Del sitio
Una aventura desde Madrid:
En la localidad madrileña de Cubas de la Sagra, situada al Suroeste de la capital de España, se encuentra el Monasterio y Santuario de Santa María de la Cruz y la Santa Juana,
el cual estuvo considerado, antes su expolio durante la Guerra de Independencia Española (1808-1814) y de su completa destrucción durante
la Guerra Civil Española (1936-1939), como uno de los más ricos de
Castilla.
La historia de este recinto monacal comienza en el siglo XV, en
particular en el año 1449, con las apariciones de la Virgen María a la
niña Inés Martínez Sánchez.
Inés, hija de Alfonso y de Mari, era una chiquilla de orígenes
humildes y piadosa condición que con doce años cuidaba cerdos al Sur del
pueblo. En estas labores andaba cuando al mediodía del lunes 3 de marzo
de 1449, en el lugar conocido como Fuente Cecilia, se le apareció por
primera vez la Virgen María en forma de una hermosa señora ricamente
vestida que mantuvo con ella la siguiente conversación:
- Virgen María: ¿Qué haces aquí, hija?
- Inés: Guardo estos puercos.
- V. M.: ¿Por qué ayunas los días de Santa María en viernes?
- I.: Porque me lo mandaron mis padres.
- V. M.: Haces bien; pero poco tienes que ayunar este año.
Ayúnalo después en los días que cae Santa María, que quien lo ayuna gana
ochenta mil años de perdón. Y te mando que digas a toda la gente que
se confiese y aderece sus ánimas, que sepa que ha de venir gran
pestilencia del dolor de costado y de piedras roñas envueltas en sangre,
de lo cual morirá mucha gente.
- I.: ¿Y de esta pestilencia moriré yo y mi padre y mi madre?
- V. M.: Eso será como Dios quisiese.
Inés no se atrevió a contar nada de todo ello, por lo que al día
siguiente, e igualmente a mediodía, en el Arroyo de Torrejón, la Señora
se le vuelve a aparecer y le vuelve a hablar:
- V. M.: ¿Qué haces aquí, hija?
- V. M.: Hija, ¿por qué no dijiste lo que te mandé ayer decir?
- I.: No lo he osado decir por recelo que no sería creída.
- V. M.: Cuenta que te mando que lo digas, y si no te creyeren, yo te daré señal para que te crean.
- I.: Señora, ¿quién sois?
- V. M.: Eso no te diré ahora.
La tercera aparición de la Virgen fue el mediodía de ese mismo viernes 7 de marzo en Prado Nuevo:
- V. M.: Hija, ¿has dicho lo que te mandé decir?
- I.: Sí, Señora, lo he dicho a mi padre y a mi madre y a otras personas.
- V. M.: Lo has de decir y publicar al clérigo t a todas las gentes sin ningún miedo ni temor.
Una vez de vuelta en su casa, Inés repite esta conversación a sus
padres, reaccionando éstos de manera muy distinta, pues mientras que el
padre la ordena callar acusándola de mentir, la madre la animaba para
que se lo contara a todo el pueblo. Lo cual no era tan necesario porque
la mayoría de la población ya se había enterado, acudiendo hasta su
hogar muchos vecinos, entre los que se incluye el clérigo Juan González,
quien le dice que fuera en ese mismo momento hasta el lugar de las
apariciones y que le pidiera una señal para poder creerla.
La cuarta aparición sucedió la mañana del domingo 9 de marzo en
el pasaje de la Ciroleda, en el mismo sitio donde posteriormente se
levantaría primero una casa en que viven las beatas formando comunidad y siguiendo alguna regla,(beaterio) en 1464 y, posteriormente, entre 1510 y 1543, el monasterio. Allí,
Inés, arrodillada, rezaba por que se le apareciera la Señora hasta que
ésta llegó y comenzaron esta nueva conversación:
- V. M.: No tengas miedo.
- I.: Señora, ¿quién sois?
- V. M.: Yo soy la Virgen Santa María.
En ese momento, la Virgen se acerca hasta la niña y, tras cogerle
la mano derecha, se la aprieta dejándole todos los dedos juntos con el
pulgar formando una cruz con los demás mientras le dice:
- V. M.: Anda, vete con esta señal para que crean. Ve a la iglesia, y llegarás cuando salgan de
Misa. Enséñalo a toda la gentes para que te crea lo que dices, pues
que llevas señal.
Al llegar hasta el pueblo y mostrar la señal, sus habitantes no
dudan ya en creerla y marchan en procesión, llevando una cruz construida
en el momento, hacia el lugar de la última aparición.
Es ya mediodía de este domingo, 9 de marzo, cuando Inés, tras
llamarla dos veces Santa María, marcha hacia donde la llama la Virgen,
caminando ambas juntas hasta el lugar donde, arrodillándose, Santa María
le coge la Cruz y la clava palmo y medio en el duro terreno,
diciéndole:
- V. M.: Hija hinca las rodillas de cara a la procesión, y ten la
Cruz hasta que llegue. Han de hacerme aquí una iglesia que llamen
Santa María. Tú haz de volver ahora a la iglesia con la procesión. Y con
algunas criaturas inocentes estará ante mi altar hoy con la noche. Y me
han de decir dos Misas de Santa María ante mi altar, y te han de poner
bajo de los evangelios de dichas Misas. Y dichas las dos Misas te han de
llevar a la iglesia de Santa María de Guadalupe, y llevarás cuatro
libras de cera. Estarás dos días, y a la venida te han de traer acá; haciendo oración la señal será deshecha.
En el momento que Inés les cuenta todo esto a la muchedumbre que
se acercaba en procesión y vuelve a la iglesia de Cubas a cumplir con
las peticiones de la Virgen, algunos de los vecinos comienzan con fervor
a recoger la tierra de las pisadas de la virgen mientras que otros se
quedan a guardar la cruz.
El lunes 10 de marzo, Inés procesiona hasta el lugar donde se
hallaba clavada la cruz, declara ante cuatro notarios o escribanos de
todo lo sucedido y parte por la tarde, acompañada, por entre otros, de
su padre, hacia Guadalupe, en Cáceres, para cumplir con lo que le había
encargado la Virgen. Tras llegar el 14 de marzo, los frailes médicos le
examinan la mano y aunque dictaminan que es una malformación de
nacimiento les piden que duerman en el Monasterio de Guadalupe hasta el
día siguiente para poder examinársela mejor. Al despertar Inés por la
mañana con la mano ya curada, los frailes quedan muy sorprendidos y
llevan a la niña ante dos cuadros de Nuestra Señora de Guadalupe para
que señale a quien se le había aparecido, reconociendo Inés a la Virgen
del cuadro más antiguo.
Inés y los demás regresan de inmediato a Cubas, adonde llegan el
19 de marzo por la tarde. La chiquilla va enseguida hasta el lugar en el
que se encuentra clavada la cruz, apareciéndosele de inmediato la
Virgen y contestándole a su pregunta de por qué se le había curado la
mano en Guadalupe y no en Cubas que:
- V. M.: Eso la enviara a Guadalupe.
Ante todos estos sucesos, el arzobispado de Toledo reacciona con
presteza y para el 7 de abril de ese mismo año ya se estaba construyendo
la primera iglesia, terminándose el 9 de marzo del siguiente año, justo
un año después de la cuarta y quinta aparición en la que Santa María
clavó la Cruz. Una vez terminada la Ermita de Santa María de la Cruz,
también conocida entonces como Casa de la Virgen, el número de
visitantes fue creciendo, existiendo un número de piadosas mujeres de
Cubas de la Sagra que deciden irse a vivir en comunidad junto a la
Ermita de San Blas, de este mismo municipio, mientras se construye su
beaterio junto a la Casa de la Virgen.
En 1464, el beaterio está terminado y las devotas mujeres se
trasladan hasta él en calidad de beatas de Tercera Orden de la Penitencia de San Francisco. La primera abadesa
fue la misma Inés Martínez a la que se le había aparecido la Virgen;
sin embargo, llegó una primera crisis religiosa que hizo que varias de
ellas, incluyendo Inés, abandonaran el beaterio. Esta crisis no hay que
confundirla con un decaimiento de la fe alrededor de la aparición de
Nuestra Señora, ya que si en los meses inmediatos a su aparición fueron
censados hasta 20 milagros, en los cincuenta años siguientes fueron
otros 70 los que se produjeron, conservándose las actas notariales de
todos ellos.
El beaterio prosiguió existiendo tras los abandonos anteriores y,
lejos de marchitarse, continuó con su espectacular florecimiento, en
especial tras la llegada de Juana Vázquez Gutiérrez, más conocida como
“la Santa Juana”. Ésta tomó el hábito como novicia
en Santa María de la Cruz el 3 de mayo de 1496 y al año siguiente,
igualmente el 3 de mayo, hace profesión solemne con el nombre de Sor
Juana de la Cruz. Tras esta profesión, sigue santamente su vida
religiosa en el convento hasta el año 1506, en que la comunidad se da
cuenta de que Sor Juana ha tenido su primera elevación o sueño místico. En 1507, es desposada místicamente y en 1508, además de aparecerle los estigmas,
deja de poder hablar durante once días, lo cual es algo significativo
en ella ya que era una carismática predicadora. Al volverle esta
facultad, continúa con sus charlas y sermones hasta que el vicario
provincial de Castilla, fray Juan de Marquina, le prohíbe hablar al
público. Una prohibición que es rápidamente levantada y que más
adelante, en 1512, tras ser escuchada por el nuevo vicario provincial,
fray Francisco de los Ángeles, es aprobada en cuanto a sus charlas y sus
actuaciones.
Durante la Guerra de la Independencia Española, el monasterio
sufrió grandes daños, bien por parte de los invasores franceses, quienes
robaron el arca de plata que guardaba el cuerpo insepulto de “la Santa
Juana” y destrozaron su cuerpo (no hay que pensar que su desenfreno
tiene nada que ver con un particular odio a lo español ya que las tumbas
de los soberanos franceses de la Basílica de Saint-Denis, cerca de París, en donde también se guarda la del santo rey, San Luis, sufrieron
parecido trato durante la revolución francesa), o bien por parte de los
propios vecinos de los alrededores, quienes arrancaron y se llevaron
desde los mármoles a las vigas del techo. Los restos de “la Santa Juana”
fueron recogidos y permanecieron en el convento hasta 1936, cuando, al
inicio de la Guerra Civil, fueron ocultados cerca de la cocina del
monasterio. En 1990, éstos fueron hallados y autentificados,
encontrándose actualmente preservados en una capilla de la nueva iglesia
conventual.
Tras el fin de la devastadora contienda con los franceses, el
convento continuó con su existencia hasta la Guerra Civil Española, en
donde primero fue asaltado y quemado por uno de los bandos para, a
continuación, sus restos ser tomados como blanco para prácticas de
artillería por el otro. El resultado es que un rico patrimonio
construido por la fe y/o el deseo de generaciones de españoles, cuya
importancia religiosa podía ser equiparable a la de los santuarios de
Fátima o Lourdes, y cuya pertenencia no era de ninguno de los
combatientes, fue arrebatado para siempre, quizás por los mismos
descendientes de quienes habían dado más de lo que podían para ayudar a
su existencia.