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14 de agosto de 2026

Dormición de Nuestra Señora


 Del sitio de la Santa Sede:

Sobre la conclusión de la vida terrena de María, el Concilio cita las palabras de la bula de definición del dogma de la Asunción y afirma: "La Virgen inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo" (Lumen gentium, 59). Con esta fórmula, la constitución dogmática Lumen gentium, siguiendo a mi venerado predecesor Pío XII, no se pronuncia sobre la cuestión de la muerte de María. Sin embargo, Pío XII no pretendió negar el hecho de la muerte; solamente no juzgó oportuno afirmar solemnemente, como verdad que todos los creyentes debían admitir, la muerte de la Madre de Dios.

En realidad, algunos teólogos han sostenido que la Virgen fue liberada de la muerte y pasó directamente de la vida terrena a la gloria celeste. Sin embargo, esta opinión era desconocida hasta el siglo XVII, mientras que, en realidad, existe una tradición común que ve en la muerte de María su introducción en la gloria celeste.

¿Es posible que María de Nazaret haya experimentado en su carne el drama de la muerte? Reflexionando en el destino de María y en su relación con su Hijo divino, parece legítimo responder afirmativamente: dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre. En este sentido razonaron los Padres de la Iglesia, que no tuvieron dudas al respecto. Basta citar a Santiago de Sarug († 521), según el cual "el coro de los doce Apóstoles", cuando a María le llegó "el tiempo de caminar por la senda de todas las generaciones", es decir, la senda de la muerte, se reunió para enterrar "el cuerpo virginal de la Bienaventurada» (Discurso sobre el entierro de la santa Madre de Dios, 87-99 en C. Vona, Lateranum 19 [1953], 188). San Modesto de Jerusalén († 634), después de hablar largamente de la "santísima dormición de la gloriosísima Madre de Dios", concluye su "encomio", exaltando la intervención prodigiosa de Cristo, que "la resucitó de la tumba" para tomarla consigo en la gloria (Enc. in dormitionem Deiparae semperque Virginis Mariae, nn. 7 y 14: PG 86 bis, 3.293; 3.311). San Juan Damasceno († 704), por su parte, se pregunta: "¿Cómo es posible que aquella que en el parto superó todos los límites de la naturaleza, se pliegue ahora a sus leyes y su cuerpo inmaculado se someta a la muerte?". Y responde: "Ciertamente, era necesario que se despojara de la parte mortal para revestirse de inmortalidad, puesto que el Señor de la naturaleza tampoco evitó la experiencia de la muerte. En efecto, él muere según la carne y con su muerte destruye la muerte, transforma la corrupción en incorruptibilidad y la muerte en fuente de resurrección" (Panegírico sobre la dormición de la Madre de Dios, 10: SC 80, 107).

Es verdad que en la Revelación la muerte se presenta como castigo del pecado. Sin embargo, el hecho de que la Iglesia proclame a María liberada del pecado original por singular privilegio divino no lleva a concluir que recibió también la inmortalidad corporal. La Madre no es superior al Hijo, que aceptó la muerte, dándole nuevo significado y transformándola en instrumento de salvación.

María, implicada en la obra redentora y asociada a la ofrenda salvadora de Cristo, pudo compartir el sufrimiento y la muerte con vistas a la redención de la humanidad. También para ella vale lo que Severo de Antioquía afirma a propósito de Cristo: "Si no se ha producido antes la muerte, ¿cómo podría tener lugar la resurrección?" (Antijuliánica, Beirut 1931, 194 s.). Para participar en la resurrección de Cristo, María debía compartir, ante todo, la muerte.

El Nuevo Testamento no da ninguna información sobre las circunstancias de la muerte de María. Este silencio induce a suponer que se produjo normalmente, sin ningún hecho digno de mención. Si no hubiera sido así, ¿cómo habría podido pasar desapercibida esa noticia a sus contemporáneos, sin que llegara, de alguna manera, hasta nosotros?

Por lo que respecta a las causas de la muerte de María, no parecen fundadas las opiniones que quieren excluir las causas naturales. Más importante es investigar la actitud espiritual de la Virgen en el momento de dejar este mundo. A este propósito, san Francisco de Sales considera que la muerte de María se produjo como efecto de un ímpetu de amor. Habla de una muerte "en el amor, a causa del amor y por amor", y por eso llega a afirmar que la Madre de Dios murió de amor por su hijo Jesús (Traité de l’Amour de Dieu, Lib. 7, cc. XIII-XIV).

Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una "dormición".

Algunos Padres de la Iglesia describen a Jesús mismo que va a recibir a su Madre en el momento de la muerte, para introducirla en la gloria celeste. Así, presentan la muerte de María como un acontecimiento de amor que la llevó a reunirse con su Hijo divino, para compartir con Él la vida inmortal. Al final de su existencia terrena habrá experimentado, como san Pablo y más que él, el deseo de liberarse del cuerpo para estar con Cristo para siempre (cf. Flp 1, 23).

La experiencia de la muerte enriqueció a la Virgen: habiendo pasado por el destino común a todos los hombres, es capaz de ejercer con más eficacia su maternidad espiritual con respecto a quienes llegan a la hora suprema de la vida. 

AUDIENCIA GENERAL
25 - junio - 1997

 

26 de noviembre de 2022

La oración a Nuestra Señora que tiene un poder indescriptible

 Del sitio Patheos:

El Rosario, tal y como lo conocemos hoy, se originó a mediados o finales del siglo XV, aunque la leyenda dice que surgió de Santo Domingo, a principios del siglo XIII, antes de caer en desuso. El Rosario se basaba en tradiciones de oración que utilizaban múltiples repeticiones de la misma oración, al principio el Padre Nuestro, utilizando nudos en una cuerda para llevar la cuenta.

En la Irlanda del siglo IX, los laicos empezaron a utilizar una cuerda de cuentas para llevar la cuenta de los ciento cincuenta padrenuestros que rezaban para reflejar el número de salmos rezados por el clero regular de los conventos en el Oficio Divino; en aquella época se llamaba "Salterio de Nuestra Señora". En una práctica similar en la Iglesia de Oriente, los laicos solían utilizar cuerdas anudadas.

La intención era reflejar los 150 salmos. En los primeros siglos, algunos rezaban 150 padrenuestros, otras 150 avemarías, otras 150 alabanzas a Jesús, otras 150 alabanzas a María. En el siglo XIV, cada repetición de la oración principal iba acompañada de breves meditaciones, con series de 50, de 100 y de 150.

En contra de la creencia popular, el Saludo Angélico no es sólo una aberración occidental.

Casi todas las traducciones orientales al inglés traducen la primera palabra como "Rejoice!" en lugar de "Hail!". San Jerónimo, que tradujo la Vulgata del griego al latín, no era ni mucho menos un sabio lingüístico. La palabra griega "Chaire" significa "Alégrate", al igual que "Ave" significa "Salve". Donde Jerónimo dice "gratia plena", o "lleno de gracia", el griego original tiene la palabra "kerecharitomene", o "favorecido".

En Oriente, las dos frases de Lucas unidas como una sola se utilizaban en una oración regular ya en el siglo V. De hecho, forma parte de la liturgia de Santiago de Jerusalén, de San Marcos de Alejandría, de San Basilio el Grande y de los jacobitas abisinios. Algunos estudiosos y teólogos orientales conjeturan que su uso se remonta al siglo IV, o se remonta a la introducción del Tercer Concilio Ecuménico de Éfeso en el año 431.

Al componer su fórmula para el Sacramento del Bautismo en el año 647, San Severo, Patriarca de Alejandría, incluyó la oración así "La paz sea contigo, María, favorecida, porque el Señor está contigo. Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesucristo. Santa María, Theotokos, ruega por nosotros, pecadores. Amén". Este es el primer caso que se conoce de una petición añadida al final de la Salutación Angélica, pero nunca se difundió en Oriente.

En 1198, la Orden de la Santísima Trinidad para la Redención de los Cautivos comenzó a rezar el Rosario de la Santísima Trinidad en una coronilla de tres grupos sobre nueve cuentas. La oración en torno a la cual se estructuró la coronilla es el Trisagio.

En 1233, la Orden de los Siervos de María, conocida como los Servitas, instituyó su rosario conocido como el Rosario de los Siete Dolores de Nuestra Señora. La forma se utiliza con una coronilla de siete décadas.

En 1422, la Orden de los Frailes Menores (los franciscanos) estableció el Rosario de las Siete Alegrías de Nuestra Señora, también conocido como la Corona Franciscana. Este rosario se reza con siete decenas de Avemarías, rematadas por un Padre Nuestro y una Doxología Menor, con dos Avemarías más añadidas al final.

En 1851, el Vaticano aprobó la Coronilla de San Miguel, que consta de nueve grupos de tres cuentas pequeñas separadas por una cuenta grande. Las oraciones utilizadas son el Padrenuestro y el Ave María.

En 1912, la Orden de la Visitación instituyó el Rosario de las Cinco Llagas, rezado en una coronilla de cinco decenas pero con oraciones diferentes.

En 1935, las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia instituyeron la Coronilla de la Divina Misericordia, rezada en una coronilla de cinco decenas pero con oraciones especiales.

En 1983, los videntes de Medjugorje, Croacia, introdujeron, o revivieron, una forma conocida como el Rosario de Jesús. Consiste en siete meditaciones de cinco cuentas cada una, antes de las cuales se reza en voz alta el misterio y la intención, seguidas de cinco Padres Nuestros, concluyendo con esta colecta: "Oh Jesús, sé fuerza y protección para nosotros". Al final, se recitan siete Doxologías Menores.

El Rosario es muy apreciado en la Iglesia Católica. El arzobispo Fulton Sheen dijo:  "El rosario es el libro de los ciegos, donde las almas ven y representan el mayor drama de amor que el mundo ha conocido; es el libro de los sencillos, que los inicia en misterios y conocimientos más satisfactorios que la educación de otros hombres; es el libro de los ancianos, cuyos ojos se cierran sobre la sombra de este mundo, y se abren sobre la sustancia del próximo. El poder del rosario es indescriptible."