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28 de octubre de 2026

Icono de Nuestra Señora del Buen Consejo para León XIV

 


Traducido del sitio EWTN News:

Un iconógrafo de Chicago tuvo apenas una semana para crear un ícono de Nuestra Señora del Buen Consejo para el Papa León XIV, forjando así un vínculo espiritual a través del arte, la oración y la vocación.

Un iconógrafo de Chicago tuvo apenas una semana para crear un ícono de Nuestra Señora del Buen Consejo para el Papa León XIV. La obra terminada llegó al Vaticano, donde el Santo Padre la recibió durante una audiencia privada y planea mantenerla cerca y utilizarla en su oración personal.

Joseph Malham es un iconógrafo de Chicago a quien Michael Airdo, un abogado de la misma ciudad que tenía planeado visitar al Papa y deseaba entregarle un regalo especial, le encargó la obra. Dadas las raíces agustinas del Santo Padre, Airdo decidió obsequiarle una imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, que ocupa un lugar especial en la tradición agustina.

La devoción tiene sus raíces en una imagen centenaria de la Virgen María y el Niño Jesús venerada en la Basílica Santuario de Nuestra Madre del Buen Consejo en Genazzano, Italia, confiada a los agustinos. La orden ha promovido la devoción a María bajo este título durante siglos.

Tras su elección, el Papa León viajó a Genazzano —que se encuentra a unas 40 millas al sureste de Roma— para orar ante la imagen ubicada en la basílica.

Airdo le envió un correo electrónico a Malham preguntándole si se podía terminar el ícono, pero había un problema: solo tenía una semana para hacerlo.

“Le dije: ‘Se puede hacer’”, contó Malham a la presentadora de “EWTN News Nightly”, Verónica Dudo, el 21 de octubre. “Soy soltero, así que ¿a quién le importa si no duermo ni como durante una semana? La pregunta es: ¿puedo hacerlo? Y lo hice".

Agregó: "Una semana después, cuando Michael [Airdo] estaba en Roma, me envió una foto del Santo Padre sosteniendo el ícono que le habían entregado en una audiencia personal y privada en su biblioteca".

Airdo le contó a Malham que el papa León se conmovió al ver la imagen y dijo que la guardaría en un estante de su recámara.

Malham también le escribió una carta al Santo Padre porque "se sentía muy conectado con él".

"Le escribí y le dije lo difícil que es —por favor, recen por mí— porque es difícil, es un largo camino ser un artista que se autoedita y un iconógrafo", compartió. “Pero le dije que así es cualquier vocación. Así fue el matrimonio, el sacerdocio, la vida religiosa y ser el sucesor de San Pedro. Todos estamos juntos. Es la comunión de los santos. Y sentí que eso acortó la distancia y nos unió”.

En su respuesta, el Papa mencionó que rezaría por Malham y su vocación, y le pidió al iconógrafo que también lo incluyera en sus oraciones.

En cuanto a cómo lo ha hecho sentir esta experiencia, Malham dijo: "Es casi abrumador saber que el sucesor de San Pedro no solo tiene mi ícono, sino que va a acompañarlo personalmente en su vida de oración y lo va a mantener cerca de él".

"No hay palabras suficientes. Pude descansar en el silencio de la belleza de ese momento, y esa conexión es la unión sagrada".

22- octubre - 2026 

1 de agosto de 2026

Agosto es el mes de Nuestra Señora

 


Traducido del sitio A Moment with Mary:

Desde el siglo VIII, el mes de agosto ha sido un mes dedicado a la Virgen María en la tradición católica. 

Esta devoción a la Virgen María se originó en el cristianismo oriental mucho antes de que se extendiera a la Iglesia universal. De hecho, tras la invasión de Roma por los pueblos del norte (llamados bárbaros en el siglo V), el año litúrgico oriental "comenzaba" el 8 de septiembre, fiesta del nacimiento de María, y "terminaba" el 15 de agosto, fiesta de su regreso a Dios. 

Como solía ocurrir en aquella época, la Iglesia de Roma iba a la zaga de la Iglesia de Constantinopla, y la dedicación del mes de agosto a María en la Iglesia universal no se estableció hasta el siglo VIII, por iniciativa del papa Sergio I (687–701), él mismo de origen sirio. 

En una entrevista con Vatican News, el padre Hyppolite Agnigori, un sacerdote de Costa de Marfil que es párroco de la parroquia de San Juan Pablo II en la Arquidiócesis de Abidján y profesor de historia de la Iglesia en el Instituto de Teología de la Compañía de Jesús en Abidján (ITCJ), destaca el significado especial que tiene el mes de agosto para los fieles católicos. 

"Lo singular de este mes es que incluye dos solemnidades que arrojan luz sobre nuestra fe cristiana: la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo el 6 de agosto y la Asunción de la Virgen María, que se celebra el 15 de agosto. 

En la Transfiguración, Jesús llevó consigo a tres de sus apóstoles (Pedro, Santiago y Juan) a la montaña y les reveló su gloria divina, el esplendor de la Verdad y el Amor. Jesús quiere que esta luz ilumine sus corazones cuando atraviesen la profunda oscuridad de la Pasión y la muerte de Cristo. 

En cuanto a la solemnidad de la Asunción (del latín assumere), que significa 'ser elevada', a diferencia de 'Ascensio', que nos dio el término Ascensión, que significa 'elevarse por sí mismo' (con las prerrogativas divinas), esta fiesta celebra la dependencia de María del Hijo de Dios, quien le concedió esta gracia única. 

La solemnidad de la Transfiguración del Señor es un espejo esencial para iluminar adecuadamente la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. Celebrada el 15 de agosto, conmemora la gloria de María junto a Dios al final de su vida terrenal. María fue elevada por Dios desde la vida terrenal para entrar en la vida con Él. Para María, la Asunción es la continuación de su participación en la vida de Jesús. La Asunción es, por lo tanto, la elevación al cielo de la Virgen María, quien deja nuestro mundo sin haber conocido la corrupción de la muerte". 

Françoise Niamien
Vatican News

17 de mayo de 2026

¿Estuvo presente Nuestra Señora en la Ascensión de Jesús?

 


Traducido del sitio Aleteia:

La Biblia no dice exactamente quién estaba allí, pero es muy posible que María estuviera presente en la ascensión de su hijo, Jesús.

El primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles continúa la historia de la vida de Jesús y comienza con su ascensión al cielo. Sin embargo, no queda claro de inmediato quién estaba allí, y muchos se han preguntado si María, su madre, estuvo presente en la ascensión de Jesús.

La Biblia nos da algunas pistas.

En primer lugar, se puede deducir con seguridad que los apóstoles estaban allí y fueron testigos de la ascensión.

Cuando entraron en la ciudad, se dirigieron al aposento alto donde se alojaban: Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hijo de Santiago. 

Los apóstoles originales (excepto Judas) estaban allí y fueron del Monte de los Olivos al "aposento alto".

Inmediatamente después de este versículo aparece una posible pista que sitúa a María también en la ascensión de Jesús.

Todos ellos se dedicaban de común acuerdo a la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús. 

A los apóstoles se unieron algunas mujeres, entre ellas la Virgen María, en el aposento alto.

No hay ningún versículo claro que diga: "María estaba en la ascensión de su Hijo", pero es una tradición piadosa que Ella estuviera allí, y los artistas suelen pintar la escena con María en medio de los apóstoles, mirando a su hijo. Esto presagia el evento de Pentecostés, donde la Biblia sí afirma que María estaba allí.

Si lo piensas bien, ¿no querría Jesús despedirse por última vez de su Madre? Tiene sentido desde el punto de vista lógico, y también podemos encontrar algún apoyo en la Biblia.

Pensar en la escena de esta manera añade emoción a la partida de Jesús, que debió de ser difícil de soportar para todos, especialmente para María, que meditaba todas estas cosas en su corazón.

Por último, la ascensión de Jesús también presagia la asunción de María, en la que Jesús llevaría a su madre de la tierra al cielo. Tendría sentido que María pudiera presenciar este acontecimiento y así anticipar lo que le sucedería al final de su vida terrenal.

 16 - mayo - 2021

2 de mayo de 2026

Meditando el Rosario: Segundo Misterio Glorioso: La Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo

 Extraído del Blog Asalta el sitio con tu Rosario:

Adaptado del sitio Reina del Cielo:

Un naciente rosicler de aurora en Oriente. Jesús pasea con su Madre por los escalones de la ladera del Getsemaní. No median palabras, sólo miradas de inefable amor. Quizás ya han sido dichas las palabras, quizás no; han hablado las dos almas: la de Cristo y la de la Madre de Cristo. Ahora lo que hay es contemplación de amor, recíproca contemplación; la conoce la naturaleza asperjada de rocío, y la pura luz matutina; la conocen esas delicadas criaturas de Dios que son las hierbas y las flores, los pájaros y las mariposas. Los hombres están ausentes.

Yo incluso me siento como incómoda de estar presente en esta despedida.

"¡Señor, no soy digna!" exclamo entre las lágrimas que me caen, mirando la última hora de unión terrena entre la Madre y el Hijo, y pensando que hemos llegado al final de la amorosa fatiga, tanto Jesús como María como el pequeño, indigno niño que Jesús ha querido que fuera testigo de todo el tiempo mesiánico y que se llama María (aunque a Jesús le gusta llamarla “el pequeño Juan”, o también “la violeta de la Cruz”).

Sí. Pequeño Juan (María Valtorta). Pequeño, porque no soy nada. Juan, porque soy verdaderamente aquella a quien Dios ha conferido grandes gracias, y porque, en medida infinitesimal -pero es todo lo que poseo, y, dando todo lo que poseo sé que doy en la medida perfecta que satisface a Jesús, porque es el “todo” de mi nada-, en medida infinitesimal, yo, como el gran Juan predilecto, he dado todo mi amor a Jesús y a María, compartiendo con ellos lágrimas y sonrisas, siguiéndolos angustiada de verlos afligidos y de no poder defenderlos del livor del mundo a costa de mi propia vida, palpitando ahora mi corazón al ritmo de los suyos por lo que termina para siempre…

Violeta. Sí. Una violeta que ha tratado de estar escondida entre la hierba para que Jesús no la esquivara -Él que amaba todas las cosas creadas por ser obra del Padre suyo-, sino que la calcara con su pie divino, y yo pudiera morir emanando mi tenue perfume en el esfuerzo de suavizarle el contacto con la tierra áspera y dura. Violeta de la Cruz, sí. Y su Sangre ha llenado mi cáliz hasta hacerlo plegarse y tocar el suelo…

... La aurora ha surgido completamente. Ya el sol está alto y los apóstoles hacen oír sus voces. Es una señal para Jesús y María. Se paran. Se miran, el Uno enfrente de la Otra, y luego Jesús abre los brazos y recibe en su pecho a su Madre… ¡Oh, vaya que si era un Hombre, un Hijo de Mujer! ¡Para creerlo basta mirar este adiós! El amor rebosa en una lluvia de besos a su Madre amadísima. El amor cubre de besos al Hijo amadísimo. Parece que no puedan separarse. Cuando ya parece que vayan a hacerlo, otro abrazo los une de nuevo, y, entre los besos, palabras de recíproca bendición… ¡Oh, verdaderamente es el Hijo del Hombre despidiéndose de la Mujer que lo generó! ¡Verdaderamente es la Madre que da el adiós -para restituirlo al Padre- a su Hijo, la Prenda del Amor a la Purísima!… ¡Dios besando a la Madre de Dios!…

En fin, la Mujer, como criatura, se arrodilla a los pies de su Dios, que es, de todas formas, su Hijo; y el Hijo, que es Dios, impone las manos sobre la cabeza de la Madre Virgen, de la eterna Amada, y la bendice en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y luego se inclina y la alza; en fin, deposita un último beso en la blanca frente como pétalo de azucena bajo el oro de los cabellos (¡tan juveniles todavía!)…

Regresan hacia la casa, y ninguno, viendo con qué serenidad caminan el Uno al lado de la Otra, pensaría en la onda de amor que poco antes los ha desbordado. ¡Pero qué diferencia también, en este adiós, respecto a la tristeza de otras despedidas ya superadas, y respecto a la desgarradora congoja del adiós de la Madre a su Hijo al que habían dado muerte y había que dejarlo solo en el Sepulcro!… En esta despedida -aunque los ojos brillen con ese llanto que es natural en quien está para separarse de su Amado- los labios sonríen con la alegría de saber que este Amado va a la Morada que en razón de su Gloria le corresponde…

-"¡Señor! Fuera están, entre el monte y Betania, todos los que, como habías dicho a tu Madre, querías bendecir hoy" -dice Pedro.

-"Bien. Ahora vamos donde ellos. Pero antes venid. Quiero compartir con vosotros una vez más el pan".

Entran en la habitación donde diez días antes estaban las mujeres para la cena del decimocuarto día del mes. María acompaña a Jesús hasta allí; luego se retira. Se quedan Jesús y los once. En la mesa hay carne asada, pequeños quesos y aceitunas pequeñas y negras, un ánfora de vino y otra, más grande, de agua, y panes anchos. Una mesa sencilla, no aparejada para una ceremonia de lujo, sino sólo por la necesidad de nutrirse. Jesús ofrece y divide. Está en el centro, entre Pedro y Santiago de Alfeo. Los ha llamado Él a estos lugares. Juan, Judas de Alfeo y Santiago están frente a Él; Tomás, Felipe y Mateo, a un lado; Andrés, Bartolomé y el Zelote, al otro lado. Así, todos pueden ver a su Jesús… Una comida de breve duración, y silenciosa. Los apóstoles, llegado el último día de cercanía de Jesús, y a pesar de las sucesivas apariciones, colectivas o individuales, desde la Resurrección, apariciones llenas de amor, no han perdido ni un momento esa devotísima compostura que ha caracterizado sus encuentros con Jesús Resucitado. La comida ha terminado. Jesús abre las manos por encima de la mesa, con su gesto habitual ante un hecho ineluctable, y dice: -"Bien… Ha llegado la hora en que debo dejaros para volver al Padre mío".

...Se pone en pie para abrazarlos. Todos hacen lo mismo. Pero, mientras que Jesús tiene una sonrisa pacífica de una hermosura verdaderamente divina, ellos lloran, llenos de turbación, y Juan, echándose sobre el pecho de Jesús, en medio de los fuertes espasmos a causa de los sollozos que le rompen el pecho de tan lacerantes como son, solicita, por todos, intuyendo el deseo de todos: -"¡Danos al menos tu Pan! ¡Que nos fortalezca en este momento!"

 -"¡Así sea!" – le responde Jesús.

Entonces toma un pan, lo parte después de haberlo ofrecido y bendecido, y repite las palabras rituales. Y lo mismo hace con el vino, repitiendo después: "-Haced esto en memoria mía" –añadiendo: "-De mí que os he dejado esta arra de mi amor para seguir estando y estar siempre con vosotros hasta que vosotros estéis conmigo en él".

Los bendice y dice: -"Y ahora vamos".

Salen de la habitación, de la casa…

Jonás, María y Marcos están afuera. Se arrodillan y adoran a Jesús.

-"La paz permanezca con vosotros, y el Señor os compense de todo lo que me habéis dado" – dice Jesús bendiciéndolos al pasar.

Marcos se alza y dice: "-Señor, los olivares que hay a lo largo del camino de Betania están llenos de discípulos que te esperan".

-"Ve a decirles que se dirijan al Campo de los Galileos.

Marcos se echa a correr con toda la velocidad de sus jóvenes piernas.

-"Entonces, han venido todos" – dicen entre sí los apóstoles.

Más allá, sentada entre Margziam y María Cleofás, está la Madre del Señor.

Y, viéndolo acercarse, se levanta, y lo adora con todo el impulso de su corazón de Madre y de fiel.

-"Ven, Madre, y también tú, María…" – invita Jesús al verlas paradas, paralizadas por la majestad que, resplandeciente, emana como en la mañana de la Resurrección. Jesús no quiere apabullar con esta majestad suya... 

...Las caras de Lázaro y sus hermanas, en medio de todos los domésticos de Betania, y la cara de Juana, semejante a una rosa bajo un velo de lluvia, y las de Elisa y Nique, ya marcadas por la edad (y ahora las arrugas se hacen más profundas a causa del dolor: dolor de cualquier modo, para la criatura humana, aunque el alma se alegre por el triunfo del Señor), y la cara de Anastática, y las caras de azucena de las primeras vírgenes, y el ascético rostro de Isaac, y el inspirado de Matías, y el rostro viril de Manahén, y los austeros de José y Nicodemo… Caras, caras, caras…

Jesús llama a los pastores, a Lázaro, a José, a Nicodemo, a Manahén, a Maximino y a los otros de los setenta y dos discípulos. Les dice que se acerquen, pero quiere tener especialmente cerca a los pastores...

...Jesús, al llegar al principio del Campo de los Galileos, despoblado de tiendas en este período situado entre las dos fiestas, ordena a los discípulos: -"Detened a la gente donde está. Luego seguidme".

Sigue subiendo, hasta el lugar más alto del monte, el lugar más próximo a Betania, a la que domina -no a Jerusalén- desde arriba. Arrimados a Él, su Madre, los apóstoles, Lázaro, los pastores y Margziam. Más allá, en semicírculo, manteniendo a distancia a la muchedumbre de los fieles, los otros discípulos.

Jesús está en pie sobre una ancha piedra un poco prominente y albeante entre la hierba verde de un claro. El sol incide en Él, haciendo blanquear, cual si fuera nieve, su túnica; relucir, cual si fueran de oro, sus cabellos. Sus ojos centellean con luz divina.

Abre los brazos en ademán de abrazar: parece querer estrechar contra su pecho a todas las multitudes de la Tierra, que su espíritu ve representadas en esa muchedumbre.

Su inolvidable, inimitable voz da la última orden: -"¡Id! Id en mi Nombre, a evangelizar a las gentes hasta los extremos confines de la Tierra. Dios esté con vosotros. Que su amor os conforte, su luz os guíe, su paz more en vosotros hasta la vida eterna".

Se transfigura en belleza. ¡Hermoso! Tanto y más hermoso que en el Tabor. Caen todos de rodillas, adorando. Él, elevándose ya de la piedra en que se apoyaba, busca una vez más el rostro de su Madre, y su sonrisa alcanza una potencia que nadie podrá jamás representar… Es su último adiós a su Madre.

Sube, sube… El Sol, aún más libre para besarlo -ahora que no hay frondas, ni siquiera sutiles, que intercepten el camino de sus rayos-, incide con sus resplandores sobre el Dios-Hombre que asciende con su Cuerpo santísimo al Cielo, y evidencia sus Llagas gloriosas, que resplandecen como rubíes vivos. El resto es un perlado sonreír de luces. Es verdaderamente la Luz que se manifiesta en lo que es, en este último instante como en la noche natalicia. Centellea la Creación con la luz del Cristo que asciende. Una luz que supera a la del Sol. Una luz sobrehumana y beatísima. Una luz que desciende del Cielo al encuentro de la Luz que asciende…

Y Jesucristo, el Verbo de Dios, desaparece para la vista de los hombres en este océano de esplendores… En la tierra, dos únicos ruidos en el silencio profundo de la muchedumbre extática: el grito de María cuando El desaparece: "¡Jesús!", y el llanto de Isaac. Los demás están enmudecidos por religioso estupor, y permanecen allí, como en espera de algo, hasta que dos luces angélicas candidísimas, en forma mortal, aparecen y dicen las palabras recogidas en el primer capítulo de los Hechos Apostólicos: "-Hombres de Galilea, ¿por qué estáis mirando al Cielo?"

Este Jesús, que os ha sido ahora arrebatado y que ha sido elevado al Cielo, su eterna morada, vendrá del Cielo, en su debido tiempo, tal y como ahora se ha marchado.

María Valtorta
El Evangelio como me fue revelado

21 de abril de 2026

¿Por qué el Papa Francisco eligió Santa María la Mayor para su descanso eterno?

 


Hoy es el primer aniversario de la muerte del Papa Francisco.

Traducido y adaptado del sitio Viral Mag:

El papa Francisco descansa en Santa María la Mayor, rompiendo con la tradición. ¿Por qué esta elección? Un profundo vínculo con la Virgen y una basílica sagrada. Descubra su última voluntad...

Cuando fallece un papa, el mundo entero se detiene para rendir homenaje a una figura que ha marcado la historia espiritual y social. Pero cuando el papa Francisco, a los 88 años, se unió a los cielos en abril de 2025, dejó tras de sí una decisión tan intrigante como fascinante: ser enterrado en la basílica de Santa María la Mayor, y no en la cripta de San Pedro, como dicta la costumbre. ¿Por qué este hombre, conocido por su sencillez y humanismo, eligió un camino tan singular para su descanso eterno? Profundicemos en las razones espirituales, históricas y personales de esta audaz elección.

Durante siglos, los papas han descansado en la cripta de la basílica de San Pedro, en el corazón del Vaticano. Este lugar, impregnado de solemnidad, alberga las tumbas de los sucesores de Pedro, simbolizando la continuidad de la Iglesia. Sin embargo, Francisco, el argentino de sonrisa humilde, decidió apartarse de esta tradición. Al optar por la basílica de Santa María la Mayor, se convierte en el primer papa desde Clemente IX, en 1669, en elegir este lugar para su entierro. Pero, ¿qué hace que esta basílica sea tan especial para él?

Su elección no es baladí. Refleja una vida marcada por una "profunda devoción" a la Virgen María y un deseo de sencillez, incluso en la muerte. Francisco, cuyo verdadero nombre es Jorge Bergoglio, siempre ha tratado de destacar por sus gestos simbólicos. Este último acto, maduramente reflexionado, se inscribe en esta línea.

El vínculo entre Francisco y la Virgen María es el motivo principal de su elección. A lo largo de su pontificado, ha manifestado una intensa "piedad mariana". Antes y después de cada viaje apostólico, acudía a Santa María la Mayor para rezar ante el icono de "Salus Populi Romani", una representación de la Virgen con el Niño Jesús, atribuida a San Lucas. Este ritual, casi íntimo, muestra hasta qué punto este lugar era un refugio espiritual para él.

"Justo detrás de la escultura de la Reina de la Paz hay un pequeño hueco. Lo vi y pensé: este es el lugar".

Francisco
2024

No se trata solo de un apego sentimental. La basílica, situada en la colina del Esquilino, es una de las cuatro basílicas pontificias de Roma y un lugar importante de culto mariano. Alberga reliquias sagradas, como fragmentos de la cuna de Jesús, datados científicamente de la época de su nacimiento. Para Francisco, descansar cerca de estos tesoros espirituales, bajo la mirada de la Virgen, era una forma de permanecer fiel a su fe hasta el final.

Construida en el siglo V bajo el pontificado del papa Sixto III, la basílica de Santa María la Mayor es una joya arquitectónica y espiritual. Sus mosaicos dorados, sus columnas jónicas y sus mármoles resplandecientes transportan a los visitantes a otra época. Según la leyenda, la Virgen se apareció en sueños a un patricio romano y al papa Liberio, pidiéndoles que construyeran una iglesia donde cayera nieve milagrosamente en pleno verano. El 5 de agosto, el Esquilino se cubrió de nieve, marcando el lugar sagrado.

Hoy en día, la basílica sigue siendo un importante lugar de peregrinación. Alberga las tumbas de siete papas, así como la del famoso escultor Bernini, conocido por la columnata de la plaza de San Pedro. Al elegir este lugar, Francisco se inscribe en una línea histórica al tiempo que marca su diferencia.

Algunos tesoros de Santa María la Mayor:

  • Icono Salus Populi Romani: pintura sagrada atribuida a San Lucas.

  • Reliquias de la cuna: fragmentos de madera que datan de la época de Cristo.

  • Mosaicos del siglo V: entre los más antiguos de Roma.

A Francisco nunca le gustaron las pompas. Desde su elección en 2013, rechazó los oropeles del Vaticano, prefiriendo una habitación modesta y un coche sencillo. Su decisión de ser enterrado en un rincón discreto de la basílica, cerca de una pequeña habitación que antes se utilizaba para guardar candelabros, es un último testimonio de esta humildad. No quería una tumba grandiosa, sino un lugar que reflejara su espiritualidad depurada.

Esta elección contrasta con la solemnidad de San Pedro, donde los papas suelen ser enterrados en imponentes sarcófagos. Al optar por la Cappella Paolina, Francisco se mantiene fiel a su imagen: un pastor cercano a los fieles, lejos de las pompas.

Para comprender esta elección, hay que remontarse al pontificado de Francisco. Durante doce años, sacudió a la Iglesia con valientes reformas. Ha levantado el velo sobre la "pedofilia en la Iglesia", exigiendo verdad y justicia. Ha convertido la "ecología" en una lucha central, publicando la encíclica "Laudato Si" para alertar sobre la crisis climática. También ha abogado por una Iglesia más inclusiva, abierta a los marginados.

Su entierro en Santa María la Mayor puede considerarse una prolongación de estos valores. Al elegir un lugar menos convencional, recuerda que la Iglesia debe permanecer anclada en la sencillez y la espiritualidad, lejos de las rigideces institucionales.

La muerte de Francisco ha suscitado una ola de emoción en todo el mundo. En Argentina se decretaron siete días de luto nacional. En Roma, los fieles se reunieron en la plaza de San Pedro, divididos entre la tristeza y la admiración. "Es como si hubiera esperado a Pascua para marcharse", confesaba un peregrino, conmovido por el momento de su fallecimiento, justo después de las celebraciones pascuales de 2025.

Francisco no era solo un líder religioso. Era la voz de los oprimidos, un defensor del planeta, un hombre que no temía a la muerte. Su elección de descansar en Santa María la Mayor es un último mensaje: la fe debe seguir siendo sencilla, arraigada en el amor y la devoción. Al descansar junto a la Virgen, nos invita a fijarnos en lo esencial.

Mientras el mundo llora su desaparición, queda una pregunta: ¿cómo llevará su sucesor este legado? Una cosa es segura: Francisco, con su humildad y modernidad, seguirá inspirando a generaciones.

Francisco en pocas palabras:

  •     Sencillez

  •     Ecología

  •     Inclusión

  •     Verdad

En resumen, la elección de Santa María la Mayor por parte de Francisco es mucho más que una decisión logística. Es un símbolo, un testamento espiritual, una invitación a redescubrir la belleza de una fe sencilla y universal. ¿Y tú, qué opinas de este gesto?

18 de abril de 2026

Meditando el Rosario: Quinto misterio doloroso: Crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo


Del sitio María, Luz Divina: 

Ahora -ya es de noche- dice Jesús (a María Valtorta):

-Has visto cuánto cuesta ser Salvadores. Lo has visto en mí y María. Has tenido conocimiento de nuestras torturas.

Has visto qué generosidad, heroísmo, paciencia, mansedumbre, constancia y fortaleza las hemos sufrido por la caridad de salvaros.

Todos aquellos que quieran, que pidan al Señor Dios hacer ellos 'salvadores', deben pensar que Yo y María somos el modelo que ésas son las torturas que hay que compartir para salvar: la cruz, las espinas, los clavos, los azotes no serán materiales. Serán otros, con otra forma y naturaleza; pero igualmente dolorosos e inmoladores. Y sólo inmolándose en medio de estos dolores se puede ser salvador. 

Es misión austera, la más austera de todas. Una misión respecto a la cual la vida del monje o de la religiosa de la más severa regla es como una flor comparada con un montón de espinas. Porque ésta es no regla de Orden humana, sino Regla de un sacerdocio y un rito de ingreso en el estado monacal divinos, cuyo Fundador soy Yo. Yo soy el que consagra y acoge -en mi Regla, en mi Orden-a los elegidos para ella. Y soy el que les impone el hábito (el mío): el Dolor total llevado hasta el sacrificio. 

Has visto mis sufrimientos, dirigidos a hacer reparación por vuestras culpas. Nada en mi Cuerpo ha estado exento de ellos, porque nada en el hombre está exento de culpas, y todas las partes de vuestro yo físico y moral -ese yo que Dios os ha dado con una perfección de obra divina y que vosotros habéis degradado con la culpa del progenitor y con vuestras tendencias al mal, con vuestra voluntad mala-son instrumentos de los que os servís para cumplir el pecado.

Pero Yo he venido para cancelar los efectos del pecado con mi Sangre y mi dolor, lavando en ellos cada una de vuestras partes físicas y morales, para purificarlas y fortalecerlas contra las tendencias culpables. 

Mis Manos fueron heridas y aprisionadas, después de haberse cansado llevando la Cruz, para reparar por todos los delitos cometidos con la mano del hombre. Desde los verdaderos actos de sujetar y usar un arma contra un hermano, haciéndoos así Caínes, hasta de robar o escribir acusaciones falsas o llevar a cabo actos contrarios al respeto de vuestro cuerpo o del cuerpo ajeno, o de estar ociosos en una holgazanería que es terreno propicio para vuestros vicios. Por las ilícitas libertades de vuestras manos, he dejado crucificar las mías, clavándolas al madero, privándolas de todo movimiento más que lícito y necesario.

Los Pies de vuestro Salvador, después de haberse fatigado y herido en las piedras de mi camino de Pasión, fueron traspasados, inmovilizados, para hacer reparación por todo el mal que vosotros hacéis con los pies, haciendo de ellos el medio para ir a vuestros delitos, hurtos, fornicaciones. He marcado las calles, las plazas, las casas, las escaleras de Jerusalén, para purificar todas las calles, las plazas, las escaleras, las casas de la tierra, de todo el mal que dentro y fuera de ellas había nacido, todo lo que había sido sembrado y sería sembrado, en los siglos pasados y en los futuros, por vuestra mala voluntad obediente a las instigaciones de Satanás. 

Mi Carne se manchó, recibió contusiones y heridas, para castigar en mí todo el culto exagerado, la idolatría, que vosotros ofrecéis a esta carne y a la de quien amáis, por capricho sensual o incluso por afecto, que en sí no es reprobable, pero que lo hacéis reprobable al amar a un padre, a un cónyuge, a un hijo o a un hermano, más que a Dios.

No. Por encima de cualquier amor y vínculo terrenos está, debe estar, el amor al Señor Dios vuestro. Ninguno, ningún otro afecto de ser superior a éste. Amad a los vuestros en Dios, no por encima de Dios. Amad con todo vuestro ser a Dios. Ello no absorberá vuestro amor hasta el punto de haceros indiferentes para con los vuestros; antes al contrario, la perfección tomada de Dios -quien ama a Dios tiene en sí a Dios y, teniendo a Dios, tiene la Perfección-alimentará vuestro amor hacia ellos.

Yo hice de mi Carne una llaga para extraer de las vuestras el veneno de la sensualidad, del no pudor, del no respeto, de la ambición y admiración por la carne destinada a volver al polvo. No es dando culto a la carne como se lleva la carne a la belleza; antes bien, es con el desapego de ella con lo que se le da la Belleza eterna en el Cielo de Dios. Mi Cabeza fue torturada con mil torturas (golpes, sol, gritos, espinas) para hacer reparación por las culpas de vuestra mente. Soberbia, impaciencia, insoportabilidad, falta de aguante, pululan en vuestro cerebro como terreno fungífero. Yo hice de él un órgano torturado, cerrado dentro de un arca decorada con sangre, para hacer reparación por todo lo que brota de vuestro pensamiento.

Has visto la única corona que Yo he querido: una corona que sólo un loco o un torturado pueden llevar. Ninguno, que sea sano de mente (humanamente hablando) y que esté en posesión de su libertad, se impone. Pero a mí me consideraban loco, y loco, sobrenaturalmente, divinamente loco lo era, queriendo morir por vosotros -que no me amáis o que me amáis tan poco-, queriendo morir para vencer al Mal en vosotros, sabiendo que lo amáis más que a Dios. Y estuve a merced del hombre; y prisionero del hombre, condenado suyo. Yo, Dios, condenado por el hombre.

¡Cuántas impaciencias tenéis, por naderías; cuántas incompatibilidades, por bagatelas; cuántas exasperaciones, por simples malestares! Mirad a vuestro Salvador. Meditad en lo exasperante que debían ser esas punzadas continuas en nuevos sitios, esos enredos en los mechones del cabello, ese desplazamiento continuo sin posibilitar mover la cabeza, apoyarla, en ningún modo que no produjera tormento. 

Pensad en lo que debieron significar para mi Cabeza torturada, dolorida, febril, los gritos de la muchedumbre, los golpes en la cabeza, el sol abrasador. Reflexionad en el dolor que debía tener en mi pobre cerebro, que había ido a la agonía del Viernes convertido ya por entero en un dolor por el esfuerzo sufrido durante la noche del Jueves; en mi pobre cerebro al que le subía la fiebre de todo el Cuerpo lacerado y de las intoxicaciones provocadas por las torturas. 

Y, en la Cabeza, también los ojos tuvieron su parte, y la boca, y la nariz y la lengua. Para hacer reparación por vuestras miradas tan amantes de ver lo malo y tan olvidadas de buscar a Dios; para hacer reparación por las demasiadas y demasiado embusteras y sucias y lujuriosas palabras que decís en vez de usar los labios para orar, para enseñar, para confortar. Y recibieron su tortura la nariz y la lengua para hacer reparación por vuestra avidez gustativa y por vuestra sensualidad olfativa, por las cuales cometéis imperfecciones que son terreno para más graves culpas, y cometéis pecados con la avidez de alimentos superfluos sin tener piedad de los que tienen hambre, de alimentos que os podéis permitir, muchas veces recurriendo a medios ilícitos de ganancia.

Mis entrañas no quedaron exentas de sufrimiento. Ninguna de ellas. Sofocación y tos para los pulmones, los cuales, por la bárbara flagelación recibida, estaban contusos, y edemáticos por la postura en la cruz; congoja y dolor en el corazón, que había sido desplazado y estaba enfermo, por causa de la cruel flagelación, y del dolor moral que había precedido a ésta, por el esfuerzo de la subida bajo la pesada carga del madero y por la anemia consiguiente a toda la sangre que ya había vertido. El hígado congestionado, el bazo congestionado, los riñones contusos y congestionados.

Has visto la corona de moratones que estaba alrededor mis riñones. Vuestros científicos, para dar una prueba para vuestra incredulidad respecto a esa prueba de mis padecimientos que es la Sábana Santa (se conserva y venera en Turín: para los escritos valtortianos, es auténtica), explican que la sangre, el sudor cadavérico y la urea de un cuerpo ultrafatigado pudieron, mezclándose con los ungüentos, producir esa pintura natural de mi Cuerpo extinto y torturado.

Mejor sería creer sin tener necesidad de tantas pruebas para creer. Mejor sería decir: "Esto es obra de Dios" y bendecir a Dios, que os ha concedido disponer de la prueba irrefutable de mi Crucifixión y de las torturas que la precedieron. 

Pero, dado que, ahora, no sabéis ya creer con la sencillez de los niños, sino que tenéis necesidad de pruebas científicas ­pobre fe vuestra que sin el apoyo y el acicate de la ciencia no sabe mantenerse en pie y caminar-, sabed que las atroces contusiones de mis riñones fueron el agente químico más potente en el milagro de la Sábana Santa. Mis riñones, casi rotos por los azotes, ya no pudieron trabajar.

 Como los de los que han ardido en una llamarada, no fueron capaces de filtrar, y la urea se acumuló y se esparció en mi sangre, en cuerpo, produciendo los sufrimientos de la intoxicación urémica y el reactivo que, rezumando de mi cadáver, fijó la imagen en la tela. Pero los que de entre vosotros son médicos, o los que de entre vosotros están enfermos de uremia, pueden comprender qué sufrimientos debieron producirme las toxinas urémicas, tan abundantes como para ser capaces de producir una huella indeleble.

La sed. ¡Qué tortura, la sed! Y, a pesar de todo, ya has visto que no hubo ni siquiera uno, de entre tantos, que supiera en aquellas horas darme una gota de agua. Desde después de la Cena, no tuve ninguna confortación. Y la fiebre, el sol, el calor, el polvo, el desangramiento, producían mucha sed a vuestro Salvador.

Has visto que rechacé el vino mirrado. No quería atenuaciones de mi sufrimiento. Cuando nos hemos ofrecido como víctimas, tenemos que serlo sin transacciones piadosas, sin arreglos, sin atenuaciones. Es necesario beber el cáliz como se nos da. Saborear el vinagre y la hiel, hasta la hez. No el vino con añadido de drogas que produce una mitigación del dolor.

¡Oh, muy severo es el sino victimal! ¡Pero, bienaventurado el que lo elige como suyo! 

Esto respecto al sufrimiento de tu Jesús en su Cuerpo inocente. Y no te hablo de las torturas de mi sentimiento hacia mi Madre y hacia su dolor. Se requería ese dolor. Pero para mí fue la congoja más cruel. ¡Sólo el Padre sabe lo que sufrió su Verbo en el espíritu, en lo moral y en lo físico! Y la presencia de mi Madre, aunque fue la cosa más deseada por mi corazón, que tenía necesidad de esa confortación en la soledad infinita que lo rodeaba, infinita, soledad procedente de Dios y de los hombres, fue tortura.

Ella debía estar allí, ángel de carne, para impedir el asalto de la desesperación, de la misma forma que el ángel espiritual la había impedido en el Getsemaní; debía estar allí para unir mi Dolor con el suyo para vuestra Redención; debía estar allí para recibir la investidura de Madre del género humano. Pero verla morir a cada uno de mis estremecimientos fue mi mayor dolor. Ni siquiera la traición, ni siquiera el saber que mi Sacrificio sería inútil para muchos – esos dos dolores que pocas horas antes me habían parecido tan grandes que me habían hecho sudar sangre-, eran comparables a éste. 

Pero tú has visto lo grande que fue María en aquella hora. La congoja no le impidió ser mucho más fuerte que Judit. Ésta mató (Judit 13). María se dejó matar a través de su Hijo. Y ni imprecó ni odió. Oró, amó, obedeció. Siempre Madre, hasta el punto de pensar, en medio esas torturas, que su Jesús tenía necesidad de su velo virginal para cubrir sus carnes inocentes, para defensa de su pudor, supo al mismo tiempo ser Hija del Padre de los Cielos y obedecer a la tremenda voluntad del Padre en aquella hora. No imprecó, no se rebeló; ni contra Dios ni contra los hombres: a éstos los perdonó; a Aquél le dijo 'Fiat`. También después la has oído: '¡Padre, te amo, y Tú nos has amado!'. Recuerda y proclama que Dios la ha amado y le renueva su acto de amor. ¡En aquella hora! Después de que el Padre la había traspasado y privado de su razón de ser. Lo ama. 

No dice: 'Ya no te amo por haber descargado tu mano sobre mí'. Lo ama. Y no se aflige por el propio dolor, sino por el que sufre su Hijo. No grita por el propio corazón quebrantado, sino por mi corazón traspasado. De esto pide razón al Padre, no del propio dolor. Pide razón al Padre en nombre del Hijo de ambos. 

Ella es auténticamente la Esposa de Dios. Ella es auténticamente la que concibió por unión con Dios. Sabe que a su Hijo no lo engendró un contacto humano, sino que fue solamente Fuego que descendió del Cielo para entrar en su seno inmaculado y depositar en él el Germen divino, la Carne del Hombre-Dios, del Dios-Hombre, del Redentor del mundo. Ella lo sabe, y como Esposa y Madre pide razón de esa herida. Las otras debían producirse. Pero ésta, cuando todo estaba cumplido, ¿por qué? 

¡Pobre Mamá! Hubo un porqué que tu dolor no te ha permitido leer en mi herida. Y ese porqué fue el que los hombres vieran el Corazón de Dios. Tú lo has visto, María. Y no lo olvidarás nunca.

Pero ya ves que María, a pesar de no ver en ese momento las razones sobrenaturales de esa herida, enseguida piensa que no me ha hecho daño, y por ella bendice a Dios. No se preocupa del mucho daño que esa herida le haya hecho a Ella; no me ha hecho daño a mí, y eso le basta y le sirve para bendecir a Dios, a ese Dios que la inmola. Lo único que pide es un poco de confortación para no morir. Es necesaria para la naciente Iglesia de la que ha sido creada Madre pocas horas antes.

La Iglesia, como un recién nacido, necesita cuidado y leche maternos. María dará esto a la Iglesia sosteniendo a los apóstoles, hablándoles del Salvador, orando por la Iglesia. ¿Pero cómo podría hacerlo si expirara esa noche? La Iglesia, a la que le quedan pocos días para estar ya sin quien es su Cabeza, se quedaría huérfana del todo si además expirara la Madre. Y la suerte de los recién nacidos huérfanos es siempre precaria.

Dios nunca defrauda una justa oración y conforta a los hijos suyos que en Él esperan. María lo experimenta en el consuelo de la Verónica. Ella, la pobre Mamá, había imprimido en sus ojos la efigie de mi Rostro apagado. No podía resistir verlo. No es su Jesús ese Jesús envejecido, hinchado, con esos ojos cerrados que ya no la miran, con esa boca torcida que ni le habla ni le sonríe. El de la Verónica es un rostro de Jesús vivo; doliente, herido, pero todavía vivo. Su mirada la mira, su boca parece decirle: '¡Mamá!'. Su sonrisa la saluda todavía.

¡Oh, María! Busca a Jesús en tu dolor. Él vendrá siempre y te mirará, te llamará, te sonreirá. Compartiremos el dolor, ¡pero estaremos unidos!

Juan, oh pequeño Juan, compartió con María y Jesús el dolor. Sé siempre como Juan. También en esto. Ya te lo he dicho: 'No serás grande por las contemplaciones y los dictados -esto es mío-, sino por tu amor; y el amor más alto está en compartir el dolor'. Esto proporciona la manera de intuir hasta los más pequeños deseos de Dios y hacerlos realidad a pesar de todos los obstáculos.

Mira con qué viva y delicada sensibilidad Juan actúa desde la noche del Jueves hasta la del Viernes. Y pasada esa noche. Pero, observémoslo en aquellas horas. Un momento de desconcierto. Una hora de pesantez. Pero, una vez superado el sueño con la agitación de la captura, y esa agitación con el amor, viene, trayéndose tras sí a Pedro, para que el Maestro sienta confortación al ver a la Cabeza de los apóstoles y al Predilecto de entre los Apóstoles.

Y luego piensa en la Madre, a quien algún cruel puede gritar que su Hijo ha sido capturado. Y va donde Ella. No sabe que María ya vive la congoja del Hijo y que, mientras los apóstoles dormían, Ella velaba y oraba, agonizando con su Hijo. Él no lo sabe. Y va donde Ella y la prepara para la noticia.

Y luego hace de enlace entre la casa de Caifás y el Pretorio, entre la casa de Caifás y el palacio de Herodes, y otra vez va de la casa de Caifás al Pretorio. Hacer eso esa mañana, cruzando por entre la muchedumbre ebria de odio, con un atuendo que lo delata como galileo, no es una cosa cómoda. Pero el amor lo sostiene, y Juan no piensa en sí mismo, sino en los dolores de Jesús y de la Madre. Podría ser apedreado por ser seguidor del Nazareno. No importa. Desafía todo. Los otros han huido, están escondidos: la prudencia y el miedo los guían. A él lo guía el amor, y se queda y se muestra. Es un hombre puro. El amor prospera en la pureza.

Y si su piedad y su buen sentido de lugareño lo inducen a mantener a María alejada de la multitud y del Pretorio -no sabe que María participa de todas las torturas de su Hijo padeciéndolas espiritualmente-, cuando juzga que ha llegado la hora en que Jesús necesita a su Madre y que no es lícito tener más tiempo a la Madre separada del Hijo, la lleva a Él, la sostiene, la defiende. 

¿Qué es ese puñado de personas fieles (un hombre solo, indefenso, joven, sin autoridad, a la cabeza de unas pocas mujeres) contra toda una muchedumbre embrutecida? Nada. Un montoncito de hojas que el viento puede desparramar. Una barquichuela en un océano borrascoso que puede sumergirla. No importa. El amor es su fuerza y su vela. Éste es su arma, y con éste protege a la Mujer y a las mujeres hasta el final.

Juan poseyó el amor de compasión como nadie más en el mundo, excepción hecha de mi Madre. Juan es el príncipe de los que aman con este amor. Es tu maestro en esto. Sigue el ejemplo que te da de pureza y caridad, y serás grande.

Y, dado que preveo las observaciones de los demasiados Tomases (incrédulos) y de los demasiados escribas de ahora sobre una frase de este dictado, que parece contrastar con el sorbo de agua ofrecido por Longinos... -¡oh, cómo gozarían los negadores de lo sobrenatural, los racionalistas de la perfección al revés, si pudieran encontrar una fisura en el magnífico complejo de esta obra de bondad divina y sacrificio tuyo, pequeño Juan, para poder, haciendo palanca en esa fisura con el pico de su mortífero racionalismo, provocar el derrumbamiento de todo!-previniendo a éstos, digo y explico.

Aquel pobre sorbo de agua -una gota en el incendio de la fiebre y en la sequedad de las venas vaciadas-tomado por amor a un alma a la que había que persuadir de amor para llevarla a la Verdad, tomado con suma fatiga en medio del jadeo agudo que me estrangulaba la respiración y obstaculizaba la deglución -tan quebrantado estaba por los atroces azotes-no proporcionó más alivio que el sobrenatural. 

Desde el punto de vista de la carne no fue nada, por no decir un tormento... Ríos habrían sido necesarios para mi sed de entonces... Y no podía beber por el jadeo del dolor precordial. Y tú sabes lo que es este dolor... Ríos habrían sido necesarios después... y no me fueron dados. Y tampoco hubiera podido aceptarlos por el sofoco cada vez más fuerte. ¡Pero cuánto alivio habrían procurado a mi Corazón si me hubieran sido ofrecidos! Era de amor de lo que moría. De amor no dado. La piedad es amor. Y en Israel no hubo piedad. 

Cuando contempláis, vosotros los buenos, o analizáis, vosotros los escépticos, aquel 'sorbo', dadle su justo nombre: 'piedad', no bebida. Puede, por tanto, decirse, sin incurrir por ello en falsedad, que 'desde la Cena no recibí alivio'. De toda la masa que me circundaba, no hubo ni uno que me procurase alivio, considerando que el vino drogado no quise sorberlo. Recibí vinagre y burlas. Recibí traiciones y golpes. Eso es lo que recibí. Nada más. 

María Valtorta
El Evangelio como me fuera revelado

 

14 de marzo de 2026

Meditando el Rosario: Primer Misterio Doloroso: La Agonía en el Huerto

 


Extraído de Asalta el Cielo con tu Rosario:

Del blog María Valtorta:

Jesús abre sus ojos de nuevo. Con esfuerzo levanta la cabeza. Mira. Está solo, pero menos angustiado. Alarga una mano. Arrima hacia sí el manto que había dejado abandonado en la hierba y vuelve a secarse la cara, las manos, el cuello, la barba, el pelo. Coge una hoja ancha, nacida justo en el borde del desnivel, empapada de rocío, y con ella termina de limpiarse mojándose la cara y las manos y luego secándose de nuevo todo. Y repite, repite lo mismo con otras hojas, hasta que borra las huellas de su tremendo sudor. Sólo la túnica, especialmente en los hombros y en los pliegues de los codos, en el cuello y la cintura, en las rodillas, está manchada. La mira y menea la cabeza. Mira también el manto, y lo ve demasiado manchado; lo dobla y lo pone encima de la piedra, en el lugar en que ésta forma una concavidad, junto a las florecillas.

Con esfuerzo –como por debilidad– se vuelve y se pone de rodillas. Ora, apoyada la cabeza en el manto donde tiene ya las manos. Luego, tomando como apoyo la roca, se alza y, todavía tambaleándose ligeramente, va donde los discípulos. Su cara está palidísima. Pero ya no tiene expresión turbada. Es una faz llena de divina belleza, a pesar de aparecer más exangüe y triste que de costumbre.

Los tres duermen sabrosamente. Bien arrebujados en sus mantos, echados del todo, junto a la hoguera apagada. Se los oye respirar profundamente, con comienzo incluso de un sonoro ronquido.

Jesús los llama. Es inútil. Debe agacharse y dar un buen zarandeo a Pedro.

"¿Qué sucede? ¿Quién viene a arrestarme?" dice Pedro mientras sale, atónito y asustado, de su manto verde obscuro.

"Nadie. Te llamo Yo".

"¿Es ya por la mañana?".

"No. Ha terminado casi la segunda vigilia".

Pedro está todo entumecido.

Jesús da unos meneos a Juan, que emite un grito de terror al ver inclinado hacia él un rostro que, de tan marmóreo como se ve, parece de un fantasma. "¡Oh... me parecías muerto!".

Da unos meneos a Santiago, el cual, creyendo que le llama su hermano, dice: "Han apresado al Maestro?".

"...Todavía no, Santiago" responde Jesús. "Pero, alzaos ya. Vamos. El que me traiciona está cerca".

Los tres, todavía atónitos, se alzan. Miran a su alrededor... Olivos, Luna, ruiseñores, leve viento, paz... nada más. Pero siguen a Jesús sin hablar. También los otros ocho están más o menos dormidos alrededor del fuego ya apagado.

"¡Levantaos!" dice Jesús con voz potente. "¡Mientras viene Satanás, mostrad al insomne y a sus hijos que los hijos de Dios no duermen!».

"Sí, Maestro" .

"¿Dónde está, Maestro?".

"Jesús, yo...".

"Pero ¿qué ha sucedido?".

Y entre preguntas y respuestas enredadas, se ponen los mantos...

El tiempo justo de aparecer en orden a la vista de la chusma capitaneada por Judas, que irrumpe en el quieto solar y lo ilumina bruscamente con muchas antorchas encendidas: son una horda de bandidos disfrazados de soldados, caras de la peor calaña demacradas por sonrisas maliciosas demoníacas; hay también algún que otro representante del Templo.

Los apóstoles, súbitamente, se hacen a un lado. Pedro delante y, en grupo, detrás, los demás. Jesús se queda donde estaba.

Judas se acerca resistiendo a la mirada de Jesús, que ha vuelto a ser esa mirada centelleante de sus días mejores. Y no baja la cara. Es más, se acerca con una sonrisa de hiena y le besa en la mejilla derecha.

"Amigo, ¿y qué has venido a hacer? ¿Con un beso me traicionas?".

Judas agacha un instante la cabeza, luego vuelve a levantarla... Muerto a la reprensión como a cualquier invitación al arrepentimiento. Jesús, después de las primeras palabras, dichas todavía con la solemnidad del Maestro, adquiere el tono afligido de quien se resigna a una desventura. 

La chusma, con un clamor hecho de gritos, se acerca con cuerdas y palos y trata de apoderarse de los apóstoles –excepto de Judas Iscariote, se entiende– además de tratar de prender a Jesús.

"¿A quién buscáis?» pregunta Jesús calmo y solemne.

"A Jesús Nazareno".

"Soy Yo". La voz es un trueno. Ante el mundo asesino y el inocente, ante la naturaleza y las estrellas, Jesús da de sí –y yo diría que está contento de poder hacerlo– este testimonio abierto, leal, seguro.

¿Ah!, pero si de El hubiera emanado un rayo no habría hecho más: como un haz de espigas segadas, todos caen al suelo. Permanecen en pie sólo Judas, Jesús y los apóstoles, los cuales, ante el espectáculo de los soldados derribados se rehacen, tanto que se acercan a Jesús, y con amenazas tan claras contra Judas, que éste súbitamente se retira –huye al otro lado del Cedrón y se adentra en la negrura de una callejuela–, con el tiempo justo de evitar el golpe maestro de la espada de Simón, y seguido en vano de piedras y palos que le lanzan los apóstoles que no iban armados de espada.

"Levantaos. ¿A quién buscáis?, vuelvo a preguntaros".

"A Jesús Nazareno".

"Os he dicho que soy Yo" dice con dulzura Jesús. Sí: con dulzura. "Dejad, pues, libres a estos otros. Yo voy. Guardad las espadas y los palos. No soy un bandolero. Estaba siempre entre vosotros. ¿Por qué no me habéis arrestado entonces? Pero ésta es vuestra hora y la de Satanás...».

Mientras El habla, Pedro se acerca al hombre que está extendiendo las cuerdas para atar a Jesús y descarga un golpe de espada desmañado. Si la hubiera usado de punta, le habría degollado como a un carnero. Así, lo único que ha hecho ha sido arrancarle casi una oreja, que queda colgando en medio de un gran flujo de sangre. El hombre grita que le han matado. Se produce confusión entre aquellos que quieren arremeter y los que al ver lucir espadas y puñales tienen miedo.

"Guardad esas armas. Os lo ordeno. Si quisiera, tendría como defensores a los ángeles del Padre. Y tú, queda sano. En el alma lo primero, si puedes". Y antes de ofrecer sus manos para las cuerdas, toca la oreja y la cura.

Los apóstoles gritan alteradamente... Sí, me duele decir esto, pero es así. Quién dice una cosa; quién, otra. Quién grita: "¡Nos has traicionado!", y quién: "¡Pero ha perdido la razón!», y quién dice: "¿Quién puede creerte?". Y el que no grita huye...

Y Jesús se queda solo... El y los esbirros... Y empieza el camino...

23 de diciembre de 2025

Icono de Nuestra Señora la Madre de Dios de Valaamskaya

 


Del sitio El icono, imagen sagrada:

El ícono, escrito en 1878 por el pintor de iconos de Valaam, Alipio, por razones desconocidas durante unos veinte años, yacía en el almacén del monasterio de la iglesia de San Nicolás. Encontrado el icono en 1897. Al mismo tiempo, la peregrina Natalya Andreeva fue sanada de la enfermedad crónica de una pierna.

Hasta 1940, el ícono permaneció en Valaam. Con la llegada a la isla de régimen soviético, los monjes que se habían trasladado a Finlandia y fundaron el monasterio "Nuevo Valaam", la llevaron con él, y la imagen milagrosa es hasta ahora el principal santuario de la catedral del Monasterio de la Transfiguración de Valaam-Novo. En el viejo Valaam hay una copia del icono, que anteriormente se encontraba en San Petersburgo.

En 2000, Su Santidad el Patriarca Alejo II de Moscú y de toda Rusia bendijo la construcción del primer templo en honor al Icono Valaam de la Madre de Dios, y en el lugar donde fue encontrado. El templo en honor del Icono de Valaam de la Santísima Virgen fue consagrado el 19 de febrero de 2005.

En 1997, Su Santidad estableció la celebración local del icono de la Virgen de Valaam — el primer domingo después del 11 de julio (el día de la memoria de los Santos Sergio y Germán de Valaam taumaturgos) y después del 12 de julio (el día de la memoria de los Santos Pedro y Pablo). Desde el 2004, a pedido de la hermandad del monasterio de Valaam, el día de la celebración por mandato de Su Santidad Patriarca Alexy fue pospuesto hasta el 14 de julio. En la Iglesia Ortodoxa Finlandesa, la fiesta en honor al ícono de Valaam dela Santísima Theotokos se celebra el 7 de agosto

14 de diciembre de 2025

Las antífonas de Nuestra Señora de la O

 

Del sitio Gaudium Press:

Entre el 17 y el 23 de diciembre entramos propiamente en el período de la Semana de Preparación previa a la Navidad, antes de la llegada de Nuestro Señor, vivimos un período de expectación, por lo que durante esos días celebramos la memoria litúrgica de Nuestra Señora de la Expectación, Nuestra Señora del Parto o Nuestra Señora del Ó, de ahí también las antífonas del Ó.

Las "Antífonas del Ó" son pequeños estribillos que se cantan en la oración de la tarde (vísperas), en el canto del Magnificat: la Iglesia entona estos estribillos hasta el 23 de diciembre. Al recitarlas, alimentamos en nosotros los mismos sentimientos de la Virgen María y esperamos con alegría la venida de Nuestro Señor. Constituyen además un resumen de la teología del Adviento y expresan el deseo de salvación de la humanidad y la expectativa por la venida de Jesucristo, invocado con títulos mesiánicos del Antiguo Testamento.

Actualmente, estas antífonas están presentes en la oración de la Liturgia de las Horas, antes del canto evangélico de las vísperas, el Magnificat (Lucas 1, 46-55), y también en la aclamación del Evangelio en la misa. Además de prepararnos para la venida de Nuestro Señor Jesucristo, las antífonas se convierten en oraciones de agradecimiento a Dios por tantos bienes que nos ha dado. Incluso el canto del Magnificat es la expresión de gratitud de Nuestra Señora por tantos bienes que Dios ha hecho a favor de ella y de su pueblo.

Las antífonas están precedidas por el vocativo "oh", para que podamos rezarlas con toda confianza durante este tiempo de Adviento, exaltando la grandeza de Dios y las maravillas que Él ha realizado en nuestra vida. Que estas antífonas nos recuerden que la Navidad es, ante todo, esperar la venida de Cristo y no de Papá Noel, ya que Cristo es el mayor regalo que podemos recibir en Navidad.

Estas antífonas del ó fueron compuestas entre los siglos VII y VIII, siendo un compendio de cristología de la antigua Iglesia, un resumen expresivo del deseo de salvación, tanto de Israel en el Antiguo Testamento, que esperaba ansiosamente la venida del Mesías, como de la Iglesia en el Nuevo Testamento. Sin duda, el nacimiento de Jesús representa el deseo de salvación para todos los pueblos, no solo para los judíos, sino para toda la humanidad.

Al encender las velas de la corona de Adviento sentimos al Señor más cerca de nosotros, porque poco a poco la luz de Cristo ilumina las tinieblas. Del mismo modo, a medida que cantamos las antífonas del ó y nos acercamos a la séptima, sentimos que el Señor está cada vez más cerca. Esperemos al Señor con alegría y confianza, del mismo modo que esperaban el pueblo de Israel y la Virgen María.

La primera antífona del 17 de diciembre es:

Ó Sabiduría: que saliste de la boca del Altísimo,
 y llegaste hasta los confines de todo el universo 
y con fuerza y suavidad gobiernas el mundo entero:
¡oh, ven a enseñarnos el camino de la prudencia!

Jesús es la Palabra que se hizo carne, el Verbo encarnado entre nosotros. Dios, al crear el universo, utilizó la sabiduría, y esa sabiduría de Dios es la Palabra, y Cristo es la Palabra encarnada. Pidamos a Dios Padre que nos enseñe el camino de la prudencia y, tal y como nos orienta la espiritualidad de este tiempo de Adviento, permanezcamos en constante oración y vigilancia, y a partir de la Palabra de Dios, sabiduría eterna, podamos esperar al Señor que viene.

La segunda antífona del 18 de diciembre es:

Ó Adonai: guía de la casa de Israel,
que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente 
y le diste tu ley en el Sinaí: 
¡ven a salvarnos con tu brazo poderoso!

Adonai se refiere al nombre con el que el pueblo de Israel se dirigía a Dios, lo que significaba, en cierto modo, reconocer la "señoría de Dios". Reconocer la "señoría" de Dios significa reconocer todo lo bueno que Dios ha hecho por su pueblo a lo largo de la historia de la salvación. Dios es el salvador y libertador de Israel, y los cristianos esperan ansiosamente la venida de Cristo.

La tercera antífona del 19 de diciembre es: 

"Oh raíz de Jesé": ¡Oh estandarte,
levantado en señal para las naciones!
Ante ti se callarán los reyes de la tierra, 
y las naciones implorarán misericordia: 
¡Ven a salvarnos! ¡Libéranos sin demora!.

Esta tercera antífona se refiere a lo que suplicamos al Señor durante este tiempo de Adviento: "¡Ven a salvarnos! Líbranos sin demora". Con el nacimiento del Mesías esperamos que Él nos libere a todos y nos traiga paz, justicia, perdón y misericordia. El niño Jesús nace en Belén, en Judea, para cumplir la profecía, ya que era la ciudad de David.

La cuarta antífona del 20 de diciembre es:

"Oh llave de David": 
Cetro de la casa de Israel, 
que abres y nadie cierra, que cierras y nadie abre: 
ven pronto y libera al hombre prisionero, 
que en las tinieblas y en la sombra de la muerte está sentado.

La llave es el símbolo del poder, Jesús pertenece a la dinastía davídica, Jesús es el sucesor de David en el reino de Israel, y luego Jesús le pasa las llaves a Pedro, que le sucede en el reinado davídico, con el fin de restaurar el reino de Israel. El Mesías, Jesús de Nazaret, recibió del Padre todo el poder en el cielo y en la tierra, en sus manos están "las llaves del Reino".

La quinta antífona del 21 de diciembre es: 

"Oh sol naciente": justiciero, resplandor de la Luz eterna:
¡Oh, ven y ilumina a los que yacen en las tinieblas 
y en la sombra del pecado y de la muerte, están sentados!.

Jesús es la luz del mundo, Él viene a iluminar nuestras tinieblas, por eso, durante el tiempo de Adviento encendemos cada domingo las velas de la corona de Adviento, y Juan Bautista, como precursor, vino a llamar a los hijos de Israel para que salieran de las tinieblas y buscaran el camino de la luz. Juan predicaba un bautismo de conversión y Jesús bautizaba en agua y en espíritu.

La sexta antífona del 22 de diciembre es: 

"Oh Rey de las Naciones": Deseado de los pueblos; 
oh Piedra angular, que unes a los opuestos: 
Oh, ven y salva a este hombre tan frágil, 
que un día creaste del barro de la tierra!

La llegada del Mesías es esperada por todos los pueblos, Él es el Dios de la paz, el príncipe de las naciones que vino a gobernar Israel con "cetro de hierro", pero en lugar de tomar las armas o los palos, el Mesías enseñó a todos el camino del amor. El Reino de Jesús no es de este mundo, sino del Reino eterno, donde muchos de nosotros deseamos estar.

La séptima antífona del 23 de diciembre es:

 "Oh Emanuel": Dios con nosotros, nuestro Rey Legislador, 
Esperanza de las naciones y Salvador de los pueblos; 
Ven, por fin, a salvarnos, oh Señor y Dios nuestro! 

El Mesías es Emanuel, Dios con nosotros, el príncipe de la paz, Él es esperado desde siempre por todos. Nosotros, los cristianos, esperamos la segunda venida de Cristo, por eso repetimos siempre: "Ven, Señor Jesús". Mientras que los judíos aún esperan la primera venida del Mesías. Por eso, en esta Navidad, esperemos que el Señor nazca en nuestro corazón y podamos repetir "Ven, Señor Jesús". El niño que nacerá en la noche de Navidad es definitivamente la presencia de Dios entre los hombres, vino a mostrarnos el camino del amor y a mostrar a todos la salvación.

Tomemos estas antífonas y meditemos cada día preparando nuestro corazón y nuestra vida para celebrar la Navidad del Señor. Que podamos llevar dentro de nosotros los mismos sentimientos que Nuestra Señora llevaba en ese momento y que podamos envolver al mundo con la luz de Cristo.

arzobispo de Río de Janeiro.

24 de septiembre de 2025

Nuestra Señora, Madre de la Misericordia

 Del sitio Píldoras de Fe:

María es verdaderamente nuestra Madre de la compasión, nuestra Madre de la Misericordia. Su vida fue una completa entrega a la misericordia del Padre y puede ser llamada verdaderamente la Madre misericordiosa de los cristianos, y de cada alma que busca a Dios. María también es Madre del perdón en el amor, y del amor en el perdón. Brota del amor misericordioso de Cristo y María está al servicio de la Misericordia de Cristo.

La misericordia es la plenitud del amor de Dios que viene al encuentro de un mundo ensombrecido por las oscuras heridas de quienes lo habitan. Un verdadero valle de lágrimas, como lo decimos en la Salve. Dios sale a nuestro encuentro con su amor afectuoso, con su perdón, su comprensión. Viene sobre todo con la alegría del Espíritu Santo, una alegría que es la fuente continua de su misericordia.

En el Magnificat, María canta de júbilo y exclama a viva voz que será bienaventurada por todas las generaciones. Y así es, cada generación encuentra en María una Madre que acoge, la Madre de la misericordia que viene a traernos consuelo en el sufrimiento.

Porque contempla la situación de la humanidad por el pecado original y ofrece la única solución posible: la redención centrada en la Pasión y muerte.

La misericordia es la constante de la vida de Jesucristo. Al paralítico le ofrece la solución de alma y de cuerpo: "Confía, hijo: tus pecados te son perdonados". (Mateo 9,2)

Igualmente a la mujer hemorroísa: "Hija, ten confianza; tu fe te ha sanado. Y quedó sana la mujer desde aquel momento". (Mateo 9,22).

En la Cruz nos ofrece la gran solución: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". (Lucas 23,34).

Y además, abre las puertas del Cielo al buen ladrón suplicante: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". (Lucas 23,40-44).

María diciendo orden al pecado original, no lo contrae de hecho porque es objeto preferencial de la misericordia de Cristo. Por ello, es privilegiada y excepcionalmente redimida. Es la Inmaculada Concepción.

La Virgen María, objeto preferencial de la misericordia de Cristo, es también la llena de gracia, de toda la gracia que necesita para ser la Madre de Dios, Madre-Virgen.

La Virgen María es la Madre de la Misericordia tan sencillo como el hecho de que es la Madre de Cristo, quien es el manantial divino de la eterna misericordia.

María es Madre de la misericordia desde el misterio de la Encarnación, la gran misericordia del Verbo que se hace hombre al calor del corazón de María por obra del Espíritu Santo.

María es Madre de Misericordia proyectando su amor sobre Cristo en la cruz con ternura de madre. Lo sigue proyectando sobre la Iglesia, Cuerpo de Cristo y por lo tanto, sobre nosotros, pecadores.

María es Madre de Misericordia que perdona a Pedro que niega su Hijo, también a Judas el traidor y a los que crucifican a Cristo. Pienso que Ella repite con su Hijo: "Padre, perdónalos..."

María nos ofrece la Misericordia de Cristo y nos orienta hacia Él. María es camino del perdón. Por eso, nos conduce al Confesionario, a la Eucaristía. El Rosario es camino de oración para alcanzar la misericordia de Cristo y experimentar el amor misericordioso de la Madre.

En María triunfa la Misericordia. Por eso, es privilegiadamente Asunta al Cielo en cuerpo y alma, y coronada Reina y Madre de Misericordia.

Nuestro noble santo, el Papa San Juan Pablo II nos dejó una gran enseñanza sobre Maria Madre de misericordia, en la Encíclica "Veritaris Splendor" aquí un pequeño extracto:

"El privilegio especial que Dios otorgó a la toda santa nos lleva a admirar las maravillas realizadas por la gracia en su vida. Y nos recuerda también que María fue siempre toda del Señor, y que ninguna imperfección disminuyó la perfecta armonía entre ella y Dios. Su vida terrena, por tanto, se caracterizó por el desarrollo constante y sublime de la fe, la esperanza y la caridad. Por ello, María es para los creyentes signo luminoso de la Misericordia divina y guía segura hacia las altas metas de la perfección evangélica y la santidad. María es Madre de Misericordia porque Jesucristo, su Hijo, es enviado por el Padre como revelación de la Misericordia de Dios (cf. Juan 3,16-18). Él ha venido no para condenar sino para perdonar, para derramar misericordia (cf. Mateo 9,13). Y la misericordia más grande radica en su estar en medio de nosotros y en la llamada que nos ha dirigido para encontrarlo y proclamarlo, junto con Pedro, como "el Hijo de Dios vivo" (Mateo 16,16).  Ningún pecado del hombre puede cancelar la Misericordia de Dios, ni impedirle poner en acto toda su fuerza victoriosa, con tal de que la invoquemos. Más aún, el mismo pecado hace resplandecer con mayor fuerza el amor del Padre que, para rescatar al esclavo, ha sacrificado a su Hijo: Su misericordia para nosotros es redención.

Esta misericordia alcanza la plenitud con el don del Espíritu Santo, que genera y exige la vida nueva. Por numerosos y grandes que sean los obstáculos opuestos por la fragilidad y el pecado del hombre, el Espíritu, que renueva la faz de la tierra (cf. Salmos 104 [103], 30), posibilita el milagro del cumplimiento perfecto del bien. Esta renovación, que capacita para hacer lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad, es en cierto sentido el colofón del don de la misericordia, que libera de la esclavitud del mal y da la fuerza para no pecar más. Mediante el don de la vida nueva, Jesús nos hace partícipes de su amor y nos conduce al Padre en el Espíritu".

En este mundo lleno de tantas dificultades, necesitamos la protección maternal de María. Acudimos a ella, la llena de Gracia para que nos auxilie en la debilidad y en todas nuestras necesidades. María es Madre de Misericordia que nos acerca siempre a Cristo. Invoquemos su protección a través del rezo del Santo Rosario. Abramos el corazón, la mente y los labios para recorrer junto a ella el camino de la Pasión y vida de nuestro Señor.

Junto con María en su Magníficat, en medio de todo el dolor y la miseria, humana, tanta santidad escondida y fecunda puede saltar a la vista. Nos aferramos a la alegría de la resurrección del Señor. Ella es la Madre de la Misericordia que siempre será bienaventurada de generación en generación.

12 de septiembre de 2025

El origen de la devocion del Dulce Nombre de Nuestra Señora

 

Del sitio Aleteia:

La Santísima Virgen María recibió su nombre poco después de su nacimiento y hoy la invocamos con amor y devoción para que nos alcance el favor de su Hijo Jesús.

Recibir un nombre es parte de la identidad de la persona, y no fue menos importante para los padres de la Santísima Virgen cuando nació su pequeña, a quien, según la tradición, le pusieron el nombre de María, tan dulce que de solo escucharlo se enternece el corazón.

En la costumbre judía, los bebes se presentan al templo cuando apenas han cumplido ocho días de nacidos. Con María Santísima ocurrió lo mismo, sus padres la llevaron al templo y pusieron el nombre a su recién nacida, el cual designaba su misión, tal como lo hizo Jesús con Simón, al cambiar su nombre por Pedro: "Y Jesús le dijo: 'Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo'". (Mateo 16, 17-18).

Y fue un nombre con gran significado, pues "María" -del hebreo "Miriam"-, quiere decir "Señora", "Princesa" o "Soberana", el cual adquirió su verdadero sentido con su Asunción, porque es la Reina de cielos y tierra, dignidad que le ha conferido su Divino Hijo.

Pero, ¿cuándo comenzó la devoción al Dulce Nombre de María? Se dice que en 1513, la Diócesis de Cuenca, España, solicitó la autorización a la Santa Sede para celebrar esta fiesta.

Sin embargo, en 1683 fue el Papa Inocencio XI la declaró oficial para toda la Iglesia, la cual se celebra el 12 de septiembre, ocho días después de la Natividad de la Santísima Virgen María.

Por eso, quienes llevan ese hermoso nombre, tiene dos fechas para festejarse: el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen María, y el 12 de septiembre, día del Dulce Nombre de María.

Y sobre todo, pueden agradecer la especial protección de la Santa Madre de Dios, porque la honran llamándose igual que Ella, pues quien la invoca con amor y reverencia recibe numerosísimas gracias.