, embalsaman la casa, y de aquel cuerpo que todo se pudre, jamás salió olor de muerto.

¿Y el alimento? Una rodaja de manzana asada para un día. El estómago se rebela por una tostada de pan mojado en leche o en cerveza. Después hubo de contentarse con unas gotas de agua azucarada o con un poco de vino matado con agua.
 
¿Y el descanso? Desaparecido el sueño, noches en vela, de espaldas con la piel que salía como la corteza del árbol. Sus biógrafos dicen que en treinta y ocho años no durmió veinte horas.
 
¿Y el ánimo? El sufrimiento la llenó al principio de espanto. En cama, estuvo con frecuencia a punto de desesperación. Por cuatro años pensó que estaba condenada; Dios no se interesa por ella, no aparece, o mejor, ha desaparecido por indiferente; casi se diría es un enemigo implacable y cruel.
 
Es incapaz de rezar en ese estado de sufrimiento y postración donde no hay ni una ayuda del cielo, ni un consuelo de la tierra.
 
El cura del pueblo no se interesa por la enferma mientras tenga que ocuparse de cebar sus capones y de mantener bien repleta la despensa.
 
Algún alma buena le puso en pista, aunque al principio, ella no entendió nada. "La Pasión de Cristo la has meditado poco hasta ahora".
 
Ni siquiera eso daba resultado; sus dolores le dolían más que los del Señor; pero lo intentaba. La Comunión que le llevaron un día fue el remedio. Iluminada por una gracia repentina descubrió su misión en la tierra: acompañar a Jesús en el Calvario, reparar, clavarse voluntariamente en la cruz, ayudar al Mártir divino a llevar los pecados del mundo.
 
Las cosas cambiaron. Es la hora de la longanimidad. Empieza a ver lo positivo de su vida. Ahora, ayudada por el pensamiento de la generosidad de los mártires, agradece sus dolores al Señor. Comienza a preocuparse de los otros y de sus necesidades. Mantiene su día en la presencia de Dios aunque se produzcan demencias, apoplejías, neuralgias, dolores de muelas, mal de piedras y contracciones de nervios. 
 
De su boca salen a un tiempo sonrisas, bondades, alaridos y sollozos y ella misma decía que se olvidaba de su penoso estado cuando veía el rostro del Ángel de su guarda, que le hacía intuir cuál no sería la hermosura del rostro de Dios. Aparecen estigmas junto a los bubones y en los pies y en las manos.