Cada diciembre, cuando los vientos alisios anuncian el fin de la estación lluviosa, la ciudad colonial de Granada, conocida como la "Gran Sultana", se transforma. Sus calles empedradas, flanqueadas por coloridas fachadas de adobe y teja, se convierten en el escenario de una de las manifestaciones de fe más profundas y visualmente impactantes de Nicaragua. El aire se impregna del aroma a incienso y flores de pascua, el eco de los cantos marianos resuena entre los muros históricos y una atmósfera de solemne devoción envuelve a la comunidad. Este fervor tiene un epicentro claro, un corazón que late con fuerza en el pecho de cada granadino: la veneración a la Inmaculada Concepción de María, encarnada en una imagen legendaria y querida, popularmente conocida como "La Conchita".
Resguardada en el altar mayor de la imponente Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, "La Conchita" no es solo una escultura religiosa; es la patrona de la Diócesis de Granada, un faro espiritual y un símbolo tangible de la identidad cultural de la ciudad. Su presencia trasciende los muros del templo, convirtiéndose en el eje de una tradición centenaria que, si bien se enmarca en la celebración nacional de "La Purísima", adquiere en Granada matices únicos y distintivos. Durante el novenario que precede a la gran fiesta del 8 de diciembre, la imagen recorre las principales avenidas en procesiones diarias, un acto que moviliza a barrios enteros en una demostración de fe comunitaria, donde los altares efímeros adornan las calles y las familias se congregan para recibir su bendición.
Toda gran devoción se cimienta en una historia fundacional, un relato que trasciende el tiempo y se instala en el imaginario colectivo como una verdad revelada. Para los habitantes de Granada, ese relato es la milagrosa llegada de su patrona, una narrativa cargada de misterio y simbolismo divino que explica el origen del profundo vínculo entre la ciudad y su "Conchita". La leyenda, transmitida oralmente de generación en generación y recopilada por historiadores, no es una simple anécdota; es la piedra angular sobre la que se construye una fe que ha perdurado por más de tres siglos.
La historia nos transporta a una mañana del 7 de diciembre de 1721. En las orillas del vasto Lago Cocibolca, también conocido como el Gran Lago de Nicaragua, un grupo de mujeres se afanaba en sus labores diarias de lavado de ropa al final de la histórica calle La Calzada. Su rutina fue interrumpida por un objeto inusual que flotaba en las aguas: un gran cajón de madera, cerrado y de procedencia desconocida. Movidas por la curiosidad, intentaron acercarse para recuperarlo, pero, según cuenta la leyenda, ocurrió un hecho inexplicable. Cada vez que se aproximaban, el cajón se alejaba misteriosamente, como si tuviera voluntad propia y se negara a ser tocado por ellas. Asustadas y convencidas de estar ante un suceso sobrenatural, corrieron a avisar a los frailes franciscanos del Convento de San Francisco, el centro religioso de la ciudad en aquella época.
Los frailes, encabezados según algunas versiones por Fray Toribio de Benavente y Paredes, acudieron al lugar acompañados por una creciente multitud de curiosos. Al llegar a la orilla, presenciaron el mismo fenómeno: el cajón se mantenía esquivo. Sin embargo, cuando los propios religiosos decidieron introducirse en el agua, el comportamiento del objeto cambió radicalmente. Ante el asombro de todos los presentes, el cajón, que antes se resistía, se entregó dócilmente a las manos de los frailes. Este acto fue interpretado de inmediato como una señal divina, una elección deliberada que confería al hallazgo un carácter sagrado y destinado. La noticia se esparció como la pólvora por toda Granada, y la expectación por conocer el contenido del misterioso cofre era inmensa.
Con gran solemnidad, los frailes llevaron el cajón a la parroquia, que hoy es la Santa Iglesia Catedral. Allí, ante la mirada expectante de los feligreses, procedieron a abrirlo. La admiración y la alegría estallaron al descubrir en su interior no una, sino dos imágenes de la Virgen María, ambas talladas con exquisita belleza. El misterio se profundizó y se aclaró al mismo tiempo, pues cada imagen traía consigo su propio destino claramente indicado. Una era la imagen de la Virgen de la Asunción, destinada a la vecina ciudad de Masaya. La otra, la imagen de la Inmaculada Concepción, estaba inequívocamente dirigida a Granada.
Para disipar cualquier duda, la imagen de la Concepción traía prendida en su vestido azul y blanco una estrofa que se ha convertido en un verso sagrado para los granadinos, una promesa y una declaración de intenciones que resuena hasta nuestros días:
"Desde El Castillo he venido
En un cajón embarcada
A la ciudad de Granada
para ser vuestra abogada."
Estas palabras confirmaron su misión: había llegado para ser la defensora y protectora de la ciudad. La escena, como relatan las crónicas populares, fue de un júbilo indescriptible. Se desgranaron rosarios, se elevaron salmos y se cantó con un fervor renovado a la Madre de Dios. Las dos imágenes fueron llevadas en procesión, y mientras "La Conchita" era entronizada en Granada, su compañera de viaje fue llevada a Masaya, donde también se convirtió en un pilar de la fe local, protagonizando sus propios milagros, como el desvío de una corriente de lava del volcán Masaya en 1775.
Los relatos de los milagros atribuidos a la Inmaculada Concepción de Granada son parte fundamental del acervo cultural y religioso de la ciudad. Estas historias, contadas con fervor por abuelos y padres, han cimentado su reputación como refugio seguro ante las catástrofes naturales y las calamidades humanas.
La Erupción del Volcán Cosigüina (1835): Uno de los milagros más recordados ocurrió en 1835, cuando la violenta erupción del volcán Cosigüina, a cientos de kilómetros de distancia, sumió a gran parte de Nicaragua en una oscuridad casi total. Una lluvia de ceniza fina y densa cubrió el cielo durante días, haciendo necesario el uso de lámparas y candelas a plena luz del día. La población, aterrorizada y creyendo que había llegado el fin del mundo, recurrió a su último recurso: la fe. Según relatos transmitidos por generaciones, el obispo organizó una procesión de rogativa. La imagen de "La Conchita" fue sacada de la catedral y llevada por las calles, seguida por el clero y un pueblo que lloraba y rezaba. De repente, en medio de la procesión, una claridad tenue comenzó a filtrarse a través del manto de ceniza. La luz se hizo progresivamente más viva, como un amanecer inesperado, y antes de que la imagen regresara al templo, la lluvia de ceniza había cesado por completo y el sol volvía a brillar. El suceso fue aclamado como una intervención directa y milagrosa de su patrona.
La Plaga de Chapulines: En otra ocasión, una plaga de langostas (chapulines) de una magnitud nunca antes vista amenazó con devastar la región. Nubes de insectos oscurecían el cielo y arrasaban con cada brizna de vegetación, amenazando los cultivos y la subsistencia de la población. El zumbido incesante de los enjambres generaba una atmósfera de tormenta y desesperación. Nuevamente, los granadinos se encomendaron a su Virgen de la Concepción con el mismo fervor sencillo y profundo. La leyenda cuenta que, de manera inexplicable, del sur aparecieron inmensas bandadas de pájaros que se lanzaron sobre las langostas, decapitándolas y cubriendo el suelo con sus restos. La plaga fue erradicada, y el milagro se sumó a la creciente lista de intervenciones divinas de "La Conchita".
El Incendio de Granada (1856): Quizás el milagro más simbólico de su capacidad de resistencia y protección ocurrió durante uno de los episodios más trágicos de la historia de Nicaragua: la Guerra Nacional contra los filibusteros. En 1856, las tropas al mando de William Walker, en su retirada, recibieron la orden de incendiar y destruir por completo la ciudad de Granada. La parroquia, junto con innumerables edificios, fue consumida por las llamas. En medio de ese "mar crepitante de llamas que quemaron los ornamentos, los altares, las imágenes", como lo describen las crónicas, la imagen de la Inmaculada Concepción permaneció milagrosamente intacta. Este hecho no solo fue visto como un milagro de preservación, sino como un símbolo de la indestructibilidad del espíritu de Granada, encarnado en su patrona. Ella sobrevivió al fuego, al igual que la fe y la identidad de su pueblo.

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