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30 de enero de 2023

Nuestra Señora de la Victoria de Málaga

Del sitio Turista En Mi País:

Los cuadros, las esculturas o los tapices no son meros objetos que podemos contemplar en museos, iglesias o palacios. Además del valor artístico que presentan, lo que ya de por sí los hace únicos e irrepetibles, todos estos elementos nos ayudan también a comprender el devenir del paso del tiempo, explicando las razones de lo que somos y de dónde venimos. Su principal razón de ser reside en su memoria, en la historia que se esconde en su interior y que hace que todos estos objetos puedan brillar todavía más. Uno de los ejemplos más claros lo podemos encontrar en Málaga, la ciudad andaluza que se abre al Mar Mediterráneo y que conserva una joya del arte policromado del siglo XV y a la que rinden culto como excelsa patrona: Santa María de la Victoria.

Son muchas las advocaciones marianas que podemos encontrarnos en las iglesias y templos católicos, teniendo todas ellas un significado. En el caso de la patrona malacitana, representa a la Virgen María sosteniendo al Niño en su rodilla. Es en su historia y origen donde encontramos el significado de su denominación. La talla fue entregada por los propios Reyes Católicos a la ciudad de Málaga tras su conquista en agosto de 1487, otorgándole la advocación de "La Victoria" en honor y gloria de su triunfo sobre los musulmanes. En la biografía de la talla de esta Virgen se entremezcla la historia con posibles toques de leyenda, formando parte todo ello de una devoción muy arraigada y extendida que también se materializó en el arte.

Uno de los pilares fundamentales del reinado de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón fue la recuperación del Reino nazarí de Granada, poniendo fin a lo que buena parte de los historiadores denominan Reconquista. Este territorio estaba conformado también por la ciudad de Málaga, uno de los puertos principales en el Mediterráneo, mar que por aquel entonces todavía seguía teniendo un papel fundamental en las relaciones comerciales al no haber tenido lugar todavía el Descubrimiento de América. Por tanto, la toma de Málaga fue una pieza más de la Guerra de Granada, que se desarrolló durante una década, concretamente entre 1482-1492.

La toma de Málaga, como así se conoce a la reconquista de la ciudad por parte de los Reyes Católicos, comenzó el 7 de mayo de 1487 y finalizó el 18 de agosto de ese mismo año, tras haber sometido a la urbe a un largo asedio. Fue uno de los episodios más duros de la Guerra de Granada, controlado directamente por Fernando II de Aragón, que instaló el campamento en las cercanías, al norte de la población, concretamente en la Huerta del Acíbar. Fue allí donde se gestó precisamente el comienzo de la devoción a la Virgen de la Victoria.

Durante la contienda, la tradición o leyenda sostiene que el Rey Fernando recibió en sueños la aparición de la Virgen María, que le anunció que, con la llegada de unos monjes al campamentos, las tropas cristianas alcanzarían la victoria sobre los musulmanes y se pondría fin al conflicto. En esta ensoñación, Nuestra Señora sostenía a su hijo y ambos estaban coronados, como símbolo de su realeza celestial, acompañados de una palma que simbolizaba el triunfo en la guerra. Daba la casualidad que esta representación era muy similar a la que acompañaba al propio Monarca en su oratorio de campaña.

Dejando a un lado el relato anterior, lo cierto es que hay constancia de la llegada de un grupo de monjes al campamentos del Rey Fernando en agosto de 1487. Se trataba de doce frailes de la Orden de los Mínimos, que había sido fundada hacía escasas décadas por San Francisco de Paula. El objetivo de su viaje era solicitar licencia a los Reyes Católicos para poder establecerse en sus reinos, lo cual sería concedido más adelante. Por el momento, la prioridad era poner fin a la contienda, como así terminó ocurriendo el 18 de agosto de 1487. Dos días más tarde, los obispos de Ávila, Badajoz y León entraron en procesión en la nueva ciudad de la Corona de Castilla, para tomar posesión de ella. El sueño del Rey Fernando se había cumplido.

Los obispos a los que se encomendó la toma de posesión oficial de la ciudad tuvieron como primer objetivo la consagración de la mezquita mayor de Málaga al culto católico, concretamente a la advocación de Santa María de la Encarnación. A ello le siguió la fundación de otras tres parroquias, con las que comenzó a organizarse la nueva diócesis y el proceso de cristianización. Sin embargo, los Reyes Católicos no olvidaron tampoco el sueño que había tenido el Rey Fernando días antes de la toma de ciudad.

En el lugar en el que se había asentado el campamento del Rey de Aragón, los monarcas ordenaron construir una ermita en la que depositaron la imagen de la Virgen con el Niño, a la que dieron la advocación de Santa María de la Victoria, en honor de su triunfo frente a los musulmanes. La imagen se llevó en procesión por las calles de la nueva urbe castellana cuando esta fue conquistada y en la base de la misma se inscribió su denominación, para perpetuo recuerdo de su origen. La mencionada capilla, por disposición de los Reyes Católicos, fue entregada en 1491 al ermitaño Bartolomé de Coloma, aunque este no sería el único cambio que vivió.

Una vez finalizada la Guerra de Granada, en 1493 los Reyes Católicos concedieron a la Orden de los Mínimos licencia para asentarse en sus reinos. Málaga fue la ciudad por la que comenzó su historia en Las Españas. De hecho, los monarcas de Castilla y Aragón les entregaron los terrenos adyacentes a la ermita en la que se daba culto a la Virgen de la Victoria para que construyeran su primer monasterio, lo cual hicieron a comienzos del siglo XVI. Desde entonces, la historia de esta orden religiosa en España ha quedado vinculada a la advocación mariana de La Victoria, fundando otras tantas casas con esta misma denominación por el resto de su geografía.

El principal elemento de culto en el recién fundado monasterio de los Mínimos en Málaga fue la Virgen de la Victoria. Se trata de una talla de bulto, realizada en madera policromada, datada de finales del siglo XV. La autoría de la obra es anónima, siendo varios los estudios que se han llevado a cabo para tratar de esclarecerlo y atribuirle el nombre de algún maestro. Entre ellos, podemos destacar a Juan de Figueroa, que trabajó como escultor junto a los Reyes Católicos, aunque hay quienes son partidarios de atribuir la talla a Jorge Fernández Alemán, cuyo taller se encontraba situado en Sevilla, teniendo algunas de sus obras facciones similares a la Patrona malagueña.

No hay que dejar pasar por alto una de las teorías que con más fuerza recogen los autores en sus estudios. Se trata de la posibilidad de que la talla que contemplamos fuera regalada por el Emperador Maximiliano I, padre de Felipe de Austria y suegro de la Reina Juana I de Castilla, al Rey Fernando de Aragón. Se sabe que el consuegro de los Reyes Católicos les había enviado desde Flandes un cargamento con pólvora, artilleros y demás elementos para apoyarles en la guerra, además de campanas e imágenes religiosas para las nuevas iglesias que fundasen en las poblaciones que iban conquistando. A pesar de este dato, no se puede afirmar que la talla de la Patrona de Málaga viniera en este cargamento.

Otra de las curiosidades sobre la Virgen de la Victoria es el Niño Jesús que descansa en su rodilla, pues no es el original que tenía la talla. Se trata de una pieza neobarroca que se diferencia del gusto gótico-renacentista del resto de la escultura mariana. Durante el Barroco, Santa María de la Victoria se incorporó al gusto de vestir la imágenes con sendos mantos y ropajes, sacando al Niño de la escultura, que se presentaba de forma independiente, lo que provocó que el original se perdiera. Así fue como los malacitanos la veneraron hasta 1934, cuando se decidió abandonar definitivamente esta práctica tan andaluza y presentar de nuevo la imagen al completo, con toda su policromía, encargando para ello una nueva talla del Niño Jesús para colocarlo sobre su rodilla.

Cabe destacar que la Virgen de la Victoria siempre ha sido considerada la Patrona de Málaga, pero esto no fue reconocido oficialmente por el Papa Pío IX hasta 1867. Cabe destacar que el patronazgo también lo ejerce de la comunidad española de la Orden de Mínimos, que comúnmente se les ha conocido siempre como "vitorios". La imagen fue coronada el 8 de febrero de 1943 por el nuncio apostólico Monseñor Cicognani, siendo la única advocación mariana de la ciudad que cuenta con la distinción de coronación pontificia, recalcando su importancia. Su festividad se celebra cada 8 de septiembre, coincidiendo con la fiesta de la Natividad de Nuestra Señora.

La primitiva ermita que se construyó por disposición de los Reyes Católicos en el mismo lugar en el que el Rey Fernando había tenido asentado su campamento y donde la leyenda dice que tuvo aquel revelador sueño, fue evolucionando con el paso de los siglos, hasta convertirse en la Basílica, Real Santuario y Parroquia de Santa María de la Victoria que es hoy en día, siendo todavía una de las iglesias más importantes de Málaga, al ser casa y hogar de la devoción a la Patrona de la ciudad. De la primera iglesia que se levantó en el siglo XVI, apenas quedan restos, ya que fue profundamente reformada a finales del siglo XVII y principios del XVIII.

El Santuario de la Victoria es un conjunto barroco que destaca por su austera arquitectura exterior, pero que se presenta majestuoso y portentoso en su interior, con multitud de detalles que a los visitantes que se acercan hasta él les provoca un verdadera stendhalazo. Uno de los espacios más destacados, posiblemente el más importante desde un punto de vista religioso, es la torre-camarín. Se trata de toda una novedad que luego fue repetida en otras iglesias de España, un espacio independiente desde donde se puede dar culto a la Virgen, sin necesidad de estar en la nave, pero desde donde también es posible contemplar al mismo tiempo la talla a través de la hornacina central del retablo mayor.

En el camarín de la Virgen de la Victoria sobresale la cúpula octogonal de estilo rococó, el principal elemento del espacio que llega incluso a quitar protagonismo a la propia talla. Se trata de un conjunto de yeserías sobre un fondo azul, color tradicionalmente asociado a la Virgen María, con diversidad de formas: desde las vegetales, hasta los querubines tan repetidos en este tipo de espacios. En el zócalo del camarín, diversos azulejos van narrando la intervención de la Virgen de la Victoria en la conquista de Málaga en 1487. Los visitantes quedan impactados, sin saber dónde dirigir la mirada ante la cantidad de arte que se presenta ante ellos.

Del mismo modo, nadie que visite el Santuario de la Victoria puede irse sin visitar el Panteón de los Condes de Buenavista. Gozaron del privilegio de ser enterrados en la iglesia ya que, gracias a su patrocinio e intervención, el templo pudo desarrollar la importante reforma a la que se le sometió en el siglo XVIII, siendo lo que hoy en día contemplamos y disfrutamos. La cripta se puede considerar otra obra cumbre del barroco español, toda una oda al arte fúnebre en el que el sentimiento lúgubre se aprecia nada más acceder al espacio. Sus sepulcros están bellamente decorados, pero lo más impactante son las calaveras de yeso que destacan sobre el fondo negro del lugar, en el que todos los detalles están cuidados hasta el extremo.

15 de octubre de 2022

Nuestra Señora de la Santa Esperanza de Mesnil-Saint-Loup

 

Del sitio de la Abadía de San José de Clairval:

El 5 de julio de 1852, el padre Ernesto André, joven sacerdote de Mesnil-Saint-Loup, una humilde localidad de la diócesis de Troyes (Francia), es recibido en audiencia privada por el beato Pío IX. Arrodillado a sus pies, le hace esta petición : « Santo Padre, ¿ queréis darle a la Santísima Virgen honrada en nuestra iglesia el nombre de Nuestra Señora de la Santa Esperanza ? ». Ante esas palabras, el Papa levanta la cabeza y, tras un momento de reflexión, parece rebosante de gozo y dice con marcado acento de satisfacción : «Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡sí! ».

En pocos años, bajo el impulso de su pastor, Nuestra Señora de la Santa Esperanza transformará no solamente la parroquia de Mesnil-Saint-Loup sino que esparcirá también sus favores mucho más allá del pueblo.

Ernesto André, al que se conocerá con el nombre de padre Manuel, nace el 17 de octubre de 1826 en Bagneux-la-Fosse, en el departamento de Aube (Francia). A la edad de nueve años, el niño sufre una fiebre tifoidea que le lleva a las puertas de la muerte. Después de cuarenta días sin casi conocimiento, se cura como por milagro. Poco tiempo después, manifiesta el deseo de ser sacerdote, y, en 1839, ingresa en el seminario menor. El sacramento de la Confirmación, que recibe al final del primer año, lo marca profundamente ; más tarde, en sus enseñanzas, subrayará con frecuencia el papel del Espíritu Santo en la vida del cristiano. Sus años de formación en el seminario mayor se sitúan en una época en que un soplo misionero expandía el catolicismo francés. Mientras unos condiscípulos suyos dejan el seminario para entrar en los Padres Maristas o en los Padres de Picpus para evangelizar tierras lejanas, el padre André también vibra con ese ardor. Sin embargo, se consagrará finalmente como pastor en la clásica misión de una parroquia de su diócesis. Tras los sombríos años de la Revolución, ¿ acaso no hay que rehacer la cristiandad en la propia Francia ? 

Tras ser ordenado presbítero el 22 de diciembre de 1849, el padre André es nombrado, a sus veintitrés años, párroco de Mesnil-Saint-Loup, una parroquia de trescientas cincuenta almas, a veinte kilómetros al oeste de Troyes. El 24 de diciembre, el nuevo párroco llega a Mesnil. Al divisar a un lugareño, le pregunta cómo llegar a la iglesia ; mientras le acompaña, con toda ingenuidad, el hombre se confiesa y confiesa a toda la comarca : «Ya ve, señor, que aquí no somos muy devotos ; a Misa nunca faltamos, pero después nos gusta mucho ir a tomar un trago». Al oírlo cantar la Misa del gallo, los feligreses se dicen : «Este canta demasiado bien ; no se quedará entre nosotros». Pero, de hecho, permanecerá en Mesnil-Saint-Loup durante cincuenta y tres años. En ese pueblo, donde la gente vive pobremente, la práctica religiosa es habitual, si se considera al menos el número de personas que asisten a Misa y a las Vísperas del domingo. Sin embargo, el deber de la Comunión en Pascua sólo se cumple por parte de las mujeres. El padre André, teniendo en cuenta la intensidad de su fe y el ardor de su celo pastoral, no podría contentarse con lo mínimo. Él quiere más, y, sobre todo, mejor : querría unos cristianos fervientes, deseosos de beber del manantial de los sacramentos, que se alimentaran de la Palabra de Dios y que concedieran un verdadero lugar a la oración en su vida cotidiana. Así pues, el joven párroco se pone enseguida manos a la obra : visitas a los fieles, especialmente a los enfermos, catecismos, preparación para las primeras Comuniones… Su buen humor, su brío, su risa franca y sonora caldean ya los corazones. Toda su persona da muestras de una exuberancia vital que no pide más que prodigarse para la salvación de las almas ; pero el párroco comprende enseguida que la siega no se realiza al día siguiente de la siembra. Constata que, entre los comulgantes preparados el año anterior por su predecesor, son pocos los que han perseverado en la vida sacramental ; ¿ tendrá más éxito en 1850 ? En ello despliega todo su celo : «Un compromiso vital —dice— es cosa seria ; pertenecéis a Jesucristo». No obstante, algunos muchachos abandonan. Las repetidas exhortaciones del joven sacerdote, así como la participación en sus juegos, consiguen recuperar a algunos. Todo ello, sin embargo, resulta frágil.

En junio de 1852, el padre André emprende una peregrinación a Roma. De camino, mientras reza el Rosario, le invade interiormente un pensamiento que lo llena de gozo y de emoción : María es Madre de la Santa Esperanza, según la expresión bíblica (cf. Si 24, 18). Al mismo tiempo, recibe la certeza de que, una vez llegado a Roma, necesitará pedirle al Papa que conceda el nombre de “Nuestra Señora de la Santa Esperanza” a la imagen de la Virgen de su iglesia, así como instituir una festividad en su honor. La aprobación del Papa —piensa no sin razón— será la señal de que esa inspiración procede del Cielo. Contra toda esperanza, obtiene sin demora de Pío IX la autorización para celebrar una festividad litúrgica en honor de Nuestra Señora de la Santa Esperanza el cuarto domingo de octubre. Esa festividad recibirá, en 1854, una indulgencia plenaria. El papel de Pío IX en la instauración del culto a Nuestra Señora de la Santa Esperanza no tiene nada de fortuito, sino que resulta primordial. Es el Santo Padre quien, personalmente, concedió a Nuestra Señora de la Santa Esperanza a la parroquia de Mesnil-Saint-Loup. Él mismo da muestras de una gran devoción hacia la Virgen María desde su tierna infancia, ya que, el mismo día de su nacimiento, el 13 de mayo de 1792, Juan María Mastai había sido consagrado por sus padres a una Virgen que llevaba el nombre de Nuestra Señora de la Esperanza. Pío IX será también el Papa de la Inmaculada Concepción, cuyo dogma proclamará en 1854.

De regreso a la parroquia, el sacerdote guarda en secreto durante algún tiempo los favores que acaba de obtener del Santo Padre, absteniéndose de proclamarlos hasta el día de la solemnidad de la Asunción. En un sermón memorable, dejando traslucir su gozo y confianza filial en María, el padre André dirige a la Virgen una serie de invocaciones, una de las cuales emociona a sus feligreses más que las demás : Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡ conviértenos ! Sencilla fórmula que se apodera de la piedad de los fieles, quienes la repetirán rezando y llorando, hasta el punto de que se forjará la expresión “llorar la breve plegaria”. El párroco no pide a sus feligreses que se conviertan, sino que pide a María que consiga de su Hijo su conversión. La vida cristiana es una permanente conversión, y esa conversión es un don que se recibe mediante la oración.

La primera de ellas es la del propio Ernesto André, transformado en obrero ilustrado y eficaz : «Antes de la Santa Esperanza —contará— actuaba al azar, no sabía cómo ; con ella supe a qué atenerme, vi y comprendí». Y, en la escuela de María, el párroco se convertirá en pastor y en incomparable formador de cristianos. A partir de ese día, el inmenso poder de conversión de la Virgen, omnipotentia supplex (la omnipotencia suplicante, según expresión de los Padres de la Iglesia), se manifiesta de forma resplandeciente. El domingo 22 de octubre de 1852, se celebra por primera vez la festividad de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, con mucha sencillez pero con gran alegría. No había costumbre de comulgar un simple domingo ; el párroco insiste, las mujeres acuden sin demasiada dificultad, pero, en cuanto a los jóvenes que ha agrupado a su alrededor, ¿ tendrán la valentía de acercarse públicamente a los sacramentos ? La mayoría vienen a confesarse a una hora bastante tardía, pues el respeto humano todavía los atenaza. Sin embargo, al día siguiente, comulgan en la Misa mayor ante todo el mundo. Es la primera victoria de Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Sobre Mesnil-Saint-Loup sopla entonces un viento nuevo que no es otro que el del Espíritu Santo. La gracia del Bautismo que estaba oculta en los corazones reaparece con toda su fuerza y frescura. 

"Para restablecer el cristianismo en las costumbres —comenta el padre André— hay que restablecer previamente las verdaderas nociones en las almas. Todo el cristianismo consiste en saber y reconocer prácticamente lo que perdimos en Adán y lo que recibimos en Jesucristo ; por una parte, doctrina sobre el pecado original y sus consecuencias, y, por otra, sobre la gracia y su necesidad ". Y precisará, más tarde, en qué consiste la conversión : "La obra de Nuestra Señora de la Santa Esperanza en Mesnil-Saint-Loup era simplemente el restablecimiento del cristianismo, y ello entre las personas bautizadas. Aquí y fuera de aquí, casi todo estaba invadido por ese frío y bajo naturalismo que no permite que el hombre eleve sus pensamientos por encima de lo que siente. Aquí y fuera de aquí, la razón humana —¡y qué razón!— vencía sobre la razón divina, es decir, sobre la fe. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo era una sublime desconocida… Todas las virtudes cristianas eran desconocidas y substituidas por esa virtud igualmente fácil y universal que el mundo denomina honradez. Nuestra Señora de la Santa Esperanza llegó y, desde el primer momento, todas las almas comprendieron que iba a resultar imprescindible un gran cambio. Las prácticas externas del culto se convencerían de su insuficiencia ; los motivos internos de los actos asumirían modificaciones esenciales ; el amor de Dios dejaría de consistir en una fórmula ; el Espíritu del Señor soplaría sobre esqueletos secos y haría surgir un pueblo nuevo (cf. Ez 37) ".

El Papa Francisco, en sus catequesis sobre los dones del Espíritu Santo, explica el papel del Espíritu Santo y la importancia del don del temor de Dios, que no está reñido con la virtud de la esperanza. "El temor filial no es contrario a la virtud de la esperanza. En verdad, el temor filial no nos induce a temer que nos falte lo que esperamos alcanzar por el auxilio divino ; tememos, más bien, retraernos a ese auxilio. Por eso el temor filial y la esperanza se compenetran y se perfeccionan entre sí" (Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, IIa-IIæ, 19, 9, ad 1). "Cuando el Espíritu Santo —dice el Papa— entra en nuestro corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como somos, es decir, pequeños, con esa actitud —tan recomendada por Jesús en el Evangelio— de quien pone todas sus preocupaciones y sus expectativas en Dios y se siente envuelto y sostenido por su calor y su protección, precisamente como un niño con su papá. Esto hace el Espíritu Santo en nuestro corazón : nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro papá. En este sentido, entonces, comprendemos bien cómo el temor de Dios adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre. He aquí por qué tenemos tanta necesidad de este don del Espíritu Santo. El temor de Dios nos hace tomar conciencia de que todo viene de la gracia y de que nuestra verdadera fuerza está únicamente en seguir al Señor Jesús y en dejar que el Padre pueda derramar sobre nosotros su bondad y su misericordia. Abrir el corazón, para que la bondad y la misericordia de Dios vengan a nosotros. Esto hace el Espíritu Santo con el don del temor de Dios : abre los corazones. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados". (Audiencia general del 11 de junio de 2014). 

Entre los años 1852 y 1860 no transcurren festividades de Pascua, ni meses de mayo, ni festividades de Nuestra Señora de la Santa Esperanza sin que haya verdaderas conversiones, que conducen a algunas almas a Dios separándolas radicalmente de la vida mundana. La frecuentación de los sacramentos aumenta y puede verse a algunos hombres unirse a las mujeres para rezar el Rosario. En 1853, a pesar de la oposición de algunos feligreses, se erige en la iglesia un altar dedicado a Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Ese mismo año, se constituye una cofradía para el rezo de la breve plegaria. Con la finalidad de que esa plegaria puedan desgranarse a lo largo de las horas del día en forma de oración perpetua, los adeptos, en series de doce, se comprometen a rezar, cada uno a una hora fija, un Ave María flanqueada, antes y después, de la invocación Nuestra Señora de la Santa Esperanza, ¡conviértenos  El padre André prefiere adeptos fieles y fervorosos antes que numerosos.

El desarrollo será, no obstante, rápido : si bien a finales de 1854 sólo pueden contarse 272 inscritos, serán más de 4.000 en diciembre de 1855. En 1856, el párroco de Nuestra Señora de las Victorias, de París, el padre Desgenettes, afirma al hablar de la obra de Nuestra Señora de la Santa Esperanza : "Todas esas tormentas que se alzan contra la obra se producen porque se halla bien plantada en la roca de san Pedro. Es un árbol joven que llegará a ser grande y robusto, porque sus raíces han penetrado en la roca para obtener de su origen la savia católica ». Efectivamente, la Oración Perpetua resplandece rápidamente más allá de la parroquia, presentándose adeptos de toda Francia e incluso del extranjero. Animado por varios breves apostólicos de la Santa Sede, la Oración Perpetua se constituirá en archicofradía el 27 de agosto de 1869. Apenas diez años después, la asociación contará con 100.000 adeptos. El 25 de marzo de 1877, empieza a publicarse el Boletín mensual de Nuestra Señora de la Santa Esperanza.

La metamorfosis de la parroquia de Mesnil es obra de Nuestra Señora, si bien el párroco colabora en ello con gran ardor. "Necesito cristianos —dice— tal como el Bautismo los ha hecho. Existen en germen, pero yo los cultivaré y recogeré. Los necesito de ese modo porque es así como Dios los quiere, y yo soy el cooperador de su gracia. No toleraré la mezcla del espíritu del mundo que deforma al cristiano, que lo contrae y que, incluso con ciertas apariencias religiosas, lo mata por completo. Necesito cristianos de los pies a la cabeza, cristianos del Evangelio, cristianos que, lejos de envolverse en ignorancias calculadas, busquen la luz, a fin de ponerse de acuerdo en todo con la luz : ese es mi programa".

Para ello, el padre André organiza conferencias los domingos por la tarde ; sentirá la constante preocupación de instruir a los fieles y de iluminarles la fe. Para ello, comenta los libros de la Sagrada Escritura, la liturgia y los sacramentos, llegando incluso a enseñarles los rudimentos del latín para que comprendan los cantos de la Misa y los Salmos, pues los domingos y los días festivos son muchos los parroquianos que acuden a la iglesia para cantar una parte del Oficio Divino (Laudes, Vísperas y Completas). Dichas instrucciones se intercalan con juegos en medio de la plaza, y la jornada del domingo concluye con una oración de la tarde cuyo objetivo es claro : acabar con los bailes y combatir la influencia de la taberna. De hecho, al cabo de algunos años, taberna y baile desaparecerán del paisaje de Mesnil. La conversión se manifiesta igualmente mediante la modestia en la manera de vestir. De ese modo, el pastor declara la guerra a la vanidad y a las vestimentas inmodestas : "La modestia —dice— es una de las señales de la presencia del Espíritu Santo en un alma. En general, los hombres no podrían ser castos si las mujeres no fueran modestas". En 1878, agrupará a las mujeres más decididas en la “Sociedad de Jesús coronado de espinas”. 

No obstante, sería falso pensar que ese movimiento no tuviera oposición. Hay algunas personas en el pueblo que no quieren saber nada de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, hasta el punto de que unos jóvenes libertinos crean una “segunda parroquia” en una cuadra transformada en sala de baile, donde parodian las ceremonias del culto. Nuestra Señora se venga de ello a su manera : un domingo del mes de María de 1854, mientras esos jóvenes se encaminan a un juego de ocio, el cabecilla se detiene de repente y decide regresar. Las burlas de sus compañeros no hacen mella en él. Más tarde dirá : "Fue como si la medalla de la Virgen me hubiera caído sobre la cabeza". Se pone a rezar el Rosario y, en el mes de octubre, se confiesa. Finalmente, ingresa como monje en la abadía de La Pierre-qui-Vire.

A pesar de esas señales, parece ser que el padre André no conseguirá la adhesión unánime de sus parroquianos. Sin embargo, de toda la diócesis, y también de más lejos, las gentes acuden, atraídas por la fama de Nuestra Señora de la Santa Esperanza, por el clima de oración que la envuelve y por la belleza de la celebración de su festividad. Progresivamente, la festividad del cuarto domingo de octubre es objeto de peregrinación, y las inscripciones a la Oración Perpetua afluyen. En su boletín de noviembre de 1878, el párroco escribirá : "Se llega en peregrinación hasta donde hay una fuente, una fuente milagrosa. Hace unas semanas acudió un pobre que venía de lejos, apoyado en dos muletas. Nos pidió limosna y nos hizo unas pequeñas reflexiones. “¡Ah!, ¿aquí se viene de peregrinación? —Sí, en el mes de octubre. —¡Ah!, ¿así que tenéis una fuente?. ¡Tenéis una fuente! Ahí está la auténtica explicación de la peregrinación a Nuestra Señora de la Santa Esperanza. Son muchas las almas sedientas de la gracia de Dios y de los consuelos del Cielo que vienen aquí creyendo hallar una fuente. Y de todos los que han venido, nadie ha dicho jamás sentirse engañado en su expectativa. Sí, hay un fuente en Nuestra Señora de la Santa Esperanza, en aquella que la Iglesia denomina Mater, fons amoris : María es madre, madre y fuente de amor". A los pies de Nuestra Señora, los peregrinos depositan exvotos : "Gracias a Nuestra Señora de la Santa Esperanza, que me ha convertido. —Me ha retirado de la vanidad". Esa es la gracia inherente de esta devoción : que María se revela como la todopoderosa “convertidora”, la Reina de los corazones.

La afluencia de los peregrinos y el mal estado de la iglesia parroquial desembocan en la construcción de un nuevo santuario, cuyas obras se extenderán a lo largo de unos diez años. Pero la Virgen no se detiene ahí, pues colmará igualmente los deseos más íntimos del padre André. Él se había sentido siempre atraído por la vida monástica. En 1864, consigue fundar, en el mismo pueblo, un pequeño monasterio, tomando entonces el nombre de padre Manuel. En 1886, el monasterio se adhiere a la Congregación benedictina italiana de Monte Oliveto. Liberado a partir de 1899 del cuidado de su parroquia, el padre Manuel asiste con profundo dolor, en 1901, a la disolución de su comunidad, objetivo, como tantos otros, de los rigores laicistas. A su muerte, el 31 de marzo de 1903, el monasterio es sometido a liquidación judicial, si bien una comunidad se reunirá allí de nuevo en 1920. En 1948, los monjes partirán para resucitar la abadía de Bec-Hellouin. Finalmente, un grupo de monjes regresarán a Mesnil en 1976. Si bien la vida del padre Manuel acabó en medio del despojo, la devoción a Nuestra Señora de la Santa Esperanza, la peregrinación y la parroquia permanecen muy vivas.

En 1923, la diócesis de Troyes obtiene de Roma que la festividad de Nuestra Señora de la Santa Esperanza se celebre cada año, en toda la diócesis, el 23 de octubre. La archicofradía cuenta con más de 150.000 asociados y el obispo constata que la Oración Perpetua continúa haciendo mucho bien. Todavía en la actualidad puede uno asociarse a la archicofradía de la Oración Perpetua dirigiéndose a la casa parroquial.

El 6 de julio de 1952, en Mesnil-Saint-Loup, varios obispos conmemoraron el centenario de la archicofradía con una jornada de acción de gracias, porque, durante cien años, Nuestra Señora de la Santa Esperanza convirtió a numerosas almas. Con motivo del 150 aniversario, el 7 de julio de 2002, se celebró una Misa para agradecer todos esos favores y pedir que sus frutos se perpetuaran.

A nosotros, que vivimos hoy en día "en un mundo sin esperanza" (Benedicto XVI, Spe salvi, núm. 42), la Madre de la Santa Esperanza siempre está dispuesta a concedernos la gracia de la conversión ; solamente espera nuestra breve plegaria para hacer de nosotros unos testigos y apóstoles de la Esperanza que no defrauda (cf. Rm 5, 5).

2 de septiembre de 2022

Nuestra Señora sería Madre de Dios y nuestra aún si Adán no hubiese pecado

 Del sitio Gaudium Press: 

Es claro que después del pecado de Adán, que nos trajo el yugo de la culpa original y nos cerró las puertas del cielo, nuestro interés hace que veamos la Encarnación del Verbo casi de forma exclusiva como instrumento de salvación.

Pero de acuerdo a San Lorenzo de Brindisi, y muchos otros, la encarnación trasciende la redención del género humano, y es una especie de coronación de la obra creadora de Dios:Él [San Lorenzo] prueba que la Encarnación (Cristo con su madre) ha sido querida antes de todas las otras cosas por tres razones". 

La primera es esta: Porque Cristo, él sólo, es más amado que todas las criaturas tomadas en su conjunto, puesto que un rey ama más a su hijo único que a todos su siervos: Cristo, además, es cabeza de todos los elegidos, y todo ha sido creado para su gloria".

La segunda razón la encuentra en el hecho que Cristo es la causa ejemplar y final de la predestinación de los Santos, puesto que los Santos han sido predestinados a ser ‘la imagen de su Hijo’ (Causa ejemplar) a fin de que fuese ‘el primogénito (Causa final) de un gran número de hermanos (Rom 8, 29); y por esto Cristo es el fundamento del mundo, de toda gracia y de toda gloria, y el fundamento del mundo debe haber sido querido antes del mismo mundo".

La tercera razón se reduce a esto: es imposible que la Encarnación, la cual trasciende todas las otras cosas creadas (todas las otras obras divinas ad extra) sea subordinada a la reparación del pecado del hombre y por esto decretada después del permiso del mismo. Además, la presciencia del pecado de Adán supone la presciencia de la gracia de él, como la muerte supone la vida de la cual es privación, y Adán estuvo en gracia antes de ser pecador, y por esto presupone también la fuente de aquella gracia, que es Cristo, según el dictado de San Juan: ‘De su plenitud (del Verbo Encarnado) todos (por tanto también Adán) hemos recibido' (Jn 1, 14, 16)”.

Por las anteriores y muchas más razones que claramente expone San Lorenzo, vemos que en la arquitectonía del universo imaginado y creado por Dios, primero era Cristo y su Madre, y después el resto, incluso el pecado y su cura: Cristo es la piedra angular, el fundamento máximo, de todo, de la gracia, de la fidelidad de los ángeles buenos, del castigo de los malos, sería también el fundamento de un Adán sin pecado y el fundamento de los hipotéticos hijos de Adán sin pecado original, y lo es de los reales hijos de Adán mancillados con esa culpa.

Incluso “en la hipótesis de que Adán no hubiese pecado, Cristo habría sido sin embargo nuestro Salvador, no ya liberándonos del mal sino preservándonos del mal y conservándonos en el bien”.

Ahora, como dice Pío IX en la Ineffabilis Deus (n. 2), las Escrituras y la Iglesia aplican a la Virgen las mismas palabras de eternidad que se aplican a Cristo, pues el Verbo Encarnado y su Madre “habían sido predeterminados con un mismo decreto”. Es decir, y teniendo en vista lo de arriba, la Virgen sería Madre de Dios aunque Adán no hubiera pecado.

Entonces, debemos considerar la dignidad incomparable de la Madre de Dios de forma análoga a la de Cristo en el sentido anterior, teniendo en vista el principio mariológico de la analogía o semejanza de María con su Hijo.

Por tanto, si Cristo fue el primogénito de todas las criaturas “de ello se sigue que María madre suya debió ser predestinada antes de todas las criaturas. Esta indisoluble unión de Cristo con María, esta recíproca semejanza en la predestinación es, sin ninguna duda, el único verdadero modo de impostar teológicamente la cuestión

Y por tanto, el Universo está llamado a cantar la gloria de Cristo, y también la gloria de María. María es Causa ejemplar subordinada y Causa Final subordinada de todo el Universo. Y de la gracia cuyo canal fue y es María, dependió y sigue dependiendo el Universo.

Por Saúl Castiblanco