judío a fin de que le evocara a Satanás para que le ayudase en su desgracia. El demonio le exigió que, si quería su ayuda, renegase de Jesús y su Madre María y lo declarase en documento firmado por su mano. Teófilo firmó el abominable documento.
Y he aquí que al fin, por la noche, se le apareció la madre de misericordia y le dijo: “Teófilo, ¿qué has hecho? Has renunciado a mi amistad y a la de mi Hijo. ¿Y por qué? ¿Por entregarte a mi enemigo y al tuyo?” “Señora –respondió Teófilo–, perdóname y consígueme el perdón de tu Hijo”. Entonces María, viendo su
confianza, le dijo: “Tranquilízate, que quiero rogar a mi Hijo por ti”. Animado por esto, Teófilo redobló sus lágrimas, sus plegarias y sus penitencias, no apartándosedel lado de la imagen. Y he aquí que de nuevo se le apareció María, y con rostro risueño le dijo: “Teófilo, alégrate, he presentado tus lágrimas y oraciones a Dios y Él te ha recibido y perdonado. De hoy en adelante le serás agradecido y fiel”. “Señora –le dijo Teófilo–, esto no basta para consolarme plenamente. El enemigo tiene en su poder aquella impía escritura en que firmé mi renuncia a ti y a tu Hijo; tú puedes hacer que me la restituya..." Después de tres días, al despertar Teófilo, encontró sobre su pecho la malhadada escritura.
Al día siguiente, mientras el obispo oficiaba en la Iglesia, en presencia de todo el pueblo, fue Teófilo a postrarse a sus pies y le refirió todo lo sucedido llorando a mares, y le entregó la maldita escritura, que el obispo hizo quemar inmediatamente delante de todos los fieles, que no hacían más que llorar de alegría exaltando la bondad de Dios y la misericordia de María para con aquel gran pecador. Teófilo se volvió a la iglesia de la Virgen, donde después de tres días murió lleno de contento, dando gracias a Jesús y a su santa Madre.
Reina y madre de misericordia
que otorgas la gracia
a todos los que a ti recurren
con tal generosidad porque eres reina
y con tanto amor
porque eres madre amantísima.
A ti acudo, pobre de méritos y virtudes
y cargado de deudas con la divina justicia.
María, tú tienes
las llaves de la divina misericordia;
no me abandones en mis miserias
y no me dejes postrado en mi pobreza.
Eres tan generosa con todos
y tan acostumbrada a otorgar
mucho más que lo que se te pide...
Sé igual de generosa conmigo.
Protégeme, Señora, que es lo que te pido.
Si tú me proteges, nada temo.
No temo a los demonios porque tú eres
más poderosa que todo el infierno.
No temo por mis pecados
porque me puedes conseguir perdón de todos
con una palabra que digas al Señor.
No temo ni al enojo de Dios
si tengo tu favor,
porque con una súplica tuya se aplaca.
Si tú me amparas
lo espero todo, porque lo puedes todo.
Madre de misericordia, en ayudar a pecadores
pones tu gozo y tu gloria;
y los socorres si no se obstinan.
Yo soy pecador, pero no soy obstinado.
Ya que puedes ayudarme, ayúdame.
Yo me pongo del todo en tus manos.
Dime lo que he de hacer para agradar a Dios,
que quiero hacerlo presto y con tu ayuda.
María, eres mi Madre, mi luz, mi consuelo,
refugio y esperanza mía.
