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17 de mayo de 2026

¿Estuvo presente Nuestra Señora en la Ascensión de Jesús?

 


Traducido del sitio Aleteia:

La Biblia no dice exactamente quién estaba allí, pero es muy posible que María estuviera presente en la ascensión de su hijo, Jesús.

El primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles continúa la historia de la vida de Jesús y comienza con su ascensión al cielo. Sin embargo, no queda claro de inmediato quién estaba allí, y muchos se han preguntado si María, su madre, estuvo presente en la ascensión de Jesús.

La Biblia nos da algunas pistas.

En primer lugar, se puede deducir con seguridad que los apóstoles estaban allí y fueron testigos de la ascensión.

Cuando entraron en la ciudad, se dirigieron al aposento alto donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hijo de Santiago

Los apóstoles originales (excepto Judas) estaban allí y fueron del Monte de los Olivos al "aposento alto".

Inmediatamente después de este versículo aparece una posible pista que sitúa a María también en la ascensión de Jesús.

Todos ellos se dedicaban de común acuerdo a la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús. 

A los apóstoles se unieron algunas mujeres, entre ellas la Virgen María, en el aposento alto.

No hay ningún versículo claro que diga: "María estaba en la ascensión de su Hijo", pero es una tradición piadosa que Ella estuviera allí, y los artistas suelen pintar la escena con María en medio de los apóstoles, mirando a su hijo. Esto presagia el evento de Pentecostés, donde la Biblia sí afirma que María estaba allí.

Si lo piensas bien, ¿no querría Jesús despedirse por última vez de su Madre? Tiene sentido desde el punto de vista lógico, y también podemos encontrar algún apoyo en la Biblia.

Pensar en la escena de esta manera añade emoción a la partida de Jesús, que debió de ser difícil de soportar para todos, especialmente para María, que meditaba todas estas cosas en su corazón.

Por último, la ascensión de Jesús también presagia la asunción de María, en la que Jesús llevaría a su madre de la tierra al cielo. Tendría sentido que María pudiera presenciar este acontecimiento y así anticipar lo que le sucedería al final de su vida terrenal.

 16 - mayo - 2021

2 de mayo de 2026

Meditando el Rosario: Segundo Misterio Glorioso: La Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo

 Extraído del Blog Asalta el sitio con tu Rosario:

Adaptado del sitio Reina del Cielo:

Un naciente rosicler de aurora en Oriente. Jesús pasea con su Madre por los escalones de la ladera del Getsemaní. No median palabras, sólo miradas de inefable amor. Quizás ya han sido dichas las palabras, quizás no; han hablado las dos almas: la de Cristo y la de la Madre de Cristo. Ahora lo que hay es contemplación de amor, recíproca contemplación; la conoce la naturaleza asperjada de rocío, y la pura luz matutina; la conocen esas delicadas criaturas de Dios que son las hierbas y las flores, los pájaros y las mariposas. Los hombres están ausentes.

Yo incluso me siento como incómoda de estar presente en esta despedida.

"¡Señor, no soy digna!" exclamo entre las lágrimas que me caen, mirando la última hora de unión terrena entre la Madre y el Hijo, y pensando que hemos llegado al final de la amorosa fatiga, tanto Jesús como María como el pequeño, indigno niño que Jesús ha querido que fuera testigo de todo el tiempo mesiánico y que se llama María (aunque a Jesús le gusta llamarla “el pequeño Juan”, o también “la violeta de la Cruz”).

Sí. Pequeño Juan (María Valtorta). Pequeño, porque no soy nada. Juan, porque soy verdaderamente aquella a quien Dios ha conferido grandes gracias, y porque, en medida infinitesimal -pero es todo lo que poseo, y, dando todo lo que poseo sé que doy en la medida perfecta que satisface a Jesús, porque es el “todo” de mi nada-, en medida infinitesimal, yo, como el gran Juan predilecto, he dado todo mi amor a Jesús y a María, compartiendo con ellos lágrimas y sonrisas, siguiéndolos angustiada de verlos afligidos y de no poder defenderlos del livor del mundo a costa de mi propia vida, palpitando ahora mi corazón al ritmo de los suyos por lo que termina para siempre…

Violeta. Sí. Una violeta que ha tratado de estar escondida entre la hierba para que Jesús no la esquivara -Él que amaba todas las cosas creadas por ser obra del Padre suyo-, sino que la calcara con su pie divino, y yo pudiera morir emanando mi tenue perfume en el esfuerzo de suavizarle el contacto con la tierra áspera y dura. Violeta de la Cruz, sí. Y su Sangre ha llenado mi cáliz hasta hacerlo plegarse y tocar el suelo…

... La aurora ha surgido completamente. Ya el sol está alto y los apóstoles hacen oír sus voces. Es una señal para Jesús y María. Se paran. Se miran, el Uno enfrente de la Otra, y luego Jesús abre los brazos y recibe en su pecho a su Madre… ¡Oh, vaya que si era un Hombre, un Hijo de Mujer! ¡Para creerlo basta mirar este adiós! El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima. El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse. Cuando ya parece que vayan a hacerlo, otro abrazo los une de nuevo, y, entre los besos, palabras de recíproca bendición… ¡Oh, verdaderamente es el Hijo del Hombre despidiéndose de la Mujer que lo generó! ¡Verdaderamente es la Madre que da el adiós -para restituirlo al Padre- a su Hijo, la Prenda del Amor a la Purísima!… ¡Dios besando a la Madre de Dios!…

En fin, la Mujer, como criatura, se arrodilla a los pies de su Dios, que es, de todas formas, su Hijo; y el Hijo, que es Dios, impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada, y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y luego se inclina y la alza; en fin, deposita un último beso en la blanca frente como pétalo de azucena bajo el oro de los cabellos (¡tan juveniles todavía!)…

Regresan hacia la casa, y ninguno, viendo con qué serenidad caminan el Uno al lado de la Otra, pensaría en la onda de amor que poco antes los ha desbordado. ¡Pero qué diferencia también, en este adiós, respecto a la tristeza de otras despedidas ya superadas, y respecto a la desgarradora congoja del adiós de la Madre a su Hijo al que habían dado muerte y había que dejarlo solo en el Sepulcro!… En esta despedida -aunque los ojos brillen con ese llanto que es natural en quien está para separarse de su Amado- los labios sonríen con la alegría de saber que este Amado va a la Morada que en razón de su Gloria le corresponde…

-"¡Señor! Fuera están, entre el monte y Betania, todos los que, como habías dicho a tu Madre, querías bendecir hoy" -dice Pedro.

-"Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan".

Entran en la habitación donde diez días antes estaban las mujeres para la cena del decimocuarto día del mes. María acompaña a Jesús hasta allí; luego se retira. Se quedan Jesús y los once. En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras, un ánfora de vino y otra, más grande, de agua, y panes anchos. Una mesa sencilla, no aparejada para una ceremonia de lujo, sino sólo por la necesidad de nutrirse. Jesús ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Los ha llamado Él a estos lugares. Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a Él; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado. Así, todos pueden ver a su Jesús… Una comida de breve duración, y silenciosa. Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús, y a pesar de las sucesivas apariciones, colectivas o individuales, desde la Resurrección, apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado. La comida ha terminado. Jesús abre las manos por encima de la mesa, con su gesto habitual ante un hecho ineluctable, y dice: -"Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver al Padre mío".

...Se pone en pie para abrazarlos. Todos hacen lo mismo. Pero, mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura verdaderamente divina, ellos lloran, llenos de turbación, y Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos que le rompen el pecho de tan lacerantes como son, solicita, por todos, intuyendo el deseo de todos: -"¡Danos al menos tu Pan! ¡Que nos fortalezca en este momento!"

 -"¡Así sea!" – le responde Jesús.

Entonces toma un pan, lo parte después de haberlo ofrecido y bendecido, y repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después: "-Haced esto en memoria mía" –añadiendo: "-De mí que os he dejado esta arra de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en él".

Los bendice y dice: -"Y ahora vamos".

Salen de la habitación, de la casa…

Jonás, María y Marcos están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

-"La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado" – dice Jesús bendiciéndolos al pasar.

Marcos se alza y dice: "-Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan".

-"Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos.

Marcos se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

-"Entonces, han venido todos" – dicen entre sí los apóstoles.

Más allá, sentada entre Margziam y María Cleofás, está la Madre del Señor.

Y, viéndolo acercarse, se levanta, y lo adora con todo el impulso de su corazón de Madre y de fiel.

-"Ven, Madre, y también tú, María…" – invita Jesús al verlas paradas, paralizadas por la majestad que, resplandeciente, emana como en la mañana de la Resurrección. Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya... 

...Las caras de Lázaro y sus hermanas, en medio de todos los domésticos de Betania, y la cara de Juana, semejante a una rosa bajo un velo de lluvia, y las de Elisa y Nique, ya marcadas por la edad (y ahora las arrugas se hacen más profundas a causa del dolor: dolor de cualquier modo, para la criatura humana, aunque el alma se alegre por el triunfo del Señor), y la cara de Anastática, y las caras de azucena de las primeras vírgenes, y el ascético rostro de Isaac, y el inspirado de Matías, y el rostro viril de Manahén, y los austeros de José y Nicodemo… Caras, caras, caras…

Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Manahén, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, pero quiere tener especialmente cerca a los pastores...

...Jesús, al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas, ordena a los discípulos: -"Detened a la gente donde está. Luego seguidme".

Sigue subiendo, hasta el lugar más alto del monte, el lugar más próximo a Betania, a la que domina -no a Jerusalén- desde arriba. Arrimados a Él, su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Margziam. Más allá, en semicírculo, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los fieles, los otros discípulos.

Jesús está en pie sobre una ancha piedra un poco prominente y albeante entre la hierba verde de un claro. El sol incide en Él, haciendo blanquear, cual si fuera nieve, su túnica; relucir, cual si fueran de oro, sus cabellos. Sus ojos centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa muchedumbre.

Su inolvidable, inimitable voz da la última orden: -"¡Id! Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la Tierra. Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna".

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor. Caen todos de rodillas, adorando. Él, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre, y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarlo -ahora que no hay frondas, ni siquiera sutiles, que intercepten el camino de sus rayos-, incide con sus resplandores sobre el Dios-Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo, y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos. El resto es un perlado sonreír de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia. Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende…

Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores… En la tierra, dos únicos ruidos en el silencio profundo de la muchedumbre extática: el grito de María cuando El desaparece: "¡Jesús!", y el llanto de Isaac. Los demás están enmudecidos por religioso estupor, y permanecen allí, como en espera de algo, hasta que dos luces angélicas candidísimas, en forma mortal, aparecen y dicen las palabras recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos: "-Hombres de Galilea, ¿por qué estáis mirando al Cielo?"

Este Jesús, que os ha sido ahora arrebatado y que ha sido elevado al Cielo, su eterna morada, vendrá del Cielo, en su debido tiempo, tal y como ahora se ha marchado.

María Valtorta
El Evangelio como me fue revelado

14 de febrero de 2026

Meditando el Rosario. Segundo Misterio Luminoso: Las bodas de Caná

Extraído del sitio Asalta el Cielo con tu Rosario:

Del sitio Corazones Sagrados:

La hora parece matutina, yo diría que hacia las nueve - quizás antes - porque el campo tiene todavía ese aspecto fresco de las primeras horas del día por el rocío que hace aparecer más verde a la hierba y por el aire aún exento de polvo. 

La estación me parece primaveral pues la hierba de los prados no está quemada por el verano y el trigo de los campos está aún tierno y sin espiga, todo verde. Las hojas de la higuera y del manzano también están verdes, y todavía tiernas, y también las de la parra. Pero no veo flores en el manzano; y no veo fruta, ni en el manzano, ni en la higuera, ni en la vid. Señal de que el manzano ha florecido ya, pero hace poco tiempo, y los pequeños frutos todavía no se ven.

María, agasajada por un anciano que la acompaña - parece el dueño de la casa - sube la escalera exterior y entra en una amplia sala que parece ocupar toda o buena parte de la planta alta.

Creo comprender que los recintos de la planta baja son las habitaciones propiamente dichas, las despensas, los trasteros y las bodegas; mientras que ésta sería el recinto reservado para usos especiales, como fiestas de carácter excepcional, o para trabajos que requieran mucho espacio, o también para colocar holgadamente productos agrícolas. 

Si de fiestas se trata, lo vacían completamente y lo adornan, como hoy, con ramas verdes, esterillas y mesas ricamente surtidas de viandas. En el centro, suntuosamente provista de manjares, hay una de estas mesas; encima, ya preparado, ánforas y platos colmados de fruta. A lo largo de la pared de la derecha, respecto a mí que miro, otra mesa, aderezada, aunque menos ricamente. A lo largo de la pared izquierda, una especie de largo aparador y encima de él platos con quesos y otros manjares (me parecen tortas cubiertas de miel, y dulces). En el suelo, junto a esta misma pared, otras ánforas y tres grandes recipientes con forma de jarra de cobre (más o menos; son una especie de tinajas).

María escucha benignamente a todos; después, se quita el manto y ayuda, bondadosa, a terminar los preparativos del banquete. La veo ir y venir, poniendo en orden los divanes, derechas las guirnaldas de flores, mejorando el aspecto de los fruteros, comprobando si en las lámparas hay aceite. Sonríe y habla poquísimo y en voz muy baja, pero escucha mucho y con mucha paciencia.

Un gran rumor de instrumentos musicales viene del camino (realmente poco armónicos). Todos, menos María, corren afuera. Veo entrar a la novia, toda adornada y feliz, rodeada de parientes y amigos, al lado del novio, que ha sido el primero en salir presuroso a su encuentro.

Y en este momento la visión sufre un cambio. Veo, en vez de la casa, un pueblo. No sé si es Cana u otra aldea cercana. Y veo a Jesús con Juan y otro, que me parece que es Judas Tadeo (pero podría equivocarme respecto al segundo). Por lo que respecta a Juan, no me equivoco. Jesús está vestido de blanco y tiene un manto azul marino. Al oír el sonido de los instrumentos, el compañero de Jesús pregunta algo a un hombre de condición sencilla y transmite la respuesta a Jesús.

- Vamos a darle una satisfacción a mi Madre - dice entonces Jesús sonriendo. Y se encamina por las tierras, con sus dos compañeros, hacia la casa. Me he olvidado de decir que tengo la impresión de que María es o pariente o muy amiga de los parientes del novio, porque se ve que los trata con familiaridad.

Cuando Jesús llega, la persona de antes, puesta como centinela, avisa a los demás. El dueño de la casa, junto con su hijo, el novio, y con María, baja al encuentro de Jesús y lo saluda respetuosamente. Saluda también a los otros dos. El novio hace lo mismo.

Pero lo que más me gusta es el saludo lleno de amor y de respeto de María a su Hijo, y viceversa. No grandes manifestaciones externas. Pero la palabra de saludo: "La paz está contigo" va acompañada de una mirada de tal naturaleza, y una sonrisa tal, que valen por cien abrazos y cien besos. El beso tiembla en los labios de María pero no lo da. Sólo pone su mano blanca y menuda sobre el hombro de Jesús y apenas le toca un rizo de su larga cabellera: una caricia de púdica enamorada.

Jesús sube al lado de su Madre; detrás, los discípulos y los dueños de la casa. Entra en la sala del banquete, donde las mujeres se ocupan de añadir asientos y cubiertos para los tres invitados, inesperados según me parece. Yo diría que era dudosa la venida de Jesús y absolutamente imprevista la de sus compañeros.

Oigo con nitidez la voz llena, viril, dulcísima del Maestro decir al poner pie en la sala: "-La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre todos vosotros" - saludo global y lleno de majestad para todos los presentes. Jesús domina con su aspecto y estatura a todos. Es el invitado, y además fortuito, pero parece el rey del convite; más que el novio, más que el dueño de la casa. A pesar de ser humilde y condescendiente, es Él quien se impone.

Jesús toma asiento en la mesa del centro, con el novio, la novia, los parientes de los novios y los amigos más notables. A los dos discípulos, por respeto al Maestro, se les coloca en la misma mesa.

Jesús está de espaldas a la pared en que están las tinajas y los aparadores. Por ello, no lo ve, como tampoco ve el afán del mayordomo con los platos de asado que van siendo introducidos por una puertecita que está junto a los aparadores. 

Observo una cosa: menos las respectivas madres de los novios y menos María, ninguna mujer está sentada en esa mesa. Todas las mujeres están — y meten bulla como si fueran cien — en la otra mesa que está pegando a la pared, y se las sirve después de que se ha servido a los novios y a los invitados importantes. Jesús está al lado del dueño de la casa. Tiene enfrente a María, que está sentada al lado de la novia.

El banquete comienza. No falta el apetito, ni tampoco la sed. Los que comen y beben poco son Jesús y su Madre, la cual, además, habla poquísimo. Jesús habla un poco más. Pero, a pesar de ser parco de palabras, no se manifiesta ni enfadado ni desdeñoso. Es un hombre afable, pero no hablador. Si le consultan algo, responde; si le hablan, se interesa, expone su parecer, pero después se recoge en sí como quien está habituado a meditar. Sonríe, nunca ríe. Y, si oye alguna broma demasiado irreflexiva, hace como si no escuchara. María se alimenta de la contemplación de su Jesús, como Juan, que está hacia el fondo de la mesa y atentísimo a los labios de su Maestro.

María se da cuenta de que los criados cuchichean con el mayordomo y de que éste está turbado, y comprende lo que de desagradable sucede.

"- Hijo" - dice bajo, llamando la atención de Jesús con esa palabra "- Hijo, no tienen más vino".

"- Mujer, ¿qué hay ya entre tú y Yo?" - Jesús, al decir esta frase, sonríe aún más dulcemente, y sonríe María, como dos que saben una verdad, que es su gozoso secreto y que ignoran todos los demás.

Jesús me explica el significado de la frase:

- Ese ""ya", que muchos traductores omiten, es la clave de la frase y explica su verdadero significado. Yo era el Hijo sujeto a la Madre hasta el momento en que la voluntad del Padre me indicó que había llegado la hora de ser el Maestro. Desde el momento en que mi misión comenzó, ya no era el Hijo sujeto a la Madre, sino el Siervo de Dios. Rotas las ligaduras morales hacia la que me había engendrado, se transformaron en otras más altas, se refugiaron todas en el espíritu, el cual llamaba siempre "Mamá" a María, mi Santa. El amor no conoció detenciones, ni enfriamiento, más bien habría que decir que jamás fue tan perfecto como cuando, separado de Ella como por una segunda filiación, Ella me dio al mundo para el mundo, como Mesías, como Evangelizador. Su tercera, sublime, mística maternidad, tuvo lugar cuando, en el suplicio del Gólgota, me dio a luz a la Cruz, haciendo de mí el Redentor del mundo.

"¿Qué hay ya entre tú y Yo?". Antes era tuyo, únicamente tuyo. Tú me mandabas, yo te obedecía. Te estaba "sujeto". Ahora soy de mi misión. ¿Acaso no lo he dicho?: "Quien, una vez puesta la mano en el arado, se vuelve hacia atrás a saludar a quien se queda, no es apto para el Reino de Dios". Yo había puesto la mano en el arado para abrir con la reja no la tierra sino los corazones, y sembrar en ellos la palabra de Dios. Sólo levantaría esa mano una vez arrancada de allí para ser clavada en la Cruz y abrir con mi torturante clavo el corazón del Padre mío, haciendo salir de él el perdón para la Humanidad.

Ese "ya", olvidado por la mayoría, quería decir esto: "Has sido todo para mí, Madre, mientras fui únicamente el Jesús de María de Nazaret, y me eres todo en mi espíritu; pero, desde que soy el Mesías esperado, soy del Padre mío. Espera un poco todavía y, acabada la misión, volveré a ser todo tuyo; me volverás a tener entre los brazos como cuando era niño y nadie te disputará ya este Hijo tuyo, considerado un oprobio de la Humanidad, la cual te arrojará sus despojos para cubrirte incluso a ti del oprobio de ser madre de un reo. Y después me tendrás de nuevo, triunfante, y después me tendrás para siempre, tú también triunfante, en el Cielo. Pero ahora soy de todos estos hombres. Y soy del Padre que me ha mandado a ellos".

Esto es lo que quiere decir ese pequeño, y tan denso de significado, "ya".

María ordena a los criados: - Haced lo que El os diga - María ha leído en los ojos sonrientes del Hijo el asentimiento, revestido de una gran enseñanza para todos los "llamados".

Y Jesús ordena a los criados: - Llenad de agua los cántaros.

Veo a los criados llenar las tinajas de agua traída del pozo (oigo rechinar la polea subiendo y bajando el cubo que gotea). Veo al mayordomo echarse en la copa un poco de ese líquido con ojos de estupor, probarlo con gestos de aún más vivo asombro, degustarlo y hablarles al dueño de la casa y al novio (estaban cercanos).

María mira una vez más al Hijo y sonríe; luego, tras una nueva sonrisa de Jesús, inclina la cabeza, ruborizándose tenuemente; se siente muy dichosa.

Un murmullo recorre la sala, las cabezas se vuelven todas hacia Jesús y María; hay quien se levanta para ver mejor, quien va a las tinajas... Silencio, y, después, un coro de alabanzas a Jesús.

Pero El se levanta y dice una frase: - Agradecédselo a María - y se retira del banquete. Los discípulos lo siguen. En el umbral de la puerta vuelve a decir: - La paz sea en esta casa y la bendición de Dios descienda sobre vosotros - y añade: - Adiós, Madre.

La visión cesa.

Jesús me instruye así: - Cuando dije a los discípulos: "Vamos a hacer feliz a mi Madre", había dado a la frase un sentido más alto de lo que parecía. No la felicidad de verme, sino de ser Ella la iniciadora de mi actividad taumatúrgica y la primera benefactora de la Humanidad. Recordadlo siempre: mi primer milagro se produjo por María; el primero: símbolo de que es María la llave del milagro. Yo no niego nada a mi Madre. Por su oración anticipo incluso el tiempo de la gracia. Yo conozco a mi Madre, la segunda en bondad después de Dios. Sé que concederos una gracia es hacerla feliz, porque es la Toda Amor. Por esto, sabiéndolo, dije; "Vamos a hacerla feliz".

Además quise mostrar al mundo su potencia junto a la mía. Destinada a unirse a mí en la carne - puesto que fuimos una carne: Yo en Ella, Ella en torno a mí, como pétalos de azucena en torno al pistilo oloroso y colmo de vida -, destinada a unirse a mí en el dolor - puesto que estuvimos en la cruz Yo con la carne y Ella con su espíritu, de la misma forma que la azucena perfuma tanto con la corola como con la esencia que de ésta se desprende -, era justo unirla a mí en la potencia que se muestra al mundo.

Os digo a vosotros lo que les dije a aquellos invitados: "Dad gradas a María. Por Ella os ha sido dado el Dueño del milagro y por Ella tenéis mis gracias, especialmente el perdón".

16 de febrero de 2025

¿El Escapulario de Nuestra Señora del Carmen protege contra el mal?

Del sitio Píldoras de Fe:

Puede ser fácil pasar de una devoción legítima a una superstición. El Escapulario de la Virgen del Carmen te protege del mal, pero hay que tener cuidado

Un día, leyendo sobre el Santo Cura de Ars, leí un testimonio de este Santo sobre la Virgen María que me impresionó mucho. En ella narraba que, una joven se confesó con el Cura de Ars, (San Juan Vianney). Antes de siquiera comenzar su confesión, San Juan María Vianney le interrumpió y le dijo: "¿Recuerdas hace algunos días en el salón de baile a un joven guapo que bailaba con todas las chicas menos contigo? ¿Y se sentía como avergonzado cuando te veía? ¿Y recuerdas que viste algunas chispas saliendo de sus pies cuando se fue? Tienes que saber que ese era el demonio en forma humana, y la única razón por la que no bailó contigo es porque llevabas el escapulario. Agradece a la Virgen por eso".

Uno de los signos en la tradición de la Iglesia, desde hace muchos siglos, es el Escapulario Marrón de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Es un signo aprobado por la Iglesia y aceptado por la Orden del Carmelo como un signo externo de amor a María, de la confianza que sus hijos tienen en Ella y del compromiso de vivir como Ella.

La palabra escapulario indica una forma de ropa que los monjes usaban cuando trabajaban. Con el paso del tiempo, las personas comenzaron a darle un significado simbólico: "la cruz que debe ser llevada cada día como discípulos y seguidores de Cristo".

En algunas órdenes religiosas, como las Carmelitas, el Escapulario se convirtió en un signo de su forma de vida. El Escapulario llegó a simbolizar la especial dedicación de los carmelitas a María, la Madre de Dios, y a expresar la confianza en su protección maternal, así como el deseo de ser como ella en su compromiso con Cristo y con los demás. Así, el Escapulario marrón se convirtió en un signo de María. Pero tengamos cuidado  de no pasar de una hermosa devoción como esta a un signo de superstición. Así nos lo cuenta el Padre Sergio Román en su experiencia:

"El otro día fui a la Basílica de Guadalupe y se me ocurrió pasar entre los puestos que invaden la calle frente a la Basílica. En varios puestos vi en venta escapularios en gran cantidad. Escapularios de la Virgen, de Juan Diego, de san Judas y de san Charbel, que son los más populares; escapularios rojos, verdes, azules, blancos, amarillo y de todos los colores habidos y por haber.

Me llamó la atención un collar hecho con escapularios de varios colores bellamente trenzados formando un cordón multicolor para lucirse en el cuello. No cabe duda: los escapularios están de moda, una moda impuesta por el ingenio y la creatividad de los comerciantes en artículos religiosos para incrementar sus ventas.

Los recuerdos religiosos en los santuarios de todo el mundo son parte importante en el peregrinar. Son recuerdo de una visita al santuario que se lleva a casa para recordarla siempre. Es como llevar al hogar un pedacito de cielo.

Yo veo a muchos fieles de mi comunidad lucir al cuello no uno, sino muchos escapularios que cuelgan allí hasta que se caen de viejos y de sucios. ¿Por qué usas tantos escapularios?: '¡Porque me dan protección, son poderosos!'

¡Qué fácil es pasar de una devoción legítima a la superstición, sustituto de la fe en las personas que no están ilustradas en su religión! Y yo, sacerdote, me sentí culpable por no haber explicado suficientemente a mis fieles el uso de los escapularios, antigua tradición de la Iglesia convertida ahora en práctica de magia y brujería.

Si mis fieles supieran lo que significa un escapulario no usarían tantos y, si aceptaran usar uno solo, lo llevarían con más devoción y respeto".

Literalmente, un Escapulario es una prenda que se lleva sobre los hombros colgando por delante y por detrás. Se usa a través de la historia en diferentes tipos de vestiduras y de uniformes, pero es, sobre todo, un hábito religioso.

Es la ropa que usan los monjes y las monjas. Consiste en una tira de tela que se lleva sobre el hábito y en la que se borda el escudo de la comunidad a la que se pertenece. El que lleva un escapulario es porque quiere pertenecer a esa orden o comunidad religiosa.

Cuando surgieron las órdenes religiosas, a finales de la Edad Antigua y principios de la Edad Media, se fundaron la "primera orden" para varones, la "segunda orden" para mujeres y la "tercera orden" para laicos de ambos sexos que anhelaba pertenecer a la orden religiosa, pero que querían hacerlo desde su estado de vida propio.

Las terceras órdenes agruparon a muchos fieles laicos que se comprometían en un tipo especial de vida, en la pobreza, en la castidad dentro del matrimonio y en la obediencia a Dios y a sus ministros.

Mediante la oración, la mortificación y las obras buenas, aunadas a ciertas prácticas características de la orden, buscaban su santificación en medio del mundo. Se organizaban bajo la dependencia de la orden religiosa e incluso hacían una especie de votos que renovaban año con año.

Estas terceras órdenes, bendecidas y propiciadas por la Iglesia, hicieron y hacen mucho bien entre los fieles laicos, de los cuales muchos han llegado a los altares, como santa Rosa de Lima, que era terciaria dominica.

Estos fieles no podían usar el hábito completo de la orden, pero se les concedía usar un "mini hábito", es decir, el escapulario reducido a su mínima expresión.

Hay escapularios de los dominicos, mercedarios, franciscanos, agustinos, carmelitas y demás órdenes y comunidades religiosas. El más conocido y usado, sin duda, es el escapulario de la Virgen del Carmen.

En las costas de Palestina, hacia el mar Mediterráneo, hay una montaña escarpada que domina sobre el mar. Es el Monte Carmelo. En el Antiguo Testamento vivió allí el profeta Elías y desde allí hacía oración para que lloviera sobre aquella tierra que padecía sequía desde hacía varios años.

Dios le hizo caso y un día vio en el horizonte una nubecita, del tamaño de una mano, que se acercaba hacia la tierra firme. Aquella nubecita trajo la lluvia esperada. Elías, desde entonces, meditó en el Mesías que era esperado como una lluvia salvadora para su pueblo, y en la Madre del Mesías, que sería como aquella nube que trajo la lluvia. Muchos siglos después nació Jesús de María, la Virgen.

Sobre ese monte hubo, después de Elías, una comunidad de profetas que adoraban a Dios y pedían la venida del Mesías. Esa comunidad reconoció en Cristo al esperado y desde entonces en ese monte se veneró a la Madre del Mesías, a María, a la que llamaron cariñosamente "Estrella del mar", Stella Maris.

Un 16 de julio, en el S. XI, la Virgen María se apareció al superior de la Orden Carmelitana, San Simón Stock, y le dio las reglas de su Orden. Según la tradición le entregó al santo un escapulario de color café con el escudo de la Orden y prometió a los que lo llevaran el salir del purgatorio al siguiente sábado de su muerte. A esto se le llama el "privilegio sabatino".

La Virgen pudo prometer esto, porque llevar el escapulario de la Virgen del Carmen es un compromiso de vivir en oración, en mortificación y en obras buenas, medios clásicos que la Iglesia ofrece a sus fieles para hacer penitencia por sus pecados.

El escapulario de la Virgen del Carmen debe ser impuesto por un sacerdote a los que acepten santificarse en el amor e imitación de María y en la recepción frecuente de la Eucaristía. No es tan fácil usar un escapulario. ¿O sí?

Forma corta para dar el Escapulario.

"Recibe este escapulario, signo de tu especial relación con María la Madre de Jesús, a quien te comprometes a imitar. Que te recuerde tu dignidad como cristiano, sirviendo a los demás e imitando a María. Llévalo como un signo de su protección y de pertenecer a la familia del Carmelo, haciendo voluntariamente la voluntad de Dios y dedicándote a construir un mundo fiel a su plan de comunidad, justicia y paz".

Oración a Nuestra Señora del Monte Carmelo.

Con el Escapulario en la mano y, preferiblemente de rodillas, rezar la siguiente oración invocando a María su protección contra el mal.

Oh hermosa Flor del Monte Carmelo, 
vid fecunda, esplendor del Cielo, 
Bendita Madre del Hijo de Dios, 
Virgen Inmaculada, 
ayúdame en esta mi necesidad. 
Oh Estrella del Mar, 
ayúdame y muéstrame aquí que eres mi Madre. 
Oh Santa María, Madre de Dios, 
Reina del Cielo y de la Tierra, 
te suplico humildemente desde el fondo de mi corazón, 
que me ayudes en esta mi necesidad.
 No hay nadie que pueda soportar tu poder. 
Muéstrame aquí que eres mi Madre.
 
"Oh María, concebida sin pecado,
ruega por nosotros que recurrimos a ti". 
(Repite tres veces)
 
"Dulce madre, pongo esta causa en tus manos". 
(Repite tres veces)

Rezar el Padrenuestro, el Avemaría y el Credo.

Confiarse en las manos de María a través del Escapulario de la Virgen del Carmen, puede brindarte una poderosa protección contra el mal haces todo con mucha fe y devoción desde el corazón.

Qriswell Quero
Venezolano,
 esposo y padre de familia,
  Creyente sólido de que siempre existen nuevos comienzos. 
Quien a Dios tiene nada lo detiene.

 


26 de julio de 2023

Nuestra Señora del Rosario de Rimác o la Capillita del Puente

Del sitio Aleteia:

La iglesia Nuestra Señora del Rosario del distrito de Rímac en Lima, Perú, suele ser un sitio de atracción para turistas y visitantes, en especial en tiempos como Semana Santa. Pero esto sucede por un hecho particular.

En efecto, es que para muchos esta iglesia, también conocida como Capilla del Puente, es considerada "la más pequeña del mundo". Mide cerca de 50 metros cuadrados, tiene 10 metros de alto, cinco de ancho y 12 de profundidad.

Según recuerdas diversas reseñas, como una publicada por El Comercio, fue construida en el Siglo XVI y tiene dos altares, confesionario, coro, púlpito. Lo mismo que imágenes de varios santos (Nuestra Señora del Rosario, San Judas Tadeo, el Señor del Triunfo, por ejemplo).

Pero además de la peculiaridad de su tamaño y que desde fuera se la puede apreciar casi "apretada" entre otras estructuras, la Capilla del Puente también se caracteriza por haber sido declarada patrimonio por la Unesco. Lo mismo con respecto a ser una de las más antiguas de Lima.

También se recuerda que perteneció a un acaudalado capitán español y forma parte de la rica historia del Rímac, sitio recomendado para conocer.  

En tanto, tal cual prosiguen otros medios como RPP, aquello de la persistencia de la reverencia y el silencio que es respetado de manera rigurosa por los visitantes. Lo propio con respecto a la tradición del "pase del algodón". En este caso, una tradición que consta en tomar un pedacito (copo), pasarlo por una imagen de Cristo de yeso y llevarla a los enfermos para su mejoría.

18 de noviembre de 2022

Nuestra Señora de los Estudiantes de San Juan del Hospital

 Del sitio Valencia Bonita:

La iglesia de San Juan del Hospital alberga numerosos tesoros en su interior que, sin embargo, pueden pasar totalmente desapercibidos. En este caso, hoy hablamos de una curiosa y preciosa virgen del siglo XII o XIII a la que profesan devoción aquellos que, principalmente, están en época de exámenes: Nuestra Señora de los Estudiantes. 

Y es que a pesar de que la oración a la Virgen María, así como a Santa Catalina de Alejandría, patrona de las mujeres solteras y estudiantes, San José de Cupertino o a Santa Gema Galgani, a quien también le dedican oraciones para tener éxito en los exámenes, sean los que más oraciones acaparan para pedir suerte y éxito en numerosas pruebas, ejercicios, oposiciones o convocatorias (bien sea en la Universidad o en cualquier lugar donde se tenga que superar un examen), sin olvidar por supuesto al rey de las peticiones en Valencia (San Judas Tadeo), es la talla de Nuestra Señora de los Estudiantes de la iglesia de San Juan del Hospital una de las que más oraciones acumula en la ciudad de Valencia

En una de nuestras visitas, tal y como nos comentaron, es habitual ver en ocasiones a jóvenes estudiantes poniendo en manos de la Virgen de los Estudiantes sus próximos exámenes.

La imagen llama poderosamente la atención al visitante si, tras cruzar la puerta a la iglesia, gira su mirada a una capilla lateral derecha. Allí podrá ver una Virgen sentada con el Niño de pie, la cual muestra en su radiante colorido y simplicidad de líneas la interpretación popular de otras formas más cultas. Destaca el contraste entre la impasibilidad de la Virgen y la humanización y movilidad del Niño. Se trata de una talla románica de madera policromada de autor desconocido y perteneciente a los siglos XII o XIII. Es la imagen de la Virgen María con el Niño Jesús sentado sobre su rodilla izquierda.

Esta escultura tiene una simpática historia, tal y como nos cuentan desde sanjuandelhospital.es. Fue adquirida por unos pastores en el pueblo de Rada de Haro, partida de Belmonte, en la provincia de Cuenca, a un pastor, quien la tenía en una corraliza junto a maderas y leña. Costó lo que pidió: dos jamones que acababan de adquirir en un pueblo y el dinero que disponían (unas 1.500 pesetas) del año 1967.

Por entonces, tras su adquisición, faltaban en la talla la mano derecha, la corona, había algún pliegue astillado y la policromía era casi inapreciable. En 1968 fueron reintegradas la mano derecha y la corona, y posteriormente fue restaurada en 1975 por J. Esteve Edo y policromada por A. Barat.

Oración

Madre mía Inmaculada,

que, por haber recibido en tu seno

al Verbo de Dios, eres Trono de la Gloria

y de la Sabiduría,

alcánzame la gracia de estudiar

con orden y constancia, con intensidad y presencia de Dios,

con pureza de intención y afán de servicio.

Haz que mi trabajo me acerque

cada día más a ti y a tu divino Hijo;

que nunca me olvide de ofrecértelo,

como ahora lo hago,

para que mis horas de estudio

sean, de verdad, horas de oración.

Ayúdame también, Señora,

a lograr el fruto humano y sobrenatural

que Dios espera de mi estudio,

para que, santificándome en el trabajo,

alcance la dicha de amarte para siempre en el Cielo.

Amén

(Con licencia eclesíastica)