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14 de marzo de 2026

Meditando el Rosario: Primer Misterio Doloroso: La Agonía en el Huerto

 


Extraído de Asalta el Cielo con tu Rosario:

Del blog María Valtorta:

Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira. Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano. Arrima hacia sí el manto que había dejado abandonado en la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, el pelo. Coge una hoja ancha, nacida justo en el borde del desnivel, empapada de rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite, repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor. Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada. La mira y menea la cabeza. Mira también el manto, y lo ve demasiado manchado; lo dobla y lo pone encima de la piedra, en el lugar en que ésta forma una concavidad, junto a las florecillas.

Con esfuerzo –como por debilidad– se vuelve y se pone de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos. Luego, tomando como apoyo la roca, se alza y, todavía tambaleándose ligeramente, va donde los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que de costumbre.

Los tres duermen sabrosamente. Bien arrebujados en sus mantos, echados del todo, junto a la hoguera apagada. Se los oye respirar profundamente, con comienzo incluso de un sonoro ronquido.

Jesús los llama. Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

"¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme?" dice Pedro mientras sale, atónito y asustado, de su manto verde obscuro.

"Nadie. Te llamo Yo".

"¿Es ya por la mañana?".

"No. Ha terminado casi la segunda vigilia".

Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma. "¡Oh... me parecías muerto!".

Da unos meneos a Santiago, el cual, creyendo que le llama su hermano, dice: "Han apresado al Maestro?".

"...Todavía no, Santiago" responde Jesús. "Pero, alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca".

Los tres, todavía atónitos, se alzan. Miran a su alrededor... Olivos, Luna, ruiseñores, leve viento, paz... nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar. También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego ya apagado.

"¡Levantaos!" dice Jesús con voz potente. "¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!».

"Sí, Maestro" .

"¿Dónde está, Maestro?".

"Jesús, yo...".

"Pero ¿qué ha sucedido?".

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos...

El tiempo justo de aparecer en orden a la vista de la chusma capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas: son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña demacradas por sonrisas maliciosas demoníacas; hay también algún que otro representante del Templo.

Los apóstoles, súbitamente, se hacen a un lado. Pedro delante y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus días mejores. Y no baja la cara. Es más, se acerca con una sonrisa de hiena y le besa en la mejilla derecha.

"Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?".

Judas agacha un instante la cabeza, luego vuelve a levantarla... Muerto a la reprensión como a cualquier invitación al arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura. 

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de apoderarse de los apóstoles –excepto de Judas Iscariote, se entiende– además de tratar de prender a Jesús.

"¿A quién buscáis?» pregunta Jesús calmo y solemne.

"A Jesús Nazareno".

"Soy Yo". La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de sí –y yo diría que está contento de poder hacerlo– este testimonio abierto, leal, seguro.

¿Ah!, pero si de El hubiera emanado un rayo no habría hecho más: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo. Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente se retira –huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela–, con el tiempo justo de evitar el golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada.

"Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros".

"A Jesús Nazareno".

"Os he dicho que soy Yo" dice con dulzura Jesús. Sí: con dulzura. "Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás...».

Mientras El habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, le habría degollado como a un carnero. Así, lo único que ha hecho ha sido arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre. El hombre grita que le han matado. Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

"Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. Y tú, queda sano. En el alma lo primero, si puedes". Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

Los apóstoles gritan alteradamente... Sí, me duele decir esto, pero es así. Quién dice una cosa; quién, otra. Quién grita: "¡Nos has traicionado!", y quién: "¡Pero ha perdido la razón!», y quién dice: "¿Quién puede creerte?". Y el que no grita huye...

Y Jesús se queda solo... El y los esbirros... Y empieza el camino...

18 de noviembre de 2025

Nuestra Señora de Caversham

 


Traducido y adaptado del sitio Interfaith Mary Page:

 En su capilla, contigua a la iglesia católica de Nuestra Señora y Santa Ana, 2 South View Ave., Caversham, suburbio de Reading, condado de Berkshire, se encuentra a una hora al oeste de Londres.

Originalmente enchapada en plata, es decir, negra por la oxidación, de tamaño natural, quemada en la hoguera en 1538. La estatua actual, del siglo XV aproximadamente, también es de tamaño natural y está hecha de roble.

Aunque Nuestra Señora de Caversham no lleva el título de Virgen Negra, hay tres cosas que me llevan a creer que la original bien podría haber sido considerada negra.

  • Estaba enchapada en plata, que se ennegrece rápidamente al oxidarse.

  • Se encontraba "en un lugar tan salvaje", según un folleto disponible en su iglesia actual. 

  • Se la asociaba con un venerado roble en la cima de Priest Hill y un pozo sagrado (el pozo de Santa Ana), del que se decía que curaba muchas afecciones. Esta cercanía a la naturaleza y al agua sagrada es típica de las antiguas Vírgenes Negras.

En el siglo XIII era la segunda Virgen más importante de Inglaterra, solo por detrás de Nuestra Señora de Walsingham. Muy pocas Madonnas blancas alcanzaron tanta fama en la Edad Media.

La Madonna original, su santuario y su memoria fueron tan completamente destruidos y arrasados durante la Reforma inglesa que ni siquiera podemos decir con exactitud dónde se encontraba su iglesia, y mucho menos cuál era la historia de la estatua. El pozo de Santa Ana también se perdió durante muchos años. Fue restaurado a principios de este siglo, pero sigue seco. 

Lo que sí sabemos sobre el santuario es que vivió su apogeo en el siglo XIII. Los peregrinos que visitaban el santuario, procedentes del sur, encontraban primero un lugar de descanso en el puente de Caversham, sobre el Támesis, en la capilla de Santa Ana. También ha desaparecido hace tiempo. La iglesia actual se encuentra a diez minutos a pie del Támesis.

El culto medieval se centraba en una maravillosa estatua de la Virgen coronada y enjoyada, pero el santuario también albergaba una importante colección de reliquias que habían sido ofrecidas a Nuestra Señora: en 1106, el duque Roberto de Normandía presentó la punta de lanza que atravesó el costado de Cristo en la cruz. La había traído de la Primera Cruzada y se convirtió en la principal reliquia de Inglaterra. Puede que fuera la que regaló el duque Roberto, aunque otra historia decía que la había traído a Caversham un ángel con una sola ala, probablemente una estatuilla que contenía la reliquia. También había un trozo de la cuerda con la que Judas se ahorcó, las dagas que mataron al rey Enrique y a San Eduardo, etc. Su capilla estaba llena de exvotos, como muletas y réplicas de partes del cuerpo cuyas curaciones se atribuían a Nuestra Señora de Caversham.

El renacimiento de este santuario comenzó en 1897, al año siguiente de la fundación de la parroquia católica de Nuestra Señora y Santa Ana, gracias a la ley de libertad religiosa de 1829. En el año mariano de 1954 se construyó la capilla actual y se adquirió en una tienda de antigüedades de Londres esta hermosa Virgen lactante del norte de Europa. Dado que la original había sido coronada, la nueva Señora de Caversham también recibió una corona en 1996.

15 de octubre de 2023

Nuestra Señora, Madre de los Pecadores

Del sitio Gaudium Press:

El día de mayor recogimiento para los cristianos es el Viernes de Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, cuando fue acusado, juzgado, azotado, humillado, flagelado y finalmente crucificado. Una persona, sin embargo, sufrió tanto como Él, su Madre, María Santísima, que acompañó cada paso de la agonía de su Hijo. Esto sucedió hace más de dos mil años, pero, aún hoy, esta Madre Divinísima sigue sufriendo al ver el dolor de las madres que tienen a sus hijos esclavizados por el pecado, por los vicios y por los engaños del mundo.

Nuestro Señor mismo - que, siendo verdaderamente Hombre y Dios - al retirarse a orar en el lugar llamado Getsemaní, pocas horas antes de ser arrestado, experimentó dolor, miedo, abandono y angustia: sentimientos comunes a los seres humanos.

Las Sagradas Escrituras nos dicen que Jesús sudó sangre y pidió al Padre que, si era posible, apartara de Él aquel amargo cáliz. Veamos lo que dicen al respecto los Evangelistas, en el Evangelio de San Mateo: "Jesús y sus discípulos se fueron a un lugar llamado Getsemaní, y les dijo: 'Sentaos aquí, mientras yo voy allí a orar'. Tomó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: "Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. Se postró sobre su rostro y oró: "Padre mío, si es posible, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres". Luego fue a ver a sus discípulos y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: Así que no habéis podido velar ni una hora conmigo..." (Mt 26, 36-40).

Y sobre el mismo episodio, san Lucas escribe: "Entró en agonía y oraba aún con más insistencia, y su sudor se hizo como gotas de sangre que corrían hasta el suelo" (Lc 22,44).

También sintió los dolores del alma

Estamos hablando del Justo, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, de Dios hecho hombre. Pero precisamente porque era verdadero Dios y verdadero Hombre, estaba tan triste y angustiado que gotas de sangre corrían por su sudor y sentía todos los dolores de la Pasión: de las bofetadas, de los escupitajos, de cuando le arrancaron la barba, de la herida causada por la corona de espinas, de todos los azotes, del peso de la cruz, de las rodillas magulladas al caer bajo el peso del madero, de los clavos clavados en las manos y en los pies, y de la amargura de la sed.

Pero también sintió los dolores del alma: la decepción al ver que sus discípulos -aquellos en quienes más confiaba, que serían los responsables de la fundación de su Iglesia- dormían, sin velar ni siquiera una hora con Él. San Lucas nos dice que los discípulos dormían tristemente: "Jesús, levantándose de la oración, fue a sus discípulos y los encontró durmiendo tristemente" (Lc 22,45). Y nosotros, ¿cuántas veces dormimos tristes? ¿Cuántas veces nos desaniman el dolor, el sufrimiento y las dificultades?

Jesús sintió el dolor de la traición de Judas, de la negación de Pedro, de quedarse solo, de ser acusado injustamente por el Sanedrín, por aquellos que representaban a Dios ante los hombres. Sintió la humillación de las blasfemias y oprobios dirigidos contra Él, la decepción de ser repudiado por quienes se habían beneficiado de sus milagros, la debilidad y cobardía de Pilato al lavarse las manos para no comprometerse. Sintió la vergüenza de ser despojado de sus vestiduras ante el pueblo.

María comprende todos los dolores

Pero hay un dolor que podemos considerar como el mayor de todos los dolores: el dolor de no haber podido evitar que su Santísima Madre viera todo aquel sufrimiento. María estaba allí, estaba presente y era consciente de todo lo que sucedía. ¿Qué decir del momento más conmovedor en el que la mirada de Jesús cargado con la cruz se encontró con la de su Madre?

¿Cuántas cosas se dijeron en silencio en ese momento? ¿Cuántos recuerdos? ¿Cuánta cercanía? ¿Cuánto amor? Y ella permaneció firme, a pesar del sufrimiento que la invadía. Aunque Ella es la más sublime de todas las criaturas, es humana y su dolor es algo que está más allá de nuestra capacidad de sentir o imaginar.

Por eso la Virgen comprende todo dolor, especialmente el dolor de todas las demás madres. La diferencia es que sólo Ella fue Madre de justos, y todas las demás madres del mundo son madres de pecadores. Unas tienen hijos mejores, otras peores. Las hay que tienen hijos cariñosos, devotos, y las hay que tienen hijos indiferentes, hijos ingratos, hijos de mala vida.

Oh Madre dolorosa, que lloras de dolor

Nadie nace sino para una madre, por eso todos tenemos una madre. Las peores personas, las más crueles, los bandidos más peligrosos, los asesinos más despiadados, todos tienen una madre. Sabemos que algunas madres abandonan a sus hijos, pero esto es una excepción; aquí estamos hablando de las madres abnegadas. Esas madres que llevaron a sus hijos en el vientre e hicieron todo por ellos, amamantándolos, enseñándoles a caminar y a hablar, vistiéndolos, alimentándolos, enseñándoles a rezar, dándoles una educación. Y a menudo se ven obligadas a ver que, a pesar de todo su amor, de todo el sacrificio gastado en criarlos, en educarlos, sus hijos se han convertido en personas terribles.

Cuando hay un crimen, un asesinato, por ejemplo, es frecuente que nos compadezcamos de la madre del asesinado, y olvidemos que el que mató también tiene madre y que el dolor de esta madre es tan cruel como el de la que perdió a su hijo. El hijo de la primera era una víctima, el hijo de la segunda es un torturador. ¿Has pensado alguna vez en eso? ¿Recuerdas haber rezado por esas madres? ¿Por las madres que tienen a sus hijos en la cárcel, o huidos, por las que saben que sus hijos hacen cosas malas, terribles, pero siguen siendo sus hijos, a los que quieren, y por los que rezan?

Hay una canción muy bonita, que se canta en Cuaresma y en Semana Santa, que dice:

"Oh madre afligida, que afligida lloras
Llena de angustia, bendita eres.
Bendita seas, Señora de los Dolores.
Escucha nuestros gritos, Madre de los pecadores."

¿Sabéis lo que significa este canto? Que Nuestra Señora es la Madre de todos los pecadores, y por eso siente en su Corazón Inmaculado el dolor de las madres de todos los pecadores. Las madres que lloran los crímenes cometidos por un hijo y los pecados cometidos nunca están solas, tienen una gran aliada que conoce el drama de cada una de ellas y las apoya cuando la buscan en la oración.

Su Hijo murió para salvarnos, fue crucificado por todos los pecadores y, desde la cruz, pidió perdón al Padre: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34). Pero no sólo Dios perdonó, también la Virgen perdonó. Ella no guardó rencor a los que acusaron, azotaron, condenaron, crucificaron y mataron a su Hijo Amado.

Aunque esté muerto, vivirá

Lo mismo deben hacer las madres cuyos hijos son víctimas de actos malvados. Deben rezar por las madres de quienes han maltratado, dañado o incluso asesinado a sus hijos, pues el dolor de esas madres es terrible. Que lo digan los sacerdotes que escuchan los lamentos de tantas madres.

Puesto que la Pascua del Señor significa el triunfo de la vida sobre la muerte, debemos aferrarnos a una de las promesas más consoladoras de Jesús: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" (Jn 11,25). Que esto sirva de consuelo a estas madres tristes y apenadas, porque por la victoria de la resurrección todo pecador arrepentido puede obtener el perdón de todas sus culpas y alcanzar la vida eterna.

Por eso quiero decir a todas estas madres, a las madres de todos los pecadores, que se aferren con fuerza a la Virgen, que le confíen sus penas, que se consagren a Ella y le encomienden la vida de sus hijos. Y por muy malos que sean, ¡no renunciéis a ellos! Pedid a la Virgen de los Dolores que interceda por vuestros hijos y los transforme en criaturas nuevas.

28 de noviembre de 2022

Nuestra Señora de Mizara, Madre de la Misericordia

 Del blog Heliopolis:

Nuestra Señora de Miziara, Madre de la Misericordia, es un santuario mariano en el pueblo de Miziara

Fue construido en 1979 por Marcel Chaghoury y consagrado por el Obispo Antoine Jbeir 06 de septiembre 1992. 

En un ambiente de paz y contemplación, los visitantes pueden admirar las estatuas de piedra caliza que representa la vida de Cristo desde su nacimiento hasta su resurrección. 

En la entrada del santuario se puede ver una representación de la Anunciación y la escena de la natividad.

Las rejillas están dominada por dos ángeles que custodiaban la entrada y el santuario. 

Pasillos abiertos en una reconstrucción del bautismo y están llenas de estatuas que representan a los apóstoles. 

Llevan a una iglesia que da a una hermosa estatua de la Virgen. 

Caminando por el santuario, se puede encontrar una representación de la huida a Egipto, la crucifixión, la resurrección, la noche en el Huerto de los Olivos, las bodas de Caná o Pilatos lavándose las manos. Incluso dentro de la iglesia es una representación de la Última Cena. Las estatuas son de colores y se puede ver de pie a Judas para cumplir su cometido. 

Nuestra Señora de Miziara es original en su diseño y el hecho de que nos hace viajar en el tiempo, en el espacio. El visitante atento no puede ser abrumado por tanta belleza.